Histeria 1978
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1978

«Mis casos nunca aparecen en tu telediario».

Marta abandona los cubiertos a la derecha del plato.

—Te alimentas de sufrimiento, papá.

Su padre parpadea muy fuerte.

—¿Perdón?

—Su sufrimiento acaba en tus entrañas y por eso luego sufres tanto tú —contesta Marta—. Es de lógica.

—Pero ¿qué dice esta niña ahora?

—Alfonso, por favor —interviene la madre.

—¿No ves que se está volviendo loca? —El padre pega un puñetazo en la mesa—. Primero los pantalones rotos, luego cortarse el pelo, ahora teñírselo de blanco…

—Ese animal ha estado toda su vida encerrado en un matadero —sigue Marta—. Solo puede saber a miedo con ajo y cebolla.

—… los imperdibles en la oreja, la pintura del brazo…

—Seguro que se borra con el tiempo.

—No se borra, mamá. Para algo es un tatuaje.

—… las muñequeras con pinchos —el padre ya no pierde el ritmo—, el collar de perro ese, y entras en su habitación y la tiene llena de pasquines de las juventudes satánicas…

—Libertarias —dice Marta.

—… y la guitarra que no para de aporrear a todas horas.

—Marta está a punto de explicar por enésima vez que es un bajo, cuatro cuerdas, pero se contiene—.

Hija, en esta mesa he aguantado tus locuras hasta hoy, cuando el hígado de ternera se convierte en una fuente de proteínas con mucho sufrimiento y debo alimentarme a base de brotes verdes.

—Alfonso alza su filete con el cuchillo, lo estampa contra el plato y varias gotas de sangre manchan su cara—.

Trabajé de sol a sol para darte una educación, techo y bistecs de hígado que devorabas con una sonrisa.

¿Y sabes por qué? Porque hubo un tiempo en el que me admirabas.

Era el héroe de tu vida cuando te llevaba sobre los hombros.

Ahora me he convertido en un paleto que solo calcula primas de riesgo en mi trabajo y come carne con patatas.

Pues cambié la fábrica por la correduría de seguros para que nunca te faltara nada y así lo agradeces.

Mira, sé que es… sé que es ese novio tuyo el que te mete semejantes ideas en la cabeza.

No fingiremos que no reconocemos al culpable y vete pensando en dejarlo a él o a esta casa. Así de fácil lo pongo, Marta.

—¿A cuánto se paga la prima de riesgo para que me vaya de casa si hicieses uno de tus seguros?

—Todavía puedo meterte en la empresa siempre que cambies de pintas y de actitud. —Su padre toma aire e intenta calmarse—. Estoy bien valorado por los jefes.

—El otro día enchufó al sobrino del panadero y ese es un perla.

—No me interesa sentarme todo el día dentro de una oficina, mamá.

—Ni siquiera te tiene que interesar —dice el padre, ¿apretando la mandíbula?, quizá—. Y tampoco es algo tan negociable.

—Oh, basta. —Marta no quiere protegerse con más ironía y se levanta para marcharse a su habitación—. Nosotras ya no hacemos lo que nos ordenan los hombres.

—Ni se te ocurra moverte hasta que terminemos de comer en familia, ¿has escuchado? En fa-mi-lia. —El padre persigue a su hija con el bistec ensartado en el cuchillo—. Marta, vuelve aquí y mira este filete a la cara.

—¡Si no tiene cara!

Se oye el ruido del pestillo y el padre sabe que no llegará a tiempo.

Lo intenta: gira el pomo de la puerta, pero ya no se abre.

—Alfonso, lo romperás otra vez —dice la madre.

—¿Y qué se supone que tengo que hacer entonces?

—Romper otra cosa más barata.

El padre se queda mirando el barniz de la madera. Después, repite mentalmente la frase que ha escuchado en una serie de televisión: «Uno, dos y tres, yo me calmaré, todos lo veréis… Uno, dos y tres…».

—Vuelve a la mesa de una vez, Alfonso.

—Dame un momento, Consuelo.

«Uno, dos y tres…».

—Solo tiene diecinueve años. —La madre recoge el plato que ha dejado intacto Marta—. Estoy segura de que esta rebeldía, o como la llamen ahora, se le pasará pronto.

