Histeria 2/12 745
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«¿Nunca has sentido que el futuro quedó detrás de ti?».

Gran Vía de Madrid.

Nubes arreboladas y rayos filtrados por su contorno.

Se iluminan algunas ventanas de los edificios en una secuencia entrañable.

En la calle, una hilera de coches colapsa el asfalto, bocinazos, ruedas rechinando.

Indicaciones del agente de tráfico cuando, sobre el paso de cebra, los madrugadores se cruzan con los trasnochadores.

Titilan las farolas antes del fundido a negro y dos gaviotas destrozan a un gorrión sobre una cornisa.

No lejos de allí, ese mismo amanecer gris, más metálico, se derrama por las casas abandonadas del oeste de Malasaña.

Solo se oye a un gallo anunciar el día y sus dolores.

Varios coches de policía en un solar tampoco llaman la atención de nadie.

Dentro de la casucha, el vagabundo que dio el aviso continúa retenido en la planta baja.

Cuando descubrió los cadáveres, caminó hasta la comisaría más cercana y allí habló de sangre y pólvora y de que él no tenía nada que ver.

Los agentes no lo tomaron en serio, pero el cabo sugirió que lo acompañasen al lugar por si confundían esa insistencia con un delirio.

No lo creen sospechoso, aunque los policías del barrio no lo dejarán marchar hasta que los investigadores del caso se lo permitan.

Y estos, Cañas y Germán, tampoco lo harán sin la aprobación del juzgado de guardia.

Germán le ha formulado las preguntas habituales sobre el hallazgo.

El vagabundo las contestó de forma precisa, dando detalles verosímiles sobre distancia o tiempo.

Parece haberse desarrollado tal como cuenta, pero el investigador tampoco le permite teorías sobre lo que sucedió antes de su llegada.

Cualquier testigo ha de limitarse a la percepción directa.

Acotar el delito es cuestión de personas como él, Germán Moreda, número 2.

487 del Cuerpo Nacional de Policía, que en su día trabajó para la dictadura y hoy se convierte en uno de esos agentes modernos y carne de series de televisión.

¿Qué estúpido argumento presentarían si todavía fuese un funcionario que traumatizaba a estudiantes y cuyas investigaciones se reducían a quién traía libros de Francia?

Sobre todo los de aquel Sartre, que tanto se había puesto de moda.

—Por cien pesetas te cuento quién es el que está esposado al sofá —dice el vagabundo—. En exclusiva, así entre tú y yo.

—No tengo suelto. —Germán palpa una moneda dentro de su bolsillo y continúa con el protocolo—: ¿Tocaste alguno de los cuerpos cuando llegaste?

En la planta superior, Cañas se acuclilla delante de ese cadáver anclado al sofá.

Intenta comprender qué técnica usó el verdugo en el cuerpo que más información ofrece sobre el crimen.

Sendos disparos en las piernas y la cabeza volada de varios impactos frontales, aquel lóbulo de la oreja izquierda desgarrado.

Existe un proceso que no encaja con el tiroteo de western crepuscular.

Vuelve a analizar el resto de los cadáveres y nota la diferencia del que empuñaba las dos pistolas, un merchero desaliñado, respecto a los dos jóvenes que ejecutaron por la espalda.

Más dudas le genera el aspecto militar del que tiene la frente doblemente agujereada.

Flashes sobre los cuerpos.

—Necesito fotos desde todos los ángulos.

—Estoy en ello, Cañas. El del cerebro hecho puré es la estrella de la sesión.

—El policía del reportaje coloca folios con números sobre los cadáveres—.

Hacía tiempo que no veía algo parecido durante mi turno.

La última carnicería que me tocó fue en el verano del 73, en una casa al lado de Ciudad Real y con un calor de la hostia.

Unos cuantos primos discutieron por unas tierras y acabaron por ponerse de acuerdo.

—¿Cómo?

—Matándose muchas veces con sus bieldos. El forense cogía los miembros desperdigados por el huerto y los encajaba como un puzle. Decía que tenía que asegurarse de que las partes coincidían.

—¿Hubo supervivientes?

—Uno de ellos salió andando de allí.

—Siempre suele haber un superviviente. ¿Cuándo tendremos tu carrete?

El fotógrafo mete la Kodak E300 en la mochila, donde también carga los objetivos de aumento y las correas.

—La semana que viene si Germán no se pasa por el laboratorio de revelado.

—Entonces lo tendrías en dos días.

—No mandes a ese perro de presa a por mí —dice el fotógrafo—. Me han contado que hoy hizo uno de sus numeritos en la cochera.

