Histeria 1/12 2156 #2
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1/12 2156 #2

Pedro Lafuente mira con desdén al grupo, cigarro en boca y copita de pacharán que aguanta con dos dedos, luego quiere comprobar cómo de buenos son Atrofia Cerebral y largarse con un camarero a su ático en Gran Vía.

La juventud, tal cual es, ya solo le despierta una apagada curiosidad.

Le confirma el asco que le producen los conciertos madrileños.

Él, que ha estado en Brooklyn botando con los New York Dolls o en Manchester flipando con Joy Division, tiene que apretujarse en antros así para quizá encontrar un grupo digno de punk en España.

Una cuestión más comercial que de imagen en su empresa.

Nadie le dirá que no toca todos los estilos para el día que, aunque sea de casualidad, alguno ponga a bailar al país, que lleva cuarenta años con música de verbena.

De ahí es complicado evolucionar a una canción que hable de incendiar el sistema y de paso arder tú mismo.

Tal vez el gran público nunca querrá escuchar eso.

Pedro Lafuente anticipa que vendrá algo más empalagoso, falso a fin de cuentas, comprometido con no comprometerse y que permita a los políticos sonreír por las ocurrencias artísticas de sus nuevos y jóvenes votantes.

Algo que, en resumen, lo haga rico. Pero, pensando en su trabajo, tiene en cuenta lo que está sucediendo en Inglaterra con aquello del punk.

Histeria arranca con Gallo de pelea tras los chequeos de micro e instrumentos.

A Pitu le sobra carisma: su voz desgarrada y los bailes pendulares gustan entre el auditorio, que comienza a moverse.

La guitarra suena fuerte con las quintas, la batería alcanza una velocidad de crucero y el bajo no es el desastre esperado viendo la cara del que lo aguanta.

Dos minutos de canción.

El público aplaude con algo de entusiasmo.

—¡Sí, Pitu! —grita Marta, dando un codazo a sus amigas para que la ayuden—. ¡Los tienes en el bolsillo, animal!

El concierto continúa con Asfalto. Entonces, en las primeras notas, el bajo se desacompasa sin remedio.

Para desviar la atención, Pitu escupe media cerveza como un aspersor.

Su cresta roja flamea cuando un escupitajo planea de vuelta hasta su cuello.

Se lo limpia con el dorso de la mano y continúa la estrofa de «Asfalto humeante y piedras volando» .

Las primeras filas lo aprueban con un cabeceo.

Manu, el bajista, aúlla y pone el pie encima de un altavoz, lo vuelca y cae con su instrumento encima de la gente.

Lo mantienen en el aire durante una coreografía que al fin llama la atención de Pedro Lafuente.

Vio algo semejante las ocasiones que estuvo en el CBGB , en Manhattan.

Un acople del bajo y después el silencio.

Se ha desconectado su amplificador.

Han llevado en volandas a Manu hasta la barra y ya no puede levantarse.

Repta por ella como un gusano mientras los camareros intentan que no chupe las copas vacías.

Pitu piensa cómo solucionarlo, el batería chuta el pedal del bombo en un compás lento y el público aún no reconoce si el desastre forma parte del espectáculo.

Tímidas palmas continúan el ritmo y Marta cruza miradas con su pareja.

Sí, está sucediendo. Él le indica que vaya como sea al escenario, ella se tira sobre los mismos que mantearon a Manu y rueda hasta que Pitu puede subirla a su lado.

Después llega el bajo igual que si lo acabase de traer la marea.

Pedro Lafuente se fija en la chica: buena planta, cara linda, melena corta y teñida de blanco, top malva, cinturón de argollas, leotardos negros y botas de caña alta.

Si sabe tocar el instrumento, ese grupo puede tener algo.

Marta siempre ha creído que la hora de la verdad es la hora de cualquier cosa menos de la verdad, pero ahí está sobre el escenario y ya siente que es su casa.

Agarra el bajo y marca el final de Asfalto.

Pitu grita y el público, otra vez conectado, sube los brazos.

