Histeria 1996
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1996

Su jefe siempre le decía que solo los imbéciles juegan a las tragaperras.

Al recordarlo, mete otra moneda en la ranura.

Una, dos, tres cerezas.

Durante esa noche la máquina también ha alineado campanas y limones, pero solo dos sietes rojos y el tercero ya es una obsesión.

Más monedas tintinean en la bandeja, porque el hombre de la gabardina no se largará de allí hasta que junte los malditos sietes o, si no hay suerte, el alcohol junte su cuerpo con el suelo.

Ahora dos veinteañeros con gesto torcido descienden las escaleras del bar, apenas maderos con catadióptricos.

Observan a aquel tipo de mediana edad metiendo más dinero en la ranura, plantan los codos encima de la barra y ordenan tequila.

El camarero les sirve con un ligero temblor en el brazo.

Los conoce, los teme: delincuentes famosos en Usera, al sur de Madrid, que beben cuanto quieren, pagan cuando quieren, buscan bronca con quien quieren y hoy nadie les pedirá algo diferente.

—Deja aquí la botella —dice uno de ellos.

—Por supuesto. —El camarero abandona la botella sobre la barra y se retira a limpiar vasos—. Es vuestra hasta que os canséis.

—Limón.

A la orden, el camarero corta unas rodajas y coge un salero de metal, taponado en su dosificador.

Coloca los gajos en un platillo y traza una extraña geometría con ellos.

Detrás, la sal, que le tiran de un manotazo y que se esparce sobre el suelo.

Nadie cree en supersticiones, porque aquí hace tiempo que la única suerte es la mala, como si todo no se explicase mejor por la doctrina de causa y efecto.

El hombre de la gabardina vuelve golpear la tragaperras y se rasca su barba digna de náufrago.

Se acerca al camarero con un billete de mil pesetas hecho una bolita, rebusca en los bolsillos y encuentra otras tres bolitas verdes.

Las coloca encima de la barra para rodarlas de un golpe de pulgar.

—Dame cambio otra vez.

Tiene un ligero acento sudamericano con el que nunca habla de su vida, ya en declive, ya más recuerdos que oportunidades.

—A ver qué me queda. —El camarero estira los billetes con un movimiento que sugiere su paciencia infinita—. Poca recaudación la de hoy, la de ayer… La de todo el año y aquí sigo.

Luego acciona el resorte de la caja registradora y recoge, con calma, las monedas equivalentes de veinticinco y cien pesetas.

Ahí están perfilados los rostros de un rey, de un príncipe y los viejos escudos para las nuevas mañas.

El camarero deja el dinero apilado en montoncitos sobre la barra de zinc y compone algo similar a una sonrisa, pero solo es ansiedad.

—Le doy las últimas —dice—. Si las termina, quizá el ultramarinos de la esquina pueda cambiarle los demás billetes. Tiene la verja echada, aunque el dueño me hace la competencia y vende alcohol por la trampilla durante toda la noche. Claro que así se ahorra muchos de mis problemas, ¿no cree?

El hombre de la gabardina lo cree y deposita, poco a poco, el dinero en los bolsillos.

No se ha quitado aquella prenda llena de manchas desde que entró por la tarde en el bar.

Dan las cuatro de la madrugada, primer día de febrero, la temperatura en el tugurio no sube demasiado de los grados negativos del exterior.

Huele a humedad y el tiempo ha ido decolorando las junturas de la barra y los taburetes.

En ese instante baja las escaleras un grupo de hombres chinos, vestidos de forma sutilmente antigua.

Ya son multitud en el barrio y este es su año del cerdo.

«¡Avances!, ¡avances!», grita la tragaperras.

—Voy al servicio —dice el hombre de la gabardina tras golpear la máquina—. Me cuidas los avances, ¿eh?

El camarero asiente cuando lo contempla haciendo eses hasta el baño y duda de si será capaz de acertar en el urinario. No piensa cuidar nada más que su propio pescuezo delante de aquella pareja de delincuentes y los clientes chinos, que se juntan en una mesa antes de pedir la ronda de cada viernes.

—Estos amarillos hoy llevan todo el sueldo del mes encima —dice uno de los dos macarras, sirviéndose más tequila—. Te lo juro.

Lo bebe de una tacada, sacude la cabeza y sirve un segundo chupito para su amigo. Este se arremanga su plumífero Pedro Gómez, el abrigo que pusieron de moda los pijos que esquían en Baqueira y ahora visten los maleantes.

—¿Por qué estás tan seguro? —pregunta el otro.

Mientras chupa el gajo de limón y afila la cara:

—Los chinos nunca usan bancos. Guardan los billetes en su casa, bajo el colchón, en la cisterna del váter…

, sitios así del rollo de la vieja escuela.

Y, de vez en cuando, envían los ahorros allá a través de otros chinos que viajan con maletas de doble fondo repletas de dinero.

Hay una nueva mafia de Pekín en el barrio que financia sus karaokes, restaurantes y tiendas de baratijas y, luego, les cobra unos intereses de la hostia.

