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«Estos solo entienden el lenguaje de la cadena».
Marta pega su carpeta de apuntes contra el pecho.
Es viernes, el metro va todavía más lleno de lo habitual.
Aquel vagón encendido por una luz escasa y parpadeante.
En la última parada subió el melenudo de la guitarra que siempre pasa la boina tras cantar versiones de Pink Floyd.
Marta lo suele ayudar con los coros y él le guiña un ojo en agradecimiento.
Ella admira la pasión de esos músicos que comienzan a frecuentar el metro.
Supone que solo los bohemios saben cómo conciliar el sueño a la noche, ya que no parece que sepan nada del resto; de parejas, hijos, oficinas, averías del coche o facturas de suministros.
En realidad, de momento tampoco han aprendido mucho sobre cantar.
— So you think you can tell…
El músico pone el mástil de la guitarra en vertical y comienza un arpegio a tres dedos. Durante un instante parece que el vagón le atiende. El freno de la parada y el codazo de un señor con corbata le permiten comprender que no, que todos se han girado hacia él para ponerle cara de asco.
Baja con Marta al andén cuando las puertas se abren.
—Dales caña a esos pijos de Derecho.
—Jamás estudiaría eso —contesta Marta—. Qué horror.
—Entonces, ¿por qué llevas tantos papeles?
—Creo que porque pesan lo suficiente.
—Pues tengo el presentimiento de que serías una buena abogada.
—Presentimiento…
—Esos que salen de aquí. —Se toca la zona del corazón, tan afectado como un poeta—. ¿Tú no los tienes?
—Dime una cosa, ¿cuándo fue la última vez que los presentimientos nos sirvieron de algo?
El músico sonríe, reconociendo que es mejor fiarse de los retortijones del estómago.
Después se cruza el instrumento a la espalda, salta a las vías y pasa al andén contrario.
Se mete en el vagón que regresa al centro de Madrid para volver a tocar la misma canción.
Allí, a través del cristal, Marta observa cómo desaparece en el túnel mientras hace el símbolo de la paz con los dedos.
Piensa que es guapo, seguro que un buen tipo a pesar de tantas corazonadas, pero demasiado hippie para ella.
Al final, le devuelve la sonrisa y el símbolo de la paz, por majo.
El sol invernal alumbra la Ciudad Universitaria y a sus estudiantes.
De un vistazo, queda claro que en pocos años se han sacudido la estética del Movimiento Nacional y la ideología del Sindicato Español Universitario, aquella vieja organización católica, pero los nuevos ultras merodean por el campus con sus broncas y botas militares.
Otro tanto puede decirse de algunos libertarios y psicodélicos, cuya única asignatura a aprobar es vender sellos con LSD .
Marta divisa a sus amigas sentadas en las escaleras de la facultad, fumando un cigarro tras otro, seguro que discutiendo alguna reivindicación contra la opresión del día.
Su carrera de Sociología la frecuenta gente más o menos comprometida con la causa política y la causa porrera .
El cambio de la marihuana al hachís está evitando situaciones incómodas, las fichas marrones no huelen tanto y los profesores pueden ignorar que están ahí, en los bolsillos de los alumnos que no atienden a la pizarra y formulan preguntas circulares.
Un ultra se cuadra delante de Marta.
—¿Tienes un cigarro, nena?
Rapado al dos, lo que destaca sobre su camisa azulona es un brazalete rojigualdo.
Se conocen desde el primer año de universidad.
Marta cree que no ha aprobado ni un examen, aunque suele rondar la facultad con su pandilla.
Para ellos es un enemigo de tantos: mujer con aspiraciones, por las pintas quizá anarquista y adscrita de alguna forma a la moda de los punkis.
Aún no se encuentran demasiados por la ciudad, pero comienzan a llamar la atención con los pelos de colores y las chaquetas tachonadas de pinchos.
Ninguna tribu urbana provoca las mismas reacciones en los madrileños, que asimilan el desmontaje de la dictadura y ya tienen personajes estrambóticos en la cola de la panadería.
Se preguntan dónde estaban hace tres años, ¿tramando sus crestas en los sótanos o peinándose con raya a la derecha?
—No fumo —dice Marta tras colocar la carpeta como un escudo entre ambos—. Ahora se sabe que es malo para la salud.
—Esa no era mi duda —contesta el ultra.
—Pero a partir de hoy ya no volverás a perder el tiempo hablándome. ¿O sí?
Marta quiere esquivar el cuerpo atornillado del ultra, aunque él hace una monería para impedirle el paso.
Su pandilla, dale, dale, lo vitorea desde el banco.
En cambio, las amigas de Marta observan la situación con inquietud y más cuando Pitu detiene el Vespino al lado de su novia.
Él también es de mecha corta, muy corta, quizá ni siquiera tenga mecha.
Falta la chispa y se lían a golpes, como siempre.
—¿Te llevo? —pregunta Pitu a Marta.
Ella mueve los labios para formar un sí y monta en la parte trasera del asiento, rajado y con vomitones de espuma.
