XLVIII #2
Reconocería la letra de Blythe bajo cualquier circunstancia.
Las palabras, escritas sin ninguna falta de ortografía, y con escaso espacio entre ellas.
Las líneas, rectas y perfectas, pese a que la hoja no tenía pauta ni cuadrícula que pudiera guiarlas.
El trazo, redondeado, delicado. Y abajo, su firma: una B y una J .
Vera
No es por ti, es por mí.
Necesito olvidar.
Y no se me ocurre otra forma de hacerlo.
Quizás ahora no, pero sé que algún día lo entenderás y podrás perdonarme.
Porque en el fondo somos iguales. Los cinco.
Lo siento.
BJ
Controlando el temblor que estaba empezando a sacudir su cuerpo, Vera depositó el papel sobre la mesa y agarró la carta.
La abrió.
Procedía de Shefield, Scott & Moores, un despacho de abogados de Boston, y estaba escrita por Anthony Moores, uno de los socios directores.
Según la carta, la firma le estaba ofreciendo a Vera la posibilidad de empezar a trabajar allí de inmediato mientras acababa su JD a tiempo parcial en la Facultad de Derecho de la Universidad de Boston.
El coste de sus estudios, apuntaba Anthony Moores, correría a cargo del despacho de abogados siempre y cuando su desempeño en el trabajo fuera excelente y mantuviera su currículum.
Como despedida, el socio director expresaba lo mucho que esperaban poder trabajar con ella, ya que había recibido muy buenas recomendaciones de unos queridos amigos y compañeros de profesión, y le pedía que, si finalmente decidía aceptar su oferta, llamara al número de teléfono que le había dejado en el encabezado de la carta.
Las palabras de Grace Jeong, pronunciadas aquella misma mañana, invadieron su mente: «Y dime, Vera. ¿Qué piensas de Boston?».
Y después vio a Blythe, pasando de golpe de la frialdad a una emoción que en ese momento no había sido capaz de identificar pero que ahora sabía que era culpa: No es por ti, Vera. Es por mí .
Blythe se estaba deshaciendo de ella.
No era capaz de superar lo que había sucedido en el Baile de Navidad ni en el muelle y, por eso, la estaba alejando. Más bien, desterrando.
Porque necesitaba olvidar.
Y tener a Vera en Cornell, en su propia casa , era un constante recordatorio de que la noche del muelle habían matado a dos personas.
Entonces, Vera comprendió que incluso las personas más fuertes y determinadas tenían límites.
Y que cuando los traspasaban, cuando algo dentro de esas personas se rompía y destrozaba todas las barreras que se habían construido, ya no había marcha atrás.
Quizá Blythe no había cruzado esos límites con sus constantes manipulaciones y mentiras, ni con Nathalie, pero sí lo había hecho cuando se había enfrentado cara a cara con la muerte y, en lugar de ser una víctima más, había sido la Parca.
Lo peor era que no le estaba dando ninguna alternativa.
Para Blythe, la única opción que existía era que Vera metiera sus cosas en una maleta aquella misma noche y pusiera rumbo a Boston.
Cerró los ojos y, por un segundo, deseó tener a su amiga delante para gritarle todo lo que opinaba sobre ella y su jodida familia y cruzarle la cara de un golpe.
Pero Blythe no estaba allí y no volvería hasta que Vera se hubiera marchado de Cornell.
Y si decidía quedarse… se convertiría en otra Nathalie. Porque, si algo tenía claro, era que Blythe llegaría hasta donde hiciera falta por conseguir lo que quería y consideraba que era mejor para ella. Se lo había dicho aquella misma mañana.
Si tengo que pisarte hasta que no quede nada de ti, pienso hacerlo.
De alguna forma, al actuar como había actuado, al suceder todo lo que había sucedido, había antagonizado a Blythe. Y ahora iba a sufrir las consecuencias.
¿Qué se suponía que tenía que hacer? ¿Obedecer a Blythe como un perro faldero? ¿Abandonar la universidad en la que había soñado estudiar toda su vida? ¿Empezar de cero una vez más, lejos de su familia y de su hermana que, por cierto, ya no quería tener nada que ver con ella?