Si no pagan el préstamo, en ocasiones les cortan una mano.

Mira con disimulo, ¿los de la mesa tienen las dos manos?

—Diría que sí… Espera. —Su amigo se fija en el más bajito, al que la luz de un neón verde le cae de perfil—. Ese también.

—A veces solo les cortan algunos dedos.

—Juraría que tienen todos los dedos.

—Si deben mucho, ya les sacan un riñón.

—A mi padre le quitaron el izquierdo en el hospital y los médicos dijeron que era el primer riñón naranja que veían.

Lo tenía así por el licor que destilaba en el sótano de casa.

Nunca cumplió lo de no colocarte con tu propia mercancía.

Le metieron un tajo debajo de las costillas y otro debajo del ombligo.

Le pregunté por qué lo abrieron por ahí en vez de por la espalda y no… ¿Para qué les sacan un riñón a estos?

—He escuchado que un cuerpo, vendido por órganos, vale un dineral.

—Creo que necesitas los dos riñones para ser cliente de este bar.

—Entonces no les van mal las cosas y estamos a uno de febrero. —El otro macarra acaricia la pistola que esconde en una funda sobaquera—. Acabarán de cerrar sus almacenes y quizá cargan entre todos medio millón de pesetas. Será un palo fácil y, además, es el año del cerdo.

—¿Cómo sabes tanto sobre ellos?

—L o sé y punto —contesta, sonriendo y recordando por qué—. Les robamos cuando el de la gabardina se haya largado. ¿Has notado cómo huele a cerrado el cabrón?

Su amigo asiente, lo ha notado, y enfoca la tragaperras, ruidosa como cualquier otra y con una tipografía que dice metrópolis en la parte superior.

Se pasa dos monedas por los nudillos como si fueran fichas de póker y marcha hacia la máquina.

El camarero refunfuña cuando aquel macarra introduce su calderilla por la ranura.

Esa gentuza nunca respeta nada, ni siquiera los avances pendientes de darle al botón.

Después, cuando es demasiado tarde, algún intelectual aparece en las noticias jurando que el neocapitalismo precisa del miedo a los demás, que el delito es una hipocresía de la estructura social y otras teorías del «En realidad, los culpables fuimos nosotros» que nadie comprende en su bar.

El hombre de la gabardina sale del baño.

—Llevas la bragueta bajada —le dice el macarra que continúa con la botella—. Y te has meado encima.

El hombre observa un resto de orín en el pantalón y se sube la cremallera.

Se rasca la barba, bosteza alto y sostenido.

Deja claro que no le importan sus manchas.

Lo que le traicionan son esos ojos que parecen no fijarse en nada, pero se fijan en cada detalle.

No casan con la imagen de persona acabada, de muerto de permiso.

A su edad y después de lo que ha vivido, uno no se pone ropa de mercadillo, pide doce copas en un antro y se convierte en otro borracho al que patear a la calle.

«¡Avances!, ¡avances!», vuelve a gritar la tragaperras.

Busca al camarero con la mirada pidiendo una explicación, pero este le da la espalda, porque si explica algo en cierto modo se convierte en responsable y a veces disparan a los pianistas y a los camareros.

A continuación, el hombre de la gabardina observa a aquel chico que pulsa el botón de la máquina contra la que lleva una noche de pelea.

Seguro que la ha dejado caliente y a punto de algún premio importante, tres sietes rojos, por ejemplo.

Parpadea varias veces.

No.

No consigue relajarse.

El único chino que habla castellano se aproxima a la barra.

Pide su canción de siempre y el camarero, nervioso, intuyendo problemas que no arreglará mediante una ronda gratis, reproduce en la platina la cinta de éxitos orientales que le ha dado.

Suenan los primeros compases por los altavoces y los demás chinos baten palmas.

Su compatriota canta con ademanes versallescos, bailando de vuelta a la mesa.

Se alinean tres berenjenas en la tragaperras y el macarra que está frente a ella carcajea.

La música del premio se mezcla con la balada del chino, que se sube a una silla para teatralizar su voz grave, de crooner .

Otra vuelta de la tragaperras: dos campanas y una naranja.

El que juega sigue riéndose entre la psicopatía y la estupidez, y tiene la mala idea de celebrarlo con un grito.

—Apártate de ahí. —Escucha del hombre de la gabardina—. Estaba jugando yo.

—¿Cómo? —Una ceja alzada—. ¿Qué has dicho, viejo?

El hombre de la gabardina se le acerca a trompicones.

Vigila de reojo al otro macarra, que continúa con los codos encima de la barra y una L marcada bajo la axila en la sudadera.

Le sorprende más que pida limón con el tequila que esa pistola oculta en el sobaco.

Sabe cuánto se ríen en México de lamer un pegote salado y chupar gajos agrios.

Gente fresa, vale madres, parió chayotes, si molestas a quien no debes en bares como aquel, a veces cabezas cortadas con motosierras.

—Que te apartes de ahí —repite—. No vendrán más avisos.