Pitu acelera y deja con expresión de furia al ultra, cuyos colegas se habían levantado por si aquello merecía una tunda cualquiera al chico con cresta roja, que esquiva a golpe de gas a los estudiantes del campus.
Es un macarra genuino con acento de barrio y pupilas nerviosas.
Si se piensa que esa clase de comportamiento solo es posible en la juventud, por aquello de que la culpa aparece con la responsabilidad y para responsables, los adultos, no hay mejor ejemplo que Nicanor García, al que nadie conoce por ese nombre y sí por Pitu.
Frena delante de las amigas de Marta y ella se baja de un saltito.
—¿Te estaba molestando? —pregunta Pitu.
—Solo me había pedido un cigarro. —Marta coge uno a sus amigas y se lo pone tras la oreja—. Todo bien.
—Ese imbécil cada día trae a más gente —dice Pitu—. Ya se creen que la zona de Goya y el Retiro es suya y ahora vienen a por Ciudad Universitaria. Pues no nos vamos a achantar. La próxima semana juntaré a los míos para ver los cojones que tienen cuando no son diez contra uno.
—El otro día reventó la clase de Pueyo —dice una amiga de Marta.
—Si sus clases son tan aburridas que no se pueden ni reventar —contesta otra.
—La lección sobre estructura social era un coñazo, pero Pueyo se metió con el poliedro sistémico y con que, desde el espacio intelectual, la próxima generación de izquierdas habría de llegar al poder político si el cambio de la dictadura a la democracia fuese completo.
Que, en caso de un pacto promovido por las élites franquistas, deberían quedarse en la oposición, incluso clandestina.
—¡Epa! —Pitu se dobla de la risa—. No he entendido bien de qué va, pero suena a que ese profesor es todo un revolucionario en su salón.
—No parecía que Pueyo lo expusiera tomando partido por nadie.
—Cuida mucho eso —dice Marta—. Quiere que primero le den la cátedra.
—Más bien era un… ¿análisis? —sigue la amiga—.
Pues ese ultra de ahí se puso a hacer el saludo romano, a gritar cosas estúpidas, España grande y libre y no sé cuántas tonterías de primero de fascismo.
Pueyo le rogó que se marchase del aula, pero él ni se movió.
Se pasó la media hora que quedaba haciendo comentarios igual de estúpidos.
Al final, un barbudo de la última fila lo mandó a la mierda y este levantó una silla y le amenazó con que se la llevaría puesta en la cabeza.
¿Y sabéis lo peor? Que creo que no es tan tonto como parece. Eso lo hace más peligroso.
—Se están volviendo unos chicos malos. —Pitu escupe al suelo y les pone su peor cara—. Nos darán más problemas que interrumpir una clase.
—No los mires así, Pitu —dice Marta.
—Estos solo entienden el lenguaje de la cadena.
—Sí, de la cadena que hoy no llevas.
Los ultras devuelven la mirada caníbal a Pitu.
Uno saca un puño americano de su cazadora, se lo pasa entre las manos y castañetea los dientes.
La pareja de Marta continúa con el Vespino encendido, pensando por dónde escapar si se tiran a por él.
Entonces llega un hombre de unos treinta años a saludar a aquella banda.
Nada que ver con la forzada pose de violencia de ellos.
Los ultras se cuadran ante su presencia, el hombre les saluda y lanza una ojeada curiosa al entorno.
Se detiene unos segundos en las figuras de Marta y Pitu, como extrañado de su aspecto, y vuelve a hablar a los ultras.
Estos le ofrecen algunas explicaciones y un papel.
Marta se fija mucho en el nuevo. Viste cazadora de aviador con un parche de un águila, juraría que bicéfala, pantalones cargo repletos de bolsillos y botas negras con cordones blancos.
El cabello corto, a cepillo. La mirada acostumbrada a intimidar.
Hay algo categórico en sus gestos pausados.
Si la generación de los padres de Marta se había convertido en poco auténtica, poco apasionada, poco alegre y, en general, llena de silencios por lo poco que contar, ella detecta que allí se esconde algo intenso y radical y tiene que ser la delincuencia como opción de vida.
—Ese no parece un cualquiera que pide cigarros por ahí —dice Marta a su gente—. Quizá haga de enlace con los de Puño Patriota.
—A mí que los demás no me hagan muecas —contesta una amiga—. Soy una mujer fría y calculadora que los llevará a la perdición.
—Chicas, llegaremos tarde a clase. —Otra amiga se cansa de que las observen así—. ¿Entramos ya?
Pitu sube el Vespino al caballete y las acompaña por el pasillo de la facultad.
—Será en un antro que acaban de abrir en Malasaña —dice a Marta sobre su concierto de la noche—.
Se llama El Pirata. Tiene un escenario en el que cabemos todos, así que no habrá que poner la batería abajo como el otro fin de semana.
La entrada vale veinticinco pesetas y tocaremos antes de Atrofia Cerebral.
—Eso es fantástico, Pitu.
—Estoy muy contento.
—Y con Atrofia Cerebral —dice Marta—. La gran esperanza del rock madrileño.