Hijos dorados XLVII
94%

XLVII

XLVII

Llegó a la Facultad de Derecho a las nueve en punto. Se suponía que en media hora tenía que sustentar el Caso Magno junto a Roman y, sin embargo, estaba sola.

Seguía sola.

Lo último que sabía de él era lo que le había dicho la noche del muelle, cuando la había dejado en casa de Blythe, después de haber estado horas a la intemperie, deshaciéndose de dos cuerpos y limpiando la sangre de la madera. Que regresaría a por ella. Que solo estaría unos días fuera.

Mentiras.

Roman había desaparecido y, en el fondo, Vera sabía que no volvería a verlo. Nunca.

Por eso, esa última semana se había obligado a no escribirle ni llamarle. Cada vez que lo hacía sentía la esperanza de recibir una respuesta. Y cuando pasaban las horas y su móvil seguía donde lo había dejado, sin timbrar ni vibrar, una parte de ella se marchitaba.

Esa mañana se había despertado con un nudo en la garganta y la sensación de que estaba ahogándose en su propia respiración.

No porque hubiera llegado el momento de exponer el Caso Magno, algo determinante en su futuro y para lo que llevaba meses preparándose, pese a que las últimas semanas hubiera resultado imposible; sino porque existía la posibilidad de que Roman apareciera y tuviera que enfrentarse a él.

Allí estaba otra vez: la esperanza.

La estúpida e inocente esperanza de que Roman estuviera esperándola en la facultad con una disculpa entre los labios.

Vera entró en el edificio y fue directa al jardín interior, decidida a aprovechar el tiempo repasando la línea de defensa que ella y Roman habían preparado para ganar el Caso Magno.

La idea había sido partirse los argumentos e interrogatorios, de forma que cada uno tuviera igual oportunidad de brillar sobre el estrado.

Si Roman no aparecía… todo el peso caería sobre sus hombros.

Estaba tan metida en sus pensamientos que no advirtió la presencia de Blythe hasta que la tuvo a escasos metros.

Pese a ir vestida de forma impecable —con una chaqueta negra larga, un jersey blanco de cuello alto y una falda—, su expresión era de cansancio profundo.

Por un segundo, Vera pensó que la ignoraría.

Al fin y al cabo, llevaban sin dirigirse la palabra desde que, hacía semanas, Blythe había recogido sus cosas y se había marchado a Nueva York.

Y la noche anterior, cuando su amiga había llegado por fin a casa, había ido directa a su habitación, donde se había encerrado sin decir nada.

No obstante, Blythe dio un paso hacia ella y murmuró un «hola» seco.

—Has venido pronto —fue lo único que se le ocurrió contestar.

—Tú también.

Vera se ajustó el bolso. Por hacer algo. Por no enfrentarse a su mirada de rencor.

Sabía que tenía una conversación pendiente con Blythe.

La había tenido desde el Baile de Navidad, cuando había salido corriendo del jardín botánico y había acabado pasando la noche en casa de Roman.

A la mañana siguiente su amiga la había llamado, había hecho un esfuerzo por remediar lo que fuera que se había roto entre ellas.

Y Vera la había evitado, sabiendo el daño que aquello le causaría.

Cuando, la noche del muelle, Blythe se había aferrado a su brazo aterrorizada y, después, en el coche de camino a casa de Roman, estando ellas dos solas, se había roto, llorando del shock y gritándole que quién le había dado una pistola y por qué había apretado el gatillo, Vera la había seguido tratando con distancia y frialdad.

Había tenido miedo de que cualquier gesto o palabra iniciara una conversación para la que no estaba preparada.

Porque sabía que Blythe guardaba razón y que Vera no tenía derecho a juzgarla a ella, ni a Connor ni a nadie.

No podía echarles en cara sus actos, mentiras y manipulaciones porque ambas sabían que, en el fondo, si ella tuviera poder, actuaría igual sin ningún tipo de remordimiento.

Por Dios, si había estado dispuesta a matar con tal de salvar a sus amigos.

Había actuado como una cobarde.

Y ahora temía que ya fuera demasiado tarde.

—¿Connor? —preguntó.

Pero Blythe negó una sola vez con la cabeza, dando a entender que no sabía dónde estaba su amigo. Y acto seguido:

—¿Roman?

Vera no contestó. Al parecer, su silencio fue suficiente, porque Blythe dejó escapar una carcajada grave y murmuró:

—Así todo será más fácil.

—A qué te refie…

—¡Blythe!

Una mujer entró en el jardín interior por uno de los arcos laterales y se acercó a ellas. No hacía falta que nadie le explicara de quién se trataba, porque saltaba a la vista.

Era la madre de Blythe.

Grace Jeong.

Una de las socias más importantes de Greenberg & Hughes.

Su rostro era una composición de facciones firmes y serias. El pelo, cortado por encima del hombro, era del mismo color negro profundo que el de Blythe. Vestía unos pantalones de traje azul marino y una americana a juego.

De inmediato, Vera pensó en los Arrieta y en cómo aquella mujer colaboraba en mantener una de las redes de contrabando de objetos arqueológicos más extensa y peligrosa de Perú.

Aquella mujer tenía las manos manchadas de sangre y estaba allí, caminando tan tranquila, como si nada en el mundo la perturbara.

Tú también estabas dispuesta a mancharte las manos de sangre, le recordó una voz.

Sí , contestó Vera, pero si yo hubiera disparado esa pistola, no habría sido capaz de seguir con mi vida .

¿Estás segura?

