4/12 919
«Hoy no».
A la mañana siguiente ya salen los detalles del tiroteo en los periódicos.
—Cinco muertos en una casucha cerca de aquí, Consuelo. —El padre de Marta repasa el titular con el dedo—. El barrio está podrido.
—Y esos no son del Ángel Azul. —Ella le hace un arrumaco y recoge el periódico de la mesa—. Quizá la ciudad entera se haya vuelto loca.
—La probabilidad de que ocurra una cosa así —sigue Alfonso— no se contempla en los formularios de nuestra compañía. Nunca hay un seguro de vida con una cobertura por algo semejante. Ni los americanos, que sabes que las primas de riesgo vienen de ahí…
—Lo sé —dice Consuelo—. Me lo cuentas cada noche.
—Ni ellos podrían ponerle cifra a esto. Hace tres años en Madrid se calculaba que tenías una posibilidad entre cuatro mil de ser asaltado en tu casa, ahora es una entre novecientas y, claro, la prima se encarece de dos a cinco mil pesetas al año. Igualmente incluye accidentes domésticos y…
—Alfonso…
—¿Sí?
—Tienes que parar.
El padre de Marta asiente: mínimo gesto, máxima rendición.
—Juro que no dejaré que ni a ti ni a Marta os pase nada —contesta.
Consuelo le vuelve a hacer un arrumaco, ahora más sentido.
No ha visto a su marido ni levantarle la voz a alguien durante los treinta años que llevan juntos, ni en defensa de ella, ni de su hija, ni propia.
Tampoco ha hecho falta con sus existencias hasta entonces aburridas, pero al menos se esfuerza en mostrar coraje y deja de calcular la probabilidad de un determinado suceso.
Su transición de una cadena de montaje a una compañía de seguros lo ha trastornado.
En el último mes, Consuelo conoce el porcentaje de veces que se puede quedar atrapada en un ascensor, aplastada bajo un corrimiento de tierras o electrocutada por un enchufe.
Nada de eso ayuda a la vida familiar al lado del hombre que no admira como antes y que Marta admira todavía menos.
De adolescente, Consuelo había leído mucho sobre el amor, toda una desesperación de sentimiento; pero tal vez luego, a efectos prácticos, solo le importó para elegir cena y dormir acompañada.
Es lo que en cierta manera hacen los dos: preguntarse cuánto peor podría ser un matrimonio y aguantar, de momento por ley.
El periódico detalla el descubrimiento de los cadáveres, el ajuste de cuentas entre bandas dentro de la casa y que la mejor pista es una furgoneta oscura saliendo de allí.
Tras la ronda con los vecinos, Cañas y Germán ubicaron un vehículo con mucha prisa en las inmediaciones.
Esos mismos testigos lo confirmaron después a preguntas de los reporteros.
Como suele suceder en cada crimen mediático, hablan de más con la prensa y de menos con algunos policías.
Suena el bajo desde la habitación de Marta.
—¿Y hoy la niña se dignará a comer con nosotros? —pregunta Alfonso.
—A veces los lunes está un poco rara —contesta Consuelo.
—Por lo que hace el fin de semana. Se levanta con unas ojeras enormes y luego sigue de mal humor hasta el miércoles, el jueves se tranquiliza y el viernes vuelta a empezar. ¿Andará en trapicheos con el novio? Ya viste lo de la prima del frutero. Vendiendo papelinas en el metro.
—Conozco a mi hija, Alfonso. Simplemente está un poco rara. Se ha despertado, ha leído el periódico y ha dejado el desayuno enterito. Ni las naranjas que tanto le gustan. Se ha encerrado en su cuarto a tocar, pero tampoco suena igual.
—Siempre suena igual de mal. —El padre se levanta—. Y en esta casa se respeta la hora de la comida.
Consuelo lo agarra de la mano.
—Hoy no.
Alfonso entiende aquellos ojos suplicantes y se sienta.
Hoy no. Quiere pensar que su hija aún podría estar destinada al triunfo, a dejarse el pelo largo, recogérselo en una horquilla y echar números como administrativa en una oficina.
Al menos esas son sus actuales ideas sobre el triunfo mientras oye el dum-dum-dum del bajo.
Para él, Marta era una muñequita que podía sostener con una sola mano y hoy…
Hoy no.
