Histeria 2/12 2317
29%

2/12 2317

«La clase social es algo genético».

La luna ilumina un descampado en Coslada.

—No es que hubiera un tiroteo —repite De la Torre a Bam Bam—, es que hay cinco muertos y uno es mi mano derecha y otro el hermano de Jairo.

La única familia que le quedaba al desgraciado.

¿Supones por un momento que…? No, no lo supongas, porque eso no ocurrirá, pero sigo sin explicarme cómo ha salido todo tan mal cuando tú eres mi mejor soldado.

—Te lo vuelvo a contar entonces. —Bam Bam mide las palabras, lentas, bien pronunciadas para su dicción de arrastre—.

El confidente no era de fiar. La casa tenía asegurado el acceso trasero, tardamos en entrar más de lo que deberíamos y allí estaban el hermanísimo y el otro tipo recibiéndonos a tiros.

Eulogio cayó, los chicos vinieron a ayudarme y conoces lo demás con el fuego cruzado.

—Esos muchachos de la furgoneta apenas sabían disparar.

—Le echaron cojones. Si no, yo también estaría dentro de una bolsa de plástico.

—Sigue sin quedarme claro por qué esposaste luego a Toni Vargas.

—También te lo vuelvo a contar —dice Bam Bam, fingiendo algo similar a la paciencia—.

Lo esposé para preguntarle dónde estaba la mercancía, pero resulta que todavía no había llegado, que esperaba esa misma noche el cargamento y no serían los tres kilos que nos dijiste.

Jairo no enviaría a su propia sangre para una minucia así.

—¡No haberlo matado después, Bam Bam! ¡Para algo ibais con pasamontañas!

—Al principio no sabía quién era. Juraste que allí solo habría personajes de poca categoría y de repente tenía la habitación llena de cadáveres. —Bam Bam se acerca a De la Torre—. ¿Preferías que Toni pudiese contarle todo a la policía que no te metes en el bolsillo como antes?

De la Torre lo separa de un empujón.

—Prefería que su hermano no fuese contra quien crea que es el responsable.

—¿Tú también le tienes miedo? Todos deliráis con Jairo.

—Es el único que puede convertir Madrid en Vietnam. ¿No veías las noticias del culo del mundo cuando eras legionario? ¿A esos chinos quemados y a esos americanos mutilados? ¡Lo mismo hará semejante maniaco!, ¡liarla como si cayeran bombas de napalm por el Retiro!

—Nada de eso es asunto mío.

—Oh, yo lo haré asunto tuyo.

Bam Bam observa cómo el guardaespaldas avanza unos metros con el Saab. Las ruedas progresan en la arena y el motor ronronea: no vendrán más avisos si el legionario no se relaja, aunque solo esté gritando su jefe. Esa persona que antes jamás levantaba la voz, porque no le hacía falta.

—Nunca sabrá quiénes fuimos —dice Bam Bam, más relajado entonces—.

A Jairo lo quieren muerto demasiadas personas como para sospechar de un comando secreto en Puño Patriota.

No creo ni que sepa qué significa eso. En vez de tocarme los cojones, ¿por qué no hablas con el del chivatazo? Es el principal culpable del desastre.

—Lo haré, sin duda. —De la Torre se pellizca la cutícula de las uñas y luego mira al horizonte—.

Mañana habrá notas de prensa sobre esto, aunque sabrán tan poco de lo ocurrido como la propia policía.

El tamaño de las noticias dependerá de lo que hagan en los próximos días el payaso del Ángel Azul y el otro que tenemos como presidente del Gobierno.

Quédate en la pensión de San Blas hasta que reciba información de cómo avanza la investigación.

Puedes usar la tarjeta bancaria que te di para gastos básicos y sal a la calle lo menos posible.

—¿Qué tipo de gastos básicos incluye?

—¿Atún en lata?, ¿pegamento para esnifar? No quiero facturas que llamen la atención de mi bolsillo y punto. —De la Torre comienza a hablar para sí mismo—: Jairo pronto estará en guerra con demasiada gente y no sospechará de nosotros. Solo perdimos el dinero que nunca tuvimos… Nada más.

—¿Y si identifican a esos dos chicos que jugaban a ser ultras?

—Paletos que no podrán relacionar oficialmente conmigo.

—¿Y Eulogio?

—Me encargo de que borren los antecedentes de todos mis hombres, así que imagínate las precauciones que tomaba con él.

