Hijos dorados XLIV
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XLIV

XLIV

—Pero bueno, cuánto drama.

Eran dos las figuras que se acercaban por la orilla, pero Vera no podía apartar los ojos del hombre que sostenía un cigarrillo.

Carter.

La reacción de Roman fue inmediata. Se colocó delante de ellos, como si aquel gesto fuera suficiente para protegerlos.

—Romie, Romie. Nunca aprendes. Te dije que juntarte con niños ricos solo te traería problemas.

Había algo en la forma en la que hablaba y caminaba que a Vera le era familiar.

Solo cuando lo tuvo a escasos pasos de distancia lo entendió.

Carter era una versión mayor de Roman. En todos los sentidos: más alto, más robusto, con el pelo más largo y oscuro y los ojos de un verde todavía más intenso.

Más peligroso , le susurró una voz.

Recordó lo que le había contado Roman la mañana después del Baile de Navidad.

Había estado preparando tortitas y le había confesado que su padre, Stefano, los había criado a su hermano y a él para que siguieran sus pasos, para que se hicieran con las riendas de la familia Cagliari.

Y había añadido que «Carter es otro hijo de puta, así que siempre ha estado encantado de obedecer a Stefano en todo lo que le ha pedido».

Pero Roman no quería esa vida.

«No quiero nada que tenga que ver con el crimen y el dolor y la muerte».

Carter, en cambio…

Carter era crimen.

Era dolor.

Era muerte.

—¿Interrumpimos algo? —preguntó Carter en un tono irónico.

Le dio una última calada al cigarrillo y lo tiró al lago, donde flotó durante unos segundos antes de hundirse.

—Qué haces aquí, Carter. —Roman seguía en el centro del muelle, entre su hermano y ellos.

Carter sacó un encendedor de metal del bolsillo de su cazadora y empezó a abrirlo y cerrarlo en un clic clac clic clac que a Vera le recordó al sonido de los huesos al crujir unos contra otros.

—Oh, es una historia curiosa —dijo, todavía esbozando esa mueca perturbadora, salida de una película de terror—.

Estábamos Wess y yo en el Liberty, tranquilos, tomando algo, cuando de repente recibimos una llamada de Glenn.

Te acuerdas de Glenn, ¿no? —Carter le hablaba a Roman como si estuviera contándole lo que había hecho el fin de semana—.

¿No? Una pena. Le caías bien. La cosa es que Glenn nos chiva que nuestro querido Charles Aster acaba de salir a escondidas del motel en el que lleva días encerrado.

Raro, ¿no? Que una persona decida encerrarse en un antro deplorable y de repente salga a las once de la noche.

Y más cuando esa persona debe cincuenta mil dólares.

¿Pensabas que no ibas a levantar ninguna sospecha?

¿Que no íbamos a enterarnos? —Miró a Charles con una mezcla de desdén y diversión, como si estuviera riéndose de él—.

Así que le ordenamos a Glenn que lo siga y…

¡sorpresa! Minutos después nos dice que Charles Aster se ha bajado de un taxi en un bosque cerca de Glenwood Pines.

—Carter abrió mucho los brazos, abarcando el muelle, la orilla, el bosque, el lago—.

Pero he de decir que la mayor sorpresa ha sido cuando nos ha informado de que Charles no estaba solo, sino con otras cuatro personas.

Dos chicos —señaló a Roman, a Connor— y dos chicas —a Blythe y a la propia Vera.

Clic clac clic clac y el sonido del agua al mecerse.

De pronto, Carter mudó su expresión. Fue como si un velo de oscuridad se posara sobre sus facciones.

—Creía que te había dicho que no hablaras de esto con nadie, que no intentaras ir de listillo y salirte con la tuya.

—Carter, yo…

Pero Carter no lo dejó continuar.

—Ya sabes lo que toca, Aster.

Charles empezó a caminar hacia las dos figuras murmurando «no, no, por favor», que lo escuchara, que aquello no era lo que parecía. Cuando llegó a la altura de Roman, este extendió el brazo y lo agarró del hombro, impidiéndole que continuara.