—Blythe. —En los labios de Grace Jeong, el nombre de su amiga parecía una orden en lugar de un saludo—. Aquí estás. Ven, tu padre y yo queremos presentarte al juez Brown.

El juez Brown era uno de los siete miembros del jurado que estarían evaluando a los candidatos a la Beca Steven Greenberg y Jacob Hughes. Ellos serían los que ponderarían cómo habían resuelto y defendido el Caso Magno y los que, en última instancia, determinarían los cuatro galardonados.

Por supuesto, Blythe tendría la oportunidad de conocerlos y hablar con ellos. Era una Jeong. No podía ser de otra forma.

En cambio, ella…

Ella no era nadie.

Al menos no en aquel círculo de poder que, desde siempre, había rodeado a sus amigos.

Durante todos aquellos meses, lo había soportado. Incluso lo había admirado y había deseado que, al estar junto a ellos, una parte de esa aura la acabara cubriendo. De hecho, esa había sido la razón por la que, en un principio, se había acercado a ellos.

Pero ahora, Roman la había abandonado. Ahora, ni Charles ni Connor estaban allí para decirle que todo saldría bien y que era una más de ellos, sin importar de dónde viniera. Ahora, Blythe la miraba con una frialdad y un desapego que antes solo había dirigido a los desconocidos.

Y por eso, ahora, lo único que sentía era rabia.

Por primera vez desde que los había visto a los cuatro, aquel día de febrero en el que había visitado el campus con Kasey, Vera los envidiaba y resentía.

Blythe dijo algo que Vera no alcanzó a escuchar pero que provocó que Grace Jeong se girara hacia ella y la mirara por primera vez.

—Así que tú eres Vera Velasco —la saludó con indiferencia, como si Vera no fuera más que una mosca molesta.

Vera asintió.

—Y dime, Vera. ¿Qué piensas de Boston?

—¿Disculpe?

—¿Es que no me has entendido? Boston. La ciudad. ¿Qué piensas de ella?

Blythe cambió el peso de una pierna a la otra, algo que solía hacer cuando estaba nerviosa o incómoda.

—Nunca he estado —respondió Vera, desconcertada.

—Una pena. —Y volviéndose hacia Blythe—: Tu padre y yo te esperamos con el juez Brown en el auditorio.

Grace Jeong salió del jardín, dejando a Vera y a Blythe solas una vez más.

—¿Qué acaba de pasar?

Blythe no dijo nada. Simplemente la miró con los ojos cargados de una emoción que Vera no supo identificar.

—¿Blythe?

Su amiga dio un paso adelante, después otro, y la abrazó.

—Lo siento, Vera. Lo siento mucho —murmuró—. No quería… no podía… No puedo… Necesito olvidar.

—Blythe, qué…

Pero Blythe ya la había soltado y, con esa máscara de frialdad cubriéndole de nuevo el rostro, repitió las palabras que le había dirigido la noche del Baile de Navidad:

—No es por ti, Vera. Es por mí.

—¿Qué has hecho?

—No pienso dejar que destroces el futuro que, año tras año, he ido construyendo. Así que, si tengo que pisarte hasta que no quede nada de ti, pienso hacerlo.

Y sin decir nada más se giró, dispuesta a seguir a su madre al auditorio. Dispuesta a hablar con los miembros del jurado y ganarse todavía más su favor. Dejándola a ella atrás, sola, aterrada y en desventaja.

Algo en el interior de Vera implosionó y, antes de que pudiera retenerlas, las palabras salieron de su boca.

—Tus padres no son quienes crees.

Blythe se detuvo en seco.

—A eso nos referíamos Roman y yo la noche del muelle. Te están mintiendo. —Vera era consciente de que Roman y ella habían acordado guardar silencio y que revelar lo que habían descubierto antes del Caso Magno podía desestabilizar a Blythe.

Pero Roman ya no estaba allí.

Ni Connor ni Charles.

Ni Blythe.

Porque aquella chica que tenía delante no era la Blythe que había conocido. Su amiga.

Y por eso, Vera continuó:

—Pregúntales sobre la familia Arrieta. Pregúntales sobre los crímenes que están perpetuando en Perú. Pregúntales sobre las piezas arqueológicas que decoran las salas de Greenberg & Hughes. ¿De dónde te crees que han salido?

Blythe soltó otra carcajada y meneó la cabeza, como si no pudiera creer lo que estaba escuchando. Su coleta, perfectamente sujeta, se balanceó de izquierda a derecha.

—¿Y qué te hace creer que no conozco todo lo que me estás contando? ¿Qué te hace creer que no sé la verdad?

Por un momento, lo único que pudo pensar Vera fue que no, no era posible, aquello no estaba pasando. Pero después la invadió la cruda realidad de que sí, sí era posible, sí que estaba pasando.

—Eres lo peor.

Blythe le lanzó una mirada llena de dolor e ira.

—No. Soy como tú, solo que con dinero y poder. Y eso es lo que te jode. Espabila, Vera.

Y se marchó hacia al auditorio, donde en unos minutos estaría hablando con el juez Brown, con sus padres y con el resto de los miembros del jurado, ganándose todavía más su favor, asegurándose la beca que seguro que ya tenía garantizada.

Porque llevaba manipulando su camino a la cima desde hacía meses.

Y Vera se quedaría atrás.

Sola.

Al fin y al cabo, siempre había sido la intrusa, la oveja negra, la que no debería haber llegado hasta allí, pero, por alguna razón, lo había hecho.

Solo que ahora entendía que aquella razón tenía un nombre o, más bien, dos palabras.

Hijos Dorados.

Y sin su luz, comprendió, no era nadie.