5. Capítulo Cinco
Capítulo Cinco
G race llegó a The Stitchery a las once de la mañana del domingo y entró por la puerta lateral con la llave que Cathy le había dado para los días de taller.
La tienda estaba cerrada para el público los domingos, y el silencio tenía una cualidad distinta al bullicio habitual, como si el propio edificio estuviera descansando.
Dejó el bolso con su laptop y la caja con los materiales de Hardanger, y se quedó de pie en la entrada del salón mientras respiraba hondo.
El lugar olía a lino y cedro, y al tenue dulzor de la cera de abeja que Cathy usaba para pulir las mesas de exhibición.
Grace respiró aquel aroma y se alegró de estar allí.
The Stitchery había sido uno de los primeros lugares de Sidney que había sentido como un hogar, cuando llegó vulnerable, sumida en el duelo y desesperada por encontrar estabilidad.
Aquella primera tarde, Cathy le había dado una taza de té, le había preguntado por su trabajo con interés genuino y la había tratado como colega y amiga. Grace la quería por eso desde entonces.
Comenzó a preparar todo. Las mesas largas ya estaban acomodadas en una amplia forma de U desde la última clase de Cathy, seis de ellas unidas para que todas pudieran ver al frente.
Grace abrió su laptop, la conectó al televisor de pantalla grande montado en la pared para las demostraciones y dejó listos los videos que había preparado.
Probó la conexión. Repasó la secuencia. Todo funcionó sin problemas, una buena señal.
Manos ocupadas. Mente ocupada. Ese era el truco para ese día.
La puerta trasera se abrió y apareció Cathy con una bandeja de tazas y un termo grande de café.
Llevaba un alegre suéter rojo sobre una blusa con volantes, los lentes de lectura apoyados sobre el cabello canoso y las llaves de la tienda tintineando a la altura de la cadera.
Su esposo Bob venía detrás con una bandeja de barras de Nanaimo, con el aspecto de alguien que había sido reclutado contra su voluntad y estaba calculando el primer momento en que podría escapar sin parecer descortés.
Bob Nicholson era un policía jubilado que todavía se comportaba como tal: hombros anchos, mirada atenta y la costumbre automática de fijarse en todas las salidas de una habitación.
Dejó el plato con un amable gesto de cabeza hacia Grace y se retiró hacia la puerta que daba al exterior antes de que alguien pudiera asignarle otra tarea.
—Buenos días, querida —dijo Cathy mientras dejaba la bandeja sobre la mesa lateral. Bastó una mirada al rostro de Grace para ver más allá de lo poco que quedaba de su compostura.
Cathy esperó hasta que Bob estuvo lo bastante lejos para no oírlas y entonces preguntó en voz baja: —¿Cómo te sientes?
—Estoy aguantando. Apenas. Pero aquí estoy. —Grace mantuvo la voz firme. Si dejaba escapar siquiera un poco de emoción, no estaba segura de poder detenerla—. Solo quisiera saber quién era la mujer.
Los ojos de Cathy se abrieron de par en par. Abrió la boca, volvió a cerrarla y luego extendió la mano para apretarle el brazo a Grace. Fue un gesto firme y práctico, mucho más reconfortante de lo que habría sido una muestra de compasión.
—Luego hablaremos con calma. Tus alumnas llegarán pronto. Y si necesitas ayuda con algo, dilo.
—Gracias, Cathy. Por no hacer un drama.
—No soy de hacer dramas. Ya lo sabes. —Acomodó las tazas sobre la bandeja con unos cuantos movimientos eficientes—.
Lo que sí hago es asegurarme de que la gente coma.
Bob hizo barras de Nanaimo de más, y si me llevo alguna de regreso a casa, se pondrá de mal humor.
Así que cómete por lo menos una antes de la clase.
—Le entregó un plato a Grace—. Tus alumnas llegarán en cuarenta minutos.
Es tiempo suficiente para comerte dos y asegurarte de tener la cabeza despejada.
Grace obedeció y probó un bocado. Estaba delicioso: dulce y con mucho chocolate.
Era de esas barras que requerían cacao de verdad, coco, mantequilla y paciencia, cualidades que Bob aparentemente poseía pese a su exterior brusco.
Se comió una segunda mientras terminaba de revisar la secuencia de videos y, para cuando llegó la primera alumna a un cuarto para las doce, el azúcar y la cafeína ya habían surtido efecto.
Estar en un entorno conocido ya la hacía sentir mucho mejor. No se sentía normal. Solo mejor.
Al mediodía, las dieciocho mujeres ya estaban acomodadas alrededor de las mesas, y el salón vibraba con esa energía particular de una última clase.
Las bolsas de proyectos crujían, las lupas estaban enchufadas y los lentes de lectura descansaban sobre las narices.
Había una sensación especial en el ambiente: la satisfacción de acercarse al final de algo que habían emprendido juntas, mezclada con la ligera melancolía de saber que aquellas acogedoras reuniones semanales estaban a punto de terminar.
Semana cuatro. La última sesión del taller de Hardanger para principiantes.