—Charles no nos ha llamado. Hemos venido nosotros. —Blythe intentó sonar calmada, pero no pudo esconder el leve temblor de sus labios.

Carter profirió una carcajada grave.

—¿De verdad piensas que me lo voy a creer? —Chasqueó la lengua—. Honestamente, niña, no te tomaba por una imbécil.

Casi de forma imperceptible, Blythe se contrajo.

Y entonces, Vera fue consciente de la insignificancia de su presencia. Se sentía un peón en un tablero de ajedrez dominado por reyes y reinas.

A su lado, Connor pareció llegar a la misma conclusión, porque murmuró un «joder» desesperado por lo bajo. Porque sí, joder, ¿cómo se suponía que iban a salir de esa situación?

Una ráfaga de viento los envolvió y trajo consigo un ruido que, al principio, no supo identificar. Vera posó la mirada en un punto lejano, más allá del muelle, y atisbó un grupo de cinco cuervos junto a la orilla.

Graznaban y se atusaban las alas como si estuvieran descansando al sol en mitad de una mañana cualquiera.

Solo que eran las doce y media de la madrugada de un viernes, y en vez de luz, los engullía una noche casi sin luna.

Solo que no formaban una simple bandada, sino una premonición del final que les esperaba si decidían seguir por aquel camino.

Roman giró el rostro y fijó sus ojos en los de ella. Por un momento, pareció que fuera a decirle algo, pero no lo hizo. En su lugar, le dedicó una sonrisa triste, como si supiera algo que ella desconocía y se estuviera lamentando por ello.

Algo dentro de Vera le gritó que lo tocara, que le aferrara la mano y no lo soltara porque, de lo contrario, no podría volver a hacerlo nunca.

Pero antes de que pudiera mover un solo dedo, Carter volvió a hablar.

—Acabemos con esto. Dame el dinero, Aster.

—Carter, tú y yo sabemos que esto no va a terminar aquí. Deja que Charles se marche y haré lo que quieras. —Roman alzó las manos y, con las palmas orientadas hacia el cielo como si estuviera esperando a que alguien le pusiera unos grilletes y se lo llevara preso, suplicó—: Por favor.

Charles protestó, pero nadie le hizo caso.

Con las manos en los bolsillos, Carter dio un par de pasos al frente, recortando la distancia que lo separaba de Roman, y miró a su hermano de pies a cabeza.

—Ya te pedí que hicieras algo por mí, ¿te acuerdas?

—Carter pronunció las palabras lentamente—.

Te pedí que fueras mi camello en Cornell y tú, querido hermano , te negaste.

Quizá, si no te hubieras comportado como un niñato arrogante, tu amiguito no estaría metido en este lío.

—Sus facciones se contorsionaron en una mueca de puro odio.

—Te lo estoy diciendo ahora. Deja a Charles en paz y haré lo que me digas.

Carter movió los labios articulando un «no» y después se giró, volviendo junto a Wess.

—El dinero, Aster —repitió.

Esta vez, Roman no impidió que Charles recogiera la bolsa de cuero del suelo y la depositara frente a Carter y Wess. En su lugar, miró a Connor, a Blythe y a Vera uno por uno y susurró que no se les ocurriera moverse.

Vera y Blythe asintieron, pero Connor ni se inmutó. Toda su atención estaba fija en Charles y en cómo Carter le estaba indicando que abriera la bolsa y le ordenaba a Wess que contara el dinero.

—No, no, tú te quedas aquí —dijo Carter al ver que Charles pretendía volver al extremo del muelle en el que se encontraban Roman, Blythe, Connor y Vera.

El chico obedeció.

Clic clac clic clac y el sonido del agua al mecerse y los graznidos de los cuervos, que todavía seguían en la orilla observándolos.

—Está todo —anunció Wess después de unos minutos.

—¿Puedo volver?

