Hijos dorados XLVI
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XLVI

XLVI

Cuando la tetera silbó, Vera seguía de pie sobre las frías baldosas de la cocina de Blythe. Su idea había sido aprovechar los minutos que el agua tardaba en hervir para ir al baño y darse una ducha. Pero, una vez más, se había perdido en sus propios pensamientos.

Agarró una taza blanca del armario que estaba junto a la nevera y, con cuidado de no quemarse, se sirvió el agua caliente.

Después fue a la despensa a por un sobre de té, ese que Blythe solía tomar cada noche antes de ir a dormir, y lo depositó sobre el líquido.

El agua empezó a teñirse de un color rojizo intenso.

Como la sangre que Roman había limpiado de la madera del muelle.

De forma instintiva, buscó su móvil, que descansaba sobre la encimera, y comprobó si tenía alguna llamada o mensaje.

Nada.

Llevaba así tres semanas.

«En unos días vengo a buscarte», le había prometido Roman cuando se habían despedido en la puerta de casa de Blythe la madrugada en la que habían matado a Carter y a Wess.

Ella había protestado y le había pedido que le dejara acompañarlo.

Pero él se había negado y le había dicho que era mejor así.

«Debo asegurarme de que nadie sospeche de nosotros.

Y para eso, tengo que vigilar a mi familia de cerca».

Los días se habían convertido en una semana y la semana en tres.

Y Roman seguía sin aparecer.

Lo peor era la angustia de no saber si le había pasado algo.

Lo peor eran las pesadillas que le impedían dormir por las noches y la atormentaban por las mañanas. Gritos y disparos y el sonido de cinco pares de alas al sacudirse y los graznidos y los sollozos.

Lo peor era la sensación de soledad. De aislamiento. Ella, que se había vanagloriado de no necesitar a nadie, ahora se encontraba lidiando con el terror de no recuperar a sus amigos. De no recuperar a Roman.

Lo peor era la incertidumbre. El no saber cómo actuar.

Su vida se había convertido en una cuenta atrás en la que cada día que pasaba significaba un día menos para tomar la decisión de si seguir adelante, como si nada de aquello hubiera pasado, o rendirse y dejar de fingir.

Por primera vez desde que había decidido entrar en Cornell, no lo tenía claro.

El alcohol resbaló por su garganta, quemándole por dentro.

Connor dejó la botella de cristal sobre la mesa y, con el dorso de la mano, se secó los labios humedecidos por la bebida.

Sentía la cabeza dichosamente nublada y, a su alrededor, todo daba vueltas.

Hacía un par de horas que su madre había salido del ático en el que vivían para ir a cenar con unas amigas y celebrar el año nuevo por enésima vez. Le había preguntado si quería ir porque, en sus palabras, lo veía alicaído.

—Llevas así desde que volviste a casa por Navidad, Connie. ¿Seguro que no te pasa nada? ¿Te has enfadado con Charles?

Connor le había gruñido que no y que si no lo dejaba en paz se pensaba largar de allí para siempre. Al parecer, había pasado de comportarse como un niñato malcriado a explotar contra cualquiera que le dirigiera la palabra.

Quizá, si hubiera sido así desde el principio, nada de aquello habría sucedido.

Se levantó del sillón en el que llevaba sentado por lo menos media tarde y se acercó a la enorme cristalera con vistas a Central Park. Las luces de la ciudad destellaban como pequeñas estrellas y, si se concentraba mucho, podía escuchar los sonidos de los coches circulando por Columbus Avenue.

Cerró los ojos, dejándose llevar por los motores y las bocinas y los frenos al detenerse en seco sobre el asfalto.

Todo daba vueltas y vueltas y de pronto se encontraba en su casa de Cornell, sobre la alfombra persa del salón, mirando el techo junto a Charles.

Estaba allí, rozando su piel, sintiendo el calor de su cuerpo.

Él le explicaba algo sobre un artículo que el profesor Glassberg les había pedido que leyeran y Connor simplemente lo escuchaba.

No necesitaba nada más, solo a él y el sonido de su voz y…

Pum.

Un disparo.

Connor se tiró al suelo y se llevó las manos a la cabeza, intentando protegerse de quien fuera que hubiera disparado. La madera del muelle estaba fría y húmeda y, a lo lejos, podía escuchar los graznidos de un grupo de cuervos. Lo estaban llamando, estaban pronunciando su nombre.

Connor, Connor, Connor, Connor, Connor.

Alzó la cabeza, esperando encontrarse con los pájaros, pero, en su lugar, vio a Roman.

En una mano sujetaba una pistola y, en la otra, el cuerpo inerte de Charles.

—Lo has matado —siseó Roman.

Connor quiso gritarle que estaba mintiendo, que él no había matado a nadie, que quien tenía la pistola era él, pero era como si le hubieran cortado las cuerdas vocales.

Los cuerpos de Charles y Roman empezaron a convulsionar y cuando parecía que iban a explotar, se convirtieron en dos de los cuervos negros. Volaron directos hacia él con las garras extendidas, como si pretendieran arrancarle los ojos.

Connor se cubrió el rostro y gritó y esperó el impacto, pero este no llegó.

