4. Capítulo Cuatro #2
Las palabras quedaron suspendidas entre ellos.
Grace sintió la verdad que contenían con una claridad lenta y dolorosa.
Todos llevaban un tiempo viviendo distanciados.
No eran exactamente mentiras, aunque ahora también las había habido.
Era más bien una costumbre familiar de evitar las cosas.
Incluso con toda su formación en psicología, le resultaba duro decir las cosas difíciles en voz alta a las personas que más amaba.
—Tienes razón —dijo—. Creo que todos hemos tratado de protegernos unos a otros evitando decir lo que vemos y sentimos.
Yo lo he hecho más que nadie. Me digo que los estoy protegiendo, pero creo que también me he estado protegiendo a mí misma.
Y no quiero seguir haciéndolo. Ya no. Sobre todo contigo y con Jenna.
—Me alegra oír eso. —Su respuesta fue cálida—. Estoy aquí, mamá. Para lo que necesites. Aunque solo sea para sentarme contigo y no hablar.
—Hablas como María.
—María me enseñó todo lo que sé sobre el silencio productivo. —Grace podía oír la sonrisa en su voz—. Llámame cuando quieras. Lo digo en serio.
—Lo haré. Gracias y buenas noches, hijo. Te quiero.
Grace dejó el teléfono y permaneció quieta en la cocina silenciosa. Afuera, la lluvia había pasado dejando el aire limpio y el jardín oscuro y reluciente bajo los últimos restos de luz de la tarde.
Había hecho las dos llamadas. Se alegraba de que esta vez les contó lo sucedido sin reservarse nada.
Y también se alegraba de que Jenna y Peter la escucharon .
Nada se reparaba solo con darse cuenta de las cosas.
Los años de distancia entre ellos seguían ahí, al igual que el hábito del silencio que los había moldeado a todos.
Aun así, algo había cambiado. Por primera vez en mucho tiempo, Grace se sentía mucho más cerca de su hijo y de su hija.
Grace fue a su estudio, se sentó frente al bastidor y tomó la aguja.
Mientras trabajaba, sus pensamientos recorrieron los acontecimientos del día sin ningún orden en particular.
Los rostros felices de la fotografía. La actitud cuidadosa de Harry Morrison.
La presencia tranquilizadora de Daniel y la lógica implacable de María.
La feroz indignación de Tessa, el enojo de Jenna y la serena sinceridad de Peter.
También pensó en la clase del día siguiente.
En cómo se pondría frente a sus alumnas y les mostraría cómo rellenar los espacios que quedaban al cortar hilos.
Tomaría cuidado, confianza y paciencia. A veces los patrones solo cobraban sentido si uno seguía adelante.
Bordó. Despacio, de manera imperfecta, con la tensión del hilo todavía un poco irregular, pero pudo volver a bordar.
Esa noche, después de que el sol se ocultara detrás de Malahat y el puerto pasara del plateado a un índigo intenso, Grace estaba sentada en la cocina con una copa de vino y decidió llamar a Cathy, la dueña de The Stitchery. Cathy la entendería como nadie más y no reaccionaría de manera exagerada.
—¿Cómo estás? —preguntó Cathy, omitiendo por completo el saludo. Cathy nunca perdía el tiempo con rodeos cuando percibía que algo andaba mal, y siempre se daba cuenta cuando algo andaba mal.
Grace abrió la boca para decir que estaba bien y descubrió que no podía.
Tomó un sorbo de vino y volvió a intentarlo.
—Estoy bien. Necesito contarte algo antes de la clase de mañana en tu tienda.
Esta mañana fui a ver al socio de Christopher en el bufete.
Harry Morrison. Me mostró una fotografía de los archivos personales sellados.
—Hizo una pausa. Incluso después de haberlo dicho varias veces, las palabras todavía se le atoraban en la garganta—.
Aparecía con una mujer. En una conferencia jurídica en Vancouver. Era evidente que tenían una relación.
Grace oyó a Cathy tomar aire y luego hubo un breve silencio de asombro.
—Ay, Grace —dijo Cathy con suavidad—. Ay, cariño.
—De verdad, estoy bien. —La voz de Grace la traicionó al vacilar en la última palabra. Se presionó el puente de la nariz con los dedos y se obligó a serenarse—. En realidad, no estoy bien. Pero lo estaré. Y estaré ahí para la clase.
—Por supuesto que sí. Nunca lo dudé. —Cathy volvía a sonar más como ella misma—. No tienes que explicarme nada más esta noche. Hablaremos bien cuando estés lista.
—Gracias, amiga.
—Duerme un poco, cariño. Tendré el café listo y Bob está preparando barras Nanaimo. Nosotros te cuidaremos.
Después de colgar, Grace se quedó sentada con su vino, observando las luces de fondeo mecerse sobre los barcos amarrados.
Se sintió nuevamente agradecida por tener una amiga que sabía cuando acompañarla de cerca y cuando darle espacio, que comprendía que a veces lo más amable que se podía decir era hablaremos cuando estés lista.
Respiró hondo y llamó a Daniel.
Él contestó al primer tono. —Grace.
