2/12 126
«Palabra de un Vargas».
—Todo en orden —dice Bam Bam a Eulogio.
La ronda por el entorno corrobora la información del confidente: casuchas al final de una riera sin asfaltar, todas vacías, cayéndose a trozos.
Esta zona de Malasaña no tiene nada que ver con el hervidero de Galería de Robles, indicativa de que tal vez el barrio se convertirá en algún tipo de referente en la capital.
Aquí las callejuelas dibujan otro abandono, otra discreción, nadie busca donde nada aparenta haber.
En concreto, la casa que asaltarán se sitúa entre ruinas.
Jairo escoge bien donde almacena su mercancía.
Y por decisiones así el nombre del capo retumba en Madrid.
Se aprovecha de los que salen cada día a buscarse la vida y, como no la encuentran, matan el tiempo con heroína.
Además, ahora llegan a la ciudad iranís que escapan de la próxima revolución islámica en su país y que mejoran la calidad de la droga turca.
El hachís ha dejado de dar el dinero de antes e incluso algún partido político habla de su legalización.
Jairo traficaría con aire si lo declarasen ilegal, porque eso, la ilegalidad, es lo único que le reporta beneficios.
Los quinquis siempre hablan de sus éxitos en los bajos fondos y ellos podrán trapichear y gastar lo suyo, pero nada en comparación con las historias que cuentan de él.
De la Torre le tiene respeto.
Eulogio, mucho miedo.
A Bam Bam le resulta indiferente.
Puede que convertirse en un asesino profesional vaya de eso, de emociones diferidas, ningún rencor y ninguna alegría.
No debería preocuparse por nada que no sea cobrar la cifra que le permita seguir matando.
Y el talento, como en todos los trabajos, debe ser proporcional a tal cifra.
De la Torre regatea a Bam Bam más dinero del que le gustaría con chanchullos, pagos a fugados y mítines de salón.
Aquí el legionario ha aceptado una cuota pequeña, porque, se lo dijo el jefe, será el encargo más fácil del mes.
Bam Bam cree que lo que ahora proponen los ultras resultaría fantástico si todos pensasen igual, pero el sueldo no se adecúa a la realidad de 1978.
Madrid ya no es su patio de recreo. ¿Y cualquiera de las nuevas bandas tendría una oportunidad contra Jairo?
Bam Bam sabe que no, que hay niveles en eso del crimen.
—Nos saldrá bien —dice Eulogio—. El almacén lo guardan unos muertos de hambre y Jairo ni se enterará de que ha perdido tres kilos en uno de sus puntos. Saldrá bien… ¿A que sí?
Bam Bam no lo tranquiliza con una respuesta.
Del mamporrero de su jefe opina que, si no lo matan pronto en plena acción, lo atropellará un autobús o algo semejante, que su inteligencia le llega justa para pasar el día y ponerse de pie al siguiente.
Hace años se esforzó en dar mucha coba a personas importantes y ese es su único mérito.
Eulogio tiene el rostro punteado de barba, con una expresividad exagerada, de cine mudo, aunque no para de hablar.
—¿Escuchaste las cosas que cuentan de él? —sigue preguntando, nervioso—. Al último que lo traicionó le arrancaron la piel y lo metieron vivo en un cubo de sal.
—Lo he escuchado —contesta Bam Bam—. No es la mejor manera de morir.
—¿Lo de su puma gigantesco que se come de un bocado a los chivatos?
Bam Bam cabecea en dirección a la casucha.
—También lo he escuchado —contesta después—. A partir de ahora solo hablamos de este trabajo, ¿vale?
Eulogio ubica la furgoneta negra de los suyos, al ralentí y con las luces apagadas en una senda de tierra.
Luego enfila con Bam Bam el empedrado de la construcción contigua, caminando junto a una tapia.
Es el momento de enfundarse los guantes y los pasamontañas.
Aquellos agujeros en boca y ojos les dan aspecto de guiñapos siniestros.
La casucha que asaltarán muestra una luz a través de la ventana.
—Es una lámpara de aceite —dice Bam Bam—. Mira cómo oscila el reflejo.
Ambos corren hasta el patio trasero. Apenas se aguanta su puerta carcomida, como también dijo el confidente.
Queda claro que esas edificaciones abandonadas no le importan a nadie.
No están registradas en el catastro, no disponen ni de cañerías y solo sirven de refugio ocasional a algún vagabundo.
Dentro, la roña remonta techos y paredes.
Los dos suben a la planta superior por una escalerita sin pasamanos.
Hay varias habitaciones con aperos, botellas rotas y excrementos de gato.
Uno atigrado, famélico, maúlla en la oscuridad y Eulogio lo caza al vuelo y le rompe el cuello.
Bam Bam tuerce el gesto y continúan el itinerario.
Separado por un murito de adobe, el terrado se comunica con el del objetivo, donde ven la luz oscilante por el par de sombras que deben de ser sus vigilantes.
—Llevamos las pistolas con silenciador por delante —dice Bam Bam, casi susurrando—. Dispondremos de unos segundos antes de que reaccionen, para entonces tienen que estar rendidos o muertos. Abajo, como sabemos, no hay machacas.