Botan con el nuevo ritmo, porque claro que la chica sabe tocar el instrumento.

Las evoluciones entre trastes son precisas y la cuarta cuerda suena igual que un muelle, al estilo funk, con el golpe del pulgar.

Terminan con Blitzkrieg Bop de los Ramones.

«Oh, oh, oh», grita el auditorio. Marta pega su espalda a la de Pitu durante los coros.

Él se da la vuelta, la mira y le encuentra esa expresión gamberra en los ojos.

Entonces comprenden que continuarán juntos en aquello.

Es la misma expresión que tienen cuando hacen el amor y otras veces follan.

Se produce la comunión con el público, que a duras penas corea la última canción.

Pitu tira un par de exabruptos al micro, tan harto de conciertos inofensivos que lo que no incluya cagarse en diputados, funcionarios de ventanilla y policías con uniforme gris no le interesa.

Tal vez tampoco le paguen, como le dijo aquel ultra del campus, aunque no es otro paria de una ciudad que huele a lentejas, aislado en un cuchitril de un edificio igual de gris que el resto.

Es un artista nacido para traer el caos.

—A la mierda Madrid —dice como final de concierto—. ¡Viva el kaos con K!

— ¡Kaos!, ¡kaos! —grita el público.

Manu surge en la despedida para recuperar su bajo y partirlo contra el escenario. Un buen remate en cualquier concierto, aunque, cuando también rompe el amplificador de la sala, los trabajadores lo echan a patadas.

—¡Me están dando una golpiza! —grita.

— ¡Kaos!, ¡kaos!, ¡kaos! —sigue el público.

Pedro Lafuente se conmueve sinceramente con aquello.

Él sí cree que Pitu es otro paria, pero lleno de actitud, persuadido de ser el centro de un nuevo movimiento y de todas sus poses rebeldes.

Por eso el chico no había detectado que el talento lo tiene Marta y solo una curda obró el milagro.

El grupo desciende del escenario entre felicitaciones y el dueño del local coge el micro para anunciar a Atrofia Cerebral.

Luego le dice a Pitu que Pedro Lafuente quiere hablar con ellos.

El productor los aguarda al final de la barra, afectado por una sorpresa o, quizá, por nuevos bríos ante una futura prueba en su estudio o, en todo caso, por el instante en que comprende que no es tan embustero y que no tiene que fingir demasiado para pedir copas gratis.

Le estrecha la mano a Pitu.

Después, baja sus gafitas hasta el final de la nariz.

—Quiero verte el lunes a las cinco en mi estudio —dice.

—De puta madre, ahí estaremos. —Pitu se gira hacia el resto del grupo—. ¿Lo habéis escuchado? ¡Su estudio!

—No, no. —Pedro Lafuente también niega con la cabeza—. Ven solo con ella.

—Somos un grupo y… —Pitu se queda con los puntos suspensivos en la boca—. Supongo que podemos hablarlo.

—¿Cómo te llamas, chica? —pregunta Pedro Lafuente.

—Marta. —Sonriendo mucho.

—¿Qué más? El apellido es importante en el negocio de la música.

—Marta Beltrán, encantada de conocerte.

También se dan la mano, pero con un contacto más prolongado.

—Has estado muy bien ahí arriba.

—Ha sido una pasada —contesta Marta—. La noche más feliz que recuerdo.

—Disfrútala, porque no vivimos para ser felices.

—¿Soy tan afortunada?

—Hoy sí.

—No sé. —Marta, algo extrañada, mira al resto del grupo—. ¿Para qué vivimos entonces?

Comienza la última prueba de sonido de la noche.

—Para hacer cosas que tengan significado —contesta Pedro Lafuente.

—Y tú nos ayudarás con eso —dice Marta.

Pedro Lafuente vuelve a estrecharle la mano solo a ella.

—Beltrán… Demasiado eléctrica para ese apellido. —Luego, atendiendo al escenario que ya truena con Atrofia Cerebral—: ¡Habrá que cambiarlo! ¡Es mi primera ayuda, Marta!