—A los diecinueve años yo me deslomaba en una cadena de montaje y trataba a su abuelo de usted.

—Hoy la juventud es distinta —sigue la madre—. Parece que el país por fin cambia, vienen cosas nuevas y ella tiene la suerte de poder estudiar. ¿Por qué no te quedas con lo bueno en vez de recordar siempre cómo tratabas a tu padre? Ese señor lleva diez años dentro de un nicho.

—¿Estudiar Sociología? Ni sabíamos que era una carrera hasta que se matriculó.

—Derecho no le gustaba.

—Pero me gustaba a mí —dice Alfonso, observando las estrías del filete—. Marta, aquí queda tu comida entonces.

Clava el cuchillo con el bistec en la puerta de la habitación.

—¡Que te jodan, papá! —grita Marta al otro lado—. ¡Es la angustia de esa carne la que fluye por ti!

—Uf, la mato.

—¡Vas puestísimo de clembuterol con tanto hígado!

—Alfonso, el pomo de la puerta —dice Consuelo—. Son cien pesetas si lo quieres plateado.

Ahora se escucha la melodía de un bajo desde la habitación.

Progresa del sexto al décimo traste y el pulgar baquetea la cuarta cuerda.

Es un buen riff y está lleno de rabia, pero el mástil del instrumento se une por cinta aislante y las clavijas solo giran haciendo fuerza mediante unos alicates.

Además, Marta toca sin amplificador, las pastillas y el selector tampoco funcionan.

En esa casa nadie le comprará otro bajo, porque juran que ella cambió cuando aprendió a tocarlo o cuando empezó a salir con Pitu y su pandilla de colgados aquí y allá.

Y ya no recuerdan qué desgracia ocurrió primero.

El padre regresa al comedor con el dedo índice sobre los labios.

No quiere comentarios de texto sobre lo que acaba de suceder, ni del cacho de animal muerto que colgará un rato de la puerta.

Se había contenido lo posible porque intuía que su hija buscaba sacarlo de sus casillas, ganar una discusión tras la que irse cuatro días de casa y contarle cualquier excusa de sus ojeras al volver.

Él pretendía vivir para siempre en un mundo diminuto, donde apostarlo todo al trabajo y a la familia, a la eficacia y a la tradición, pero Marta ni siquiera es de su mismo universo.

Consuelo, que sí lo es, se levanta para subir el volumen del televisor.

Después se sienta junto a su marido y le pellizca el muslo, apoya la espalda contra el respaldo de la silla y lo observa con un cabeceo.

Hacerse vieja no le parece una lenta cuesta abajo, de poca pendiente, porque a veces hay baches que suman años de golpe.

Y admite que su marido ha caído en uno desde que Marta no es la niña inocente, ovillada sobre el regazo, que criaron con el esmero de quienes solo tendrían una hija.

Al padre le queda la voz grave, pero su mirada es cada vez más frágil.

Y ahora las lamentaciones habituales con el telediario.

Sintonizarlo se ha convertido en su acto de masoquismo.

Tiene para elegir atentados en las calles, gritos y empujones en el Congreso, conspiraciones militares, bandas de delincuentes juveniles, drogadictos tirados por los portales y la sección internacional siempre abriendo con el precio del petróleo, mientras Estados Unidos y la Unión Soviética juguetean con el botón rojo cuando se libran guerras en países que le son imposibles de ubicar en los mapas.

—¿Otra más? —pregunta—. ¿Lo ha vuelto a hacer el desgraciado?

—Déjame escuchar, Alfonso.

En pantalla, un reportero con chaqueta afelpada y mostacho informa a pie de calle: «La policía no descarta ninguna hipótesis y el juzgado de guardia ha dictado el secreto sumarial, sin embargo, por los detalles que han trascendido del crimen parece que estamos ante otra víctima del Ángel Azul.

Recordemos que en su última carta a un conocido periódico anunciaba que antes de la siguiente cumpliría aquel “Volveré a limpiar Madrid de mentiras”».

—No me lo puedo creer —dice Alfonso—. ¿Cuándo van a coger a este? ¿Y por qué… por qué se habrá puesto semejante nombre?

Se suceden las imágenes de un cuerpo cubierto con una mortaja, una ambulancia destellando luces rojas y dos camilleros que se disponen a cargar el bulto.

