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Histeria

Por Jose Manuel del Rio

© inepub.com

Histeria

Antes que ayudarme de cualquier inteligencia artificial para la escritura de una novela, me corto los dedos

Quizá Madrid solo sea otra ciudad que no se conoce a sí misma.

Cabría impugnar cuáles eran los hechos trascendentales y cuáles no, como si este lugar ahora furioso hubiese sido, en realidad, algo más categórico que la primera extensión de tierra junto a un río al que luego llamaron Manzanares.

Una meseta donde crecían encinas torcidas y matojos, sin testigos para recordar sus días hasta que llegaron las primeras comunidades y las primeras armas, antes de la tinta y la pólvora, del ansia, ¿humana?

, tal vez, por la inmortalidad que necesita matarlo todo.

Pero vuelve aquí.

Diciembre de 1978, Madrid está cambiando y por alguna razón las multitudes continúan siendo idénticas.

Personas que se cruzan en las aceras, compartiendo un gesto, aquí un comentario, allá una broma o un desprecio, en el fondo conscientes de la imposibilidad de una resolución plena.

A la procesión de cabezas que sube y baja por Gran Vía parece darle igual el ruido de sables, las intrigas políticas, la llegada de la heroína, los quinquis y sus atracos.

Marta Beltrán sigue en el último bar que hace esquina con plaza España, coge el taco de billar tras pensar la carambola y mete las dos bolas restantes en las troneras.

Su contrincante regurgita en una escupidera y le paga el billete que había apostado.

Ella le guiña un ojo, le promete que la próxima vez sucederá exactamente lo mismo y guarda el dinero en el bolsillo de sus pantalones de cuero.

Lo hace con esa naturalidad acostumbrada a desatar pequeñas tempestades.

Después sale a la calle, esquiva a dos policías con pastores alemanes sujetos por correas, se cuela entre el gentío que no le aguanta la mirada y tampoco siente que aquello que la rodea sea gris, sino blanco y negro, a la vez.

El mejor de los tiempos, el peor de los tiempos, el suyo.

Entonces quizá Madrid solo sea otra ciudad que no se conoce a sí misma porque nunca le ha interesado lo que aquellos historiadores dicen que ocurrió.

Tampoco la forman los apellidos de los ministros, ni los números de los decretos, ni los discursos pronunciados desde balcones oficiales.

Son incontables vidas anónimas las que sostienen su historia, ahora con minúscula de relevancia.

La verdad de una época siempre se esconde en el eco de las calles y en los pasos sin rumbo que las cruzaban, a los que otros intentarán otorgar un sentido tantos años después, como si alguien pudiera apurarlos, torcerlos, desandarlos; en definitiva, alterar su tiempo.

Por eso vuelve aquí, al lado de Marta.