Histeria 4/12 1223
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«Lo siento, no deberías haber estado aquí».

Ese mismo lunes.

Jairo ha confirmado que los turcos vendieron la droga a su hermano.

Había advertido a Toni, alguien menos honrado, sobre no tomar precauciones con los mafiosos venidos de Estambul, acostumbrados a vender y luego robar su misma mercancía, a tratar a los criminales madrileños como paletos y a escupir en las manos, siempre escupiendo, con cada negocio acordado.

Después estrechar las palmas salivadas como garantía.

Y ahora, cuando lo consideraban un igual, se habían aprovechado de las ansias del hermano pequeño, que se cansaba de estar a su sombra, de ser «la familia de», el niño travieso al que le perdonaban sus locuras y relaciones adventicias.

Para Jairo, era difícil asumir cómo Toni usaba el apellido con orgullo mientras quería que el Vargas importante fuese otro.

La grandeza de su hermano solo crecía en lo diminuto de su mundo, en cruzar la frontera que separa a otro perturbado de una leyenda urbana.

Aunque eso ya no importa.

Importa que tal vez la ciudad entera conspira contra Jairo. Madrid se ha convertido en un decorado de papel maché a punto de venirse abajo, donde todas las canciones hablan del asesinato que debe resolver para ganarse el respeto definitivo, el que ya tenía, pero ahora han puesto en un brete.

Un toldo verde cubre las escaleras al sótano que vigilan desde el coche.

Dentro, tableros forrados con mantel de hule y un montón de sillas desportilladas.

La trastienda, sin embargo, llena de mesas de cocobolo con contadores mecánicos de billetes.

En el local solo sirven anís de Anatolia y bocadillos enrollados de carne a los que ahora se refiere Metralla, el lugarteniente, fuera del coche.

—Lo llaman kebab.

— ¿Quivas? —pregunta Tomate, apoyado en el capó con otra camisa de chorreras—. ¿Quevas?

—Con una B al final.

—¿Y estaba bueno el quivab?

Metralla no quiere entrar en un bucle de correcciones a Tomate.

—No era un bocata de jamón serrano —contesta—. Y el pan… un poco chicle, aunque la salsa le quedaba bien. Repite, eso sí. Es como si te lo volvieras a comer varias veces después. Me llevé otro para mi señora y a ella le gustó de chuparse los dedos.

—¿Lo sacan de dos metros de carne enrollada, dices?

—Por otro de ancho.

—¿Sin huesos ni nada?

—Solo carne.

—No hay corderos tan grandes, Metralla.

—Es carne de muchos animales metidos en una picadora, luego la apelmazan y la ponen a dar vueltas en un pincho enorme.

—Igual prefiero comerme un zapato al horno.

—Emre me contó que sus antepasados, allá por las montañas de Turquía, se dieron cuenta de que la carne colgada en horizontal goteaba tanta grasa que las llamas crecían y les chamuscaban la cena.

—Metralla endereza las manos como un robot—.

Entonces la pusieron en vertical. Ahora presume de que come tres bocadillos de estos al día, todos antes de las doce de la mañana.

—Eso solo lo puede hacer un verdadero gángster. ¿Y qué opinas de atacarlo justo hoy, con la poca información que tenemos de lo de Toni? No sé, amigo… Me da miedo a quién puedan mandar para sustituirlo.

—Opino que Emre me trataba bien en los últimos tiempos.

—Yo tampoco tenía queja. —Tomate cabecea en dirección a Jairo—. ¿Se lo has comentado al capo?

—Siempre le comento mi opinión. —Metralla observa cómo una parte del clan entra en el local—. Pero haré lo que me pida, ¿me entiendes? Haré lo que Jairo me pida. Subimos juntos…

—Caemos juntos —dice Tomate—. Eso lo tengo claro.

Metralla le guiña el ojo derecho.

—Lo que el capo quiere es que no se atrevan a mandar a sustitutos.

—Ah, con que hemos venido para quedarnos.

Jairo pega dos toquecitos a la ventanilla cuando comprueba que los turcos bajan las escaleras.

Después sale una pareja de aquel tugurio; ella rezagada y él delante.

La mujer camina haciendo eses, como una cervatilla, y en un arrebato se descalza para pegar al hombre con sus tacones.

Tiene el cabello pinzado en un remolino y un vestido plateado, que luego esconde bajo su abrigo de armiño.

Desaparecen del plano en mitad de la discusión.

—Acércate, Metralla —dice Jairo cuando se marchan.

