Histeria 5/12 904
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«Entretén a la chica como sea».

Este es el cuerpo de Marta sumergido en la bañera.

No ha conseguido dormir en toda la noche.

Se le ha metido dentro el frío del día de ayer, hasta los huesos.

Toma aire, también sumerge la cabeza en el agua caliente, cierra los ojos y ve una especie de auditorio en la penumbra, con un punto brillante al fondo.

Vuelve a emerger la cabeza del agua, abre los ojos y ahora solo encuentra el alicatado verde del baño.

Roza una rodilla con la otra y gira el grifo hasta el máximo que le permite la bombona de butano.

Después, vestida con chándal, gorra y gafas de sol, camina por el pasillo de su casa hasta la puerta del recibidor.

Consuelo, aún en camisón, quiere preguntarle qué le sucede esos días.

Pero quiere hacerlo de verdad, con una pregunta y una respuesta de verdad.

Su hija corta cualquier amago de conversación, marcándole el adiós con la mano como una cupletista, abandonando al alba una cama de tronío y una exclusiva.

—Estoy aquí para lo que necesites.

Marta escucha la frase de su madre cuando abre la puerta.

Por un segundo duda si debe contarle algo. Le hace sentir mal no encararla, tener que renunciar a su historia, pero se produciría la situación en la que cada una manipularía a la otra para que tomase su decisión.

Y Consuelo es muy lista en eso.

—Hija…

Marta cierra la puerta y sale de casa.

—Tu hija te quiere mucho —dice en el descansillo.

Se pasa los dedos por sus ojeras, agrietadas y azulinas, al borde del colapso cuando son las nueve de la mañana.

Las manos temblorosas como si llevara muchas más noches sin dormir.

Marta intuye que los verdaderos artistas suelen ser vulnerables, algo hipocondriacos, refractores de las emociones de los demás, aunque de momento es una estudiante de Sociología y nunca se había sentido así.

Malos pálpitos.

Pitu la ha vuelto a llamar para contarle cómo fue la reunión con Pedro Lafuente y ella ha respondido de nuevo con monosílabos.

No, no, sí, sí, tal, vez. Y Pitu se ha enfadado más que ayer, ya que o se presentan cuanto antes en las oficinas del productor o no grabarán una sola canción con él.

En cuanto pueda descansar, Marta se promete que les mostrará a todos de lo que es capaz, que aquel concierto que los impresionó será el primero de muchos.

Regresará al punto de partida de su carrera musical, cuando Pitu se despedía de ella poniendo el ciclomotor a una rueda.

Y además lo hará sin la prueba de cinco asesinatos y con un bajo Fender.

Marta espera debajo de la marquesina de la parada del bus.

Frenazo, rechinar de ruedas, se abren las puertas abatibles y sube al autobús número 14.

Pone una moneda en la mesita del conductor, que le da un tique y le indica que al fondo siempre hay sitio.

Esquiva a los ocupantes del pasillo, se agarra a la última asa de metal y varios gamberros saltan por la puerta trasera, arremolinándose junto a tres curas con sotana que comen higos secos.

En la siguiente parada sube un gitano con un acordeón, una escalerita y una cabra moteada.

La discusión sobre si el animal debe abonar o no el viaje consigue entretener al resto de los ocupantes.

Marta apoya la cabeza en el cristal. La humedad borronea el reflejo y exhala sobre él para abrir la perspectiva.

Todo lo que hay al otro lado le parece una película de bajo presupuesto y con un final incierto, mucho más incierto que cuando salió de casa.

El bus arranca de nuevo, en dirección a Comillas.

El río Manzanares discurre lento, agonizante, siempre enfangado por el puente de Praga.

Sisea en las raíces de los árboles podridos, en las escombreras y amarres que aguantan botes con remos.

Cruza su perfil una embarcación de troncos y con una vela tirada por unos muchachos que celebran algo, rodeados de vino de pitarra y orujo.

La ciudad se divide en dos mitades a partir de puentes como aquel.

Algunas zonas de la periferia aún se asemejan a los viejos barrizales que escondían huesos, medallas, obuses, la guerra librada hace cuarenta años.

Sus luces alumbran barrios que representan una especie de campamentos provisionales, los que no cayeron en la ordenación urbanística de los sesenta, cuando el delirio quiso regresar al Madrid de los Austrias con chanchullos más contemporáneos.

Marta se baja del bus en la siguiente parada y recorre la ribera.

La cabra del gitano la mira fijamente, tal que entendiese que algo no va bien.

El autobús pega un volantazo para continuar hasta Móstoles.

Aquel tubo de escape expulsa un humo negro que se suspende en el cielo como un augurio.

Marta se detiene frente al escaparate de una mercería y un rayo solar le aguijonea los ojos.

Observa piernas postizas con medias, globos tapados con sombreros y guantes rellenos de calcetines, pero su paranoia vigila el reflejo.

