Histeria 1/12 1748 #2
16%

1/12 1748 #2

—El plan se ha estudiado con cada uno de vosotros.

—Se estira las puntas del bigote en vertical—.

A modo de resumen, el grupo llega allí una hora antes y comprueba que todo coincide con la información del confidente.

Luego Eulogio y Bam Bam se meten por la casita colindante y encañonan a los que guardan el material.

El resto entra, los amordaza y ata, coge la carga, llena la furgoneta y acelera a toda hostia.

No se dicen nombres y no se dispara salvo legítima defensa.

Usáis la correlación de números para comunicaros y lleváis los pasamontañas y los guantes siempre puestos.

Creo que será el trabajo más fácil del año.

Después tengo un comprador, repartimos los dividendos y el resto para la causa, en especial para los compañeros exiliados en Sudamérica.

Cualquier duda la comentáis con Eulogio.

Como siempre, yo no contesto preguntas. —De la Torre apoya los antebrazos sobre la mesa—.

Podéis retiraros y nos volveremos a ver en tres días.

Se propaga un murmullo admirativo con el que todos salen al pasillo.

Atracar bancos, como hacían meses atrás, se ha convertido en algo suicida por las nuevas medidas de seguridad, propio de chusma barrial, de película de bajo presupuesto con quinquis huyendo en un Supermirafiori e investigado de inmediato por la policía, que ya no respeta tanto a los patriotas.

En cambio, ningún traficante se acercará a una comisaría cuando le levanten el material.

Los vuelcos todavía no existen como tal en Madrid y De la Torre quiere ser, otra vez, siempre, es su naturaleza, el primero en llegar al negocio.

Bam Bam es el único de la reunión que se queda inmóvil.

—Yo tengo una pregunta para ti —dice—, aunque es confidencial.

Eulogio lo mira con mala baba, pero su jefe gesticula para que los dejen a solas.

—Como mínimo, nos debemos una charla —contesta De la Torre.

—Coordinaré los últimos detalles con los demás —dice Eulogio al marcharse, molesto con el trato de favor a aquel legionario por acumular más muertos que un cementerio indio—. La violencia está bien, aunque se necesita un método. ¿Comprendes, Bam Bam? Y tú no lo tienes.

Pega un portazo y se marcha airado por el pasillo.

—Sé lo que piensas de él —dice De la Torre, ya a solas—. Pero alguien así siempre nos será útil.

—Pienso que morirá pronto.

—Entonces nos será todavía más útil.

Bam Bam no ha emitido un juicio sobre la violencia en su vida.

Prefiere ejecutarla y cobrarla sin opiniones.

Supone que un panadero, un mecánico o cualquier otro trabajador manual tampoco deben preguntarse el porqué de ciertas cosas para ser efectivos.

Ahora parpadea de cara a su jefe, con el ojo izquierdo hinchado.

—¿Qué te pasa en el ojo? —le pregunta De la Torre.

—Lleva dos meses algo infectado, desde que llegué de Melilla. Me ponían mucho tiempo de centinela en la frontera y el viento, la arena del desierto, esa luz blanca… La llaman la enfermedad del vigía.

—Ese nombre te lo has inventado. Pero haré que uno de nuestros médicos te lo mire, de esos que no piden tu identidad ni rellenan informes, porque necesito que estés en forma para las semanas que vienen.

—De la Torre percute las uñas duras, cortadas rectas, sobre la mesa—.

¿Qué tal las funciones de enlace que te asigné?

—Los ultras de Ciudad Universitaria me han dado otro papel con datos que no valen para nada. —Bam Bam hace una bolita con el folio y la encesta en una papelera de cocobolo—. Se aburren en el campus ese.

—Es una tapadera para que te muevas por nuestra sede sin suspicacias.

—Te aseguro que los chavales me toman en serio.

—No cejes en el empeño. Por lo demás, ¿cómo va tu adaptación a este Madrid? La ciudad ha cambiado mucho y ahora hay que pensar varias veces cualquier movimiento. Nada es como antes… Nada.

—Acabo de ver a un niñato con una cresta roja y su novia llevaba el pelo teñido de blanco. Ambos con las cazadoras repletas de pinchitos, palabras escritas a tiza y parches cosidos. Reconozco que en estos dos meses me he cruzado con bastantes personas a las que no entiendo.

