1/12 1748
«¿Y si Jairo se entera y te declara la guerra?».
El hombre que arrancó el ciclomotor a Pitu llega al barrio de Salamanca.
Avanza con un ligero contoneo, acuciado por dos viejas cuchilladas en el glúteo, una operación de cadera y fracturas mal curadas.
Aquel cuerpo refugia muchos dolores; a veces continuados, a veces punzantes; y su caminar tiene algo extraño, la barbilla proyectada al pecho, los brazos rígidos y la espalda envarada.
Y caminará extraño, pero también rápido.
Es un legionario que acaba de regresar de Melilla.
Tres años de servicio militar después de un asunto que se complicó en 1975, de dejar tetrapléjico a un sindicalista por encargo de la persona que ahora visitará.
El castigo fue el breve destierro en la frontera con Marruecos.
De la Torre aún sabe proteger a los suyos mediante un apretón de manos y Bam Bam será su mejor asesino, pero también el que cree que quizá no conseguirá adaptarse a los cambios, a la sutilidad en los nuevos corrillos de poder.
Se movía mejor en el Madrid de los primeros años setenta.
En criterio de su jefe, una ciudad entonces llena de personajes chanchulleros y con menos inteligencia que escrúpulos.
Toda una recua de provincianos emigrados a la capital con una moralina que después debieron olvidar para subir cualquier peldaño.
Vivieron tranquilos durante el franquismo y ahora se comportaban como matones de colegio, porque el país también se había vuelto un adolescente pecoso.
De ahí salían los más listos descubriendo los atajos y llegando a la meta sin la competencia de los demás.
Y en los atajos ya cobraba peajes De la Torre.
Porque antes de que aparecieran los mafiosos, sus sicarios y todos los que a partir de hoy encontrarán la criminalidad como seña de identidad, un gángster en la España de la dictadura era alguien como De la Torre, que no quitaba ni ponía rey, pero estaba allí, un pie en los despachos y otro en las esquinas, siempre con una moneda de dos caras, riendo las gracias al ministro y luego extorsionando al bandido del barrio; en realidad, cobrándose los favores de uno y de otro, mejor ser flexible que duro en los negocios, aunque alguno de sus esbirros te hundiera una bonita bala en la frente si no estabas del todo de acuerdo.
Bam Bam entra en la sede de Puño Patriota.
La penúltima organización paramilitar del momento ha creado sus grupos de choque a imagen de los falangistas, de los primeros, de los de verdad, como les gusta decir.
Así que, tres años más tarde, el legionario vuelve a contemplar las banderas que presiden un vestíbulo con pinturas de batallas medievales.
Una secretaria le indica que suba a la segunda planta y él fantasea con cómo quedaría su cabeza clavada en una pica.
Arriba, lo saludan brazos en alto, que Bam Bam no devuelve, aunque sí hace un movimiento de barbilla a otro legionario.
Eligió bando hace mucho, o puede que se lo eligieran, pero la política no le interesa salvo cuando le extienden un cheque.
Y la reunión por su próximo cheque ha empezado sin él.
—Debo avisar de tu llegada. —El que custodia la puerta le impide el paso—. Nuestro jefe odia la impuntualidad, cree que es una manera de darse importancia.
—Seguro que a mí me perdonará —dice Bam Bam.
Luego alza la mano para el descuento y bosteza de tal forma que los del interior identifican quién ha llegado con retraso. De la Torre chasquea los dedos y uno de sus hombres sale y lo deja entrar antes de que el custodio acabe con la nariz rota.
—Bienvenido a tu casa tres años después —dice De la Torre, forzando una sonrisa condescendiente. La sonrisa que dirige a los que nunca están a su altura—. Me alegro de verte.
—Parece que he llegado unos minutos tarde —contesta Bam Bam.
—Más de una hora en concreto. Pero el de la puerta es nuevo, no se lo tengas en cuenta.
—Mira a este —murmura otro de los asistentes sobre las heridas en la cara de Bam Bam—. Cada vez se parece más a Millán-Astray.
Un repaso severo de Bam Bam, que no ha distinguido las palabras, pero sí el tono, le hace desviar la vista al suelo.
Cuando a uno le mira un demonio, suele girar la cara.
De la Torre se levanta, sale al pasillo para comprobar que allí no hay nadie, separa al custodio de la puerta y regresa al interior.
Corre al milímetro unas cortinas que ya estaban corridas y ordena a los presentes que vacíen los bolsillos.