Alfonso, con cincuenta años y tres úlceras nerviosas, no comprende la degradación del barrio ni que en tan poco tiempo los chavales que saludaba hayan cambiado las piruletas por drogas.
Los vecinos sitúan los problemas en la plaza Dos de Mayo y en la calle San Vicente Ferrer, próximas, pero controladas por diferentes grupos.
Los de la plaza son españoles y los de la calle casi todos extranjeros, los de la plaza se dedican al cannabis y los de la calle a la heroína.
Llevan tiempo atacándose en la frontera de la calle San Andrés y por eso nadie se explica cómo terminarían a tiros en una casa abandonada al oeste.
Una asociación vecinal quiere manifestarse por la seguridad de la zona y preparan una pancarta con el lema malasaña libre de porros y jeringuillas .
Alfonso ha rechazado unirse, pero a Consuelo le gustaría participar.
Aunque ni ella, toda intuición, sospecha que dentro de pocos años esa misma heroína hará que las cercanas calles de la Ballesta, Valverde y Barco reciban el nombre del Triángulo de la Muerte.
Marta continúa aporreando el bajo en la habitación.
Efectivamente, hoy suena fatal; a estropeado, a torpeza, a no future .
Su mirada fija en el pendiente que recogió cuando una furgoneta, idéntica a la de la noticia que ha leído, pinchó enfrente del portal.
Lo tiene sobre la mesita de noche, cubierto con un pañuelo que ha revelado una estría de sangre en el enganche.
La llamada de su madre a la puerta la sobresalta.
—¿No vas a la universidad? —pregunta Consuelo al otro lado.
—Me han cancelado las clases, mamá. Una amenaza de bomba.
—¿Otra? No han dicho nada en las noticias.
—Por favor, no seas pesada. Tú no, mamá… Tú no.
—¿Y la reunión que tenías con Pitu y un productor de música?
Marta toca una melodía terrible y apoya el bajo contra la pared.
—Tampoco voy a eso —contesta—. Me quedo en casa.
Vuelve a mirar el pendiente y siente miedo y asco.
Miedo, porque aquello no puede ser la casualidad que parece, y asco, porque lo último que querría es acudir a la policía.
¿Dijo algo de su casa al hombre que cambiaba la rueda?
¿Era el mismo que vio en el campus? Se lo ha preguntado cientos de veces y siempre se responde con síes, también con que alguien que mata a cinco tipejos debería buscar a la chica que quizá guarda una prueba relacionada con el crimen y, seguro, lo sitúa en una furgoneta no lejos de allí.
¿O fantasea una trama de la nada? Será por coches negros en Madrid.
Le encantaría preguntar a su padre el porcentaje de vehículos de ese color en la ciudad y alrededores, pero Alfonso es uno de esos padres al cual contarle un problema supone un segundo problema.
Marta se tumba sobre la cama para consultar las opciones con el techo.
Duda si llevar el pendiente a cualquier tienda de empeño, pondría su cara a disposición del compraventa, que hablará mucho de ella en cuanto le pregunten.
Desde luego, no acudirá a una comisaría con una historia tan extraña y una joyita ensangrentada.
Se fía todavía menos de cualquier policía y lo último que pretende es firmar una declaración judicial y todo lo que viene después.
Tirarlo a la basura es otra opción ahora que lo reflexiona, aunque, si el ultra la ha fichado, pierde el único objeto que podría protegerla, y a Pitu no le piensa contar nada, porque se volvería aún más loco de lo que está.
Y algo importante para ella: el pendiente costará más dinero que el mejor bajo Fender, quién sabe si incluso que una instrumentación completa para el grupo.
Marta recuerda al perista de Comillas, más allá del Manzanares, del que hablaba Pitu.
Él le vendió tubos de escape robados durante años y el hombrecillo nunca preguntó nada.
Pagaba en mano, se quedaba la mercancía, le decía que muchas gracias, que cómo está la juventud de alborotada y hasta la próxima.
Al fin y al cabo, Marta sabe que lo que justifica el primer cuarto de una novela, de una película y hasta de una vida suele venir de las casualidades y no del trabajo duro que la generación anterior vende a la siguiente.
Y por eso en una misma noche se cruzan con ella Pedro Lafuente y un asesino.