—El administrativo tampoco debería hablarnos así.

—Cuidado, que ahora las diferencias en la policía se resuelven con una instancia al superior o, si es algo más grave, a Asuntos Internos. ¿Nunca has sentido que el futuro quedó detrás de ti?

—Aún no, joder —contesta Cañas—. He cumplido veintiocho años.

—Por eso me daría pena que quisieses cubrir a tu compañero a cualquier precio. Él sí tiene esa sensación y todos lo vemos. Es la clase de policía que solo conoce verdades demasiado simples. Tú… tú acabas de llegar.

—Las cosas no cambiarán tan rápido.

—Ya han cambiado —dice el fotógrafo—. Piénsalo, Germán es una antigualla.

Se despide, dando por hecho que Cañas entiende que a las antiguallas, llegado el momento, se las aparta a un lugar donde nunca molestan.

Justo donde ahora no se encuentra Germán.

Mientras, el muerto esposado al sofá, oficialmente con el uno al lado de la cabeza, sigue comunicándose con Cañas.

El investigador saca su libreta de 105×148 milímetros para bosquejar un croquis.

Cuanto más inconcebibles sean las atrocidades, más clínicas y precisas deben ser sus descripciones.

Anota los ángulos de los brazos de los jóvenes, poco compatibles con un disparo a bocajarro en la nuca, poco compatibles con las armas que quizá les han puesto en sus manos y que apuntan en dirección opuesta.

Luego esboza las huellas de botas que vienen desde la construcción contigua.

Tal vez haya mucho calzado con esas suelas, pero alguna acotación sacará, al contrario que de los casquillos genéricos que han recogido.

—¿Nos podemos retirar, Cañas? —pregunta uno de los policías que acompañaban al vagabundo—. Llevamos aquí seis horas y tampoco parece que nos necesitéis.

Cañas fija su mirada en los sesos esparcidos sobre el sofá.

—¿Y si te necesitase? ¿Cuál es tu conclusión sobre el crimen tras tantas horas?

El policía hace una mueca a su compañero, que ayer batió el récord de multas a coches mal aparcados.

—La explicamos antes a la central. —Ese policía extiende los brazos para abarcar el salón—.

El merchero de las dos pistolas entró por la casa de al lado, mató al gato y la emprendió a tiros con todo lo que se movía.

Pilló por la espalda a los dos más jóvenes y ancló a ese a la pata del sofá para…

no sé. A continuación, se lo cargó o quizá él mismo se suicidó.

Y en algún momento subió el otro y se mataron mutuamente. Caso resuelto, Cañas.

—Suicidio…

—Le superaría cualquier asunto turbio en el que estuviera metido —sigue el policía—. Deudas de juego, furcias, robos… No será por falta de asuntos turbios en algunas zonas del barrio.

—No parece la mejor explicación.

—Depende de las ganas que le pongas.

—¿Y qué hacían todos reunidos aquí?

El policía coloca los brazos en jarra.

—Mira, Cañas, eres muy joven para dártelas de mentalista con nosotros.

Si quieres saber más del muerto del sofá, yo investigaría quién pudo hacerle ese tatuaje tan bonito.

—Señala una V dibujada en la mano del cadáver—.

En Madrid no creo que haya muchos que pinten así de bien. Este quinqui no era un cualquiera.

Cañas se dice que a veces no debería ser prejuicioso con los demás policías.

No había reparado en la calidad de esa letra, sombreada y con brillos blancos en su contorno.

Aquel policía de barrio ha visto doscientos dibujos a punzón en los maleantes que persigue mientras él apenas los estudia en fichas de cartón.

Es cierto que la V tiene un aspecto diferente a la mayoría de los tatuajes, a pesar de que el muerto no muestre más signos de distinción.

Ni esclava ni anillo ni reloj; quizá algo colgase del lóbulo partido.

Y eso también lo anota Cañas en su libreta.

—Nos vamos a casa, mentalista —dice el policía—. Te guste o no.

Cañas asiente, qué remedio, y se acaricia su incipiente mostacho. Dentro de unas semanas, con pelos largos cayendo sobre el labio superior, tampoco debería aguantar más desplantes a su juventud, a esa apariencia aniñada que invita a la descortesía entre los veteranos.

—Lo de mentalista ha estado bien —dice Germán, ya en la planta de arriba, cuando los dos policías se marchan—. Usaré el mote si te pasas de listillo. ¿Todo claro por aquí?

—Tan claro que por eso sigue oscuro.

Cañas le enseña varios apuntes, un croquis y una conclusión en su libreta.

