Histeria 4/12 1307
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«De oído solo le salían bien las cosas a un tal Jimi Hendrix».

Calle Princesa, en el centro de Madrid.

Pitu apura una colilla de hachís antes de entrar en un gran edificio de oficinas.

Frente a ese mastodonte de acero, vidrios y directorios, los visitantes emplean el paso ligero y la pose formal; en cambio, él pisotea la colilla contra la acera.

El portero, con frac y sombrero de copa, lo observa de brazos cruzados.

O viene a ver a Pedro Lafuente o aquella cresta roja se ha desubicado, seguramente por la resaca de alguna sustancia extraña.

Así que el portero se acerca para comprobar si la conversación terminará con una llamada a la policía.

Hay tantos agentes en las calles del centro que, en verdad, solo tendría que chasquear los dedos.

Tal vez esos dos uniformes sean cara y cruz de la misma moneda y, ahora, el único que tiene oportunidad de progresar en lo suyo es aquel al que le preguntan de usted.

—¿En qué le puedo ayudar, joven? Parece perdido.

—Vengo a reunirme con Pedro Lafuente —contesta Pitu con la misma expresión sorprendida—. Es aquí, ¿verdad?

—¿Con quién si no? —El portero se gira hacia el cuadro de telefonillos—. No le importará que lo llame para comprobarlo. Hay una serie de formalidades en este edificio y la primera, la más lógica, es solo dejar entrar a las personas que son esperadas.

Pitu falsea una sonrisa.

—Llama tranquilo.

—¿Quién le digo que sube?

—Pitu.

—Pitu… ¿Apellido?

—De Pitufo, un apodo de cuando era niño. ¿Recuerdas que había uno de esos bichos azules que andaba siempre colgado en los tebeos, con una manta o algo así, durmiéndose encima de las setas? Vaya paranoia, ¿no? Pues tenía cuatro años y…

El portero sacude las manos.

—No serán necesarias más explicaciones, Pitu de Pitufo.

—Mi patria es mi cama.

—Póngase a la izquierda del portal.

El portero se aproxima al interfono, pulsa el botón de Lafuente Recording y ahí tarda un rato en contestar el socio de Pedro.

Pregunta algo ininteligible y el portero cabecea, como si alguna idea se le hubiera atrancado en una esquina del cerebro.

Pitu lo observa, pensando lo incómodo que debe de estar vestido con aquel frac.

Le distingue hasta un reloj de correa cayendo por el chaqué a cuadros Oxford.

El portero hace una mímica extraña con las manos, teniendo en cuenta que su interlocutor del primero no puede verle, y después silba como un pajarillo.

La comunicación termina, crepita la línea y el portero se saca el sombrero de copa en señal de aprobación.

—Es el primero, letra B —dice—. Puede ir por las escaleras de la derecha.

Pitu hace un paso de baile y se mete en el ascensor, oliéndose el sobaco. Se ha duchado esa misma mañana como para no usar el elevador de doble puerta. Entra un ejecutivo tras él, barba recortada y conjunto de tweed, que marca la décima planta y carraspea sobre el nudo de su corbata.

—Tranquilo, pincel —dice Pitu—. Me bajo enseguida.

En el primero B, a Pitu lo espera el socio de Pedro.

—¿Eres Pitu de Pitufo? —le pregunta.

—El mismo.

—Venía una chica contigo. Eso me han dicho, una chica que toca el bajo.

—Marta está enferma. —Pitu esperaba contarlo un poco más tarde—. Tiene cuarenta y tantos de fiebre y os pide disculpas. Acudirá para la próxima, seguro.

—La próxima…

El socio de Pedro le deja pasar y le señala un sofá en el recibidor con forma de L.

Pitu jamás ha visto algo así. Se rasca la cabeza, duda si el apéndice es para subir las piernas, aunque no quiere pasarse de actitud sin su pareja presente.

Ella sabe medir mejor lo que los demás esperan.

Entonces se tira sobre un puf en el que queda engullido por sus bolitas de poliuretano.

Pitu se levanta a duras penas, enfadado, porque parece que no sabe cómo sentarse ante la vida y porque Marta le contestó con monosílabos a su insistencia para que acudiese a la reunión.

No hay fiebre que valga cuando un productor de música te cita personalmente, así que volvió a intentarlo desde una cabina de teléfono y Marta le avisó de que no iba a ponerse más al auricular.

Se sentía enferma, muy enferma, enfermísima, un virus de los jodidos.

Imposible peor presentación que pasarle un gripazo a Pedro Lafuente y a su sobrepeso de ochenta kilos, cada día al borde de una angina.

Pitu se entretiene mirando los discos enmarcados en la sala de espera.

Cuelga el vinilo de un cantautor catalán sobre el de ese trío femenino que hace pop en playback.

Más abajo, encuentra el de Javier Krahe con un garabato.

Ese sí le gusta, no subirá los decibelios como su grupo, aunque dice, más o menos, las mismas cosas con otras palabras.

