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Jiménez enviará a Cañas y a Germán para un primer reconocimiento, después dejará las pesquisas a algunos de los viejos investigadores que pasaron la noche emboscando al Ángel Azul.
A una prostituta de confianza la pintarrajearon, le cardaron el pelo y la vistieron con una licra blanca; sin embargo, aquel carnicero que vigilaban solo era eso, un carnicero, con gustos quizá sádicos y conocimientos sobre mutilar carne, pero sus desviaciones quedaban lejos de siete chicas asesinadas.
No son las mejores fechas para un inspector de policía en Madrid.
Jiménez ya sale del despacho con dolor de cabeza.
Se conformaría con que ningún reportero publicase nada de los muertos. Imagina esas letras grandes en la portada de cualquier periódico y le dan ganas de volver a acostarse. Nadie necesita otra noticia así durante la tormenta de mierda que cubre la ciudad.
—Cañas y Germán —dice—, a mi oficina.
—¿Solo nosotros? —pregunta Germán.
—Cañas y Germán —repite Jiménez.
—Vale, vale.
Los otros investigadores aprietan los puños en señal de victoria y Germán les dedica una peineta.
—Veréis como es el caso más sencillo del mes —dice, dirigiéndose al despacho.
Cañas y Germán asimilan como pueden lo que han escuchado de Jiménez.
No será el sindicato de zapateros y tampoco el caso más sencillo del mes.
Los investigadores como ellos nunca han impedido que nadie caiga al suelo, es más, su trabajo parte de que ya hay alguien en el suelo.
Se podría decir también que sus indagaciones rara vez cierran heridas, pero quedan crímenes que suelen provocar un horror compasivo y ese, cinco muertos, sería uno de ellos si su inspector jefe no pronunciase las palabras:
—Dicen que es un ajuste de cuentas entre bandas.
—¿Bandas tan violentas? —pregunta Cañas—. ¿Qué nos estamos perdiendo?
—Todo lo que hay detrás de los quinquis desde hace años —contesta Jiménez—.
Las drogas pondrán del revés al país, aunque no es el mejor momento para sacarlo a la luz con la investigación.
Gracias al cine social ese ahora algunos delincuentes caen más simpáticos que nosotros.
—Jiménez se toquetea el escudo policial—.
Cada película de atracadores nos hace el mismo daño que una bomba lapa.
—Inspector —dice Germán—, no creo que pueda compararse con asesinar policías y guardias civiles de forma tan cobarde.
—Yo lo acabo de hacer.
—El inspector habla de reputación —dice Cañas—. No de muertes.
—¿No es sorprendente que un recién llegado sepa cómo se legitima nuestra función mejor que tú?
—pregunta Jiménez a Germán—. Las bombas lapa son terribles, pero con ellas los ciudadanos nos quieren un poco más.
Y, de repente, sus opiniones han ganado importancia y quizá un día nos manden a la reserva para siempre si no olvidamos los métodos de antaño.
Así que mejor dejar las palizas con toallas mojadas y los electrodos en los huevos. ¿Entendido ahora?
Germán se muerde la lengua.
Él solo hacía lo que le requerían sus superiores.
Obediencia debida / Cadena de mando.
Si bien aquel inspector nunca promovió esas prácticas, sabía que se daban a diario y miraba para otro lado en vez de tirar pullas a un funcionario con carrera de más de dos décadas.
Hasta su superior jerárquico, el actual comisario, aprobaba entonces los interrogatorios en los sótanos y hoy no reniega de ello.
¿Cuál será el Jiménez de verdad?, ¿el de antes o el de ahora?
Probablemente los dos. Germán piensa que siempre fue un flojo, un enamorado de las ficciones victorianas y sus educados detectives, alguien que leía tomos en inglés sobre criminalística mientras sus hombres se partían la cara en las esquinas y así, con los brazos abiertos, esperaba a los reformistas, que ya se cuelan en todas las instituciones.
—Lo que requiero de vosotros es la investigación preliminar —dice Jiménez—.
Activar los protocolos con el juzgado que llevará el caso, coordinar la recogida de muestras y formular algunas preguntas sin hacer mucho ruido.
Si descubrís cualquier chanchullo político, me lo comentáis a mí antes que nadie.
—Apostaría mi placa a que no es político —dice Cañas—. Ni siquiera de ultras.
Germán se tensa con la frase de su compañero.
—¿Alguna consideración más que quieras compartir, Germán? —pregunta Jiménez—. No te la guardes.
—Haremos lo que nos ordene.
—¿Te has imaginado por un instante lo contrario?