—De acuerdo, número cuatro —contesta Eulogio.
Bam Bam suspira: le partiría el cuello todavía más rápido que a ese gato.
—Ajá.
—Es para acostumbrarme ahí dentro —dice Eulogio—. Número cuatro.
Bam Bam patea la puerta, pero le han colocado una trabe de hierro en perpendicular y resiste las embestidas.
Ahora hay más cuidados que los que contó el confidente.
Después rompe el cristal de la ventana y logra subirla desde la parte interior, con el riesgo de rajarse los guantes.
El contratiempo supone que los hombres de Jairo se pongan en guardia y los asaltantes corren hasta encontrar al primero a punto de coger una recortada de debajo del sofá.
—Como te muevas, te vuelo los sesos —dice Bam Bam—. ¿Dónde está el otro?
El encañonado duda un momento.
—Estoy solo —contesta—. ¿No lo ves?
Un disparo con silenciador de Bam Bam le revienta la pierna izquierda.
—Número cuatro…
—¡Cállate de una vez! —grita después a Eulogio.
El segundo hombre que buscaban sale del baño con una pistola en cada mano, aprieta los gatillos y sus balas atraviesan la frente de Eulogio.
Bam Bam rueda por el suelo y le dispara cuatro proyectiles de vuelta.
Impactan en la pierna de aquel tipo y lo hacen caer detonando sus armas, esta vez contra el techo, de nuevo a todo volumen.
Un quinto tiro de Bam Bam le alcanza la tráquea.
El humo de la pólvora asciende por la pared en espirales.
Ahora apenas se oyen el aliento frenético del de la pierna reventada y los borboteos de sangre en la garganta del otro, que ya ha dejado de respirar.
—¿Sabes a quién estás robando? —pregunta entre gruñidos el que queda herido—. ¿Lo sabes, cabrón?
—Fiambre número tres y yo no sabemos casi nada —contesta Bam Bam—. Solo que lo que queremos lo escondéis en la cocina.
Bam Bam ancla el herido al sofá con unas esposas y requisa su escopeta recortada.
Después baja a la cocina, la registra a fondo, pero no encuentra más que garrafas de agua, cuchillos oxidados y moscas desquiciadas.
Vuelve a la planta superior y contempla al esposado a punto de arrancarse la muñeca para liberarse.
—¿Dónde está la mercancía?
—No voy a decirte nada.
—Si no te pego un tiro en la otra pierna, aún podrás andar con bastón.
—Tú a mí me comes los cojones.
Bam Bam le dispara a la otra pierna.
—¡Hijo de perra! —grita el herido, su cara desfigurada de dolor—. ¡Juro que os torturarán a ti y a toda tu familia durante meses!
Bam Bam se acuclilla y apoya el cañón de su pistola sobre los testículos del herido, simula amartillarla y la presiona contra el pantalón vaquero.
—Aún hay varias balas en el cargador para hacerte sufrir —dice—.
Y luego, cuando todavía respires, rebanaré tu cuerpo en seis trozos con uno de esos cuchillos de cocina que hay abajo y que, perdona, pero no tienen pinta de cortar muy bien.
La gente siempre habla de cinco porque se olvida de contar el tronco.
Así que son seis, y la cabeza, desde donde lo verás todo, es lo último que te arrancaré.
—Bajo el fregadero —dice el herido—, tras una tabla de madera.
—Buen chico.
Bam Bam regresa a la cocina, jurando que esta vez le ha dicho la verdad. Se agacha bajo el fregadero y encuentra una tabla atornillada a la que antes no dio importancia. La parte de un puñetazo, arranca los añicos y descubre muchos más fardos de heroína que los que le habían encargado robar.
Quizá diez veces más.
Algo no encaja.
Duda si contar a los que esperan en la furgoneta que hay esa cantidad, pero antes hablará con el de las piernas agujereadas para corroborar un pronóstico, una de esas intuiciones tras su larga experiencia de asesino a sueldo.
Algo no encaja.
Arriba, el herido sangra por la muñeca mientras tira y tira del grillete.
Bam Bam admite que tiene más arrojo que cualquier otro al que haya robado.
Le sorprende por una mercancía de la que será un simple custodio o, quizá, sea cierto que Jairo no permite un error sin pasar luego por el tormento.
Se diría que aquel hombre anclado al sofá aún no cree que dos balas le han destrozado las piernas, que el dolor atroz que le sube desde las rodillas es suyo y que, incluso, el cuerpo que intenta liberarse de las esposas le pertenece desde que tiene consciencia.
Bam Bam vuelve a acuclillarse delante de él, se fija en el aro dorado que lleva en la oreja izquierda y del que cuelga una V con brillantes.
Le da un toquecito y la joya oscila de un lado a otro.
—¿Quién eres? —pregunta.
—Empiezas a entenderlo, ¿verdad?
—Ayúdame a entenderlo más y yo te ayudaré a salir de aquí.
—¿Te envían los turcos?
—Haciendo tú las preguntas no funciona.