Bam Bam es el único que no lleva nada y se saca las costuras por fuera.
Toda precaución resulta poca cuando lo que se tratará es alto secreto en la organización.
El resto del edificio cree que asignan funciones de intendencia para el próximo mitin.
—Siéntate en la silla que guardaba para ti. —De la Torre señala a Bam Bam un lugar a su izquierda—. Y comienzo la puesta en común de lo que se os ha avanzado a cada uno en privado.
Bam Bam hace un molinillo con el dedo índice.
Conoce de qué va la reunión y los detalles se los repetirán las veces que haga falta.
Él es especial; sus méritos, también. Podría aparecer todavía más tarde, noquear al chismoso que hablaba de su cara y limpiarse la sangre de los nudillos con la bandera patria y, a cambio, solo recibiría una comedida amonestación de su jefe.
De la Torre, el jefe, viste un traje de sirsaca gris y un chaleco azul marino sobre camisa blanca.
Sus rasgos finos, subrayados por el bigote aristocrático con las puntas a las diez y diez.
Ancho de espaldas, manos grandes y de movimientos rotundos.
No tiene que simular la hombría que es un valor añadido para sus oyentes.
Viene de una familia importante de Toledo, antiguos señores feudales reconvertidos en caciques con la modernidad, y su padre hasta fue un héroe de la resistencia del Alcázar.
Aquel linaje lo tenía todo para una carrera exitosa en las décadas anteriores.
De la Torre creció como figura ubicua en el Madrid de los sesenta y se arrimó a los círculos monárquicos, pero muerto Franco prefirió los renovados ambientes fascistas, que le resultaban más atractivos.
Sus contactos con militares, policías y curas fueron las credenciales para sentarse en la silla de mando que hoy ocupa.
Quizá sea una persona de otro tiempo, y sin embargo continúa de rabiosa actualidad.
Ahora agita un papel en el aire.
—Y recordad que todo lo hacemos por esta razón.
Es una octavilla con la legalización del Partido Comunista.
De la Torre todavía la muestra para asegurar que en aquella fecha se declaró la revancha de la Guerra Civil, que ese es el último movimiento de los viejos dirigentes marxistas del país, los que se han pasado media vida de comité en comité por Europa, cenando perdices mientras sus compañeros en la clandestinidad caían alrededor de Madrid.
Aunque, desde el crimen de los abogados en Atocha, De la Torre calla en público los discursos que suelta en privado.
Piensa que esos asesinatos fueron un movimiento pésimo por parte de los ultras.
Lo considera el problema consecuente de mandar gatilleros, siempre ansiosos de más pólvora, a resolver asuntos políticos que ahora, para él, tienen mejor perspectiva desde los despachos y desde los extractos bancarios.
Y entonces reserva a los gatilleros para operaciones como la que explica.
—Necesitamos más poder —dice De la Torre—.
En vuestro lenguaje, más dinero. Financiar Puño Patriota no es la subasta de antes, cuando las familias importantes se peleaban para que aceptásemos sus aportaciones.
Ahora ni me hablan en los cócteles, se limitan a darme la mano y a buscar charla con cualquier diputado que ronde el evento.
Quieren subsistir en los nuevos tiempos y que no los relacionen con los viejos, pero aún no comprenden que para eso debemos mantener nuestra autoridad en las calles.
¿Y qué es lo que mueve más dinero hoy en estas calles?
—De la Torre finge buscar una respuesta entre los que lo escuchan—.
Me apena que los jóvenes anden con una aguja colgando del brazo, aunque si las drogas ya generan tanto dinero en las barriadas mejor que seamos nosotros los que aprovechemos parte de sus beneficios.
Porque tenemos otras prioridades para gastarlos.
Bam Bam proyecta la cabeza hacia la derecha. Tiene claro que su jefe siempre irá por delante de los que lo rodean. Es muy inteligente, a veces demasiado, si es que eso puede ser un defecto.
—Sobra repetir que esta operación es secreta —sigue De la Torre—. Algunos cargos de la organización se posicionaron en contra de mi idea. Olvidan que sus padres iban de anfetaminas hasta las cejas en la Guerra Civil y aquello de que la moral cambia cuando la sabiduría permanece.
—Por eso nadie sabe qué tratamos en esta reunión —dice Eulogio, a su derecha.
A De la Torre no le gusta que le pise las frases.
Lo mira de perfil y cambia a las instrucciones prácticas.