Histeria 2/12 209
22%

2/12 209

«Perdona, te debo un orgasmo de los rápidos».

Marta y Pitu se besan a un kilómetro del tiroteo.

Compartiendo el porro que les ha puesto aún más cariñosos, Pitu también sufre un ataque de euforia.

Ya se imagina grabando el primer disco y tocando en todos los platós que ha visto a través de su tele mal sintonizada.

En ese instante representa a otro chico demente y acelerado que nunca ha considerado el canon del drama juvenil.

Al principio ocurre todo lo bueno; las pandillas de amigos se meten en un montón de cosas que no dejan de llevar a otras; después se suman los inconvenientes, los suspensos, los desamores y el horizonte del mundo adulto que odian; de repente, la magia de la juventud se rompe con la primera víctima y nadie espera que esa sea uno mismo; a partir de ahí, quedan arrasadas muchas de las ilusiones que antes parecían certezas.

—Histeria es un buen nombre —dice Pitu, con certeza—. Seguro que Pedro Lafuente no lo tocará.

—¿Y el resto del grupo? —pregunta Marta—. Se llevaron un chasco con que no quiera hablar con ellos.

—Manu se puede ir a la mierda y pediré contar con los otros dos cuando tenga fuerza en la negociación.

—Pitu, lo del lunes no será una negociación.

—Tal vez no lo sea. —Una gran calada a la pipa de la paz—. Aunque da igual mientras el gordo nos ponga en antena.

—No hay dinero para comprar otro bajo —dice Marta.

—Manu se comportó como un zumbado al romperlo.

—El mío se cae a pedazos, el selector no gira y ni puedo conectarlo a un altavoz.

—¿Si vendo el ciclomotor para sacarnos ese dinero?

—Te darán cuatro pesetas por él —contesta Marta—. Está todavía más estropeado que mi bajo.

—Se acabaría lo de ir a verte al campus, lo de recogerte en casa…

—Y lo de llegar casi puntual a la carpintería. —Marta deja de abrazarlo y coloca los brazos en jarra—. Olvídalo, a la semana tu tío te ha echado del trabajo y de momento es quien te da de comer.

—Volveré a robar tubos de escape con la pandilla.

—Me prometiste que eso se había terminado.

—Resulta que no se ha terminado.

Marta levanta un dedo admonitorio.

—Tienes veinte años y acabarás encerrado en una celda si te cogen.

—El perista de Comillas siempre nos compró los tubos de escape sin preguntas.

—El lío lo puedes tener cuando estés desatornillando el tubo y no vendiéndoselo.

—Los morritos de Marta son todavía más grandes—.

Ahora hay mucha policía en las calles. ¿O es que no lo ves?

En cada esquina del centro ponen un coche patrulla y en cada edificio importante un camión militar.

Todos esos uniformados esperando… No sé qué, porque el peligro son ellos.

—De algún lado sacaré el dinero para tu bajo.

Si no, juro que venderé el Vespino, aunque sea a piezas.

—Pitu vuelve a agarrar a Marta de la cintura—.

Nena, te pido perdón porque no fui consciente de lo que podías mejorar el grupo.

A partir de hoy este sueño nos pertenece a los dos y vamos… vamos a hacerlo realidad.

Se enciende la bombilla de la habitación de Marta. El código de la madre para advertirle de que no puede calmar más al padre, que ha de terminar la negociación entre lo divertido y lo permitido, si no la perderá de inmediato y volverán los gritos y los bistecs colgados de la puerta.

—Debo subir a mi casa. —Marta pasa los brazos por el cuello de Pitu y se queda colgada—. ¿Me quieres tanto como a ese sueño?

— A lot of .

—Vaya mejora en tu inglés.

—Espera que empiece a tomar clases y juntaré más de tres palabras.

—Pero nunca olvides que, a pesar de que en el futuro seamos estrellas del rock and roll, la felicidad seguirá escondiéndose en las pequeñas cosas. —Marta le conduce la mano—. Como en mi clítoris.

Pitu sonríe y le aprieta el botón sobre los leotardos.

Ese día no le es posible negar una relativa belleza a Madrid.

Puede vivir en el sistema sin entenderlo, sin siquiera ordenar la habitación, basta con que le proporcione algo de amor y una firma con una discográfica.

Un bajo Fender también sería lo propio. Ahora la bombilla de la casa de Marta parpadea muy rápido.

El padre debe de volverse loco en el comedor, calculando la prima de riesgo en el seguro de cualquier incidente con su hija.

Dan las dos de la madrugada y sospecha que a esa hora no queda nadie decente en las calles.

Por no hablar del Ángel Azul, al que le han publicado otra carta en el periódico.

Si Marta vistiese con náuticos, jersey de punto y pendientes de perlas, nunca se fijaría en ella, según los reporteros.

—Me tengo que marchar —dice Marta—. O habrá problemas ahí arriba.

A Pitu lo tiene embobado desde hace cuatro años.

Es más inteligente, más reflexiva y, a la vista está, mucho más talentosa que él.

La mira sinceramente arrebatado, se cuela tras ella cuando abre el portal, la pone contra la pared, le baja las medias y le sube la falda, pidiéndole permiso con los ojos.

