1978
«Que aquella tarde Marta Electra levitó».
Marta contempla el bajo Fender.
Brillante, clavijas impecables, cuerdas a estrenar.
Todavía está aturdida por lo que sucedió ayer en comisaría y que, por mucho que le pese, no piensa contarle a Pitu.
¿Confesar que firmó una declaración contra el hombre que vieron con los ultras del campus y que, aún más, tropezó con ella la noche del concierto, dejándole una prueba de ser el autor del tiroteo de Malasaña?
Repite la pregunta en su cabeza y piensa que, si llega a ser Pitu el que apareciese con esa locura, le gritaría hasta perder la voz.
Y luego lo ayudaría.
Aunque Pitu será muchas cosas, algunas mejores que otras, pero no un chivato que tiene escoltas a tiempo completo, como esos cargos políticos en una emergencia nacional que a ella le causa el mismo asco que sus protagonistas.
A Marta solo le consuela que la otra situación era objetivamente peor.
Por ejemplo, la cárcel le hubiera impedido contemplar el bajo resplandeciente, tirado boca arriba en la cama.
A saber de dónde y a cambio de qué lo habrán sacado, pero nada del trueque importa viendo en ese momento cómo brillan las cuerdas, la pintura y la tornillería.
La secuencia anterior fue así.
Pitu recogió a Marta en su casa con el ciclomotor.
Le dijo que tenía una sorpresa y le rogó que se levantase de la cama para vencer la, también extraña, resistencia de su madre a que saliese a la calle.
Al final, tras mucho insistir, consiguió que se montase en el Vespino.
Por el camino casi atropellan a una pareja que empujaba un carrito en aquel boom de la natalidad, de vuelta a una de las viviendas de protección oficial que se asignan en un Madrid de repente lleno de oportunidades y destinos, recién nacidos y modernos traficantes de heroína.
Marta pidió a Pitu que, por favor, dejase de conducir como si acabaran de dar un palo.
Entonces las farolas de hierro comenzaron a titilar.
Poco a poco, iluminaron las aceras mientras los seguía un coche con policías de paisano, que dejaba otro vehículo entre medias para que nadie lo considerase sospechoso.
La pareja llegó sin inconvenientes a la calle de la Ballesta, a la buhardilla de cuarenta metros cuadrados que Pitu comparte con el guitarrista y el batería del grupo, que ya tiene, en palabras de Manu, a una bajista increíble.
Ahora, el instrumento continúa sobre la cama de la habitación.
Marta aún no se atreve a tocarlo.
Endurece los párpados, intentando discernir qué parte de esa historia no se ha resuelto y qué parte será un mero trámite.
Pitu coge el bajo y le pasa la cinta por el cuello.
Queda a medida de sus brazos fibrosos. Marta toca varias notas al aire con la tercera cuerda y, de un arranque, sus dedos pisan los primeros trastes a toda velocidad.
Pitu le pide calma con las manos y rompe aquel clímax.
Necesita más volumen, mucho más. Corre a la habitación del guitarrista para traer un amplificador Marshall y lo conecta al bajo mediante un cable de metro y medio, así que Marta vuelve a marcar el ritmo a la vez que gira el selector del bajo.
Un acople del amplificador.
Marta separa el cable con el pie y deja de pitar.
Su melodía ya truena a noventa decibelios.
Los otros dos integrantes de Histeria llegan a la buhardilla con latas de cerveza.
Las meten en el congelador, creyendo que esta vez se acordarán de sacarlas antes de que exploten, cogen una pipa de marihuana de la salita y se encaminan al dormitorio, guiados por el sonido.
En la habitación, encuentran a Pitu sentado con las piernas dobladas sobre el suelo.
El guitarrista y el batería también se sientan así, qué otra cosa hacer, no hay sillas.
Encienden la pipa y aspiran el humo de la poca yerba que queda.
Pitu oye aquel ruido incluso por encima del bajo de Marta y la carga con otro pellizco de marihuana.
La enciende de nuevo, aspira la sativa, guarda esa calada en los pulmones durante un minuto y la exhala proyectando anillos de humo.
Dobla la lengua y dice que le sale un triángulo isósceles.
Los demás le preguntan cómo está tan loco.
Él cubre el pitorro de la pipa para observar las volutas en el interior.
Cambian de forma igual que un caleidoscopio. Un triángulo, ahora sí, seguro.
Pitu teatraliza aquello como su venganza contra la jornada laboral de cincuenta horas, de lunes a viernes, cada día lo mismo.
El trabajo que odia organizado en torno al castigo de que cualquiera es prescindible y de que así cualquiera trata de volverse necesario, aunque sea llegando puntual.
Cree que las personas gobernadas por su sueldo son las mismas gobernadas por la fe cristiana en la que fueron educadas.
Y en la que él escupe a cambio de otra calada.
Dum-dum-dum.
Marta progresa al tercer traste con el pulgar en la última cuerda, logrando que suene como un contrabajo de orquesta, mientras el índice y el corazón bailan en las dos primeras a una velocidad imposible.
Pitu sube el volumen del amplificador y la rueda marca el segmento de los tímpanos rotos.
Caen desconchones de la pared a la vez que el instrumento retumba en sus cuerpos con ciento cuarenta decibelios.
Los chicos se ponen en pie y comienzan a botar, chocando las espaldas a cada salto.
Sus bocas abiertas, sus pupilas dilatadas.
S A T I V A Z O .
Cuando se sucede un duelo de bailes.
El guitarrista mueve los brazos como un pollo y el batería representa una balanza con las manos, entreabriendo la boca porque el aire de la izquierda pesa más. Pitu toca una lira imaginaria mientras agita su cresta, después simula un desmayo y repta por la moqueta con los brazos pegados al tronco.
Y entonces Marta levita.
Lo que siempre jurarán los otros miembros del grupo.
Que aquella tarde Marta Electra levitó.