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«Beltrán… Demasiado eléctrica para ese apellido».
Noche del concierto.
El Pirata es un sótano escondido en Malasaña.
Dispone de ochenta metros cuadrados con varias barras de tablones aguantando botellas y vasos.
Al fondo, un escenario de palés donde cabrán los cuatro miembros de Histeria y, a su izquierda, un baño repleto de pintadas.
El público queda a la altura de la cintura de los grupos, aunque unas columnas de hormigón impiden una buena visión del recital desde cualquier ángulo.
El aforo marca doscientas personas amontonadas unas encima de otras.
Los que ahora adoran la música en directo suelen justificar las estrecheces en los locales.
Allí gritan y botan bajo el ritmo sincopado, con las manos sujetando copas y cigarros mientras se manchan la ropa de chorretones y quemaduras. Y, en resumen, todo está bien así.
Marta y Pitu llegan cuando termina la actuación de la tercera banda de la noche.
Ella negoció la hora de vuelta a casa con su padre y después, como siempre, el Vespino de él casi los deja tirados.
Cuando Pitu iba a gastarse su poco dinero en un taxi, porque su pareja ya no le permite abrir un coche con una percha y puentearlo, Marta arrancó el ciclomotor en una carrerita por la calle Hernán Cortés.
—¡Esta es la última, Madrid!
Lo de Madrid, como tal, ha sido una exageración del vocalista de esa banda.
Está compuesta por muchachos hieráticos con instrumentación clásica y melodías ramplonas, que apuestan su talento a las letras incomprensibles.
Así quizá el público crea que son profundas.
El cantante termina la actuación pegando un bote en el aire, gesto corajudo y rebelde, pero con aire póstumo, del que concibe la música como una aventurita e intenta quedarse en ella el mayor tiempo posible.
Una seña de Pedro Lafuente al dueño del local significa que no seguirán en el circuito, que mejor opten por entrar en una oficina y envejecer recordando lo cerca que estuvieron de otra vida.
Aquel cuarentón con sobrepeso, tupé, camisa de rayas y pantalones de tergal encarna la sensibilidad y el buen gusto en cualquier antro.
Sobre todo cuando baja sus gafitas al final de la nariz: así calcula las cifras del producto.
Para él, la sensibilidad y el buen gusto serán fotografías en sepia y acordes menores, aunque también un extracto bancario con nueve cifras.
En los últimos años, Pedro Lafuente ha descubierto el suficiente talento para poder convertirse en un personaje cuya opinión cuenta y que bebe mucho y gratis.
Y si la sociedad está cambiando, la música de su sello debe haber cambiado antes.
—Mira al gurú —dice Marta—. Tenías razón, el auténtico Pedro Lafuente.
—Creo que acaba de bajar el pulgar a este grupo —contesta Pitu, tratándole como lo que es allí: el emperador—. No le interesa.
—Solo lo he visto bajar sus gafitas al final de la nariz.
—Nunca tendremos otra oportunidad igual para sorprenderle. ¿Dónde andará mi bajista? —Pitu distingue al guitarra y al batería al lado del escenario. Se acerca a ellos con los brazos abiertos, anticipando problemas—. Juradme que Manu ha ido al baño.
—Ha ido al baño —contesta el guitarrista—. Lo que no sabemos es si volverá.
Marta se mete en el segundo anillo de público apelotonado frente a la barra.
Desde ahí, le queda una espera de quince minutos para volverse con un par de cervezas.
El dueño del Pirata anuncia un receso y se forma un tercer anillo.
El local reproduce el esquema habitual de los aforos completos, con una masa compacta en el centro, riadas de personas por los laterales y movimientos ondulares frente al mostrador.
Entonces alguien tapa los ojos a Marta desde la espalda, ella se gira y encuentra a dos de sus amigas de la facultad. Se abrazan en forma de piña.
—Vaya sorpresa, chicas. Pensaba que al final no veníais.
—Que le den al examen del lunes, porque jamás me perdería a Atrofia Cerebral —contesta una de ellas—. Y bueno, tampoco a Pitu.
—Ya somos tres para aplaudirles —dice Marta—. Aunque los demás silben, nosotras batimos las palmas hasta que sangren.
—¿Siguen sonando… igual?
Marta pone los ojos en blanco. Aquello de sonar le parece un cumplido tras los últimos conciertos, en los que parecía que la Muerte debía medio gramo al bajista.
—Necesitarían un bajo que al menos cuadre el ritmo con la batería —dice.
—Pero, Marta, tú tocas mejor que cualquiera de estos gañanes.
—Lo sé y ellos también lo saben —contesta mientras enseña una púa enganchada al sujetador—. La llevo siempre encima por si acaso.
—Deberíamos montar nosotras un grupo y que les jodan. Me pido cantar, como Debbie Harry.
—¿Y lo de tocar los demás instrumentos? —pregunta Marta.
Su amiga mira a la otra, como si no contara con eso.
—¿No puedes hacer tú de mujer orquesta mientras aprendemos?
Pitu entra en el baño, ceño fruncido, pulso taquicárdico.