Metralla se inclina, al lado de la ventanilla.

—Te escucho.

—Lo hacemos ahora que han salido esos dos de ahí —dice Jairo—. No quiero llevarme por delante a nadie que no esté implicado.

—¿Y si los turcos tampoco lo estuvieran? —pregunta Metralla como anunció antes—. Piensa bien este movimiento una última vez.

—Te repito que así cortaremos a los intermediarios. —Jairo marca sus hoyuelos en las mejillas—. Para eso nos reunimos con el enlace que los suministra. Tampoco estaba contento con los pagos que recibía y, al menos, él no escupe en su mano y luego estrecha la tuya.

—¿Con las demás bandas de Madrid seguimos el rollo de justicieros?

—La gran venganza del capo y ninguna traición sin cobrar —contesta Jairo—. Aunque durante esta semana me estoy hartando de mi papel.

—Es lo que hace que te admiren y es lo que nos llena los bolsillos.

—Ayer vino mi asistente con una decena de historias nuevas que cuentan sobre el puma. —Jairo niega con la cabeza—. Cada cual más estúpida.

—Si continuamos así, en poco tiempo podremos retirarnos como pensábamos.

—¿Lograremos ser los primeros que se retiran de esta profesión?

Metralla pierde la mirada por la acera.

—Pon tu mejor cara de enfado y aviso a Tomate—contesta.

—No, tú tampoco lo crees —dice Jairo, subiendo la ventanilla.

Con la venganza, Jairo pretende mejorar aún más su posición en Madrid, pero lo que de verdad preocupa a su segundo es si detrás de la masacre, de aquella concatenación de hechos excepcionales, se esconde una sombra que unos criminales de barrio no puedan cubrir.

La historia de que la calle es suya y el miedo que les tiene la policía ha funcionado mientras no se toque a alguien con linaje, cargo político o muchas acciones en bolsas extranjeras.

Cotizan en los mismos lugares donde fabrican las armas que ahora Metralla repasa en el maletero: varias MAC -10, como las de las películas de Hollywood, y un par de Steyr AUG , más caras y de manufacturación austriaca. Al lado, un estuche con bombas de humo.

Metralla ordena a Tomate que suba al coche con él.

—De los otros muertos de la casa sigo sin saber nada —vuelve a hablar a Jairo desde la posición del conductor—. He preguntado en todos los lugares que frecuentaba Toni.

—Tuve el mismo resultado —dice Tomate, comprobando el resorte de su navaja automática—. Los turcos contratarían a asesinos que no son de la ciudad.

—Y mientras sucedía todo eso, mi hermano cometió el error de confiar su protección solo a aquel merchero —contesta Jairo—. Era imprudente hasta cuando se ataba los cordones de los zapatos.

—Pero estos turcos acostumbran a encargarse de sus cosas por sí mismos —dice Metralla—. No le tienen miedo a nadie.

—Emre se come tres quivabs al día —dice Tomate, que lleva haciendo cálculos un rato—. Mil al año.

Jairo mete la cara entre los asientos delanteros.

—Los desgraciados de los turcos dejaron unos treinta kilos de heroína con mi V falsificada en aquella casucha y me enteré cuando Toni estaba dentro de una bolsa de plástico. Cruza los dedos, Tomate.

Tomate los cruza.

—Aquí los enseño.

—De no ser ellos los culpables, la próxima muerte te la encargo a ti.

Una bocanada de aire: dentro, fuera.

Tomate continúa con los dedos cruzados.

Y el BMW tira cinco ráfagas de luces y enciende el motor.

Dos de los hombres de Jairo se aproximan al acceso trasero del local.

Con gorros de lana hasta las orejas, se pasan cartones de vino tinto y fingen la gran curda.

Un mastodonte de seguridad los empuja para que se larguen de allí y ventilen la borrachera frente al bingo que queda a quinientos metros.

Es de esas personas que añaden una fuerza impensable de kilopondios a cada contacto.

Rima una frase turca que no suena amistosa cuando, desde un ángulo ciego, uno de ellos le pincha el cuello con un punzón.

El otro le tapa la boca para que no grite y le clava su propio punzón en el estómago, poniéndose perdido de sangre al girar el filo.

Acuestan el cuerpo inerte junto a un contenedor.

Oyen un ruido proveniente del interior y se pegan a ambos lados de la puerta.

Un turco la empuja mientras prende un cigarro.

Los hombres de Jairo le rebanan el cuello con el mismo movimiento de antes y ponen un pie como tope, a continuación descienden las escaleras hasta la cocina.

