XLVI #2
Y cuando aquel domingo, durante la comida, sus padres cambiaron de tema y le preguntaron sobre el Caso Magno y la beca, ella depositó los cubiertos que había estado sujetando sobre la mesa y, después de secarse la boca con la servilleta, siempre la hija perfecta, dijo:
—Tengo algo que pediros. Y necesito que, por una vez en vuestras vidas, me escuchéis de verdad.
Roman observaba el estanque que había en la parte trasera de la mansión de Tunkhannock mientras le daba caladas a un cigarrillo. Era el quinto que se fumaba aquel día y solo eran las doce de la mañana.
Llevaba un buen rato allí, de pie, dejando que los minutos transcurrieran entre calada y calada. Había una parte de él que todavía se aferraba a la idea de que Carter apareciera en cualquier momento, vestido con su chaqueta de cuero y una expresión ceñuda.
Era como si su cabeza se negara a aceptar que estaba muerto.
Pero lo estaba.
Muerto.
Y él lo había matado.
Aunque lo que más lo martirizaba no era aceptar que había acabado con la vida de su hermano, sino la certidumbre de que, si retrocediera en el tiempo, volvería a hacerlo. Cruzaría todos los límites si ello significaba salvar a sus amigos.
Salvar a Vera.
Y aquello era, quizá, más peligroso que el asesino en el que se había convertido.
La gente solía decir que la sangre estaba por encima de todo, pero, para él, la sangre nunca había significado nada. Era polvo.
Esa era una de las razones por las que había decidido abandonar Cornell para siempre.
La otra era que ya no podía seguir fingiendo ser alguien que no era: el estudiante brillante, el futuro abogado de éxito, el amigo fiel, el amante sincero. Todo eso se había esfumado en el momento en el que había apretado el gatillo de la pistola.
El primer disparo había roto su vida.
El segundo lo había roto a él.
En cuanto había dejado a Vera en casa de Blythe había sabido que nunca volvería a verla. Le había dicho que en unos días regresaría a por ella, pero esas palabras habían sido una mentira camuflada de promesa.
Pasados tres días, ella lo había llamado por primera vez. Roman no había respondido. Después de eso, los mensajes habían empezado a llegar, uno tras otro.
¿Estás bien?
¿Dónde has ido?
¿Por qué no vuelves?
Preguntas que habían dado paso a acusaciones.
Dijiste que solo estarías fuera unos días.
Veo que solo piensas en ti.
Acusaciones que se habían convertido en confesiones.
Hoy ha llovido.
Quizá debería escribirle a Blythe.
He intentado ver una película, pero no consigo concentrarme.
Te echo de menos.
Podría haberse deshecho del móvil, tirarlo al estanque o al bosque, pero las palabras de Vera eran una prueba de que ella estaba bien y de que lo que habían vivido había sido real.
No era imbécil. Sabía que, eventualmente, los mensajes pararían, que Vera se cansaría de escribirle a un fantasma. Pero, hasta que ese momento llegara, pensaba deleitarse en el destello de luz que lo invadía cada vez que recibía uno.
Al fin y al cabo, era lo último que le quedaba.
Quizá Vera nunca llegaría a saberlo, pero gracias a ella había podido sobrellevar las semanas que habían sucedido a la noche del muelle.
No había sido fácil, nada de ello. Ni marcharse de Cornell sabiendo que nunca volvería a pisar Ithaca ni ver a sus amigos, ni llegar a Tunkhannock y lidiar con Stefano, ni todo el drama y la paranoia que habían acompañado la desaparición de Carter y Wess, ni cubrir su rastro y el de sus amigos para que los Cagliari no sospecharan de ellos.
Después de tres semanas observando desde las sombras, vigilando los movimientos de Stefano y sus secuaces, podía respirar tranquilo. Habían asociado los asesinatos de Carter y Wess a una banda rival contra la que los Cagliari tenían una disputa desde hacía años.
Estaban a salvo. Por el momento.
Sí, después de tres semanas, podía dar el siguiente paso: desaparecer.