—Los putos turcos. Cuánto me avisaron.
—Te repito que así no funciona.
—¿No sabías que soy el hermano pequeño de Jairo?
Claro que Bam Bam no lo sabía. Enfunda la pistola, esa pregunta sí ha funcionado, y se quita el pasamontañas.
Ya comprende la letra cara colgando de la oreja, tanta cantidad de heroína almacenada y las prisas que le han entrado, porque allí o se acaba de recibir la mercancía o dentro de poco se entrega.
En ese negocio todo es más fácil cuanto menos tiempo se ronde cerca de la droga y lo de los turcos no le suena demasiado bien.
—Qué sorpresa —dice el hermano de Jairo entre resoplidos de dolor—. No lo sabías y ahora estás en el peor lío de tu vida.
—He estado en unos cuantos.
—Este es el último, porque soy… soy la única familia que le queda a Jairo. —Sufrimiento extremo en su rostro—. Libérame de una vez y prometo que te matará con un disparo en la nuca, algo rápido y sin represalias para los tuyos. Palabra de un Vargas.
—¿Me matará rápido?
—Palabra de un Vargas.
—¿Qué validez tiene?
—No es una promesa, es una garantía.
Bam Bam ladea la cabeza y replica con sus términos:
—En mi opinión eres una zorra por llevar eso colgando de la oreja.
—¿Qué? ¿Estás loco?
—Y cualquiera sabría que cuando me quité el pasamontañas ya habías muerto.
Le arranca de un tirón el pendiente con la V.
Dispara, dispara, dispara.
En la furgoneta, los dos ultras continúan en guardia ante la tardanza de Eulogio y Bam Bam.
Concretamente, el número dos lleva un rato con la marcha embragada y el pie rozando el acelerador.
Se tranquilizan cuando el legionario se les acerca, aunque no demasiado al ver aquella cara descubierta y moteada de sangre.
—¿Qué ha pasado? —pregunta el conductor—. Parecían las Fallas.
—Tuvimos que improvisar —contesta Bam Bam—. Conduce el coche hasta allí para cargar la mercancía.
—¿Y Eulogio?
—Está dentro.
—¿Los disparos?
—Tres cadáveres.
—Si nos dijeron que…
—Mira, chaval. —Bam Bam mete la mano por la ventanilla y lo agarra del cuello—. Sé que estás asustado, pero nada puede cambiar lo que ha pasado.
El conductor, aún más asustado, acata las órdenes.
Bam Bam le indica la maniobra para que el portón de la furgoneta quede de cara a la casucha.
A la izquierda hay un corral con el techo derruido y tablones de madera desbastada recubiertos con juncos; a la derecha, una porqueriza en la que tampoco vive ningún animal desde hace muchos años.
Imposible que alguien haya escuchado el ruido de las pistolas o, si lo ha hecho, no le ha dado importancia en aquella zona.
Los ultras siguen a Bam Bam hasta la cocina.
Este les enseña los fardos bajo el fregadero y es el único que repara en que tienen una V impresa, como la del pendiente.
—Hay mucha más droga de la que pensábamos —dice el conductor.
—Por eso debemos ser rápidos —contesta Bam Bam mientras comienza a mover los fardos al vehículo—. Alguien vendrá pronto a por ella.
—Eulogio podría ayudar —dice el otro ultra.
—Está vigilando la segunda planta. Acabamos y vamos a por él, chicos.
En pocos minutos la furgoneta queda cargada y, ahora sí, Bam Bam ordena que avisen a Eulogio para largarse.
Aquellos ultras suben las escaleras delante del legionario, maldiciendo al que no ha aguantado un solo kilo y que encuentran estallado en el suelo.
A su lado, los otros cuerpos. Uno de los ultras se lleva la mano a la boca para controlar una arcada.
—Oye —dice Bam Bam—, si vomitas, lo limpias.
—Pero…
—Os dije que había tres cadáveres y que Eulogio estaba arriba.
El ultra se va a dar la vuelta.
—No, por Dios. Tengo una hija y…
Otros dos disparos con silenciador.
—Tal vez no toda la verdad —dice Bam Bam después de ejecutar a los ultras por la espalda—, pero la verdad a fin de cuentas.
Observa esos cadáveres entendiendo que, si murieron llenos de sueños, no les dio tiempo a perder ninguno.
A continuación cambia de manos algunas pistolas, prepara nuevos ángulos de disparo con los brazos inertes, deja allí los casquillos y reconstruye la escena de un fuego cruzado para los investigadores que, dentro de poco, aparecerán con sus resabios.
Les dicta la conclusión más sencilla del atestado: ajuste de cuentas sin supervivientes y con Franco esto no pasaba.
Comprueba una última vez lo bonito que le ha quedado el salón, se lamenta por las huellas de sus botas, apaga la lámpara de aceite y se dirige a la furgoneta.
Únicamente hay diez mil legionarios en activo y al menos otras tantas personas tienen su calzado, pero ninguna de ellas soñaría con llevarse un cargamento que valdrá unos sesenta millones de pesetas.