Hijos dorados XLV
90%

XLV

XLV

Roman disparó su arma al mismo tiempo que Vera apretaba el gatillo de la suya.

De la pistola de Vera no salió nada.

De la de Roman, una bala dirigida al corazón de su hermano.

Stefano solía decir que Roman era el hermano débil, que, en comparación con Carter, le faltaba determinación y ansias de sangre, pero había una habilidad que nunca podría negarle: su puntería.

La bala penetró en el pecho izquierdo de Carter, provocando que este se desplomara sobre la madera del muelle.

Wess gritó el nombre de su primo y se llevó la mano a la espalda, buscando su propia pistola.

Pero Roman fue más rápido.

Un segundo, y había encontrado el ángulo perfecto.

Otro, y había apretado el gatillo.

Un último, y Wess yacía en el suelo, también derribado.

¿Qué pasa, Romie? ¿Duele que te recuerden lo hijo de puta que eres?

Las palabras que Carter le había dedicado hacía unos meses, en el Liberty, volvieron. Pero en lugar de quedarse en su cabeza, atormentándolo, sonaron como un recuerdo. Lejanas, borrosas.

Al fin y al cabo, la persona que las había pronunciado estaba muerta.

Al fin y al cabo, la amenaza que habían supuesto, el miedo a que fueran reales, se había esfumado.

Porque lo era.

Se había convertido en su peor pesadilla.

Tantos años queriendo escapar de la vida que le había tocado, del crimen, el dolor y la muerte, y, al final, había acabado transformándose en ellos. Por mucho que hubiera intentado huir, lo habían acabado encontrando.

Lo del policía había sido la semilla.

Lo de Nathalie, un aviso.

Aquello, su condena.

Y lo peor era que en algún momento se había llegado a creer que, al igual que su madre, lo conseguiría.

Cuando había llegado a Cornell y se había dado cuenta de que tenía posibilidades reales de ganar la beca, lo había creído.

Cuando Connor, Blythe y Charles lo habían aceptado como uno más, sin juzgarlo por sus silencios demasiado largos ni su rudeza, lo había creído.

Cuando Vera lo había besado y le había susurrado que no quería alejarse de él, lo había creído.

Pero esa creencia había sido como el ala de una mariposa. Delicada. Capaz de romperse en cualquier momento, con solo el tacto de un dedo o el roce del viento; o con una pistola y dos disparos.

Roman bajó el arma y se la volvió a guardar en la espalda.

Cerró los ojos un solo instante.

Y en ese instante se permitió lamentarse por todo lo que podría haber sido y ahora nunca sería. Se lamentó por el futuro que había imaginado y que acababa de perder.

Una parte de él había muerto junto con Carter y Wess y nunca podría recuperarla.

Confiteor quia peccavi nimis…

Mea culpa, mea culpa, mea maxima culpa…

El instante pasó.

Roman abrió los ojos y estudió a sus amigos, uno a uno.

Connor seguía en el suelo. Se había conseguido erguir, pero su estado era lamentable. Tenía medio rostro al rojo vivo por el trauma de haber sido pisoteado por Carter. Se estaba cubriendo el diafragma con una mano. Le costaba respirar.

Charles se había arrodillado a su lado y lo sujetaba como podía mientras, por su cuello, seguía cayendo un reguero de sangre.

El rostro de Blythe era una mueca de horror. Incapaz de apartar la mirada de los cuerpos de Carter y Wess, lloraba mientras susurraba algo ininteligible. Desde donde estaba, Roman podía ver los dedos de su amiga clavados en el brazo de Vera.

Pero Vera parecía no sentirlos. Seguía aferrando el arma que él mismo le había dado como si su vida dependiera de ello. Sus ojos, dos rayos de luz en la oscuridad de aquella noche, estaban clavados en él. Y su expresión era de rabia y traición.

—Estaba descargada —susurró. Y después, más alto—: ¡Me la has dado descargada!

Roman la ignoró. No había nada que pudiera decirle para aplacar su cólera porque la realidad era esa: le había dado una pistola sin balas porque se negaba a que tuviera que cargar con el peso de la muerte para el resto de su vida.

Había antepuesto su necesidad de proteger a Vera y, en el camino, le había dado igual cómo podría reaccionar ella al percatarse de que la había engañado.

Caminó hasta los cuerpos de Carter y Wess y buscó el pulso en sus cuellos. Sabía que estaban muertos, pero aun así sintió que debía comprobarlo. Como si aquel gesto humanizara el crimen que acababa de cometer.