—No has de entender a las personas para matarlas.

—Porque para entenderlas te tenemos a ti.

—Estuviste fuera más tiempo de lo que me gustaría. —De la Torre saca una caja de puritos de la chaqueta y se enciende uno. No ofrece otro a su subordinado—. Tres años en esta época son como tres décadas, pero no hubo otra opción que sacarte de aquí.

—En la frontera con Marruecos todo resulta más fácil —dice Bam Bam—. Conoces quién estaba de tu lado y quién del contrario, aunque tampoco nos dejan movernos como antes. El tercio que se llevaron a Fuerteventura se lo pasa mucho mejor.

—Recibí informaciones de que los legionarios dan problemas en la isla.

—Ayer colocaron una bomba en una discoteca de Jandía para ajustar cuentas con el dueño —dice Bam Bam—. Los echarán de allí como sigan a ese ritmo.

—A mí lo que realmente me interesa es cómo se están portando nuestros viejos amigos de la guardia mora. Esos hijos de puta serán un dolor de cabeza en el futuro.

—Los mandos de la frontera dicen que debemos llevarnos bien con los marroquís por si los árabes de más abajo enloquecen. Nos servirían de tapón a cambio de… Pues no sé de qué. Pero algo pedirán, ¿no?

—Hay que reconocerles algunos méritos a los Mohammed.

—De la Torre mueve el purito entre aspavientos—.

No se entretendrán viendo el culo de la mujer del vecino con semejantes chilabas, pero según la sharia pueden tener una de cuarenta años para el huerto, otra de treinta para las tareas domésticas y otra de veinte para la cama.

Si las sacan del sistema productivo, las sacan de cualquier decisión importante en el futuro.

Esa chica con el pelo blanco que viste en la universidad querrá opinar de muchas cosas cuando crezca. Seguramente estará opinando ahora.

—Cuchicheaba sobre mí sin disimular.

—Por eso nos convenía lo que había en España antes con algunos asuntos.

Gracias al catolicismo beato, el adulterio era delito solo para ellas.

—De la Torre vuelve a besar el purito—. ¿Y quién puede rebatir un argumento divino?

Cuantas más supersticiones conserváramos, más fácil manejaríamos a la gente.

Ahora la palabra de moda en el país es «diplomacia».

Suena europea y todo, suena…, no sé, a Barcelona.

—La tal diplomacia solo me ha dejado hacer prácticas de tiro durante estos tres años. —Bam Bam cambia al tema del que quería hablar—. Con que nos financiaremos robando a traficantes.

—Supongo que no te has vuelto un moralista —dice De la Torre—. Nuestra organización tiene muchos gastos y los de ETA hacen lo mismo y no les va mal.

—No disponemos de las armas ni de los soldados de ETA , si no hasta para ti hubiera sido imposible abrir este local en Madrid. ¿De quién es la mercancía?

De la Torre pone morritos.

—Puedo contestarte que es nuestra y que todavía no lo saben.

—No estás hablando con ninguno de tus niñatos.

—Es de uno de los esbirros de Jairo.

Hasta Bam Bam deja de pestañear cuando escucha ese nombre. Una expresión de sorpresa le corta el rostro y dobla la lengua contra el paladar. De alguna forma, siempre se encuentra tranquilo y nervioso a la vez. El purito de su jefe gira la punta sobre el cenicero.

—Mal enemigo.

—Ni sospechará quiénes somos, Bam Bam. Me he asegurado de que no haya cabos sueltos y en Madrid cualquier droga se relaciona con Jairo. Es como si un ladrón pensara que roba al Banco de España cuando se lleva una cartera en el metro.

—¿El infiltrado es de fiar?

—Prefiero llamarlo confidente. Nunca nos ha fallado.

—Esperemos que esta no sea la primera vez —dice Bam Bam—. ¿Y si Jairo se entera y te declara la guerra?

De la Torre muestra una sonrisa de oreja a oreja.

Cuando el hombre que tiene enfrente no es digno de compartir sus puritos, cómo va a serlo de compartir sus temores.

—Eso no sucederá, Bam Bam.

Al final, una sonrisa débil.