Hijos dorados EPÍLOGO #2
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EPÍLOGO #2

«Si abandonas mi equipo para irte con Heath y Grace, no podré protegerte», le había advertido Rebecca la mañana en la que Blythe le había comunicado su decisión de dejar a su equipo para unirse al de sus padres. «No sabes en lo que te estás metiendo».

«Sí que lo sé», había contestado Blythe. «Y por eso lo hago».

Blythe depositó la taza sobre la mesa y observó los papeles que yacían, desperdigados, frente a ella.

Aquel era el error que la gente cometía cuando la conocía.

La infravaloraban.

Infravaloraban lo que era capaz de hacer por conseguir lo que quería, por protegerse a ella y sus intereses.

Cuando había querido darlo todo por sus amigos, lo había dado.

Cuando esos amigos se habían convertido en un obstáculo, una piedra en su camino, los había apartado.

Y cuando sus padres le habían advertido que su única oportunidad de escalar posiciones en ese despacho era defender y colaborar con un grupo de criminales, había aceptado sin pestañear.

Qué más daba. Había perdido sus ideales y su humanidad hacía tiempo, primero en un quirófano improvisado y después la noche en la que había ayudado a ocultar el asesinato de dos hombres.

Ella tomaba sus decisiones.

Ella tenía el control.

Recordó las palabras que le había dedicado Jia el día en el que se habían encontrado en el restaurante Gattopardo, hacía más de tres años: Como llevas haciendo toda tu vida y vas a seguir haciendo… hasta que te quedes sola.

Bueno, pues al final la muy cabrona había tenido razón.

Charles conducía por uno de los caminos de tierra que atravesaban el parque nacional de Yosemite. Llevaba toda la mañana reparando un cerco que se había dañado debido a las lluvias torrenciales del fin de semana.

Estaba exhausto.

Exhausto, pero satisfecho.

Encendió la radio y sintonizó su emisora preferida. La voz de Freddy Mercury, energética y potente, invadió el interior del coche.

Charles sonrió. Un gesto que cada vez le costaba menos esbozar.

Tras otros quince minutos recorriendo curvas y más curvas, adentrándose en el bosque, divisó un pequeño bungaló junto a un arroyo.

Su hogar.

Charles aparcó la camioneta entre dos pinos y, caja de herramientas en mano, recorrió el camino de piedras que llevaba hasta la cabaña.

«Tendrás que hacer unos cuantos apaños, como arreglar la chimenea o cambiar la cisterna», le había explicado el guardabosques al que había sustituido en ese trabajo hacía tres años. «Pero si lo que buscas es alejarte del ruido y un poco de paz, es el paraíso».

Charles había tenido que controlarse para no exclamar de forma desesperada que sí, eso era exactamente lo que buscaba; para no suplicar que lo dejara solo y se fuera del parque porque lo único que quería era encerrarse, vivir, esconderse.

Por supuesto, nada de aquello lo había expresado en voz alta, pero el guardabosques (Peter o Parker, ya no recordaba el nombre) le había acabado entregando el manojo de llaves, su uniforme y también su caja de herramientas.

«Suerte», se había despedido.

«Gracias», había contestado Charles. Aunque en realidad le habría gustado decir que él no era merecedor de algo como la suerte.

Todavía recordaba el día en que había agarrado una bolsa y, tras dejar a su madre aturdida en el salón de su casa, se había marchado de Nueva York.

En parte, había sido como arrancarse el corazón y descartarlo en un callejón. O peor, tirarlo al fondo de un lago. «Como también tirasteis los cuerpos de Carter y Wess», le susurró una voz.

En otra parte, había sido liberador.

Charles se quitó los zapatos en el porche del bungaló (detestaba que su casa se llenara de tierra) y abrió la puerta.

Depositó la caja de herramientas en el suelo, junto a una cómoda, y fue directo a su minúscula habitación.

Y con la lentitud de quien intenta darles significado incluso a los pequeños gestos porque considera que estos son los únicos que le dan sentido a la vida, empezó a desvestirse.

Con el tiempo, y mucha práctica, había aprendido a neutralizar el pavor y la ansiedad que lo invadían cada vez que pensaba en la noche del muelle y los oscuros meses que la habían rodeado.

Aunque había cosas que nunca se le borrarían: ni de la cabeza ni del alma.

La desesperación de saberse sin dinero cuando toda su vida le habían preparado para bañarse en él.

La droga manteniéndolo en estado de alerta incluso cuando lo único que había deseado era que le apagara la mente. Solo unos minutos.

Los gritos de Nathalie, sus golpes contra la puerta de casa de Roman, sus súplicas («no, no, por favor», «quiero tenerlo», «siempre he querido ser madre», «dejadme tenerlo»), sus rezos («Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu Nombre…»).

Dos disparos en una madrugada fría e impenetrable.

Cinco cuervos volando.

La llamada de un policía informándole de que habían encontrado el cuerpo de su madre, inerte, con las venas de las muñecas cortadas, en la bañera de su apartamento de Nueva York.

El viaje de regreso a la que había sido su casa (la misma que había abandonado), jurándose que aquella era la última vez que volvería a pisarla.

Las decenas de cartas que Connor le había enviado en los últimos meses y que había encontrado en la mesa del salón, todas abiertas. Las había contado: una por día, siete a la semana.

Recuerdos, pesadillas, que se encargaban de mantenerlo anclado al pasado.

Ese, se dijo mientras se daba una ducha de agua caliente, era el precio que tenía que pagar por sus actos.

No, Charles nunca podría acabar de recuperarse del trauma y del infierno que había vivido hacía tres años.

Pero lo que sí podía hacer era intentar seguir adelante y construir un futuro alejado de Cornell; alejado de ellos .

Y por primera vez en tres años, sentía que lo estaba consiguiendo.

El parque, Yosemite, lo estaba sanando. Al fin y al cabo, en la naturaleza Charles siempre se había encontrado en paz, seguro.

Se enfundó un pantalón de chándal y una sudadera y, tras prepararse un té verde con miel, se sentó ante el escritorio.

Como cada tarde desde que había vuelto del funeral de su madre, sacó el fajo de cartas del cajón y las releyó una por una.

Había decenas. Incluso cientos. Una por día, siete a la semana.

Y seguía recibiendo. Él mismo se había encargado de pedirle al portero del edificio de Nueva York que, en cuanto llegaran, se las reenviara al parque.

Como cada tarde desde que había descubierto aquel tesoro, agarró una hoja de papel y un bolígrafo. E intentó escribir.

Pero también como cada tarde, no pudo.