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«Déjenos continuar con la investigación».
Brigada Central de Información.
Germán fuma el enésimo cigarro del día en la sala común de investigadores.
Parece tranquilo, aunque el último se lo ha encendido con la colilla humeante del anterior.
Cañas está al lado, repasando la multitud de notas apuntadas en su libreta, pendiente junto a su compañero de que el inspector Jiménez los haga pasar al despacho para que le den el parte.
—Nunca ha tardado tanto en recibirnos —dice Cañas.
—Porque no teníamos nada importante que explicarle —contesta Germán.
—¿Repasamos las evidencias que recogimos?
—No jodas, Cañas. Me has hecho repetirlas veinte veces, como un salmo.
—Si sonamos convincentes, no puede quitarnos la investigación.
Germán se recuesta en la silla y contempla dos manchas de humedad en el techo, apuntándole como dos ojos que no paran de observarlo.
—¿Conoces el chiste de la rata y el camarero?
—No. —Cañas sacude la cabeza—. Creo que no, aunque tampoco es el momento de contármelo.
—Esto era un camarero —dice Germán— que cada noche, cuando salía con las bolsas de basura al cerrar su bar, veía una rata entre los contenedores.
Tenía un penacho negro y siempre estaba allí, rodeada de restos de comida y cartones, mirándolo con una calma que no era normal.
Al principio el camarero pensó que sería casualidad, que las ratas van y vienen, ¿no?
, pero luego se dio cuenta de que esta aparecía cuando él llegaba, como si supiera la hora exacta.
Con el paso de los días, la presencia de la rata comenzó a molestarle.
Daba golpes al contenedor para espantarla, pero la rata se apartaba lo justo y volvía a quedarse quieta.
Después de unas semanas el camarero perdió la paciencia.
Cogió la fregona, le pegó una hostia a la rata y empujó su cuerpo al contenedor que los basureros vaciaban de madrugada.
Cerró la tapa y se olvidó del asunto. Pasaron tres años…
—¿Tres años? —pregunta Cañas.
—Tres años, ¿por qué no? —contesta Germán—.
El camarero seguía sacando la basura a la hora del cierre.
Una noche levanta la tapa del contenedor y la cabeza de una rata se asoma entre los restos.
Se fija en ella y entonces observa el penacho negro.
Era la misma rata, que lo mira y le dice: «No me he olvidado de ti, hijo de puta».
Cañas arquea las cejas.
—¿Eso es un chiste?
Germán comienza a carcajear y a golpear la mesa de la risa.
—La rata aquella… El penacho saliendo de la basura. Oh, qué bueno…
—No lo entiendo.
Germán para súbitamente de reír.
—¿Que no lo entiendes?
Dos horas después, Jiménez escucha las explicaciones de Cañas y Germán mientras clava su mirada en un diploma colgado de la pared.
Chain of custody and its proof problems , todo lo que en ese congreso de Londres se habló sobre transporte y conservación de pruebas del delito aún es ciencia ficción en España, pero aquí, en el país que oposita a Europa, su pareja de investigadores ha hecho un buen trabajo.
Acotaron testigos, coordinaron la recogida de muestras y trajeron una hipótesis a comisaría.
En la libreta de Cañas, el inspector reconoce el mismo empuje que lo llevó a él a asumir aquel cargo en esa época de cambios.
Oficialmente la Brigada Político-Social se desmanteló la semana pasada y parte de sus integrantes no saben cómo reconducir sus carreras.
Hubo renuncias y salidas pactadas, pero los que no tienen las manos muy sucias se encuentran en aquel edificio junto a jóvenes promesas a subinspectores.
Desde ahora es como él definirá a Cañas, una promesa que apunta ángulos de brazos y trayectorias de bala para escribir « la escena está preparada» .
Un trabajo borroneado por la noticia del periódico, que les molesta en cuanto a la información de la furgoneta.
—Es triste que los testigos cuenten casi más detalles a un reportero que a un policía —dice Jiménez—. Cuántas ganas de hablar con los periódicos.
El inspector lo refiere convencido de que la mayoría de la gente quiere colaborar con ellos.
