3/12 1020 #2
—Lo de la vuelta a la manzana era tal cual —sigue Javi el Rojo—. Como las que hacen los señores para comprar lotería de Navidad.
Jairo lo coge del brazo y su anecdotario termina de golpe.
—Sabes el cariño que te tenía Toni —dice.
—Y yo a él —contesta Javi con la boca seca—. Un muchacho excelente.
—Excelente —repite Jairo—. Eso te ha quedado de canción de cumpleaños.
Ahora rondan la jaula del famoso puma. El animal bosteza, aburrido bajo el cobertizo de madera. En aquel espacio cuentan que solo permite entrar a su dueño y que es al único que luego ronronea igual que cualquier otra mascota.
—Antes contabas cómo mi hermano reclutaba a hombres que luego fueron de su confianza —dice Jairo—. Los ponía contra la pared y les ofrecía una salida que pudiese servir para los dos.
—Era muy hábil con eso. —Javi el Rojo se siente cada vez más nervioso por ese diálogo que no querría mantener y por, maldita sea, otra gota con sabor a gasolina que le baja por la nariz—.
No les daba opción en realidad, pero después le estaban agradecidos.
Los que no, a saldar copas con el bar para el resto del año.
—¿Has contado que a ti te reclutó así?
—En verdad, fuimos uña y carne desde chavales. Y no… no lo he contado… Tío Luis tiene un primo que se llama Silvio, ¿sabes?
—Que te measte encima cuando luego partió una botella contra esta cabeza —Jairo le da un manotazo en la frente— que solo sirve para separar tus orejas de soplillo.
Javi el Rojo mira hacia atrás y encuentra al resto de la banda aún más alejado.
—Hay una operación que pega las orejas al cráneo —dice después, preguntándose qué demonios está pasando—. Hablé con un cirujano de la Moraleja, no es barata, aunque aquí todos manejamos millones gracias a ti.
—¿Tuviste algo que ver con que lo mataran?
—¡No! —A Javi el Rojo parece que le da un infarto—. ¡Ruina!, ¡ruina! ¡Ni se te ocurra decirlo! ¿Por qué…? No, no, no. Dime que ni siquiera pensaste esto. Antes mi vida y la de mi familia que la suya. Todos lo sabéis, ¿a que sí?
Vuelve a mirar atrás y los demás no pestañean.
—Claro que no has tenido nada que ver —contesta Jairo, recogiendo el farol—. Si no, morirías de otra forma.
—¿Cómo morir? Es fin de semana.
Metralla le coloca el cañón de un revólver en la frente a la vez que Jairo no le explica el cómo y sí el porqué.
—Mi hermano te iba a echar del negocio por los cortes que metes a la mercancía sin nuestro consentimiento.
En los bloques de Carabanchel se quejan de la calidad del material y los fardos llevan el sello de la familia.
Javi, tú nos haces quedar mal echándoles basura.
—Jairo se dirige a Metralla—: ¿Cómo lo llamaron aquellos muchachos la última vez?
—Aspirina machacada —contesta Metralla.
—¿De esa forma se lo agradecías a mi hermano? ¿O de esa forma vienes a reírte de su recuerdo?
—No, no es así. —Javi el Rojo abre mucho los ojos—.
Rebajé la calidad para cuadrar cuentas, ¿vale?
Nadie más vende en esos bloques y siguen obligados a comprarnos a nosotros.
Un negocio redondo. Lo leí en aquel libro de universitarios…
La riqueza de las naciones o algo así con riqueza.
Si no subes los precios, mejor bajas la calidad.
Es como cobrar más haciendo lo mismo… Magia negra.
—¿El libro trataba sobre cortar heroína?
—No lo he terminado, Jairo.
—Tus clientes van a Móstoles con la aguja colgando si les cuentan que allí tienen algo mejor al mismo precio.
—Fueron solo diez kilos en los que intenté esa táctica.
—¿Tenían el sello de la V?
—Diez kilos, joder. Seguro que podemos arreglarlo.
—¿Y dónde está mi parte de los beneficios?
—En una hora tienes aquí el triple de tu comisión.
—Pero las salidas que te quedan para el próximo minuto son estas: o entras en esa jaula a pegarte de hostias con mi puma o Metralla te vuela la cabeza.