Metralla aparca en la esquina más oscura de la manzana.

Sale del coche y se acerca al que vigila la entrada principal.

Aquel turco, sentado sobre un taburete, se sorprende al ver al melenudo que cae tan bien entre los suyos, aunque juraría que no han organizado reuniones con Emre.

Un apretón de manos y una anécdota del último negocio, que Metralla interrumpe dándole una patada en los testículos.

El turco se precipita por los escalones y enseguida tiene un puñal atravesándole el pecho.

Detrás, Tomate ofrece una máscara de gas a Metralla.

Él lleva otra puesta. Los respiradores y la escafandra le dan un aspecto de científico loco con su habitual camisa de chorreras.

A la vez, los que acceden por la cocina ruedan varias granadas de humo por el local y ya no se puede respirar en el interior.

Los turcos corren hacia la salida principal, donde Tomate los espera con una semiautomática bajo el brazo.

—Siktir y quivabs para vuestra puta madre.

Vacía el cargador sobre ellos.

Algo golpea el techo del local.

Primero se oye y luego se ve, un objeto alargado y redondeado.

Los turcos se quedan aturdidos durante unos segundos, hasta que la bomba de mano explota con un estallido tan fuerte que salen despedidos contra las paredes.

Los que sobreviven van hacia el despacho donde contaban billetes y chistes malos.

Ahí los esperan los que entraron por la puerta trasera, también con máscaras de gas y los subfusiles MAC -10.

Disparan, disparan, disparan.

Al final, solo Emre y el mozo que atendía los rollos de carne son capaces de levantar las manos.

Proponen a gritos una clemencia a la que nadie responde, porque Jairo accede al local y todo se detiene.

El capo se ajusta su máscara de gas y avanza entre el humo.

Huele a disolvente, a especias y a metal.

Llega frente a Emre, que lo reconoce por sus andares y el cabello alborotado.

—Creí que tu hermano cumplía tus órdenes —dice.

Jairo se acuclilla para mirarle a los ojos a través de la escafandra.

—¿Cumplía mis órdenes de pegar una V falsa en fardos que yo no vendía? —Voz de ultratumba a través del filtro—. ¿Fuiste tú?

—Siempre hemos hecho buenos negocios —contesta Emre, pronunciando lo mejor que puede en español—. Nunca mataría a Toni. ¿Para qué?

Jairo aparenta considerar la respuesta mientras empuña la pistola de su padre.

Una Glock con el cañón biselado. Entre todas aquellas armas de última generación, se diría que ese cacharro no percute ni un miligramo de pólvora y que su único valor es sentimental.

La apoya en la sien de Emre y este la observa como si no se hubiera hecho para matar.

El turco susurra algo, pero Jairo le rompe el cráneo de un balazo.

Emre parece desinflarse poco a poco y el capo le dispara la segunda bala en el pecho.

Aquella Glock salta todo el rato hacia la derecha y le quema los dedos, aunque fue la herencia que tuvo de su padre.

—Prepara el cuerpo como te pedí —dice después a Metralla, soplándose el pulgar—. Debemos largarnos cuanto antes.

—¿Qué te susurraba?

—Ellos no mataron a mi hermano —contesta Jairo—. Solo hemos cortado al intermediario.

Jairo observa entonces al mozo que atendía los rollos de carne.

Unos dieciséis años, piel morena, cabello petrificado de gomina y bigote presumido.

Se enrosca sobre el suelo para que no se fijen demasiado en él, para convertirse en transparente si lo desea con tantas ganas, inocente de todos los cargos.

Su jefe tendía a volverse chiflado, a golpear a la gente con martillos, bates de béisbol, porras extensibles.

Era alguien que se colocaba en la boca un cigarro y le acercaban cuatro mecheros encendidos.

Y había cumplido esa edad en la que te dan los infartos, las anginas de pecho, los ictus, en la que cualquier día descubren un tumor como una pelota de tenis y no llegas a viejo ni lo necesitas con lo que has dejado atrás.

Pero ¿ese muchacho? Aún no ha hecho otra cosa que servir chupitos de anís y bocadillos.

El adolescente toca algo parecido a una fibra sensible en Jairo. Le alivia que quien, como él, es capaz de no tener misericordia, un día puede verse sometido a la misma situación.

—Lo siento —dice Jairo—, no deberías haber estado aquí.

Al rato, la policía encuentra todos los cadáveres.

El del adolescente recostado contra la pared.

Y el de Emre dando vueltas en un rodillo de carne.