—«La escena está preparada» —lee en alto Germán—. Jiménez nos advirtió de que apenas quería que hiciéramos algunos trámites, ¿eh, mentalista?

—Y ocurrió al contrario de como contaron esos policías.

—Cualquiera entiende que no sucedió todo a la vez, que el cabeza cuadrada pudo matar primero a los más jóvenes y luego, con tiempo, torturó al otro y se le complicó cuando apareció el de las dos pistolas.

—Sabes que el que hizo esto se marchó vivo de aquí.

Germán suspira, molesto con una hipótesis trabajosa.

—Solo sé que es posible.

—También que debía de buscar una recompensa y que quizá la encontró después de esos disparos en las rodillas. Habrá que poner patas arriba la casa.

—¿Para qué quieres trabajar tanto por esta gentuza? Lo mejor que podría ocurrirnos es que hubiese cincuenta cuerpos y no solo cinco.

—Jiménez dice que hay que llegar hasta los que mueven las bandas desde arriba.

—Te repito que en este caso nos pidió que volemos bajo.

—¿Ahora te gusta la discreción, Germán?

—Lo que me gusta es que el inspector no esté encima de mí.

Cañas cambia, a su conveniencia, el sentido del diálogo.

—¿Qué tal el vagabundo?

—He recogido su declaración mientras hacías dibujitos —contesta Germán—. Nada importante.

—¡Le he dicho que a uno lo conozco! —grita el vagabundo desde el piso de abajo, vigilado por otros policías.

—Ah, sí. —Germán arruga la nariz—. Quiere pedirnos unas pesetas a cambio de cualquier patraña.

Cañas guarda la libreta y baja a la planta inferior.

Germán detrás, volviendo a suspirar.

—¿A cuál conoces? —pregunta Cañas al vagabundo.

—Al que está atado al sofá —contesta—. Me extraña que no lo conozcáis vosotros, porque han matado a uno de los delincuentes más famosos de Madrid.

—Si han matado a alguien famoso, nos lo dirán enseguida las huellas dactilares.

—¿Le han arrancado las falanges de los dedos para que no lo identifiquen?

Cañas echa la cabeza hacia atrás.

—¿De dónde sacas semejante cosa?

—De su gente cuentan muchas historias —contesta el vagabundo—. Esa es una de las más conocidas… No hay huellas, no hay identidad.

—Soy un investigador y todo oídos —dice Cañas.

—Y yo un vagabundo y todo manos. Te cuento quién es por veinticinco pesetas y dejas que me largue ya, ¿trato hecho?

—Antes me pidió cien —interviene Germán—. En nada, nos contará que el cielo es azul por un chato de vino.

Aquel vagabundo está vivo a medias. Su sistema inmunológico es un montón de cables pelados.

Solo suele hablar con moribundos, camina como un moribundo y viste como un moribundo, con lo que ha logrado convertirse en alguien que sobra como el mejor de los moribundos.

Gasta las fuerzas que le quedan en buscar dónde dormir cada noche y muestra una total apatía por la existencia, salvo cuando pide una moneda.

—Mi profesión es pedir —dice—. ¿Lo recordáis?

Cañas rebusca en sus bolsillos.

Trato hecho.

El vagabundo estira la mano hacia las veinticinco pesetas.

—¿Jairo Vargas? —pregunta tras cogerlas.

—Devuélveme la moneda ahora mismo —contesta Cañas, enfadado—. Y vas a estar aquí hasta que acaben los de la limpieza municipal.

—Te avisé —dice Germán—. Patrañas.

—Espera. —El vagabundo se echa hacia un lado, mordiendo la moneda—. Te suena Jairo Vargas, ¿a que sí?

—Ese chico de arriba tendrá diez años menos que Jairo.

—Mala suerte para vosotros. —El vagabundo escupe la moneda y se la guarda en el bolsillo con un truco circense—. Es Toni Vargas, su hermano pequeño.

Cañas enarca las cejas y, dentro de su sorpresa, reconoce que en Germán no hay tanta.

Su compañero genera un cabeceo ambiguo que igual puede darle la razón como quitársela.

Luego los dos investigadores sacan maquinalmente sus cajetillas de tabaco, sin decirse nada más.

Ahora sí tendrán que poner patas arriba la casa.

Sus carreras de policía, que apenas podrían haber sido una sucesión de desengaños, los convierten en protagonistas no del caso más sencillo del mes, sino del más difícil del año.

Y en 1978 eso significa mucha dificultad y que Cañas sonría cuando recuerda lo que le dijo a la presentadora del telediario.

Esa investigación abriría cualquiera de sus programas.