Hijos dorados XLVIII
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XLVIII

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Apreciada Vera Velasco:

Me dirijo a usted en calidad de decano de la Facultad de Derecho de la Universidad de Cornell y en nombre de toda la facultad para informarle sobre el proceso de selección de la Beca Steven Greenberg y Jacob Hughes (en adelante «la Beca»).

Tras realizar una cuidadosa evaluación de su recorrido académico tanto en la USC (la Universidad de California) como en nuestra facultad, así como su reciente participación en el Caso Magno, lamentablemente debemos transmitirle que no ha sido una de las cuatro galardonadas con la Beca.

Como entenderá, aunque su perfil es uno de los más destacados de la facultad, el número limitado de becas (cuatro) nos ha obligado a tomar decisiones muy difíciles.

En nombre de la facultad, quiero expresar nuestro más sincero reconocimiento por su esfuerzo y dedicación.

Entendemos que esta noticia puede ser desalentadora, pero confiamos en que su talento y determinación le abrirán otras oportunidades en el futuro próximo.

Así pues, le animamos a seguir persiguiendo sus metas académicas y profesionales (tanto dentro como fuera de Cornell) con la misma pasión y compromiso que ha demostrado hasta ahora.

Reciba mi más cordial saludo y reconocimiento.

Atentamente,

Decano Heiden

Vera releyó el correo como mínimo cinco veces.

La primera, no entendió nada. La segunda, no se lo creyó.

En la tercera, empezó a llorar, y, en la cuarta, tiró el móvil contra la pared de la cafetería, lo que provocó que los estudiantes que estaban sentados a su alrededor, en sus respectivas mesas, la miraran con recelo.

Cuando impactó contra el ladrillo y cayó al suelo con un seco pum , fue a buscarlo desesperada porque ¿y si había sido un error y el decano estaba a punto de enviarle una rectificación?

Pero no, no era un error.

Porque la quinta vez que lo leyó asimiló que la frase «debemos transmitirle que no ha sido una de las cuatro galardonadas con la Beca» significaba exactamente eso: que no le habían dado la beca.

Tantos años obsesionada, tantos planes de futuro alrededor de un simple objetivo, tantas relaciones olvidadas. Y todo por la idea de obtener un premio que, al final, no había conseguido.

Quiso llamar a Tina, pero la última vez que habían hablado había sido en Nochevieja y solo habían intercambiado un rutinario «hola, cómo estás», «bien, ¿y tú?», «bien, gracias», añadiendo un «feliz Navidad» acorde con la ocasión.

Quiso que Connor la hiciera reír, que Charles la ayudara a racionalizar la situación, que Blythe la tomara de la mano y la llevara a la cocina porque aquella era una ocasión para beberse una botella de vino entre las dos, que Roman la abrazara. Pero sus amigos la habían abandonado.

Roman y Charles habían desaparecido, Blythe se había convertido en su enemiga y Connor se encontraba en un estado de irracionalidad con el que era imposible interactuar.

Así lo había comprobado ese mismo día, cuando el chico había irrumpido en el auditorio a escasos minutos de empezar la defensa del Caso Magno.

Había abierto las puertas de golpe y, con el pelo alborotado y la camisa arrugada (como si hubiera dormido con ella puesta), había trotado hasta la mesa en la que estaba Blythe, en el lado izquierdo de la sala. Al pasar junto a Vera, la había mirado de reojo con una expresión enloquecida.

—Hannaway, gracias por honrarnos con su presencia —había dicho el decano Heiden, de pie en el centro de la sala, esperando a que el reloj marcara las nueve y media para dar inicio al juicio simulado.

Connor había mascullado un «sí, sí, claro» que no había pasado inadvertido—.

Velasco, ¿alguna idea de dónde se encuentra Cagliari?

Vera había respondido que no, así que cuando había llegado la hora, el decano Heiden le había informado de que tendría que defender el Caso Magno sola y, acto seguido, habían empezado la sesión.

El juicio había durado casi dos horas y, al acabar, aprovechando que Blythe se había acercado a hablar con el jurado, Vera había intentado entablar conversación con su amigo.

—Connor —había pronunciado su nombre con cautela, como si se tratara de un animal herido que en cualquier momento podía huir, temiendo que volvieran a maltratarlo—. ¿Cómo estás?

Entonces, Connor la había encarado y Vera había podido reafirmar lo que había pensado nada más verlo entrar en la sala: que en algún momento entre la noche del muelle y aquella mañana, se había perdido a sí mismo.

No solo era su aspecto desaliñado y las profundas ojeras que enmarcaban sus ojos. Era el aura de derrota que lo envolvía.

Y el olor a alcohol.

Al ver a Vera, a Connor se le habían llenado los ojos de lágrimas. Había estado a punto de decir algo, pero Blythe se había acercado por detrás y lo había llamado.

—Necesito hablar contigo —le había dicho, más bien ordenado, a su amigo—. Ahora.

Con una última mirada implorante, un grito de auxilio y a la vez una despedida, Connor se había dado la vuelta y alejado junto con Blythe.

