Histeria 2/12 530
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«¿Por una barra de pan? Claro que no».

Brigada General de Información.

Germán resopla tras leer la última carta del Ángel Azul.

Menudo loco: le resultan insoportables sus delirios cuando solo es un asesino cobarde, pero con voluntad de trascender, con voluntad histórica, lo cual le convierte en alguien todavía más perturbado.

Así que Germán descarta ese periódico sobre la mesa y puntea a Cañas la columna de otro diario sobre el presidente del país.

Adolfo Suárez parece avejentar años por días en la foto, aunque mantiene un porte atractivo y orgulloso, la imagen de ejecutivo que le ha ayudado a escalar en esa estructura tambaleante del gobierno.

—Nadie quiere a semejante traidor —dice Germán.

—¿Y qué pasa con los que lo han puesto ahí? —pregunta Cañas, recostado en una silla y siempre paciente con los enfados de su compañero—. Esos son los que quieres tú.

—No saben cómo sacárselo de encima —contesta Germán—. El vendedor de neveras este liquida cuarenta años de tranquilidad y después hemos de salir nosotros a la calle a poner orden. Pero lo peor es que ni siquiera les gusta a los rojos. Todos están acuerdo con que ha sido un inútil y un hipócrita.

—El Congreso tampoco se lo pone fácil.

—Porque es un inútil y un…

—Un hipócrita, vale. Vota a otro para las elecciones.

—¿Elegir entre civilización o barbarie?

—Cuánta pereza te da lo de los partidos políticos.

—Pereza no, asco.

—¿Y nunca querrás escuchar las dos versiones de una misma historia?

—Si escuchase la otra versión, esa historia sería mucho más complicada.

La columna periodística es demoledora. Según el rotativo, la entrega de la presidencia a Suárez por parte del rey fue un movimiento pésimo.

El subtexto parece decir que antes Europa pegaba a España las palmaditas de hermano mayor, pronosticando una monarquía parlamentaria de segunda categoría que se integrase en la OTAN y mantuviera al margen a los comunistas, que pudiese ser el país de sol y paellas que gusta a los turistas; pero sin cargos de conciencia por un dictador que no moría, agarrado al cargo mediante respiradores y catéteres.

Entonces, sin previo aviso, el nuevo presidente legaliza al Partido Comunista por aquello de yo tengo el poder y vosotros la legitimidad y solo queda el desastre por delante.

En cierta manera, el periódico reconoce que la democracia era una aspiración algo complicada y quizá estaba bien ahí, en el mundo de las tertulias, de los pasquines clandestinos, en definitiva, de las ideas.

Cuando va en serio, muchos piensan corromperla y lograr que meter un sobre en una urna sea algo litúrgico, como tragar la oblea y hablar de la carne de Cristo.

—¿Qué pensarán los norteamericanos de que pretenda recibir a Yassir Arafat?

—Germán vuelve a la carga—. Estados Unidos admitía que Franco era el último bastión ante los comunistas y ojo con que ahora no nos jodan en una de sus artimañas.

En su día traté con los de la CIA , ya sabes, porque vigilaba que algunos periodistas no persiguieran a Ava Gardner.

—¿También vigilabas a los del ABC ? —pregunta Cañas.

—Distingo el olor a periodista, es así como a almizcle.

—Te he escuchado tus primeros trabajos como policía muchas veces.

—Y después —sigue Germán a lo suyo—, a finales de los sesenta, limpiaba la ciudad de timadores para que los europeos se paseasen tranquilos y nos diesen buena propaganda. Ahora nuestro amado presidente estropeará todo ese trabajo por una foto.

—Lo importante es lo que haga en movimiento.

—Llevo veinte años en el cuerpo y por eso anticipo problemas con los militares. Y si hay problemas con los militares…

—Lo sé, Germán.

—… luego vamos nosotros.

—En tal caso, preferiría irme a mi casa.

—Ah, serás el único al que le darán a elegir.

Cañas quiere cortar la conversación. Nunca le importará mucho que un guerrillero con palestina entre en la Moncloa.

Su bandera son los suyos, apenas la familia, un par de amigos y su novia, y todos esos opinan que cuanta menos importancia se dé al país, más se dará a las personas que lo habitan.

Aunque él también piensa que continuar con el franquismo traerá problemas y si aquel presidente, quizá un arribista de provincias, pretende desmontarlo definitivamente, mejor que sea rápido y no juegue a ser un trilero con los militares, porque el día menos esperado le quitarán el cubilete y las bolitas.

Pero Cañas se lo calla y se pone a ordenar fichas de criminales en sus cajetines hasta que llegue el inspector jefe, que volverá a enviarlos al sindicato de zapateros de Lavapiés como no surja algo apremiante.

A l f r e d o   C a ñ a s

Diligente, eficaz, métodos novedosos, un poco flojo en opinión de sus superiores, pero joven, con lógica deductiva y mucho margen de mejora.

