EPÍLOGO
Tres años después
El sol de mediados de julio calentaba la piel mojada de Connor.
Llevaba toda la mañana entrando y saliendo del lago (chapuzón por aquí, chapuzón por allá) y absorbiendo el calor del verano europeo tumbado en una hamaca de madera.
Si por él fuera, se quedaría así todo el día, pero aquella tarde tenía que adecentarse para visitar a un conocido que, como él, había emigrado de Estados Unidos para instalarse en el lago di Como.
Había cierto confort en la certeza de saber que existía gente que, como él, había escapado de su pasado.
Tres años.
Ese era el tiempo que había pasado desde que, una mañana de marzo, se había hecho con un par de maletas y se había subido a un avión rumbo a Italia.
Por supuesto, sus padres habían intentado detenerlo.
Pero incluso George y Sarah Hannaway habían acabado admitiendo que, por algún motivo que desconocían, su hijo no estaba en condiciones de seguir con la vida que tanto cuidado habían puesto en construirle.
Se había sumido en una oscuridad en la que no podían, ni querían, adentrarse.
Así que en lugar de intentar cambiar algo que claramente no eran capaces de cambiar, habían aceptado la situación y se habían encargado de enviarlo a casa de Enzo, un viejo amigo y antiguo profesor de la Università de Bocconi que desde hacía unos años vivía retirado en su villa a las afueras de Bellaggio.
Los primeros meses los había pasado prácticamente encerrado en esa casa a la orilla del lago, llena de habitaciones, esculturas y jardines laberínticos.
Enzo había respetado su espacio, limitándose a recomendarle sus libros preferidos las veces que el chico se había sentado a descansar en uno de los sillones de la biblioteca y a encender las luces del pasillo las noches en las que se había despertado gritando por las pesadillas que todavía lo perseguían.
Y un día, sin darse cuenta, había empezado a sanar.
Connor tenía claro que nunca volvería a ser quien había sido antes de la noche del muelle, pero una mañana se había sorprendido a sí mismo bebiendo café de una taza que no era su taza, y una tarde, después de comer, se había acercado al pueblo y se había sentado en un muelle a observar la inmensidad del lago, con sus pájaros y sus árboles y su todo.
Y habían sido aquellos pequeños detalles los que le habían indicado que quizá, solo quizá, existía un futuro en el que podía ser mínimamente feliz.
Otra tarde había empezado a escribir. Primero frases sueltas y párrafos sin sentido.
Luego recuerdos: algunos felices, otros no tanto, pero en todos ellos .
Luego cartas: algunas cortas, otras largas, pero todas dirigidas a la misma dirección, la de él .
Y todas revestidas de la misma esperanza: que algún día, pronto o tarde, fueran respondidas.
Connor se levantó de la hamaca y se estiró, perezoso. Frente a él, el lago di Como se mecía, tranquilo, en un ir y venir infinito.
Recogió sus cosas (su toalla, sus gafas de sol y uno de los últimos libros que Enzo le había recomendado) y empezó a caminar de vuelta a la villa. Quizás esa tarde incluso le daba tiempo de darse un paseo por el pueblo y tomar un helado.
Sí, algún día.
Pronto o tarde.
Pero algún día.
El autobús llegó a la estación con treinta minutos de retraso.
Roman se apeó del vehículo y recogió su equipaje del maletero: una mochila en la que, desde hacía tres años, guardaba y acarreaba todas sus pertenencias.
Cuando te ves obligado a moverte de un estado a otro, sin ningún lugar al que poder llamar «hogar», tampoco puedes permitirte acumular mucho.
Eran las cuatro de la tarde y, según lo que le había escuchado decir al conductor del autobús, esa noche iba a llover.
Tras colgarse la mochila a la espalda, decidió que caminaría hacia la dirección que tenía apuntada en un trozo de papel y que guardaba en un bolsillo como si se tratara de un diamante. Para él lo era.
Al poner un pie fuera de la estación, sintió el peso de la incertidumbre caer sobre sus hombros.
¿Y si, después de todo, ir a esa ciudad había sido un error? ¿Y si todavía lo estaban buscando? ¿Y si en ese mismo momento alguien estaba vigilando sus movimientos? ¿Y si era demasiado pronto?
Llevaba batallando contra miedos como aquellos desde que había abandonado Cornell. Pero hacía meses que no los sentía tan reales como ahora.
Roman aferró las asas de su mochila y empezó a repetirse que quien hablaba era la paranoia, no la razón, y que no tenía nada que temer porque hacía mucho que Stefano y el resto del clan Cagliari lo habían dado por perdido.
Si había dado aquel paso, el de viajar hasta donde se encontraba, era porque se había cerciorado de que ya no estaba en peligro; el peligro de ser descubierto y devuelto al infierno del que había luchado tanto por escapar.
Sí, quizá Roman se había convertido en un asesino. Aquella era una realidad con la que había tenido que contender día y noche y que, con el paso del tiempo, había acabado aceptando. Pero lo que nunca volvería a ser era un Cagliari. El perro faldero de Stefano.
Por eso, en cuanto había tomado la decisión de marcharse de Ithaca, dejando atrás a sus amigos, dejándola atrás a ella, se había jurado que haría todo lo posible por escapar.
Por desaparecer.
Tal y como había hecho su madre.
Al principio había estado seguro de que nunca regresaría.
Esa había sido su condena por toda la mierda que había hecho a lo largo de los años, pero sobre todo por haber matado a su hermano y a su primo. Dos balazos en la oscuridad.
Pero con cada madrugada en la que se había quedado despierto, alerta, pensando en todo lo que habría podido ser y no era, fantaseando con dos ojos dorados, esa decisión había flaqueado un poco y un poco y un poco más, hasta que una mañana, al despertarse, se había dado cuenta de que la certeza se había convertido en una posibilidad y la posibilidad en una realidad.
Y así, había acabado en Montana, comprando un billete sin fecha de retorno con destino a esa estación de autobuses.
Averiguar dónde vivía no había sido difícil, pero sí una sorpresa. Durante esos tres años había jugado a imaginar la vida que llevaría y cómo serían sus días. En cualquiera de los escenarios, la había pensado en la gran ciudad con la que siempre había soñado, acompañada por ellos.
Al parecer, no era así.
Roman llegó a la dirección que se había apuntado meses atrás, porque esa decisión llevaba tomada desde hacía tiempo, y observó el enorme rascacielos que se alzaba, imponente, frente a él.
No se permitió dudar, ni barajar un futuro distinto a ese que, cada mañana, se convencía de que alcanzaría.
Había huido.
Había desaparecido.
Se había condenado.
Y pese a que nunca se perdonaría, porque sabía que nunca llegaría a hacerlo, había vuelto.
Y así, con esa nueva realidad bailando ante sus ojos, Roman se descolgó la mochila y, recostándose sobre una de las farolas que había frente al rascacielos, esperó.
Pese a ser las diez de la noche pasadas, las luces de Greenberg al forzarse a fingir que Roman y Charles no habían desaparecido de la noche a la mañana sin dejar rastro.
Blythe agarró la taza con el café recién hecho y volvió a recorrer el largo pasillo, esta vez de vuelta a su oficina.
Llevaba todo el día estudiando la documentación relativa a la compraventa de un terreno de más de cinco hectáreas cerca de Iquitos, en Perú, la ciudad portuaria en el norte del Amazonas.
En teoría, un asunto como aquel no debería de llevarle más de una tarde.
Pero esa era la cuestión: aquel no era un asunto cualquiera.