«Contravigilancia», le diría Pitu sobre los ultras cuando salen de noche por ciertos barrios.

Detrás, pega bocinazos un camión con fruta.

Varios carros labriegos no le dejan avanzar por la carretera.

Al final, un labrador consigue arrimar las mulas y el del camión lo insulta al sobrepasarlo.

El hombre devuelve las mismas palabras, añadiendo una doble peineta.

—Disculpe, ¿voy bien a la calle de las Calesas por aquí? —pregunta Marta al labrador—. No conozco mucho la zona.

—Vas bien. —El labrador regurgita una flema y escupe al suelo—. Gira a la izquierda cuando llegues al mercadillo y es ahí, en la siguiente avenida, pasados los últimos puestos de frutas.

—Gracias, señor.

—Las tuyas.

Ella mira a ese hombre como si le tomara las medidas, buscando cómo responder, hasta que encuentra las palabras.

—Las mías —dice Marta.

Luego atraviesa el lateral del mercadillo.

Hileras de cargadores pasan a su lado con cajas vacías.

Gritos de rebajas, golpes en las básculas, el suelo con hojas de lechuga pisoteadas.

Aquí huele a cuero, sudor y cítricos. Los compradores se juntan en una taberna al final de la plaza, donde sortean un jamón pata negra, en realidad untado con betún la noche anterior.

De inmediato viene un policía a avisarlos de que, a la próxima rifa sin permiso, el que gane el jamón pasará una semana en el calabozo.

Marta sale del tumulto y encara la calle de las Calesas.

Lo comprueba en la placa esquinera y ubica el local del perista.

Continúa con el mismo aspecto de cochambre y sus cuatro chapas pintadas de un color azul que estaría de rebajas.

No es un local bonito; ese techo de uralita, ese baño exterior en un cubil de plástico.

—¿Hola? —dice Marta en el mostrador.

Espera un rato al encargado, que aparece con un mandilón gris y un lápiz acomodado tras la oreja.

Viene de recorrer las estanterías, que tienen una fecha rotulada para identificar los objetos del día.

El 16 de octubre es la estrella del año: mochilas, relojes, alhajas, postalillas, transistores y hasta zapatos de claqué.

Una parte de aquel material viene de hurtos en la calle, otra de robos en casas y la última, más pequeña, de la casualidad, como la que trae la chica que lo observa tras sus gafas de sol.

Marta deja el pendiente sobre el mostrador.

El rostro alucinado del perista le hace tapar la joya con un acto reflejo y preguntarse por qué tanta ilusión.

—Quiero venderlo —dice Marta.

—Pensaba que venías a comprar algo —contesta el perista, recomponiendo su imagen apática en aquella cara descolorida—. Ayer trajeron varias cosas que podrían gustarte.

—No llevo mucho dinero.

—También lo puedes cambiar.

—Dudo que haya algo que me interese aquí. ¿Tienes instrumentos de música?

—Hay unas cajas con castañuelas flamencas. —El perista se dirige al interior de la tienda—. Permíteme enseñártelas.

—De verdad que no será…

El perista extiende los brazos, rogándole un instante a media voz.

Después parpadea con esos ojillos, tan heridos por la realidad, y se pierde entre las estanterías.

Marta distingue un traje sucio de torero colgando de la más cercana, una urna con carteras de piel y otra con bisutería.

Al final del local, el perista entra en su pequeña oficina.

Marta se voltea hacia la calle, luego gira otra vez ciento ochenta grados, se cala la gorra y respira hondo.

Malos pálpitos.

Como muchos compraventas en Madrid, el perista recibió una copia con los objetos que llevaba Toni el día de su muerte.

Tiraron bajo la puerta un papel que detallaba la ropa, la recortada, la munición, la cartera y el pendiente con la V de brillantes.

Todo resumido con marcas de fábrica y precisiones técnicas igual que en un albarán de empresa.

La recompensa por delatar al que empeñe algo de eso son cincuenta mil pesetas.

Entre líneas, la amenaza de que quemarán el local si se avisa a la policía.

Aquel perista, qué remedio, marca el número reseñado en el papel.

Es de una cabina de teléfono no demasiado lejos de su ubicación, donde los hombres de Jairo montan guardia y se relevan para ir a por café y bocatas.

Entretanto, no dejan acercarse a nadie a la caja transparente, de puertas abatibles y logo verde de Telefónica.

Descuelgan sin contestarle.

—Llamo desde un local de compraventa en Comillas —dice el perista—. Tengo a una chica con un pendiente como el descrito en vuestra hoja, con la V de brillantes.

Al otro lado:

—¿Dónde estás exactamente?

—En la calle de las Calesas.

—¿Hay más negocios de compraventa por la zona?

—No, no. La calle es muy pequeña y el local de chapa azul. ¿Cincuenta mil pesetas pagabais por el aviso?

—Entretén a la chica como sea.

—Imagino que luego a ella tampoco le pasará nada.

Le cuelgan.