Al menos, la gente normal. Nadie aguanta en su vecindario una casa que se dedique al trapicheo.
Hay peleas a cualquier hora, un trajín de desquiciados y la posibilidad de que se convierta en la escena de un crimen durante una mala noche.
Sin embargo, un reportero resulta un oyente que exige menos a los interrogados y que no los llamará a testificar dentro de unos meses.
—El butanero no ha sido —dice Germán—. Ese currela temblaba cuando lo interrogamos.
—Y fuiste claro con que, si abría la boca, tendría problemas en la ruta de reparto. —Cañas matiza la amenaza de que quemaría su camioneta—. ¿El del quiosco?
—Imposible —contesta Germán—. Su negocio queda demasiado lejos como para que los reporteros lo aborden, aunque solo tenemos que reunirnos de nuevo con ellos y salimos de dudas.
—La información del hallazgo la dio el vagabundo —dice Jiménez—. ¿Qué tal vuestra relación con él?
—Bastante buena —contesta Cañas—. Se llevó veinticinco merecidas pesetas. Él no vio la furgoneta… No la vio, ¿verdad?
Germán mueve la cabeza.
—O no nos lo dijo.
—No podéis ser tacaños en amabilidad con los testigos —dice Jiménez—.
Esos de El País le pagarían bastante más.
Y si le dejaron una tarjetita de contacto, ofrecerán su información por fascículos.
Para la policía es la imprenta de un grupo maoísta y para ellos no sé qué somos, aunque seguro que es peor.
En fin, la prensa no habrá podido verificar la identidad de ninguna víctima, pero nosotros sí.
Los compañeros del reportaje fotográfico aseguran que han matado a Toni Vargas y que la V es el tatuaje de la familia, incluso parece que esa letra sella su mercancía.
El inspector saca tres fotos de un dosier y enseña las mejores poses de Toni. En la última sale encima de una moto de carreras, con chupa de borreguillo y algo colgándole de la oreja izquierda. Cañas se acerca la fotografía y distingue un pendiente con lo que semeja una V como abalorio.
—Queda claro lo del lóbulo partido —dice después.
—¿El asesino le arrancó ese pendiente? —pregunta Jiménez.
—Es la explicación a la herida en la oreja —contesta Cañas—. El asesino…
—O asesinos —dice Germán.
—… o asesinos, supo distinguir que semejante pendiente valdría un buen dinero y que con él sería más sencillo identificar el cadáver.
Jiménez hace la misma deducción, aunque de improviso cambia a su tono de los pésames oficiales.
—Habéis realizado un buen trabajo —dice—. Lo tendré en cuenta para próximas investigaciones, pero debo pasar el caso a policías más compenetrados. Se trata de la cadena de mando… Nada personal.
A Cañas eso le duele como una puñalada en el estómago.
Es su caso, su reto y desde ya su obsesión.
—¿Podríamos quedarnos al menos de apoyo, inspector?
—No es buena idea —contesta Jiménez—. Necesito discreción con tantos periodistas intentando confirmar el rumor de un Vargas asesinado.
Germán tiene un tembleque en la pierna izquierda, luego en la derecha. Se diría que enseguida también le saldrá humo por las orejas. Después le vibra toda la cara y se cuadra al frente para mirar fijamente a su inspector.
—¿Te está dando un ictus? —pregunta Jiménez.
—Lo hemos hecho bien. —Germán repite sus palabras—. Déjenos continuar con la investigación.
Cañas lo escucha tan sorprendido como Jiménez.
¿Su compañero, renegado de las investigaciones complejas y que no impliquen tiroteos ni carreras por la azotea, acaba de pedir al inspector jefe, al que odia, que le permita seguir en un caso gigantesco y quizá irresoluble? Las sorpresas, para llevártelas.
—Cañas interpreta como nadie las escenas del crimen y yo me siento mejor policía a su lado —sigue Germán—.
No pierde nada por darnos unos días. Ni siquiera podemos asegurar si Jairo estaba al tanto y la vigilancia de sus hombres funcionó el fin de semana.
Sabemos que se reunieron algunos mafiosos en su casa.