Desde ese día, Roman Cagliari dejaría de ser Roman Cagliari. Ese nombre moriría de la misma forma en la que les había arrebatado la vida a su hermano y a su primo; de la misma forma en que también había acabado con la vida de un bebé que nunca había llegado a nacer. En un instante.
No sabía en quién se convertiría a partir de ese momento, cómo viviría, a dónde iría. Pero lo que sí sabía era que nunca más volvería a ser el perro de Stefano, ni tampoco el chico que había morado en los pasillos de la Facultad de Derecho de Cornell.
Roman observó por última vez la mansión de Tunkhannock. Ahora entendía la decisión que había tomado su madre hacía tantos años, la de huir sin importar lo demás, dejando atrás incluso a las personas que más quería.
Porque él iba a hacer lo mismo.
Se giró y, sin detenerse un solo momento, se alejó de lo que se acababa de convertir en su pasado.
—¿Charles? ¿Eres tú?
Su madre se encontraba en el salón del piso en el que vivían, frente al Parque Roosevelt.
Estaba estirada sobre uno de los sofás beige, con los pies apoyados en el reposabrazos.
Llevaba un chándal gris y unos calcetines de lana gruesos porque, al parecer, prefería gastarse la asignación mensual que su padre les enviaba en botellas de vodka en vez de en necesidades básicas como la calefacción.
Charles soltó un «sí, soy yo» desde la entrada y fue directo a su habitación. Sin pensárselo dos veces, porque ya había meditado lo suficiente aquella decisión, abrió la puerta de su armario y agarró una bolsa verde caqui.
Metió algo de ropa, un neceser, tres libros y poco más. Allá donde iba, no necesitaba mucho.
Le echó un último vistazo a su habitación, asegurándose de que no se dejaba nada y, sin quererlo, sus ojos se depositaron en el corcho colgado sobre el escritorio.
Se acercó y, con cuidado, descolgó la única fotografía que tenía.
Una en la que salían Connor y él, frente a un lago color turquesa, en uno de los parques naturales que habían visitado durante su viaje a la Columbia Británica.
Connor se había empeñado en que alguien les hiciera una foto y prácticamente había arrastrado a Charles para que posara junto a él.
El resultado había sido una imagen en la que Connor sonreía a la cámara con una expresión de felicidad incomparable y Charles salía mirándolo, enfadado y divertido a la vez.
Charles ignoró la agonía que lo sacudió y, forzándose a no pensar en su amigo, dejó la foto sobre el escritorio.
Podía aceptar la responsabilidad de muchas cosas.
Pero lo que nunca podría perdonarse era que sus amigos hubieran descendido al infierno por su culpa.
Y eso era exactamente lo que habían hecho la noche del muelle, cuando habían matado a dos personas por el lío en el que él se había metido.
Por eso, no podía seguir allí. En Cornell, en Ithaca, en Nueva York.
Por eso, tenía que desaparecer. Para siempre.
En el salón, su madre seguía en la misma posición.
Dejó la bolsa junto a la puerta de entrada y caminó hasta ella.
—¿Charles? —repitió. Tenía los ojos entrecerrados y temblaba ligeramente.
—Me voy.
Lo dijo así, sin rodeos. Al fin y al cabo, no ganaba nada con suavizar sus palabras ni sus intenciones.
—¿Vuelves a Cornell? —articuló su madre.
Charles pudo oler el alcohol en su aliento. Tuvo que controlar la arcada que le sobrevino.
—No. Me voy lejos.
—Ah.
—Mamá: no voy a volver.
Al escuchar aquellas palabras, su madre intentó incorporarse. Lo consiguió después de lo que pareció una eternidad.
—¿Qué quieres decir? ¿No vas a volver a dónde?
Charles estaba perdiendo la poca paciencia que le quedaba.
—No voy a volver aquí. A Nueva York. A esta casa. Contigo.
—Pero… No entiendo…
—Ya lo entenderás.
Se había echado la bolsa al hombro cuando la voz volvió a llegar.
—¿Y qué pasará conmigo?
—No lo sé. Ya no es mi problema.
Los gritos de su madre le persiguieron al salir por la puerta, en el ascensor y horas después, cuando ya estaba a cientos de kilómetros de Nueva York.