Lo que el inspector sí imagina es que nunca hay noticias sueltas.
Está seguro de que varias zonas de Madrid se complicarán para las labores policiales durante los próximos años.
Al sur, siempre al sur, se extienden comunidades donde nada funciona en medio de chabolas y fango, y entonces no quedan noticias sueltas o hechos aislados.
Jiménez sabe que en ciertos lugares una muerte violenta siempre lleva a otra.
Y aquí son cinco.
Cochera de la comisaría.
—Mejor conduzco yo —dice Germán.
—¿Y eso? —pregunta Cañas—. ¿Qué te ha picado?
Germán no le contesta mientras agarra la llave del coche colgada en una alcayata.
Una iniciativa, la de conducir, que sorprende a su compañero.
Cañas suele llevar el vehículo de la unidad para que él pueda maldecir lo que contempla desde la ventanilla.
Aquel bullicio del nuevo Madrid que merece sus insultos.
La ciudad apesta y el inspector ha confirmado que no hay ni buenos recuerdos bajo esa luz de invierno, solo cadáveres hinchados.
—¿Sindicato de zapateros? —pregunta el administrativo de la cochera cuando los ve firmando el cuadrante—.
Otro apasionante caso de Alfredo Cañas y Germán Moreda, pero esta vez no devolváis el vehículo sin el recibo de la gasolina para la contabilidad.
Las cuentas se descuadran por olvidos como esos.
Germán se voltea y estampa al administrativo contra la pared.
—No podrías hablar así de bien sin dientes, ¿a que no?
—Suéltame, hostia.
—¿Tienes idea de cuántas personas me han mirado como tú ahora en Madrid? Si digo que unas mil, me quedo corto.
Otros policías median en la trifulca, pero Germán se revuelve contra ellos y después levanta las manos, tranquilizándose. Cañas no sabe cómo intervenir, detesta la violencia y la de su compañero solía reservarse para situaciones más comprometidas.
—Aún te crees el sheriff —dice el administrativo, volviendo a ajustarse la camisa—. Y ya no resuelves ni un crucigrama.
Germán intenta ignorar el comentario y se dirige al Seat 131.
—Dame otra oportunidad.
—No durarás mucho cuando vuelvan los de Asuntos Internos a revisar tantas confesiones en tus casos —sigue el administrativo—. Aunque seguro que les cuentas una de aquellas historias con Ava Gardner. La que…
—Por ahí no paso. —Germán hace ademán de volver a por él—. Como se te ocurra burlarte de esa señora, te arranco las entrañas y te cuelgo de un árbol con ellas.
Y al administrativo, tragando saliva, no se le ocurre.
Cañas elige subirse al coche antes que meterse en la discusión.
Es cierto que los de Asuntos Internos aparecen cada mes para molestarlos con preguntas confusas, que abarcan desde los casos en los que trabajan hasta su opinión sobre los homosexuales o el último gol de otro vasco del Athletic.
Rellenan casillas en formularios y ponen la mejor expresión de cortesía cuando se despiden.
Todos intuyen que atarán en corto a personajes como Germán, aunque de corporativismo deberían ir sobrados en su grupo de investigadores.
Lo primero que aprenden en la calle es a cubrirse las espaldas cuando hay desmanes, a ganarse un sobresueldo cuando vuelve a haberlos, a brindar por ello en el bar de la esquina y a criticar a los mandos que no recuerdan qué significa patrullar aceras.
Ingresar en el cuerpo les supone ingresar en una especie de secta, pero sin poner demasiada fe en lo que hacen.
—¿Qué te sucede hoy? —pregunta Cañas a Germán, dentro del coche—. Él es un bocazas, aunque nada nuevo para que le atices de buena mañana.
—Le tenía que haber atizado de buena noche y así nadie se habría metido.
Germán se pasa la mano por su afeitado rasposo.
La piel seca y con rosáceas en el cuello.
Aquellos pelos ralos cayendo sobre la frente.
Una gabardina cubre sus pantalones de pinzas y su jersey de lana.
Calado hasta los tuétanos de fracasos personales, de la habilidad innata para valorar solo la oportunidad más complicada y por supuesto perderla.
—No me sucede nada —contesta luego—. Absolutamente nada y no me lo vuelvas a preguntar. ¿Estamos?
Germán arranca el Seat 131 blanco, carente de logotipos policiales. En la comisaria todos están contentos con el modelo, pero se quejan de que el capó vibra cuando lo ponen a más de cien kilómetros por hora.
Es el coche que arrasa entre la clase media madrileña.
—Estamos, compañero.