La cámara abre a un plano general donde los vecinos preguntan cómo ha sucedido.

A continuación, primer plano de un policía uniformado de gris, que pide distancia para montar el perímetro de seguridad y acaba poniendo los brazos en jarra.

Se diría que tiene ganas de rezar, nada relacionado con la religión, sino con alguna energía que cambie lo sucedido y por suceder.

Cierra la secuencia informativa el regreso a la imagen de la acera.

—Esa calle es del barrio —dice Consuelo, endureciendo los párpados—. A pocas manzanas de aquí.

—Lo que nos faltaba en Malasaña —contesta Alfonso.

Chof.

El bistec ha caído de la puerta al suelo del pasillo.

A seis kilómetros de Malasaña, Alfredo Cañas también se encuentra frente al televisor cuando los informativos cortan la conexión a pie de calle.

Ha colocado su nuevo aparato de veinte pulgadas sobre una consola de roble.

El único mueble ornamentado de un comedor en el que apenas cuelgan una foto de su niñez y, desde ayer, una placa con el escudo del Real Madrid.

Se la han regalado a todos los agentes que han cubierto la seguridad en algún partido de la última temporada.

De vuelta al plató, la presentadora del telediario repasa las víctimas del asesino más famoso de Madrid; del fenómeno pop que escribe cartas antes de cada crimen; del acaparador de titulares en una época en la que abrirían los telediarios con cualquier noticia política; del rumor en oficinas, bares y plazas, que siempre termina con un sospechoso en la boca; del psicópata sobre el que, además, algunos tarados no emiten juicios tan alarmantes.

Al fin y al cabo, las chicas asesinadas eran prostitutas o lo parecían.

Cañas golpea su cajetilla de Ducados para sacar el último cigarro.

Le queda un turno de diez horas por delante.

Acaba de promocionar como investigador en la Brigada Central de Información, sucesora de la Político-Social, que perseguía opositores al franquismo.

Los primeros años en el cuerpo fueron tranquilos, pero luego supo dónde encajar, mientras muchos de sus compañeros aún disuelven manifestaciones, y qué prácticas se aprobarían en el futuro, que, cada día, es un reto para los que quieren perdurar sin importarles el tipo de gobierno.

Siempre harán falta policías que encierren a los asesinos, que detengan a personajes como el Ángel Azul, que vaya nombre se ha puesto, ¿ese color por qué?

, y salgan en la foto con el malnacido luciendo un ojo tumefacto, porque las torturas aún no se censuran tanto y hay que alegar resistencia en la detención.

Era su integridad física o la mía, señoría.

Aunque jamás le asignarán una investigación así de importante a alguien tan joven como él.

Cañas mira su reloj de correa y entonces apura las caladas del cigarro.

Recuerda otra vez que su novia aún no le ha contestado a lo de mudarse a aquel piso alquilado de Chamartín, paso anterior a letras de la hipoteca, anillo dorado, sí quiero, para toda la vida no se sabe si aprueban la controvertida Ley del Divorcio.

Esa espera le genera ansiedad, imposible negarlo, pero ahora los nervios se deben a que se ha despistado con las noticias y casi llegará tarde a su turno.

Han surgido los horarios reglamentados en la policía junto con otra serie de obligaciones, informes y hasta inspecciones de Asuntos Internos.

Dicen que el mundo observa a España en estos instantes de transición y donde hay ojos suele haber compostura o su apariencia.

Además, le toca trabajar con Germán.

Y si la democracia o sus apariencias se consolida, sospecha que no harán falta policías como Germán.

Alfredo Cañas se toquetea su incipiente bigote y se acerca al televisor.

Le aguarda otra noche en Madrid con historias que hace poco solo veía en las películas que pasaban el tijeretazo.

Queda poco de la ciudad beata y funcionarial en la que le dieron la placa, la pistola, la legitimidad en consecuencia.

Aquella ingenuidad de otros tiempos también está acuchillada en un callejón.

—Mis casos nunca aparecen en tu telediario —dice Cañas a la presentadora.

Se fija en el reflejo de su imagen, que se superpone en la pantalla. Esa figura tan normal; ni alto ni bajo, ni flaco ni gordo. Una cara que tampoco es fea ni guapa. Normalidad como cuestión estadística.

Y aprieta el botón del televisor.

Fundido a negro.