Javi el Rojo levanta las manos, haciéndose el indignado.
—¡Jamás cortaría nada si pensase que perderíamos dinero!
—grita para convencer al resto, que también conocía cómo adulteraba el material—.
¡Jamás cortaría nada si…! De acuerdo, me puedo haber equivocado.
Ese libro no hay quien lo entienda y el lenguaje es como antiguo.
Letra… Letra pequeña y, además, lo de leer tampoco nunca fue lo mío.
—Desiste ante la evidencia de quién le ha vendido—.
A Tío Luis le encanta hablar de más, ¿verdad?
Pero ¡su cocaína también es una mierda! ¡Le echan gasolina esas zorras que trabajan para él en pelotas!
, ¡que dice que si no le roban gramos en las bragas!
—Mi producto no será malo cuando lo compran los de…
—Tienes los cojones de volver a contarnos que vendes a los políticos de la ciudad —lo interrumpe Javi el Rojo—. Un payo que lleva una cuchara colgada del cuello.
Tío Luis se encoge de hombros.
—Te avisé, Javi. Compostura… Compostura.
—¡Usas esa misma cuchara para comerte los yogures!
Javi el Rojo se quita el sombrero, la gabardina y sacude los puños.
Palpa su pistolera vacía y maldice a la estirpe de los Vargas.
No hay otra salida para él que unos colmillos sarrosos.
Bien, por lo menos irá a pelear dopado hasta las cejas.
A Jairo le gustan los traficantes que no cortan el material, que llegan puntuales, discretos, protocolarios como corredores de apuestas, y que nunca buscan hacerse amigos del comprador, porque su verborrea siempre es insufrible.
A Jairo, desde luego, nunca le gustó él.
Sabe que muchas veces lo peor de comprar droga es aguantar al que la vende.
Por eso lo manda al rincón de pensar, a la jaula.
Aunque Javi el Rojo no renuncia a su oportunidad.
—¿Si tumbo al gato, me voy con los míos a casa?
—Te vas —contesta Jairo—. Sin deudas y sin vergüenza.
—¿Quedamos en paz para siempre?, ¿me retiro tranquilo en Benidorm?
—Palabra de un Vargas.
—Bien, que no me dispare. Estoy listo.
—Está listo, Metralla.
Metralla baja su arma y abre la cancela de la jaula. El puma comienza a andar en semicírculos mientras Javi el Rojo chilla en su territorio para intentar asustarlo, se pega de cabezazos contra la verja y después imita ¿a un gorila?, tal vez.
—¡Mira lo loco que estoy, bicho! —Luego le dice—: Minino, minino…
La cancela se cierra con un giro de llave y a su nariz llega un olor a carroña y excremento. Todavía no ha soltado un puñetazo cuando el puma ladea la cabeza. A continuación, el animal estira las patas delanteras.
—Es que es manso —dice Metralla.
—Con la de cosas que cuentan de él. —Jairo enarca los hombros—. ¿Hoy tampoco morderá a nadie?
El puma se tumba de lado, pidiendo que le rasquen la barriga.
—Dame el revólver —dice Jairo a Metralla, que se lo da—. Lo siento, el puma se ha tumbado solo, Javi.
—Ha sido cosa mía, lo he acojonado.
—Este animal cada día es más vago —contesta Jairo.
Le vacía el tambor del arma en el pecho. Entonces sí, tras seis disparos, el puma gruñe, se pone en pie y raja los intestinos del cadáver de Javi el Rojo con los espolones. Todo lo que viene a continuación es horrible de ver y de escribir.
—¡Para los demás! —grita Jairo por encima del ruido del desmembramiento—. ¡Os recompensaré con una de mis plazas si traéis el nombre de cualquiera relacionado con el asesinato de Toni! ¡Y si traéis al que lo mató, os daré todo su territorio!
Se retira al interior de la casa, todavía más cansado de sí mismo y preguntándose cuál será esa maldición del burro amarillo.
Incluso el grupo de criminales se queda boquiabierto ante aquel sacrificio. La contemplación de ese cuerpo triturado es una forma absoluta de conocer por dónde se pierde la sangre en su negocio, sin perdones y sin segundas oportunidades.
—Ha empezado la cacería —dice Braulio, el proxeneta, el más listo de ellos.