Vera se había quedado en las puertas del auditorio toda la mañana y parte de la tarde.

Por si Connor volvía. Por si Blythe volvía.

Por si Charles y Roman aparecían. Y cuando los últimos alumnos habían vaciado las aulas, señalando el final de las clases, había aceptado que nadie iba a regresar a por ella y se había dirigido a la cafetería del Edificio Este.

Su cafetería.

Pero tampoco la habían estado esperando allí.

Cuando el móvil vibró una segunda vez, anunciando que había recibido otro correo, Vera seguía llorando.

Apreciados estudiantes de la Facultad de Derecho:

Nos complace anunciar los resultados del proceso de selección para la Beca Steven Greenberg y Jacob Hughes de este curso 2017-2018.

Nuestras máximas felicitaciones a los siguientes cuatro alumnos, de ahora en adelante los galardonados de esta promoción, los optimates de la Facultad de Derecho de Cornell:

1. Connor Hannaway

2. Blythe Jeong

3. Susanna Parsley

4. Mark Tahoe

Asimismo, debemos comunicarles que las candidaturas de Charles Aster y Roman Cagliari finalmente no han sido consideradas, debido a su decisión de retirarse del proceso de selección.

Una vez más, felicitaciones a los galardonados.

Atentamente,

La Facultad de Derecho de Cornell

A su alrededor, varios estudiantes empezaron a susurrar y dirigirle miradas nada disimuladas. «No la ha conseguido», creyó escuchar, «pero hay dos que sí», siguieron diciendo, «quizá los otros han desaparecido, como esa chica el año pasado», terminaron.

Vera no pudo soportarlo.

Se levantó de la silla, recogió sus cosas a toda prisa y salió de la cafetería del Edificio Este, dejando el café que se había pedido humeando sobre la mesa.

Ya en los terrenos del campus, el aire frío y húmedo de inicios de febrero envolviéndola, sintió que podía respirar.

Quiso llorar, pero ya no le quedaban lágrimas para derramar.

Quiso gritar, pero solo conseguiría que la siguieran mirando y pronunciando sus nombres. Y en aquel momento, quería, necesitaba , ser invisible.

¿Qué se suponía que tenía que hacer? ¿Continuar con su vida en Cornell como si nada hubiera sucedido?

Como si no supiera que la beca era un fraude, porque realmente el apellido sí importaba y Connor y Blythe eran un claro ejemplo de ello.

Como si no hubiera descubierto que Greenberg & Hughes estaba lleno de criminales, dispuestos a lucrarse a costa de explotar el patrimonio cultural de un país.

Como si no conociera la verdad sobre Nathalie.

Como si no hubieran matado a dos hombres y se hubieran deshecho de sus cuerpos en el lago.

Como si fuera inocente, la estudiante perfecta, la chica humilde e inofensiva que todo el mundo creía.

Como si nunca se hubiera enamorado y después le hubieran roto el corazón.

Como si nunca los hubiera conocido a ellos.

¿Qué mierdas tenía que hacer? ¿Aceptar que había perdido la beca? ¿Agradecer que al final no iba a trabajar en Greenberg & Hughes? ¿Ignorar que había estado dispuesta a matar a un hombre y que había colaborado en la comisión de dos asesinatos? ¿Olvidarse de ellos? ¿Olvidarse de él?

Bien pensado, si fingía que nada de aquello había sucedido no tendría que lidiar con la persona en la que se había convertido.

Pero fingir era imposible y, en el fondo, tampoco quería.

No quería dejar de recordar la risa de Connor, ni las carreras por Cornell con Charles, las cenas junto a Blythe, ni los instantes con Roman.

Sí, la condena de la memoria era preferible al vacío de un futuro sin ellos.

Llegó a casa de Blythe cuando ya era noche cerrada. Había estado vagando por el campus hasta que se había dado cuenta de que aquello no tenía ningún sentido porque, tarde o temprano, tendría que volver a casa de su amiga. Al fin y al cabo, vivía allí.

Abrió la puerta principal.

No había nadie.

Lo sabía porque la única luz que alumbraba la oscuridad era la del comedor, la que Blythe siempre dejaba encendida cuando salía porque, según ella, si alguien quería entrar a robar, se lo pensaría dos veces.

Vera dejó las llaves en el mueble de la entrada.

Decidió que lo mejor sería encerrarse en su habitación hasta que Blythe llegara.

Entonces, se dijo, hablaría con ella. Le pediría explicaciones.

Sobre su comportamiento aquella mañana: por qué le había pedido perdón y después le había dado la espalda.

Sobre qué se suponía que tenían que hacer ahora.

Sobre si un futuro en el que estuvieran las dos ya no era posible.

Sí, eso era lo que había decidido. Hasta que algo llamó su atención.

Una hoja de papel doblada por la mitad con su nombre escrito en rotulador fino negro y una carta, también dirigida a ella.

Vera se acercó a la mesa del comedor y se hizo con el papel.

Lo desdobló.