Marta se deja llevar y tampoco parece importarle que cualquier vecino pueda verla.

Pitu esquiva su ropa interior con un dedo que le acaricia el vello y luego se lo introduce en su sexo, aumenta la presión y un segundo dedo acude en auxilio del primero.

Marta se pega a su cuerpo, pero él la separa para contemplarle la cara.

Ella se corre enseguida y lo empuja con un gruñido.

—Perdona, te debo un orgasmo de los rápidos.

—El lunes lo cobro —contesta Pitu tras un último beso.

Luego sale del portal y arranca el ciclomotor a la primera.

Sí, a la primera. Eufórico, se pone de pie sobre los pedales y consigue doblar la esquina a una sola rueda.

Marta recompone su ropa, se palpa los bolsillos antes de subirse al ascensor y busca el chicle que disimulará el aliento a cerveza.

Desenvuelve una pastilla de Boomer con el logo del hombre elástico, la mueve por el paladar y después la coloca bajo la lengua para hacer un globito.

Lo estalla a la vez que oye como un reventón en la calle.

Se gira, asustada, por si Pitu acaba de pegársela contra el asfalto.

A través del vidrio del portal, contempla que una furgoneta negra ha perdido una rueda.

Del interior surge un hombre con un gato hidráulico en la mano, corre hacia la goma trasera y levanta el vehículo.

La furgoneta pesa dos toneladas y sus esfuerzos parecen heroicos.

Marta sale a la calle mientras el hombre coloca la rueda de repuesto.

Lo ve apurado, quizá pueda ayudarlo. Se acerca cuando él encaja el tapacubos a puñetazos.

—¿Llamo a una grúa desde mi casa o lo ha arregla…?

A Bam Bam le pilla desprevenido esa voz a la espalda, se levanta a punto de desenfundar la pistola y su sien choca contra el pómulo de Marta.

Ella se había inclinado para comprobar la dimensión del problema y, a cambio, ahora le palpita la cara de dolor.

Marta cae al suelo y recuerda ese rostro anguloso que la mira.

Bam Bam guarda el arma y también la recuerda a ella.

La vio con el de la cresta en el campus, el que no quiso llevarlo en ciclomotor contándole que iba en otra dirección.

Duda qué hacer cuando un taxi se detiene a unos metros, aunque está seguro de que nadie ha visto su arma.

El taxista discute con el pasajero y comienzan a insultarse, así que Bam Bam decide correr de nuevo hasta la cabina del conductor.

No quiere amenazar a una universitaria que ni se acordará de él y mucho menos lo relacionará con los muertos y sus sesos esparcidos.

Se sube al asiento de un salto y acelera con la misma velocidad absurda que conseguía antes de pinchar.

Marta acaricia su pómulo hinchado, pensando cómo es posible que se haya cruzado con aquel personaje otra vez y qué va a contarle a su padre sobre el morado que le saldrá.

Luego encuentra un objeto reluciente en el suelo.

El cerebro de Marta no logra conectar nada que parezca importante ni perverso.

Solo constata que semejante imbécil debe de llevar mucha prisa como para dejarse una joya así tirada.

Acepta encantada aquel regalo, porque comprarse un bajo Fender ella misma sería la mejor solución para quedarse en Histeria.

Y recoge el pendiente con la V de brillantes.

Odiado Madrid:

Como toda la ciudad, sé que los lectores de este periódico continúan preguntándose cada mañana quién es el Ángel Azul, por qué mata mediante esa precisión de cirujano y si alguien conseguirá detenerlo con su estilete aún manchado.

Entonces me veo obligado a escribirles esta carta, ya que tales cuestiones deberían resultarles irrelevantes.

¿Quién soy?

¿Quién no soy?

Ahora soy el viento entre las avenidas, las partículas en suspensión y la aguja del reloj que no paran de mirar.

No. Soy. Nadie.

Cambien el sentido de las preguntas y formúlense la única importante.

¿Por qué Madrid necesita estas muertes? Miren hacia arriba, luego aún más arriba, al sol enfermo, y reflexionen desde su condición de marionetas, pues aquí se escenifica la comedia de la modernidad y el guion lo escriben los que cambiaron de chaqueta sobre sus camisas manchadas de sangre.

¿Igualdad? Háblenles de ella a las mujeres que asesiné.

¿Libertad? Mi locura es lo único que me ha hecho libre.

Y si a alguien le parezco cínico, es porque vivimos tiempos aún más cínicos.

Cada día los observo cruzándose conmigo con su insignificancia a cuestas, culpables de tantos cargos a cada paso que dan, creyendo que el mal se esconde en el Ángel Azul y no entre los suyos.

Han preferido quedarse con los recuerdos que mezclan lo vivido y lo inventado, todos insoportables.

Y por eso precisan de mí para ver el presente, pasado y futuro de forma simultánea, con sus infinitas ramificaciones a través del espacio y tiempo, perpendiculares cósmicas y al fin un único camino sin salida, la oscuridad.

Demasiado; insuficiente.

Volveré a limpiar Madrid de mentiras.

A A