G e r m á n   M o r e d a

Un bala perdida con instinto policial, dotes físicas, expeditivo y problemático que cuenta sus ocho años para jubilarse y matarse a beber por los viejos tiempos.

Los han juntado hace un semestre y ya son ese matrimonio que discute entre el amor y el odio. El novato acaba de llegar a la división de investigadores y el veterano tiene un largo recorrido en la antigua Brigada Político-Social.

—Vale, no te interesan los líos en el Congreso. —Germán percibe la apatía de Cañas sobre el tema—. ¿Y qué te ha contestado la gallina? —Así se refiere a su novia y sus rodeos para irse a vivir con él—. ¿Se muda o no se muda?

—De momento se lo piensa. —Cañas tampoco quiere hablar de eso y separa una de las fichas del cajetín—. ¿Al Muñón no lo encerramos hace meses?

Después muestra los apuntes sobre José García, alias Muñón, por perder un brazo en un accidente con un torno industrial.

La ficha es una descripción anatómico-forense con valoraciones de la escuela de vagos y maleantes.

Desde la amputación se convirtió en otro timador del Rastro, aunque en la última época había degenerado y se metía en asuntos mayores.

Servía de ejemplo el atraco a un banco que hizo que lo detuvieran.

—Déjame ver. —Germán le arranca la ficha de las manos—. ¿Está libre desde hace tres semanas? Bueno, la pistola era falsa.

—Eso no lo sabía nadie hasta que lo cogimos. —Cañas recupera la ficha para no desordenar el cajetín—. El imbécil provocó un gran lío y ni tenía con qué defenderse.

—Además, solo podía engañarnos con una mano.

—Germán simula un arma con el pulgar y el índice—.

En este trabajo, antes era suficiente con dispararles por la espalda cuando huían y decir que no habían obedecido el alto.

El alto que gritaste varias veces, pero el delincuente continuaba corriendo y ponía en peligro tu vida, aunque solo hubiese robado una barra de pan.

—Nunca has hecho eso, ¿verdad?

—¿Con quién crees que hablas? —Germán lo mira de hito en hito—. ¿Por una barra de pan? Claro que no.

Cañas otea la entrada de la sala de investigadores.

—Ahí se acerca el gran hombre —dice después—. Si quieres mantener tu sueldo, que no note lo nostálgico que te encuentras hoy.

El inspector jefe Jiménez entra en la sala mirando al frente.

Nunca perfila un gesto que permita que sus subordinados puedan dirigirse a él fuera de su despacho.

Solo lo hacen allí y cuando son llamados a filas.

Suele aparecer a las ocho de la mañana, con una vestimenta sutilmente antigua y el escudo policial sujeto a la corbata, para leer los informes de las últimas horas que se apilan sobre la mesa.

Los estudia, café doble mediante, y luego los asigna según la carga de trabajo a los investigadores disponibles.

Salvo en asuntos como el del Ángel Azul, todos creen que su habilidad en el reparto resulta tan fiable como apostar en las carreras de caballos.

Cualquiera de sus agentes acaba decepcionándole y él devora volúmenes de criminalística en inglés, pero no consigue que nadie más se interese por la teoría de la anomia o cómo realizar una cross examination a un testigo.

A excepción de los chispazos de Cañas, ninguno de los seis hombres que le quedan libres mantiene la corriente de un buen investigador.

Jiménez entra en su despacho y cierra la puerta.

Los policías de la sala se miran entre sí, cómplices, ojeras tatuadas, esperando un caso sencillo para dormir cuanto antes a turno cambiado.

Desearían que no hubiese nada que investigar, que la ciudad fuese el lugar pacífico y a ritmo de chotis de hace una década.

A ellos les pagan igual por merodear la comisaría soltando chascarrillos y fingiendo atender a los del resto, menos cuando se desata el pique entre madridistas y atléticos.

Con sus broncas admiten que el fútbol aún no es el deporte que se llena de adjetivos, épica de baratillo y pizarras con flechas a ninguna parte.

En cuanto a la política, otro tema candente, la mayoría de los investigadores está de acuerdo con la columna del ABC y Cañas solo representa a un oyente algo delicado.

El inspector Jiménez se atusa el pelo en el despacho.

—No soporto más esta ciudad —dice.

Lee en un informe lo que le han adelantado por teléfono y repite el mismo salmo que ha orado al pie de su cama matrimonial.

Le perturba el relato que no se puede permitir con el Ángel Azul aún libre por Madrid: un vagabundo se refugia en una casa abandonada de Malasaña y encuentra un gato con el cuello partido, sigue unas pisadas en la planta superior y llega a la construcción colindante, se cuela por una ventana para ver si hay algo de valor y tropieza con un cadáver, enciende una lámpara de aceite sobre una mesa y se iluminan otros cuatro cuerpos.

Los policías del distrito lo han confirmado y su diagnóstico inicial es un tiroteo entre bandas sin supervivientes.