Histeria 1/12 1552 #2
12%

1/12 1552 #2

—Ya sabes, grandes esperanzas, grandes decepciones.

—Seguro que el local se llenará para verlos.

—Cuentan que nos les gusta que los teloneros hagan más ruido que ellos.

—Pues fliparán con vosotros.

Marta, orgullosa, le hinca un morreo en los labios mientras gana puertas, pasillos, estancias con suelo de terrazo hacia el aula magna.

—Y he escuchado que irá Pedro Lafuente —dice Pitu.

—¿Ahí?, ¿en serio?

—Ha empezado a interesarse por grupos alternativos para su sello y, en fin, sabes que no tendremos una gran carrera con nuestra música, pero molaría grabar algunas canciones en su estudio. Dicen que es el único que saca un sonido sin enlatar en esta ciudad.

Durante unos segundos Marta fantasea con cambiar las aulas por camerinos, los apuntes por autógrafos, o al menos que lo haga Pitu y que ella lo vea en primera fila.

No, luego vuelve a imaginarse encima del escenario.

Mientras, el resto de los alumnos ya entra en clase con la llegada de la profesora de Sociología del Trabajo.

Una sindicalista de pelo a la taza, diadema, falda y chaqueta entallada que ronda el metro y medio de altura y los ochenta decibelios de voz.

—¿Y tu bajista? —pregunta Marta—. ¿Puedes contar con él?

—A ver… —Pitu se rasca la cabeza—. Ha bebido poco en las últimas semanas, con que supongo que le dará para un conciertillo de treinta minutos.

El otro día dijo que es la única forma que encuentra para superar los nervios del directo, que sus borracheras son una muestra de respeto hacia nosotros y hacia el proyecto.

—Vaya farsante este Manu.

—Un cabronazo, aunque lo quiero.

—Si os falla otra vez —dice Marta—, recuerda que yo clavo vuestras canciones con el bajo.

En realidad, Histeria, el grupo de Pitu, tiene tres canciones propias y el resto son versiones de otras bandas de Estados Unidos e Inglaterra.

Además, la mayoría ni intuye que las canciones son prestadas con el inglés macarrónico de Pitu.

Las canciones enérgicas, de menos de dos minutos y sin demasiado talento aparente, todavía no han sido descubiertas por el gran público madrileño.

Y de momento los de su grupo piensan que deberían quedarse ahí por coherencia, en lo subterráneo.

—Sé que clavas nuestros temas, Marta. —Hay que atender a todo lo que no dice la frase de Pitu—. Te paso a buscar a las ocho por tu casa.

—No timbres, por favor. Bajaré a la hora.

—Ah, tu padre sigue enfadado.

—Soñaba con un yerno que fuese funcionario.

—¿Aún te dice que estudie las oposiciones a cartero?

—Ya no me dice eso precisamente.

—¿Y tú con qué sueñas?

—Siempre contigo, bicho. —Marta entra en la clase de Sociología del Trabajo—. Menos las noches que fumo porros, entonces no sueño nada.

Al rato, fuera de la facultad.

Pitu, que es carpintero como su tío y no se ha acercado a un libro desde preescolar, tiene sus problemas habituales para arrancar el ciclomotor.

Pulsa el gatillo del aire y empuja el Vespino a la carrera, pero se le apaga a la tercera vibración.

El viejo carburador perla las bujías y encenderlo suele convertirse en una pesadilla para él y para su cresta, que se desarbola hacia delante.

Se le acerca el hombre con semblante peligroso que habían visto antes.

—Deja que te ayude, chaval.

Aquel rostro lleno de cicatrices, limaduras, un ojo pipa.

Nadie quiere una cara así tan cerca de la propia.

—Puedo solo, gracias —contesta Pitu.

Sin darle opción, el hombre se hace con el manillar del Vespino, pasa sus manos por el chasis y emite un ronroneo como si estuviera a punto de embargarle una locura transitoria. Coloca su bota de legionario sobre el pedal y de una patada el ciclomotor aguanta un ralentí perfecto.

—Ahí lo tienes, chaval —dice—. Entiendo estos trastos mejor que nadie.

—Vaya —Pitu asiente en reconocimiento—, habías dicho la verdad.

—Tal vez no toda la verdad, aunque la verdad a fin de cuentas. —Se queda mirando fijamente a Pitu—. ¿Eres un artista o algo?

—Bueno, podrías definirme así.

—He vuelto a Madrid hace pocas semanas y no me imaginaba que había gente… como tú. ¿Te pagan bien por tu arte?

Pitu siente dos pelotas de arena en la garganta. Ese tipo lo analiza igual de extrañado que cualquiera de sus vecinas con rulos, pero añade un destello violento. Su mandíbula cuadrada, orejas en forma de asa y nariz ganchuda tampoco componen la imagen del buen samaritano que arranca ciclomotores.

—De momento mi arte es gratis —contesta Pitu—. Con que me dejen cantar en los bares es suficiente.

—Lo único que nos hace mejorar en el trabajo es la necesidad de dinero. —El hombre palmea el asiento del Vespino—. Compórtate como un profesional, ponte reglas, horarios y de una manera u otra llegarán los resultados. Yo he regresado a la ciudad para recoger los míos.

Parece que allí existe una idea que subrayar, encuadrar con rotulador y abrir un globo de comentario al margen. Sin embargo, Pitu solo quiere acelerar a los cincuenta kilómetros por hora que le permite el ciclomotor en dirección a Malasaña.

—Voy al barrio de Salamanca —dice el hombre, esforzándose por seguir sonando amable—. ¿No te cogerá de camino y me llevas de paquete?

Pitu piensa que sí, pero contesta que no.

—Qué va. Tiro para Legazpi, al sur.

—Al sur como un fugitivo… Vale, cuida la cresta.

El hombre bromea pasándole los dedos por el extremo superior, tal que le peinase un penacho, y luego se los tiene que limpiar en el pantalón.

—Lo siento —dice Pitu—. La pringo con laca para que quede bien tiesa.

—¿Laca de señora?

—De esa del bote grande y marrón.

El hombre se gira y se marcha, negando con la cabeza.

¿Laca del bote grande y marrón? Espera que sea verdad.

Se le ocurren otros tantos productos para pringar una cresta y sus dedos.

Piensa que será la última moda de niñatos obsesionados con esnifar basura por la nariz, de los que salen cada noche a pegarles fuego a las calles, que hablan demasiado alto y sin tratamientos de cortesía.

Solo quieren más volumen, más tralla, más drogas.

Su obsesión es pulsar el botón del más, como ratas de laboratorio, pero no siempre hay más.

Y seguro que la banda de ultras de la que es enlace hace exactamente lo mismo, aunque con otra ropa y otros pelos.

Pitu le dice adiós cuando lo esquiva con el Vespino.

Tal vez desde el principio su vida haya sido una cuestión ínfima.

Se resumirá en ciertas decisiones propias y a veces ni eso.

Algo que constatará durante las noches de insomnio que le quedan por delante.

Y desde aquel momento, cuando uno permite al otro arrancarle el ciclomotor, lo ínfimo, lo máximo, se empieza a torcer para todos.