Ahí está Manu, el bajista, sí, doblándose como un junco frente a los urinarios.
Su meada se proyecta a dos metros del objetivo y aguanta con los dientes un vaso lleno de líquido anaranjado.
Cuando repara en la presencia de Pitu, consigue mover un hombro y lo que le quedaba de vodka se derrama encima del orín. Su pronóstico es de peor a peor.
—Ni siquiera hoy podías estar tranquilo, Manu.
—¿Que si tengo o que si quiero?
Pitu mira a los otros integrantes del grupo que han entrado tras él.
Busca en los bolsillos el remedio mágico y maldice para sus adentros a su amigo.
Saca unos comprimidos de Rubifen, separa una cápsula y la coloca frente a la boca de Manu.
El bajista, en vez de tragársela, la coge, la abre y sopla el polvo, así que la anfetamina espolvorea su meada y el vodka.
—Te pedí que no bebieras hoy —dice Pitu a poco volumen y, sin embargo, furioso—. Eres un alcohólico, un payaso, un hijo de la grandísima puta —ahora ya maldice para afuera.
Manu se cae de espaldas sobre la meada, el vodka y las ascuas de anfetamina.
Su mirada apenas puede leer una pintada en el techo que dice abrázame hasta que vuelvan los kinks .
En definitiva, no muestra un gran apego por su existencia.
El grupo lo levanta del suelo y lo coloca frente al espejo del lavabo.
Tal vez funcione el cliché de reconocer ahí a su enemigo y vencerlo.
—¿Cuáles puedes tocar de nuestras canciones? —pregunta Pitu, que opta por comerse él mismo un comprimido de Rubifen para tranquilizarse—. ¡Cuáles, hostia!
De efecto inmediato.
— Gallo de pelea y… y… Asfalto —contesta Manu—. ¿Se llamaban así?
—Tenemos tres canciones propias para que no olvides ninguna —dice Pitu—. Es todo nuestro repertorio.
—La tercera me la puedo inventar, como siempre.
—No cubriremos ni la mitad del concierto —dice el guitarrista—. Estoy nervioso, también necesito un Rubifen.
Pitu le tira la anfetamina y el guitarrista se la traga al vuelo.
—He visto cómo Pedro Lafuente espera ahí fuera por nosotros. —Pitu inspira profundamente e intenta otra vez que Manu se centre—. Es el concierto de nuestras vidas, amigo mío.
—Esas dos canciones que tenemos… —Manu se mira en el espejo como si no lograse identificarse— las tocaría en…
en bucle. Traedme un cubata de ron para bajar el vodka y seguro que las clavo.
¿Qué?, ¿qué, imbéciles? Yo también necesito mis musas.
—Mueve el cuello y dice—: El del espejo se parece a Iggy Pop un lunes por la mañana.
Pitu le pega una colleja que hace rebotar su cabeza contra el lavabo.
Ahora Manu tiene un tajo en la frente y devuelve un puñetazo que falla, como la meada, por dos metros de distancia.
A continuación lanza una patada al aire.
El batería resopla ante esa demostración de kárate y saca su propio blíster de anfetaminas. Por algo el grupo se llama Histeria.
—Te voy a dar una golpiza —dice Manu, logrando no caer al suelo—. Prepara el lomo.
—¿Golpiza? —Pitu vuelve a por él—. Me lo cargo ahora mismo.
Manu agita los puños como un dibujo animado.
—¡Prueba mi sacapulmón de derechas!
—¡Esta es tu última noche en el grupo! —grita Pitu cuando los demás se meten a separarlos—. ¡Venderás castañas con el carrito de tu viejo para los restos!
Más puñetazos al aire, patadas y resbalones sobre los azulejos.
El guitarrista y el batería consiguen detener esa pelea pésima.
—Si me está gritando la gran estrella del rock de Malasaña —dice Manu, ya sin nadie encima—. Pitu, baja esos humos porque a ti… a ti no te conoce ni el perro.
—¿Qué perro? —pregunta el batería—. ¿De qué perro habla?
—¿No querías actitud? —Manu consigue abrocharse el pantalón—. Aquí la traigo. Quien… quien se acuerde de este concierto es que no lo vivió.
Escuchan cómo el dueño de la sala anuncia su actuación: «¡Y ahora tocarán para vosotros cuatro patanes que se hacen llamar Histeria!».
—Pásame unas dexedrinas —dice el guitarrista.
—Si vas hasta el culo —contesta el batería.
—Necesito más, tío.
El batería desorbita sus ojos y pregunta:
—¿Por?
—Porque de todo el rollo de la guitarra lo que se me da mal es tocarla.
—Y todavía tenemos que afinar —murmura Pitu.
Recibidos por abucheos y vasos voladores, Histeria sube al escenario para afinar sus instrumentos.
Solo Marta aplaude la mano derecha contra el muslo.
En la izquierda tiene los dos botellines de cerveza que ha pedido en la barra, uno casi vacío.
El técnico de sonido apremia a la banda bajo sus greñas llenas de abalorios.
Quedan veinte minutos de actuación y les grita:
—¡Os quedan quince!