Da igual lo que hagas, sus fantasmas te perseguirán por el resto de tu vida , se dijo a sí mismo.

Nada bajo la piel de Wess.

Nada bajo la piel de Carter.

—Están muertos —confirmó más para él que para sus amigos.

Acababa de asesinar a su hermano y a su primo.

Fue como si sus amigos hubieran estado esperando a que pronunciara esas dos palabras para realmente asumir lo que había sucedido.

El trauma dio paso al pánico.

—Los hemos matado —masculló Connor.

—Tú no has matado a nadie, Connor. Así que relájate —le soltó Roman, todavía acuclillado frente al cuerpo de Carter.

—¿Qué hacemos? —Charles se incorporó y fue hacia él.

—Los hemos matado —repitió Connor.

—Voy a llamar a mis padres.

—¿Estás loca?

—Ni se te ocurra.

—Ellos sabrán lo que hacer.

—Me lo imagino, al fin y al cabo tienen experiencia ocultando crímenes.

—¿Qué quieres decir con eso, Vera?

—Blythe, como no guardes el puto móvil, pienso arrancártelo de las manos y tirarlo al lago.

—¿Y qué quieres que hagamos? ¿Deshacernos de los cuerpos?

—Hemos matado a dos personas.

—¿Creéis que alguien ha escuchado los disparos?

—Puede.

—No.

—Hemos matado…

—¡CALLAD! —bramó Roman.

Se incorporó y los volvió a mirar uno por uno.

—Nadie va a llamar a nadie ni va a contar lo que ha pasado esta noche, ¿entendido?

—¡Están muertos, Roman! ¡Esto no es un puto juego! ¡Lo de Nathalie te lo paso, pero esto no! ¡Tenemos que hacer algo! ¿Pretendes volver caminando a casa y fingir que esto no ha ocurrido?

—No, Blythe. Créeme, por mucho que quiera, voy a ser incapaz de olvidarme de que he matado a mi propio hermano y a mi primo. Lo que pretendo es que mantengas tu puta boca cerrada porque, a diferencia de lo que puedas creer, no quiero que me metan en la cárcel.

—Mis padres… —empezó de nuevo.

—Me importa una mierda lo que creas confiar en tus padres. Yo no lo hago. Y menos después de todo.

—¿Qué coño quieres decir con «después de todo»?

—Eso ahora no importa.

—Vosotros dos sabéis algo —le había soltado a Vera y retrocedido un par de pasos, como si su amiga se hubiera convertido en una extraña—. Sabéis algo y no me lo estáis diciendo.

Pero antes de que alguno de los dos pudiera contestar, Charles recortó la distancia que la separaba de su amiga, le arrebató el móvil de las manos y lo tiró al lago.

Plof y se hundió.

—¡Qué coño haces!

—Evitar que cometas una estupidez.

—¡Esto es tu culpa! —Blythe lo empujó con ambas manos, pero Charles ni se inmutó—. ¡Es tu puta culpa! ¡Si no te hubieras comportado como un idiota no estaríamos aquí! Te odio. —Otro empujón, y otro, y otro—. Te odio, te odio, te odio. ¡Os odio a todos!

Charles consiguió sujetarle las manos, impidiendo que siguiera arremetiendo contra él.

—Cuando esto acabe, puedes odiarme todo lo que te dé la gana. Pero ahora vas a callarte y a colaborar —soltó Charles—. Tenemos que deshacernos de los cuerpos.

—¿Y cómo piensas hacerlo? —Blythe seguía furiosa.

—El lago —dijo Roman.

—No los podemos tirar aquí. Estamos demasiado cerca de la orilla y cualquiera podría encontrarlos. —Vera caminaba de un lado para otro del muelle.

—Hay una barca con un par de remos a unos cinco minutos de aquí —dijo Connor, que por fin había dejado de repetir que los habían matado, los habían matado, los habían matado—. Al menos estaba allí la última vez que…

La voz se le quebró y no pudo terminar la frase.

—Sí. Tiene razón —confirmó Charles. Y les explicó que era la barca de un pescador de la zona. George o Geoffrey, apuntó sin que nadie le hubiera preguntado.

Decidieron que Charles, Blythe y Vera irían a por la barca. Roman arrastraría los cuerpos hacia la orilla. Así sería más fácil cargarlos.

—Tú te quedas conmigo —le ordenó a Connor—. No estás en condiciones de hacer nada.