Vera arrugó la carta y la tiró sobre la mesa. Fue directa a la cocina, abrió el armario donde Blythe y ella guardaban el alcohol, sacó una botella de ginebra, la destapó y le dio un largo trago.
Y otro.
Y otro.
¿Qué se suponía que tenía que hacer? ¿Renunciar a todo por lo que llevaba tanto tiempo luchando? ¿Escapar como una fugitiva en medio de la noche? ¿Decirle adiós a Cornell y a Greenberg & Hughes?
Dejó la botella sobre la encimera, cruzó el salón y entró en la habitación de Blythe. Descolgó del perchero de madera la bolsa donde guardaba sus cinco raquetas de tenis. Porque no era suficiente con tener un par.
No.
Blythe siempre necesitaba más.
Agarró una de las raquetas y la sujetó como si se tratara de un martillo.
Observó su reflejo en una de las ventanas.
Y solo vio rabia.
Ira.
Dolor.
Traición.
¿Qué se suponía que tenía que hacer? ¿Desvincularse de las únicas cuatro personas que la habían hecho sentir especial? ¿Asumir que nunca llegaría a tener el poder que siempre había deseado?
Porque ese era el quid de todo.
El poder.
Vera alzó la raqueta de tenis y, con la fuerza de quien ya no tiene nada que perder, la hizo descender sobre la mesilla de noche de Blythe. Con el primer impacto, la madera se resquebrajó. Con el segundo, tiró la lámpara de noche al suelo, donde se rompió.
Si Roman, Connor, Charles y Blythe habían sido quienes habían sido, los Hijos Dorados, era por el poder que ostentaban tanto dentro como fuera de la Facultad de Derecho.
Si habían metido a Nathalie en un coche y la habían forzado a abortar, sabiendo que no contaría nada a nadie, era por la seguridad que les proporcionaban sus apellidos y los millones de fajos a los que podían acceder con solo un chasquido de sus dedos.
Entró en el vestidor de Blythe y, cuando estuvo frente al espejo de cuerpo entero, lo reventó de un solo golpe. El cristal se rompió y mil pedazos cayeron a sus pies como gotas de lluvia, mostrándole a una Vera rota y resquebrajada.
Si Greenberg & Hughes financiaba la red de contrabando de los Arrieta, era porque se creían con el poder suficiente como para salir impunes.
Si Grace Jeong tenía la desfachatez de mirarla a los ojos y preguntarle si había estado en Boston cuando sabía perfectamente que no, era porque se sentía con el poder de quien posee información que nadie más conoce.
Vera volvió a la habitación de su amiga y, con un bramido de ira, destrozó todo lo que encontró sobre su escritorio.
En algún momento, las lágrimas volvieron. Solo que esta vez ardían de cólera.
Porque si Blythe se sentía en la posición de decidir sobre su futuro y de conseguir que Vera abandonara su vida en Cornell en un abrir y cerrar de ojos, era por el poder que ostentaba y ejercía.
El mundo no se dividía entre lo justo y lo injusto.
No.
El mundo se dividía entre el poder y la ausencia de poder.
Potentiorum ius est.
Vera soltó la raqueta de tenis, se dejó caer sobre el suelo de la habitación de Blythe y lloró de forma desconsolada hasta que sintió que ya no tenía nada más por lo que llorar.
Entonces, se levantó y caminó hasta el comedor.
Agarró la carta y la abrió de nuevo, intentando que quedara lo menos arrugada posible.
Inspiró una vez.
Dos.
Tres.
Cuando consideró que se había calmado lo suficiente, volvió a leerla.
Y por eso, porque nunca había tenido poder, buscó su móvil y marcó el número que figuraba en el encabezado.
Y mientras el teléfono sonaba, pensó en ellos.
Desde el principio había sido consciente de cuál era el peligro de estar a su lado, de formar parte de su grupo.
Lo peor era que después de todo, sabía que, acabara donde acabara, iban a seguir fascinándola y atrayéndola.
Y que si ahora la llamaban y le pedían que volviera o fuera a buscarlos, lo haría.
Ese era el poder que tenían sobre ella.
Como un metal al imán.
Como un barco a la deriva que de pronto ve la luz de un faro en la noche.
Como un humano al oro, nunca satisfecho, siempre queriendo más.
Hijos Dorados.