Histeria 5/12 904 #2
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5/12 904 #2

El perista mira el auricular como si hubiese olvidado su función.

No tiene ni idea de a quién ha llamado. A saber de qué golpe sale la joya y qué personaje la recuperará, pero cincuenta mil pesetas es una buena cifra por, en verdad, no querer saber nada.

El local es lo único que posee desde que cerró su anterior tienda, una de las muchas ortopedias que iban bien en los años cuarenta.

El perista necesita ganar tiempo y vuelve al mostrador con las cajas de castañuelas.

Marta las aparta con la mano, molesta por la tardanza.

Después escucha una anécdota de cinco minutos sobre esos instrumentos, aunque resulta tan estúpida que no es digna de réplica ni aquí de contarse.

—Solo venía a vender este pendiente —dice Marta en cuanto el perista toma aire—. Ofréceme una cantidad de una vez y veré si lo dejo en la competencia.

—Permíteme encontrar mi monóculo para hacer la oferta.

El perista revuelve las baldas inferiores y Marta comprende que las cosas no marchan según el protocolo que nunca había.

—Disculpa, no encuentro la lente de aumento. —Moviendo trastos bajo el mostrador—. ¿Por qué cantidad habías pensado venderlo?

El perista no se acuerda de Marta, a veces acompañante de un chico con cresta, pero ella es la que se acuerda de que jamás preguntaba nada.

Ni siquiera la vez que la pandilla de Pitu arrastraba cuarenta tubos de escape dentro de sábanas anudadas.

Se los habían robado a las Mobylettes de los pijos aparcadas en Argüelles.

—Es igual, olvídalo.

—Apareció mi monóculo. —Convenientemente, el perista coge una lente cualquiera y se la encaja en el ojo—. Déjame analizar bien ese objeto y hablamos de números.

Marta le enseña el pendiente desde su mano.

—¿Me lo acercas?

Se lo acerca.

El perista calcula que valdrá bastante dinero. Por un momento, quiere quedarse la joya y la recompensa, luego reflexiona que para eso no debería tener tanto que perder.

—El aro y la letra son de oro —dice—. Los brillantes… aún no tengo claro a partir de qué piedra los han hecho. ¿Puedo pesarlo? —Señala una balanza de precisión—. ¿Ahí?

—Tráela —contesta Marta—. Yo lo pongo encima del plato.

—Este es un negocio honrado, muchacha.

—Justo por eso he venido.

El perista lleva la balanza al mostrador y Marta coloca el pendiente encima del plato izquierdo. Se cambian los plomos y se iguala el derecho. Después, ella bizquea para descifrar lo que marca la barra métrica, rayada en algunos números. No adivina cuál será la conversión en billetes verdes.

—El gramo de oro se paga a cien pesetas —dice el perista, que continúa mirando a Marta como si fuera a pedirle un autógrafo—, aunque te daré más atendiendo al diseño de la pieza.

Alguien la encargó así bajo pedido y debía de tener su significado.

¿Ves el enganche? Cierre artesanal de orfebre y…

Vaya, perdona, te estoy hablando como si fuese de otra persona. No lo es, ¿verdad?

El perista observa el reloj de la pared y Marta recibe el gesto como una epifanía.

—¿Por qué te tiembla la mano? —pregunta después.

—¿Cómo dices?

—La mano, que te tiembla.

—Estoy mayor.

—No lo estás, lo eres. Pero al llegar no te temblaba.

Marta coge el pendiente, escapa del local.

—Mierda —dice el perista, que la persigue por la calle—. Puedo pagarte hasta nueve mil pesetas.

Oyen el sonido bronco de un coche. Sube y baja de revoluciones como si exprimiese la caja de cambios, a punto de transcurrir quince minutos desde la llamada del perista a aquella cabina.

Marta divisa un vehículo blanco cruzando la perpendicular a toda velocidad.

Hoy no lleva vinilos de competición y le han cambiado la matrícula como cada semana.

Lo pierde de vista en un parpadeo, pero siente que avanza por la calle paralela.

—No, no, no. —Marta comienza a correr.

El coche conducido por Metralla entra en su calle al derrape. Un trompo con el freno de mano deja las marcas de goma quemada en el pavimento. Acto seguido se queda inmóvil, enfoca el objetivo con los faros redondos y acelera cuando la chica escapa en dirección al mercado.

Primera, segunda, tercera.

Cuarta marcha.

Metralla acelera de cero a cien en cinco segundos.

A Marta le quedan pocos metros para llegar a la taberna donde sorteaban el jamón.

El BMW ruge cada vez más cerca a su espalda.

Metralla quiere embestirla y meter lo que quede de ella en el maletero, a continuación interrogarla, despejar todas las incógnitas con Jairo y abandonar el cadáver en su descampado preferido.

Entonces aparece el policía que amenazaba con multar a los de la rifa.

Marta choca contra su pecho, porque continúa mirando atrás, al coche que ahora frena en seco y juguetea con el embrague.

—¿Qué sucede, señorita? —El policía la sujeta de los hombros—. ¿Se encuentra bien? ¿Le han robado?

—Ese coche… ese coche… —repite Marta.

—Primeramente, ¿cuál?

—El blanco.

—Segundamente, está quieto.

—¡Nos va a pasar por encima!

—Terceramente, no diga tonterías.

Metralla mide cómo de fácil será llevarse por delante a un policía, incluso a uno corpulento como aquel.

Cuando vuelve a embragar la primera marcha, aparecen tres Seat 131 logotipados con otros agentes que vigilan el cierre del mercadillo, igual que todos los martes por la mañana.

Metralla pega un bufido sobre el volante.

El BMW da marcha atrás y desaparece.