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«Ha empezado la cacería».
Mansión de Jairo.
—¿Llevas mucho tiempo esperando? —pregunta Javi el Rojo.
—Unos minutos —contesta Tío Luis.
—Nos vamos a congelar. ¿Llamamos otra vez?
—Ahórrate cualquier cosa que pueda molestar hoy a Jairo, como volver a avisar de una llegada que ya tendrá en cuenta.
Vendrán a abrirnos enseguida y, si no, me quedaré aquí el tiempo que haga falta.
—Tío Luis se retuerce dentro de su abrigo—.
¿Has olvidado qué te da de comer? El respeto a ese hombre.
—Con este frío he olvidado hasta por qué me llaman el Rojo.
—No te comportes como un imbécil en su casa.
—En su casa siempre he sido bien recibido.
—Lo que digo, más bien, es que no te comportes como siempre.
—¿Que disimule que soy imbécil?
—Un rato al menos.
—Si no puedes divertirte en este trabajo, mejor que te dediques a otra cosa.
—Entonces solo te voy a advertir de algo —dice Tío Luis, oscilando el dedo índice—. No te diviertas con los muertos, menos aún con los que conoces.
—¿Y quiénes matarían a Toni? —pregunta Javi el Rojo—.
Sospecho de los turcos, porque hay que estar muy loco para pelarte al hermano de Jairo antes de una venta tan grande y que, perdona que te lo recuerde, ni tú ni yo ni seguro que ninguno de los de ahí dentro conocía.
Secretitos… Secretitos en la banda a estas alturas, cuando nos hemos comido medio Madrid.
—Eructa—. Me han hablado de muchos kilos de heroína.
—¿Unos cien, Javi?
—¿Cien te dijeron a ti?
—Sí —contesta Tío Luis—, que el hermano de Jairo se los compraba a los turcos y luego se los vendía ya cortados a los moros, porque todos andan locos con la nueva competencia de los iranís.
—Vaya zoológico de ciudad.
—También que Metralla estaría presente y no llegó a tiempo por una cagalera.
Javi el Rojo baila las cejas.
—Metralla nunca traicionaría a Jairo.
—Por eso me pregunto si él mismo ha tirado esa información a sabiendas.
—A mí me aseguraron que había el triple de kilos y que, cuando aparecieron los moros para recogerlos, ya estaban los coches de policía aparcados. Pero qué dineral nos pasa por delante de los ojos sin darnos cuenta. Insisto, hay que estar muy loco…
—Muy loco o muy mal informado, Javi. —Tío Luis lo interrumpe cuando oye unos pasos aproximándose a la puerta—. En estos días Madrid colecciona a puñados esas dos clases de personas. Ahora nos abren, así que compostura.
El asistente de Jairo empuja el portalón de la casa y sale con un traje de lana fría, camisa blanca y pajarita negra.
Mira a ambos lados y pulsa el intercomunicador de los vigilantes del exterior.
Se dicen un par de palabras a poco volumen, cortan, cambio.
Las precauciones han subido al máximo nivel por si ha empezado una guerra y todavía no saben quién es el enemigo.
—Venimos a presentar nuestros respetos a Jairo —dice Tío Luis—. Nos han llamado para unirnos al velatorio.
—Depositad vuestras pistolas en la pecera de la entrada —contesta el asistente—. El capo no permite que vengáis armados aquí.
—A ver —dice Javi el Rojo, sacando su enorme pistola—. ¿Cabe esto?
Dejan las armas en una gran pecera vacía que contiene otras parecidas.
No son los únicos que vienen a mostrar sus respetos y, de paso, su sorpresa por la noticia.
Nadie concreta aún quién delató a Jairo con la primera filtración tras cinco años mandando en el negocio.
Entonces asumió el tráfico de drogas en el sur de Madrid, ahora en toda la ciudad.
Los grandes traficantes todavía presumen de una relativa impunidad y de la falta de interés de la policía, acostumbrada a las caras viejas que mueven posturas de hachís al límite de la supervivencia.
Acercarse a un tipo en un bar y pedirle una papelina de brown sugar de momento solo suena a la penúltima bohemia de unos años frenéticos.
—Seguidme —dice el asistente—. Jairo agradecerá vuestra compañía.
Los conduce por un espacio donde ancianas vestidas de negro lloran, desconsoladas y teatrales, delante de un ataúd vacío.
Aquel forro interior encarnado a dos tonos.
No hay cadáver que velar mientras le hagan la autopsia y Jairo tampoco lo reclamará después a la policía.
Su hermano está muerto y todos saben que él piensa cobrarse la venganza por su cuenta, sin agentes intercambiando favores.
El asistente llama a una puerta al final de la habitación.
—Han llegado Tío Luis y Javi el Rojo —dice cuando se entreabre y asoma otra cara torcida—. Desarmados, como los demás.
Un hombre de pelo largo los deja pasar con una caída de cejas.
Su apodo es Metralla y a partir de ahí no suelen hacerse más preguntas.
La nueva sala muestra una hilera de sillas tapizadas y una mesa con botellas de champán y copas.
Al lado, una bombilla azul ilumina el altar rodeado de flores con la foto de Toni Vargas.
—Me parece que ya estamos todos —dice Jairo.