La forma en que dijo su nombre se lo reveló todo. Había estado esperando manteniendo el teléfono cerca. Le había dado el espacio que ella le pidió, pero le costó hacerlo. Grace podía oír el alivio en aquella única palabra, y también la contención.
—Hola. —Respiró hondo—. Siento haberte cerrado la puerta esta mañana. Necesitaba...
—Necesitabas espacio. Lo sé. No tienes que disculparte por eso.
—De todos modos, me disculpo. Porque hay una diferencia entre necesitar espacio y desaparecer, y no siempre se me da bien saber cuál de las dos cosas estoy haciendo.
—Sonrió levemente, sola en la cocina, y pensó que quizá él también estaba sonriendo—.
Vino María. Y Tessa. Me dieron de comer, me sermonearon y me hicieron compañía.
—Bien. Me alegro.
—Llamé a Jenna y a Peter. Les conté lo de la fotografía.
—¿Cómo salió?
—Difícil. Bien. Las dos cosas. —Grace miró el vino de su copa—.
Peter dijo algo que no he podido dejar de pensar.
Dijo que nuestra familia está tan ocupada protegiéndose unos a otros que nadie habla de verdad.
Tiene razón. También he hecho eso contigo, aunque no tanto.
El instinto es el mismo. Cuando algo me duele, cierro la puerta.
Daniel vaciló. —Me di cuenta, pero prefiero que cierres la puerta y vuelvas a abrirla a que nunca la cierres. Todos necesitamos algún tipo de puerta de salida, Grace. Lo importante es que regreses.
Grace sintió que la presión en el pecho disminuía. Él lo entendía. No se limitaba a tolerar su necesidad de espacio. La comprendía. Como se entiende el clima. No era algo que hubiera que arreglar. Era algo con lo que había que aprender a vivir.
—He estado pensando —dijo—. Toda la tarde. María y Tessa plantearon algunas preguntas que no puedo sacarme de la cabeza.
—Cuéntame.
—Sobre todo acerca de Harry —dijo—. La forma en que nos lo contó. Todo se sintió... preparado de alguna manera.
—¿Preparado cómo?
Grace tomó un sorbo de vino. —Todavía no lo sé. Solo sé que no se limitó a mostrarme la fotografía. Me la presentó. Y después de que pasó la primera impresión, no dejé de preguntarme por qué.
Daniel no dijo nada, pero Grace podía sentir que la escuchaba con esa concentración tan característica de él.
Ella continuó, ahora más despacio. —¿Por qué estaban sellados los archivos personales de Chris para empezar?
¿Y quién los selló? ¿De verdad lo hizo Chris?
—Miró hacia el puerto oscuro—. Luego empecé a preguntarme por la fotografía en sí.
No si era auténtica. Creo que lo era. ¿Por qué esa fotografía y por qué ahora?
Daniel habló con cautela. —Continua .
Grace respiró hondo. —Porque si alguien quisiera darme una explicación sobre la desaparición de mi esposo, sería una forma muy conveniente de hacerlo, ¿no?
Veo esa foto y, de pronto, tengo una explicación.
Tenía una aventura. No era feliz. Se fue por eso.
—Hizo una pausa—. Y una vez que me lo creo, dejo de hacer otras preguntas. Dejo de buscar otros motivos.
Daniel no respondió durante unos segundos.
Cuando lo hizo, tenía esa concentración que Grace reconocía: su mente de investigador estaba alerta y totalmente involucrada.
— Eso es lo que me ha estado molestando.
La forma en que Harry presentó todo fue demasiado perfecta.
Demasiado ensayada. Hasta su compasión pareció fingida.
—Yo también me di cuenta. En ese momento no pude asimilarlo todo, pero ahora que lo pienso, todo parecía demasiado ensayado.
—Bueno, creo que voy a investigar a Harry Morrison un poco más a fondo —dijo Daniel—. No oficialmente. Todavía no. Quiero entender por qué abrió esos archivos y por qué se aseguró de que vieras precisamente esa fotografía.
—¿Crees que tenía alguna razón aparte de los «trámites de la sucesión»?
—Creo que todo lo que hace Harry Morrison tiene algún motivo. Solo que todavía no sabemos cuál.
Ninguno de los dos dijo nada más, mientras un leve zumbido recorría la línea telefónica entre ellos. A través de la ventana de la cocina, Grace podía ver el puerto: las luces de los barcos y, por encima de ellas, un cielo que empezaba a despejarse, salpicado por las primeras estrellas.
—¿Daniel?
—¿Sí?
—Gracias. Por esta mañana. Por simplemente estar ahí.
—Siempre. —Su voz se suavizó de una forma que hizo que aquella palabra pareciera algo más que una respuesta: un compromiso ofrecido sin ceremonia porque no necesitaba ninguna—. Descansa un poco. Hablamos pronto.
—Buenas noches, Daniel.
—Buenas noches, Grace.
Grace dejó el teléfono, terminó su vino y contempló el agua oscura.
Ahora descubría que tenía ganas de ver a sus alumnas.
Le pedirían ayuda con las puntadas, los cortes y el tejido, y todo sería sencillo de la mejor manera posible.
No habría significados ocultos. Le encantaba enseñar, observar cómo la incertidumbre daba paso a la comprensión.
Y ahora necesitaba esa sensación más que nunca.