Grace sintió un destello de verdadera satisfacción.
El curso había salido bien, más que bien.
Sus alumnas habían pasado de ser principiantes inseguras a bordadoras confiadas, avanzando por las técnicas fundamentales del bordado Hardanger con una seguridad cada vez mayor.
Habían dominado los bloques Kloster, aprendido el tejido básico con aguja y, lo más importante, habían aprendido a cortar hilos sin miedo.
Ese era el verdadero punto de inflexión.
La disposición a hacer el corte irreversible que abría la tela a la luz y al diseño.
Se dirigió a la mesa del frente y se recompuso, adoptando la versión de sí misma que aparecía cuando enseñaba. Proyectaba una actitud serena, concentrada y de autoridad amable, en parte porque dominaba el tema. Siempre le había gustado esa parte de sí misma. Hoy estaba agradecida por ella.
—Buenas tardes a todas. Bienvenidas a nuestra última clase. Por favor, saquen su tarea y pasaré a ver su progreso después de poner el video de tejido de hoy.
La recibió un coro de saludos cálidos y familiares. Grace puso en la pantalla el primer video: una demostración en primer plano de la técnica de tejido que practicarían ese día.
—La semana pasada cortaron sus hilos, algo que puso nerviosas a algunas de ustedes.
Varias risas resignadas recorrieron el salón.
—Hoy vamos a rellenar esos espacios abiertos con barras tejidas y relleno de ojo de paloma. Es un trabajo delicado y minucioso. No se preocupen, todas están preparadas.
Reprodujo el primer segmento del video, explicando mientras las imágenes en primer plano mostraban una aguja pasando por encima y por debajo de los hilos expuestos de la tela hasta formar una pequeña barra firme.
Las alumnas observaban con atención; algunas tomaban notas, mientras otras ya acomodaban las agujas.
—La clave está en la tensión —dijo Grace, deteniendo el video en un momento crucial—. Ni demasiado apretado ni demasiado flojo. Si tensan demasiado, las barras se verán redondas en lugar de planas. Dejen que el hilo haga el trabajo. Relajen los hombros y respiren.
Luego las dejó ponerse manos a la obra y comenzó a recorrer las mesas.
Esa era la parte de enseñar que más le gustaba.
Los momentos individuales. Acercar una silla junto al bastidor de alguien.
Guiar una mano. Ver aparecer la comprensión y, con ella, esa chispa de alegría cuando alguien se daba cuenta de que podía hacer algo cuando estaba convencida que estaba fuera de su alcance.
En esos momentos, Grace era simplemente una maestra haciendo un trabajo que importaba, y el alivio que eso le daba era tangible.
Se detuvo primero junto a la mesa de Helen Maloney.
Helen era una enfermera jubilada, meticulosa y un poco ansiosa, y se enfrentaba al Hardanger de la misma manera en que probablemente se había enfrentado alguna vez al cuidado de heridas: con enorme cautela y miedo de empeorar las cosas.
Sus puntadas eran impecables y sus cortes, limpios.
Sin embargo, llevaba días temiendo la parte del tejido.
—Lo estás haciendo muy bien —le dijo Grace mientras observaba cómo la aguja de Helen avanzaba por la primera barra tejida—. ¿Ves lo uniforme que está la tensión? Confía en tus manos. Saben lo que hacen.
Helen sonrió radiante. —Estaba tan preocupada por esto. Ni siquiera sé por qué.
—Preocuparse suele ser peor que hacerlo —dijo Grace, y tuvo que impedirse pensar que debería seguir su propio consejo.
Siguió con Janet y Philippa, que se sentaban una al lado de la otra y hacían casi todo juntas, incluso cometer errores idénticos.
Ese día, ambas habían tensado demasiado el tejido y habían producido unas pequeñas barras redondas que se veían apretadas y bastante tristes.
Grace les mostró cómo deshacer el trabajo y aflojar la tensión cambiando el agarre y relajando los hombros.
Las dos asintieron a la vez, volvieron a intentarlo juntas y produjeron barras tejidas idénticas que, Grace tuvo que admitirlo, resultaban bastante encantadoras por lo simétricas que eran.
Diane Corbett era la siguiente, dos mesas más allá. Era una maestra jubilada de sesenta y tantos años, amiga de Margaret y una de las bordadoras más seguras de la clase. Su relleno de ojo de paloma ya empezaba a tomar forma: prolijo, equilibrado, precioso.
—Qué bonito trabajo, Diane. Tienes verdadera facilidad para esto.
—Me resulta relajante —dijo Diane. Miró hacia la ventana donde estaba sentada Margaret y añadió—: Yo fui quien convenció a Margaret de inscribirse.
Ha estado un poco aislada desde que se mudó a Sidney y pensé que le vendría bien salir.
Se le ha dado de maravilla, ¿no? —Vaciló y luego le dedicó a Grace una pequeña sonrisa cómplice—.
De hecho, lleva un tiempo queriendo hablar contigo.
Creo que siempre pierde el valor a último momento.