—Pueden llevar la foto del cuerpo a la sede de la organización.

—Existe el mismo protocolo para sacar del país a los nuestros que para olvidar sus muertes y sus caras.

—Lo de meterse en drogas tampoco tenía la aprobación de nadie ahí dentro.

—¿De los que aún asaltan cajas de ahorros con medias de señora en la cabeza? Sus aprobaciones y sus mordidas siempre me las he pasado por el forro. ¿Alguna pregunta más, legía ?

Bam Bam comprende que ese hombre ya no se fía de él.

Y no esperaba menos.

En su opinión, De la Torre es el depredador perfecto por aquello de que no sobrevive el más fuerte y sí el que mejor se adapta al medio, aunque ignora que a su jefe le han entrado titubeos hasta sobre eso.

Para los insignes del régimen, la idea de la cárcel no era más que un rumor de fondo si se venían abajo intrigas y prebendas.

Desde la Ley para la Reforma Política, el rumor había aumentado hasta convertirse en el molesto zumbido de esa noche de sábado, donde no tratan con sobornos y palizas a cualquiera, sino con duelos entre personas que no tienen bandera.

—Necesito cobrar más que los gastos básicos de esa tarjeta —dice Bam Bam—. Diez mil pesetas es lo justo cuando la información no era correcta y casi me matan.

Y De la Torre también comprende que en realidad Bam Bam no tiene bandera, que es otro de los escondidos a conveniencia bajo el perfil de patriota.

Piensa que los pobres, como ese legionario, han de engatusar a los ricos, como él, para progresar.

No les queda otra opción con su rutina de pedigüeños y por eso deben distanciarse ante la que se les viene encima.

Ahora, día tras día, quizá solo quedarán unidos por su propia supervivencia.

De la Torre se consideraría muerto si no pudiese frecuentar los cócteles de la Moraleja, comentar cuánto subirá en bolsa un valor refugio o la geopolítica balcánica, que, en definitiva, los círculos del poder no lo viesen como un sabio con pipa y las pandillas de ultras como un Cid remendado.

Bam Bam otro tanto si no siguiese con una existencia furtiva, de carretera y manta, de imponer el miedo con su simple presencia y que nadie en San Blas, Melilla o cualquier coordenada del planeta se dirija a él sin tartamudear, porque rompe con la misma facilidad a un guerrero del Rif que a un pijo de Chamberí.

Ambos renunciarían a todo menos a su reputación.

—Cobrarás tus diez mil pesetas después del próximo golpe, Bam Bam.

—¿Y hasta entonces qué hago? ¿Leer libros en la pensión?

De la Torre divisa a un perro con mal aspecto, que ronda la escena para ver si le cae algo, y le tira una piedra que casi le acierta en el lomo.

—Da igual lo injusto que te parezca —dice De la Torre después de limpiarse las manos—.

Y tampoco nos volveremos a ver en este sitio.

Cómo huele a miseria… ¿Distingues ese olor?

—Se dirige al coche, encajándose uno de sus puritos entre los dientes—.

La clase social es algo genético, se lleva dentro o no se lleva y uno no la pierde porque acabe pegando gritos aquí.

A mí lo caro me cae encima sin querer y no me queda más remedio que usarlo, pero para eso hay que crecer en una casa con sirvientes, biblioteca de tomos encolados, música clásica y buenos cuadros.

En cambio, tú no distingues el olor a miseria porque es contagioso desde el nacimiento.

Y no hay nada que puedas hacer al respecto, ni siquiera joderme con alguna patraña para sacar dinero a mis espaldas. ¿He sido claro?

Bam Bam se muerde un pellejo del pulgar.

—Muy claro.

Lo escupe al suelo.

—Hasta pronto, legía .

El Saab acelera y deja una estela de polvo que llega hasta Bam Bam.

Hoy no recibe una de las comedidas amonestaciones del jefe, sino el discurso que los diferencia en caso de que vengan más problemas.

Y por supuesto que el descampado no le huele a nada en especial al legionario.

Al final, a De la Torre le queda un paseo en coche hasta su ático en Velázquez y a él una caminata de horas hasta su habitación en San Blas, que iniciará junto a aquel perro de mal aspecto.

Pero Bam Bam ha resuelto cobrarse antes del próximo golpe.

Una millonada y al fin por su cuenta.