Lo que toca Pedro Lafuente suele convertirse en objeto de culto y entonces vende los derechos a una multinacional.

Histeria juró en sueños que jamás firmaría con un gran sello, pero en la realidad ya se pelearán entre ellos si llega el momento.

Todos están de acuerdo en que Lafuente Recording mantiene un nivel de independencia aceptable para el punk.

No quieren que les digan que desde el principio se han vendido al sistema contra el que cantan.

Quizá se lo puedan echar en cara más tarde, con cuatro discos de oro ya publicados.

Quizá, sí. Y que sequen sus lágrimas la brisa sobre un descapotable.

El socio de Pedro vuelve a la sala de espera.

—Pitu de Pitufo, te esperan en la segunda habitación del pasillo.

Pitu se levanta de un salto, atraviesa el corredor donde hay otros discos enmarcados, toca los nudillos en una puerta, ya abierta, y entra con cara de chulo.

—Me esperabas, Pedro.

Con pose de número uno.

El productor baja sus gafitas al final de la nariz y otea por encima de las lentes. Después continúa liándose el cigarro, que le requiere toda la concentración con sus dedos rechonchos. Perderá el tiempo indispensable frente a aquel muchacho.

—Y eso que el médico me ha pedido que deje de fumar.

—Entonces no se lo diremos —contesta Pitu.

—¿Por qué no ha venido Marta Beltrán?

—Gastroenteritis de las chungas, pero en un par de días estará recuperada. Creo que, llegado el momento, la podríamos avisar por teléfono si quieres tratar algo con ella.

Pedro Lafuente pone los ojos en blanco.

—En particular quiero tratar solo con ella. ¿No te habías dado cuenta?

—Yo soy el cantante, el fundador…

—¿El novio?

—Prefiere llamarme «compañero».

—Un término más preciso. Eso de ennoviarse quedará para las señoritas del tardofranquismo y Marta es otra cosa. —Pedro Lafuente deja el cigarro liado sobre un cenicero de latón—. Me recuerda a Debbie Harry. ¿La conoces?

Pitu maldice para sus adentros no conocerla.

—Por el nombre no.

—Cantante de Blondie. La nueva musa de Nueva York que se junta con chicos con cresta como tú, pero es tan sofisticada como para meter sintetizadores a sus canciones y buscarse un novio… compañero… andrógino.

—Ya. —Pitu no sabe qué es andrógino, tampoco mucho sobre sofisticación, señala la silla que hay enfrente del productor y se sienta—.

¿Podía, verdad? Bien, has escuchado cómo tronamos en directo.

Somos capaces de grabar un sencillo de forma inmediata y un disco en unos meses.

Yo hago las letras, yo compongo la música…

—Yo, yo, yo. ¿Estudiaste solfeo?

—De oído.

—El solfeo se estudia con los ojos.

—Yo, de oído.

—De oído solo le salían bien las cosas a un tal Jimi Hendrix.

—Aunque en verdad, qué mejor momento para reivindicarlo, somos los cuatro igual de importantes en el grupo. —Pitu entrecruza las manos y forma un puño—. Histeria es indivisible. —Hace fuerza con las manos—. Así… Así.

Pedro Lafuente extiende los dedos a una caja de dónuts.

—Estás haciendo mucha fuerza, chico.

—Así de indivisibles somos.

—Lo veo.

El puño comienza a temblar.

—Así de indivi…

—Y lo he entendido, pero a mí me interesa ella.

Pitu deshace el puño y se cruza de brazos.

—Es la bajista de Histeria, con que tienes un problema.

—¿Lo era antes del concierto del viernes?

—Eh, quizá siempre lo fue.

—Primero había un borracho liándola en el escenario.

—Manu no está muy interesado en vivir, ni siquiera como una estrella del rock. Su ritmo de…, me entiendes…, es demasiado hasta para eso.

—¿Y por qué crees que yo apostaría por un grupo como el tuyo?

—Te gusta nuestra música.

—Qué niñato engreído. —Pedro Lafuente se traga la mitad del dónut y se limpia la boca con el dorso de la mano—. Música es sacar una pentatónica de la guitarra donde vosotros solo sacáis distorsiones sin mucho criterio. Tú, amigo, vendes actitud.

—Juraría que no vendo nada, Pedro.

—Buena corrección. Aún no vendes nada y el problema es que a mí como productor no me interesa algo que no se venda.

Aquí es donde surge la oportunidad de Marta.

Intuyo que alguien semejante a ella abanderará la escena musical española de los próximos años.

—Pedro Lafuente traga la otra mitad del dónut y vuelve a limpiarse, esta vez con una servilleta de papel—.

Hace poco ni encontrabas a chicos parecidos a ti por la calle.

La policía te dejaba sin ese peinado a palos y te metía en un calabozo de la Dirección General de Seguridad, en la Puerta del Sol, hasta que recitases treinta plegarias al día. ¿Cuánto llevas con semejantes pintas?

