Histeria 1996 #2
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1996 #2

Luego se encaran. Aquel macarra roza la nariz con la suya y duda frente al primer plano: los criminales suelen reconocer a los criminales, así que solo le escupe en la barba mientras su amigo coge un taburete para partírselo en la nuca.

En ese momento, ya sufre un ligero remordimiento por tal decisión.

Y el hombre de la gabardina tira un codazo al que lo atacaba por la espalda.

—¿Qué cojo…?

El que le ha robado el juego no termina la pregunta porque un rodillazo explota, precisamente, en dos, su cojón izquierdo.

Se retuerce en el suelo, lágrimas como puños, aquel plumífero Pedro Gómez muy manchado.

El chino continúa cantando y lanza las manos al aire, arrebatado, en una actuación que no quiere detener por otra pelea.

El que estaba en la barra se recompone del golpe, vuelve a alzar el taburete y el hombre de la gabardina se gira para golpearle el hígado.

Volea derecha, gancho izquierdo.

Luego, ¡más golpes!, ¡golpes!, ¡golpes!

Tras la combinación de puñetazos, el macarra se desploma junto a su amigo y se lleva las manos al costado.

Un bufido abrasador le sube por las entrañas, algo nuevo, algo espantoso, que duele mucho, aunque no tanto como el testículo reventado del otro.

Su hígado no está para semejantes hostias, pero logra desenfundar la pistola.

Mientras tira del gatillo, el hombre de la gabardina le rompe el brazo de un pisotón y así pierde el contacto con el arma.

La bala revienta el fluorescente del techo.

Ruido de electricidad en cortocircuito.

Los chinos se esconden bajo la mesa cuando oyen el proyectil y acarician los sobres con sus sueldos, aunque no suman doscientas mil pesetas entre todos.

Al más alto le falta el meñique, al más bajo el riñón derecho.

El cantante permanece sobre la silla, pero se calla.

Por fin había dado con el tono y de qué le ha servido.

El hombre de la gabardina se desabrocha los botones superiores.

—Os había avisado —dice—. Con buenas palabras.

Casi ha entrado en calor tras la pelea y entonces considera cualquiera de sus palabras, por descarte, como buenas.

Pulsa el botón con uno de los dos créditos que quedan y en la pantalla se alinea una pareja de campanas y un limón.

Después se frota el antebrazo por la boca y, a través del reflejo de la tragaperras, observa que el del testículo reventado se pone en pie con algo metálico.

Detiene el navajazo agarrándolo de la muñeca y con su propia mano lo apuñala.

Una, dos, tres, cuatro veces en el muslo.

Los pies del hombre de la gabardina bailan, flotan, gravitan alrededor del acuchillado.

Un movimiento que pertenece a otra persona y a otro tiempo.

En la última puñalada, gira el filo dentro de la carne de ese macarra y resbala un montón de sangre caliente por el mango.

De regalo, con lacito, la herida ya no se cierra.

Entonces su amigo estira el brazo hacia la pistola del suelo cuando el hombre de la gabardina enseña la suya.

Una Astra, calibre 37, oxidada, cañón corto y biselado, toda una antigualla de diciembre de 1978, ¡bang!

, para volarle media oreja. El proyectil rebota en el taburete y rompe otra luz, esta vez de la pared.

Saltan chispazos del neón verde.

La cinta de éxitos orientales se queda enganchada al final de la cara B y ya solo se oyen los lamentos acompasados de los dos macarras.

El hombre de la gabardina coge la pistola con la que le dispararon, vacía su cargador y patea la munición.

Se tambalea hacia la máquina, cansado de no poder terminar el juego con aquella tontería de querer matarlo, y aprieta el botón con el último crédito.

—Deseadme suerte —dice.

—¡Suerte! —grita el camarero, aún escondido.

—Sí, claro. —El chino que cantaba se cruza de brazos—. Mucha suerte.

7 7 7

Un torrente de monedas cae sobre la bandeja.

—Se había convertido en algo personal —dice el hombre de la gabardina cuando remonta las escaleras del bar y deja el premio intacto—. Y en realidad, como aprendí hace mucho tiempo, todo es personal.

El chino que cantaba abre los brazos y termina su balada.

—永远!

En el exterior, la lluvia abofetea al hombre de la gabardina.

Su cerebro intenta asimilar el contexto y reconoce otra vez esas calles del sur de Madrid tantos años después.

Era un fangal de bares con menú del día para obreros, clubes de mala reputación y tugurios como del que acaba de salir.

Hoy, en horario diurno, se ha transformado en un eje comercial que, a pesar de los nuevos negocios y las luces movedizas, le sigue susurrando su secreto al oído.

Y ya no lo soporta más. El hombre de la gabardina oye sirenas de policía, pega seis tiros al aire, rueda su pistola por la carretera y alza las manos.

El olor de los muertos lo envuelve desde el subsuelo y así asume lo que sucederá en las próximas cuarenta y ocho horas.

—¡Yo tuve de rodillas a esta ciudad! —grita después.

Los policías derrapan sus coches sobre el asfalto, dan el código de emergencia por radio y apuntan al loco, completamente empapado, que ahora parece aquel hombre de la gabardina.

Que por primera vez conecta con sus emociones y continúa gritando:

—¡Yo tuve de rodillas a esta ciudad!, ¡yo tuve de rodillas a esta ciudad!