Es una figura que les ofrece la espalda.
Sentado en un sillón aparte, con las piernas abiertas y la cabeza recostada, como cansado de sí mismo.
Tío Luis y Javi el Rojo se acercan al retablo del hermano y hacen una venia a su imagen, con un cigarro en la boca y apuntando su escopeta recortada a la cámara.
Después, se inclinan de cara a Jairo, que les estrecha la mano.
A distancia, como si estuvieran secuestrados, se encuentran otra decena de criminales.
No falta ni uno de los amigos que se entendieron con el asesinado desde que era el ojito derecho del capo.
Las ausencias solo se deben al siempre incómodo tema de la muerte.
Ahí posan, malos, feos, ridículos y temibles, con heridas de guerra, ropas y alhajas extravagantes que se copian unos a otros y, sin excepción, las pistolas rendidas en la entrada.
—Mis condolencias, Jaime Rodrigo —dice Tío Luis a Jairo—. Que caiga sobre mí la maldición gitana del burro amarillo si no encontramos a quien hizo esto.
Y se retira con los demás.
Jairo se queda observando aquel enorme tupé levantado con gomina de Tío Luis, a juego con una blusa naranja almidonada y el cuello tan de punta que le llega hasta los lóbulos de las orejas, repletos de pendientes dorados. Luego, cabecea de manera casi imperceptible.
Entran varias mujeres con bandejas, sirven el champán en las copas y rondan por los invitados que se animan a beber.
Surgen las primeras conversaciones en honor del fallecido, tal y como es costumbre en sus velatorios.
Javi el Rojo se viene arriba y cuenta que a Toni le encantaba pasearse por los bares de Carabanchel y gritar que todos estaban invitados durante lo que quedaba de noche.
Cuando los presentes se lo iban a reconocer, los puteaba y los mandaba sentarse de vuelta.
Después escogía al más duro entre la clientela para dejarle una deuda de miles de pesetas.
—«¡Agradecédselo a Paco!», chillaba en medio del bar —sigue Javi el Rojo—. Y aquellos muertos de hambre, que nunca se llamaban Paco, muchas veces se ponían a trabajar gratis en el menudeo para la banda. Toni era un fenómeno.
—Eso hizo conmigo —dice Tomate, otro conocido delincuente que viste una camisa de chorreras—. Nunca podré devolverle el favor que me hizo cuando me obligó a dejar de robar los bolsos a las viejas.
—Una vez hubo un Paco —contesta Tío Luis al otro lado del corro.
—Ya empezamos con las casualidades que solo le ocurren a Tío Luis —dice Javi el Rojo, en bajo, a Tomate—. Le encanta ser el centro de atención. —Y subiendo el volumen—: Bueno, ¿qué pasó con él?
—Le perdonó la cuenta —contesta Tío Luis—. A ver, tampoco es raro. No chillaba «dadle las gracias a Silvio».
—¿Silvio es un nombre?
—Uno de mis primos se llama así. —Tío Luis tuerce la boca—. La madre es una hippie y el chaval va con e l pelo largo y descalzo… No sé.
—Vaya ganas de protagonismo —dice Tomate, también en bajo, a Javi el Rojo—. A mí nunca me ha hablado de un primo marica.
—Esto, ¿me permites probar de lo tuyo, Tío Luis? —pregunta Javi el Rojo, frotándose las manos—. El champán siempre me da dolor de cabeza.
Tío Luis lleva una cuchara de oro colgando de una cadena al cuello.
La toquetea, considerando esa petición. Luego asiente, abre un frasquito lleno de cocaína y con la cuchara recoge el polvo que pone bajo la nariz de Javi el Rojo.
Entonces Jairo se levanta del sillón y la tensión crece varios mundos.
Es un mito y cada segundo los demás sienten que hay que situarse lo más cerca a su altura, hablar lo justo, pactar lo máximo y sonreír: aquello que se suele resumir en saber estar.
Avanza hacia los presentes con el taconeo de sus suelas.
Un físico rotundo que consigue que las mujeres se marchen con las bandejas.
Conjunta un traje gris con camisa granate y botines de doble hebilla.
Su cara fatigada a los treinta y dos años, cabello alborotado, patillas en forma de hacha, pero aún con la expresión del niño criado en un andurrial de Carabanchel.
Sus primeros enemigos, como dijo ese, el hambre y la Guardia Civil.
Jairo señala las puertas de cristal que dan a la finca.
—Salgamos al terreno.
Sus hombres se miran entre sí, aunque salen, órdenes son órdenes, al espacio pedregoso y serpenteado de hierba. Un frío que pela. Mientras que el capo no se cubre de la llovizna ni con un abrigo, los demás se amontonan bajo el toldo del porche.
Javi el Rojo continúa con las historietas de Toni.
—No había puta del paseo de las Delicias que se dejase sin follar.
—Se rasca el puente de la nariz, por el que le baja una gota con sabor a gasolina—.
A veces las recogía, piso por piso, del portal 127 al 133, las amontonaba en una cama y hasta el mismo Braulio se le quejaba por el resto de sus clientes.
En plan, tengo una cola que da la vuelta a la manzana y tú sigues ahí empujando. ¿Verdad, Braulio?
Braulio, el proxeneta, mira hacia el suelo.