Pitu se muerde el labio superior.

A él le encanta su aspecto y no consideraba posible otro.

—Un par de años —contesta.

—Ya habían desconectado a la momia de Franco.

Antes de su muerte solo surgían personajes así de variopintos por algunos lugares de Barcelona: Ramblas, Sala Celeste, incluso en Bocaccio.

Descarriados de la Gauche Divine, más interesados en las orgías que en la música, pero atrapados con su folk catalán cuando luego, a escondidas, solo escuchaban a Led Zeppelin y a Grateful Dead.

Por Madrid no teníamos ni eso. En el fondo, nuestro primer rocker pudo ser Camilo Sesto y él no era consciente.

¿Recuerdas su actuación del año pasado en el programa de José María Íñigo?

—¿El del bigote? Nunca lo veo, salvo cuando viene el tipo que dobla cucharillas con la mente. Flipante eso… Flipante.

—Camilo cantó un Getsemaní increíble —dice Pedro Lafuente—.

Ni el vocalista de Deep Purple logró hacer algo parecido en la versión original, pero su mánager le ha convencido de que el futuro es actuar para las señoras.

Le tiran flores, besos y oles señoras que no suelen tener tocadiscos y que morirán demasiado pronto…

Vaya futuro. Y Camilo vino aquí a pedirme consejo la semana pasada. Estaba sentado en esa misma silla.

—¿Donde mi culo?

—Aunque no es una persona fuerte, porque entonces hubiera firmado conmigo.

Le di la idea de adaptar Jesucristo Superstar con sus falsetes y desgarros , pero se toma tres copas y vuelve a pensar en platós cutres de Televisión Española en vez de en estadios en Londres.

Permití que me lo quitara ese mánager mexicano delante de mis narices.

—Pedro Lafuente se frena cuando consigue escucharse—.

En fin, busco un rollo para los jóvenes que sí se dejarán el dinero de sus padres en vinilos.

Siento decírtelo, el punk no es. Aquí no puede venderse a ese nivel.

—Mira lo que sucede con los Sex Pistols en Inglaterra.

—Somos unos trogloditas para cualquier inglés.

En nuestras radios independientes suenan cantautores con libertad, libertad, sin ira y toda esa mierda.

A mi productora le trae sin cuidado que unos cuantos rebeldes se tiñan el pelo para gritar al micro.

Metéis vuestros grupos en una caja muy pequeña y al sector oficial de la cultura le interesan las canciones para el gran público, aunque a veces tenga que negarlo.

Quiero una chica con buena presencia y talento como Marta y que, además, diga cosas interesantes en las entrevistas. ¿Estudia?

—Sociología.

—Es que es perfecta.

Pitu se mueve en la silla como si lo cociesen a fuego lento.

—Trabajo de carpintero. No entiendo el lío ese de la cultura.

—Perdón, subvenciones —dice Pedro Lafuente—.

¿A quiénes han dado dinero para contar nuestros relatos durante las décadas anteriores?

A señores heterosexuales y con apellidos compuestos para filmar, escribir, cantar y, sobre todo, mantenerse ahí callando al resto.

En cambio, el Partido Socialista arrasará en las elecciones de los próximos años y buscará algo a medio camino entre Los Pecos y tú.

Necesitamos canciones previsibles, de mensajes simplones, hasta infantiles, pero modernas y que quieran distinguirse.

Aceptaremos pelos cardados y maquillajes estrambóticos, no aceptaremos letras de asfalto humeante y piedras volando.

—Pero es mi mejor letra.

—No nos sirve de mucho, Pitu. De alguna forma, la música que viene trabajará para el Estado.

Así que la cultura no se meterá demasiado en los temas políticos y los temas políticos no se meterán demasiado en la cultura, excepto para subvencionarla y darle algún premio.

Si no, se encargarán de descatalogarla como cultura y no venderemos discos.

—Pedro Lafuente se quita las gafas y descubre unos bonitos ojos verdes—.

Llevaba años jugándome el pescuezo por mi homosexualidad cada vez que volvía a este país.

Yo sí pasé por los calabozos de la Dirección General de Seguridad y juré morir antes que volver a pisarlos.

Estoy engordando, envejeciendo y mis analíticas se llenan de asteriscos.

Solo quiero comprarme una casa en la sierra para disfrutar de mis nuevas libertades, pero respeto que tú no lo veas del mismo modo.

A cambio de esa integridad, tocarás en antros donde te pagarán con las gracias mientras seguirás fichando en la carpintería a la mañana siguiente.

Eso no es una carrera profesional y no te hará falta un productor.

—Pedro Lafuente señala la puerta como indicación de que la reunión ha terminado—.

Trae a Marta la próxima vez, quizá ella lo entienda y te arregle el futuro.

Pitu se retuerce un poco más en la silla.

—Qué movida.

Pedro Lafuente levanta la mirada hacia el techo.

—Movida…