—¿Y si no la encontramos? —preguntó Blythe.

Pero ninguno contestó. Porque ninguno sabía qué pasaría si aquella barca no estaba en el sitio donde se suponía que tenía que estar.

—Quieres que… —aventuró Connor una vez se quedaron los dos solos.

Estaban frente a los cuerpos de Carter y Wess. Tenían los ojos abiertos. Parecían tranquilos, en paz.

—No —dijo Roman—. Yo me encargo.

Después de cerrarles los ojos a ambos, agarró las muñecas de Carter y empezó a tirar de él. Con fuerza. Porque estaba muerto.

No. No estaba arrastrando el cuerpo inerte de su hermano.

No había disparado contra su corazón con la certeza de que iba a acabar con su vida.

No había conducido hacia ese muelle con la premonición de que aquella noche iba a derramarse sangre.

No. Carter no estaba muerto. Seguía en la mansión de Tunkhannock, junto a Stefano.

Si se decía todo aquello, pensó Roman mientras avanzaba por el muelle, quizá podría olvidar que acababa de quitarle la vida a su hermano. Aunque solo fuera durante unas horas.

Dejó el cuerpo en la orilla y volvió a por Wess.

Quince minutos después, divisaron a tres figuras. Remolcaban una barca por la orilla.

—La han encontrado —exhaló Connor, aliviado.

En silencio, cargaron los cuerpos sobre la pequeña embarcación de madera. Roman no quería ni imaginarse lo que debía de estar pasando por las cabezas de sus amigos. ¿Qué debían de pensar de él? ¿Qué pensaría su madre si lo viera ahora?

«Tú no eres como ellos, Roman», le había susurrado las mañanas en las que habían cocinado juntos. «Tú tienes un buen corazón», le había dicho tocándole el pecho con un dedo embadurnado de harina, «aquí dentro solo habita bondad. No dejes que te la arrebaten».

Confiteor quia peccavi nimis…

He vuelto a pecar, madre , quiso gritarle al recuerdo.

He vuelto a pecar y, ahora sí, he perdido lo único que me había jurado a mí mismo que nunca perdería: mi alma.

¿Qué me queda ahora? , quiso preguntarle a la figura de una mujer que hacía años que se había marchado.

¿Qué se supone que me queda ahora? ¿Por qué tengo que luchar?

Si ya no me queda nada, si ya no tengo motivos .

—Charles, tú vienes conmigo. Blythe, Vera —se giró hacia las dos chicas—.

Vosotras conduciréis mi coche e iréis hasta mi casa.

—Se acercó a ellas y, tras agarrar la mano de Vera, le entregó las llaves del coche.

Ella no la apartó—. Id al sótano. Allí encontraréis un armario blanco con un par de cubos, cepillos de cerdas, guantes, lijas…

Meted todo lo que haya dentro de ese armario en una bolsa y traedla.

—Blythe empezó a murmurar que por qué tenía todo ese material, que si ya había matado a alguien antes, pero Roman la miró de una forma que hizo que se callara—.

Connor, tú quédate aquí. Necesitamos asegurarnos de que no venga nadie.

—¿Y si viene alguien?

Una vez más, ninguno contestó.

Roman seguía con la mano de Vera entre las suyas. No quería soltarla. Sabía que, una vez lo hiciera, no habría vuelta atrás.

—Lo siento —susurró, pero no supo si ella llegó a escucharlo.

Lo estaba mirando con esos ojos dorados tan suyos, con esa intensidad que en ocasiones le había hecho pensar que podía con todo, que era capaz de superar cualquier obstáculo.

Pero aquel no.

No podía superarlo.

Y por eso lo sentía.

Soltó la mano de Vera e, inmediatamente, una sensación helada le recorrió el cuerpo. Solo que aquello no tenía nada que ver con el frío, sino con la certeza de que ya no podría haber sido todo lo que había deseado; de que acababa de perder el futuro que tantas veces se había imaginado.

—¿Y después qué? —Pese a tenerla a escasos metros, la voz de Blythe llegó lejana.

—Después seguimos adelante —contestó, porque no había otra opción.

Los cinco observaron el lago.

Negro.

Incansable.

Infinito.

— It matters not how strait the gate. How charged with punishments the scroll —susurró Connor—. We are the masters of our fates. We are the captains of our souls.

Aunque eso último, pensó Roman, era mentira.

Él había perdido su alma.

Y nunca podría recuperarla.