Miró a su alrededor.

Seguía frente a la cristalera, en el ático de su madre.

No estaba en su casa de Cornell. No estaba junto a Charles. Roman no sujetaba ningún arma y allí no había ningún cuervo.

Con los ojos llenos de lágrimas, volvió al sillón.

Agarró la botella de cristal, bebió de ella hasta vaciarla y, después de asegurarse de que no quedaba ni una gota, la estampó contra el suelo.

Blythe era consciente de que sus padres estaban hablando sobre un cliente del despacho, pero era incapaz de concentrarse en sus palabras. A su lado, Jia, asentía y puntualizaba con un «claro, entiendo, sí», mientras se servía otra copa de vino.

Era domingo y se habían reunido en casa de sus padres para comer, una tradición que mantenían desde que Jia se había marchado de casa para estudiar en Harvard y a la que Blythe se había reintegrado desde que había vuelto de Cornell.

Su plan inicial había sido pasar las Navidades en familia y volver a la universidad para preparar el semestre de primavera. Por lo general, permanecer en casa de sus padres largas temporadas la agobiaba y provocaba una presión en el pecho que, si podía, prefería evitar.

Ese curso, tres semanas después, seguía en Nueva York.

Cuando su madre, extrañada, le había preguntado el motivo de la postergación, ella se había inventado que Connor también estaba en la ciudad y que habían acordado verse de forma recurrente para ultimar detalles del Caso Magno. Solo pronunciar el nombre de su amigo le había provocado arcadas.

La realidad era que cada mañana Blythe salía de casa y paseaba sola, sin rumbo, durante horas.

Un día había acabado en una pequeña librería de Brooklyn y se había sentado en un rincón con una novela de romance escrita por una autora española que había escogido de entre las estanterías.

Iba sobre dos amigos de la infancia que crecían y tenían que aceptar que la vida cambiaba y que podía ser que, en algún momento, sus caminos se separaran.

No recordaba la última vez que el tiempo le había pasado tan rápido.

Otro día había acabado en una cafetería y en lugar de repasar la defensa del Caso Magno (que ya se sabía de memoria), se había pedido una porción de tarta de zanahoria y se la había comido entera mientras observaba a la gente caminar por la calle.

Jia le hubiera echado en cara las calorías que estaba engullendo, pero su hermana no estaba, así que la había devorado.

Eso sí, fuera donde fuere, los recuerdos del muelle la acompañaban, asegurándose de que siempre tuviera presente la atrocidad que había presenciado y de la que había sido partícipe.

Los rostros de sus amigos se le aparecían en cualquier esquina, desencajados por el miedo, y tenía la constante sensación de que alguien la estaba vigilando, esperando el momento indicado para detenerla y llevársela presa.

Porque aquella noche de viernes de hacía tres semanas dos personas habían muerto.

Y la culpa la tenían ellos cinco.

Así que cada tarde, cuando Blythe volvía a casa, estaba más convencida de algo: necesitaba olvidar.

Necesitaba olvidar lo que había sucedido hacía unas semanas y, para ello, necesitaba olvidarlos a ellos. Por mucho que le doliera.

En el mundo existía luz y oscuridad y ellos, los cinco juntos, eran lo segundo. Una bola negra que, con el paso del tiempo, solo se hacía más y más grande; que solo destruía.

Lo de Nathalie había sido una advertencia.

Aquello, la sentencia definitiva.

Había llegado el momento de parar, de mirar por ella y solo por ella, de actuar como Blythe y no como la amiga leal y comprensiva de un grupo que, con tal de protegerse, arrasaba con todo lo que se le ponía por delante.

Tenía que asegurarse el futuro por el que tanto había luchado y, tal y como estaban las cosas, para hacerlo solo había un posible camino: distanciarse de ellos.

Porque mientras estuviera junto a Vera, Roman, Charles y Connor, seguiría recordando.

Seguiría escuchando disparos en medio de la noche y viendo cuervos allá donde fuera.

Seguirían cometiendo atrocidades y destruyendo porque esa era su naturaleza, su oscuridad.

Ellos eran su debilidad.

Su talón de Aquiles.

Las palabras de Jia, aquellas que le había dedicado el día en el que se habían encontrado en el Gattopardo, el restaurante de Nueva York, volvieron más letales que nunca: Les vas a mentir a la cara. Como llevas haciendo toda tu vida y vas a seguir haciendo. Hasta que te quedes sola .

Solo que esa vez no iba a mentir. Iba a hacer algo mucho peor.

Blythe ignoró la punzada de dolor que le perforó el pecho. Había sido tan bonito, el sentirse querida, el querer. Había sido tan especial, el encontrar una familia fuera de su familia. Había sido…

Se forzó a controlar sus emociones, retenerlas como quien retiene el aliento bajo el agua. Temía que si dejaba que corrieran libres, le impedirían llevar a cabo lo que debía llevar a cabo.

Estaba decidido, no había marcha atrás.

En silencio, en secreto, se despidió de sus amigos.

Adiós, Charles.

Adiós, Connor.

Adiós, Roman.

Adiós, Vera.