—Jairo lleva años comportándose como un personaje público —dice Jiménez—.
Hasta viste igual que un abogado, con traje y botines.
Le falta salir en el papel cuché con su asistente y tendríamos otro famoso al que las revistas le preguntarían por el menú de Navidad.
Nunca lo vamos a encontrar sentado encima de un cargamento, no se acerca a las drogas y le trae sin cuidado que vigilemos quién entra y sale de su casa. De hecho, se cree intocable.
—Ahora no lo tendrá tan claro —dice Cañas, casi cantando.
—Intocable por la policía —contesta Jiménez—. Y lo será mientras no investiguemos dónde lava su dinero. Sigues el rastro de la droga, llegas a un adicto. Sigues el rastro del dinero…, ya sabéis.
—Sus mejores policías están tras el Ángel Azul y la gente pronto olvidará nuestro asunto —dice Germán, triscando los dedos—, porque se trata de criminales matando a otros criminales.
De acuerdo, la prensa nos perjudica y detalla el tiroteo, pero no deja de ser una noticia más en un año en el que han pasado demasiadas cosas.
Si le hemos traído esto en un fin de semana y mi compañero concluye que alguien preparó la escena, traeremos mucho más cuando sepamos los resultados de las muestras recogidas y recibamos la siguiente información de los que vigilan a Jairo.
—No te quito razón en que…
—Inspector —Germán está resuelto a convencerle—, conoce cómo funciona esta ciudad.
Desde que publicaron la noticia hay unas cuantas personas dudando de si deben hablar con nosotros.
Y alguna lo hará, alguna tendrá una pista mejor que una furgoneta quemando rueda y saldremos otra vez en el periódico, pero con un engrilletado para la foto.
Jiménez admite que eso es cierto. La prensa puede inmiscuirse en investigaciones, aunque también logra que progresen.
Igual que poner un cartel de recompensa en el viejo Oeste.
Pero él detesta los periódicos, siempre los periódicos, alimentando odio, recogiendo suscripciones y el cuarto poder tras la cortina.
No cambiará de opinión por la insistencia de Germán; sin embargo, como le ha enseñado el cargo, aparentará reflexionar sobre lo escuchado.
—Prometo una cosa —dice Jiménez—: pensarlo.
Suena el teléfono de su despacho. El inspector había dado orden de que no le pasaran llamadas, salvo emergencias, y por eso cierra los ojos mientras descuelga el auricular.
Ese cacharro es una fábrica de ansiedad.
Algo que le susurra «Puedes controlar lo que te propongas como inspector jefe».
Y el reverso es que, si no lo hace, será porque no se esfuerza lo suficiente.
Casi todos los policías a su alrededor están hechos polvo y algún día tendrá que reconocérselo.
Jiménez solo entendió el calado de sus preocupaciones con los años y que las grandes órdenes debían aterrizar en las pequeñas cosas, en los protocolos llenos de detalles.
Apenas escucha tres palabras por el auricular para llevárselo al pecho.
Suspira y tapa el micrófono inferior con la mano.
—Ya lo he pensado —dice—. De momento el caso seguirá siendo vuestro.
A Cañas se le ilumina la cara y zarandea a Germán, que siempre le ha mostrado lealtad a pesar de su fama, aunque tal vez, por un segundo, en el rostro del joven investigador se intuya cómo después le remorderá en la conciencia el perseguir a hombres tan malos.
Y dará igual que a esos la antigua Brigada Político-Social los metiera en un calabozo, sin iluminación y un plato sopero por váter, que allí se volteasen los calendarios con un bocadillo al día y privación del sueño.
Porque en el momento que los condujesen a la sala de interrogatorios, seguros de que firmarían una confesión, no harían más que reírse de los policías por pensar que esa estrategia funcionaría con ellos.
Este lunes, en cambio, Alfredo Cañas jura que existe un tiempo para admirar las investigaciones de los demás y otro tiempo para que admiren las suyas.
—Abandonad mi despacho —dice Jiménez, todavía con el auricular en el pecho—. Esta llamada es importante.
Aunque Cañas también lamenta que todo eso se deba a que el Ángel Azul haya matado a su siguiente víctima.