—Claro —concedió Carter.

Vera sintió cómo Connor soltaba una bocanada de aire y Blythe se relajaba. Roman, en cambio, solo tensó más la mandíbula.

Sin pesarlo, Charles se dio la vuelta.

Y antes de que pudiera dar un paso, Wess lo alcanzó y presionó una navaja contra su mejilla izquierda. Empezó a recorrerla por su piel, poco a poco, poco a poco.

—Te advertí, Aster.

—Carter ha dicho que…

Pero el hermano de Roman solo volvió a reír.

—He dicho que podías volver, no que fuéramos a dejarte.

Todo pasó muy rápido.

Blythe se aferró al brazo de Vera a la vez que Vera extendía una mano hacia Roman.

Roman amenazó a Wess y Wess respondió apretando más la navaja contra la piel de Charles.

Un hilo de sangre resbaló por su cuello y, al verlo, Carter soltó otra carcajada.

Alguien empezó a sollozar y Vera pensó que era Connor, pero cuando se giró para comprobarlo Connor ya no estaba allí.

Una sombra pasó a su lado como una exhalación, directa hacia Wess.

Roman corrió hacia Connor, tratando de detenerlo, pero Carter llegó primero. Impactó contra el cuerpo de Connor y lo derribó.

Connor cayó al suelo profiriendo un aullido de dolor que provocó que los cinco cuervos graznaran y batieran sus alas, alterados. Carter lo arrastró por la madera del muelle y, cuando lo tuvo a escasos centímetros del borde, le pisó la cara con el zapato.

Connor se removió y removió, intentando zafarse de Carter, y este le gritó que como no parara las cosas iban a ponerse más feas todavía. Pero Connor, enloquecido, solo siguió chillando y consiguió articular que como se le ocurriera hacerle algo a Charles pensaba matarlo, costara lo que costara.

Entonces, Carter se llevó las manos a la espalda y sacó una pistola.

En un abrir y cerrar de ojos, se había agachado y tenía apretado el cañón contra la sien de Connor. La misma que Charles había golpeado hacía menos de una hora. Le estaba susurrando algo en la oreja, pero Vera no alcanzaba a escucharlo. Estaba demasiado lejos.

Blythe volvió a sollozar (porque la que había soltado el primer lamento había sido ella) y murmuró «por favor, por favor, parad, por favor, parad».

Y Roman le suplicó a su hermano por segunda vez aquella noche.

Y Carter le propinó una patada a Connor en las costillas, seguido de un «jodido maricón» y, al ver que Connor no se calmaba, apuntó al cielo con la pistola.

Y disparó.

La noche se partió en dos.

—¡Connor! —bramó Charles, un cuervo más quejándose en la negrura.

Aprovechó que el disparo había tomado a Wess desprevenido y se zafó de él.

Al percibir movimiento, Carter giró en redondo y alzó la pistola contra Charles.

Y fue en ese momento, en ese instante, «porque no lo olvides, Vera, los instantes lo determinan todo», que Vera tomó una decisión.

Se llevó la mano al bolsillo de la sudadera y agarró la pistola que Roman le había entregado en su casa. La misma que llevaba aferrando todo ese rato.

«¿Tienes otra pistola?».

«¿Para qué?».

«Para mí».

Recordó lo que alguien le había dicho un día: que las personas tienen una vocecita que les habla en lo más profundo de la noche, que les susurra consejos y advertencias. Y la suya, su vocecita, siempre le había alertado de una oscuridad que, si no vigilaba, acabaría adueñándose de ella.

A su lado, Blythe empezó a llorar. Porque era consciente de lo que estaba a punto de suceder y de que no podía hacer nada para detenerlo.

Vera la ignoró.

En ese instante, solo existían ella y la oscuridad, esa tumba que había ido cavando día tras día, desde que había decidido acercarse a ellos.

Hijos Dorados.

No quería detenerse en ese pensamiento porque, si lo hacía, si empezaba a repasar todas las ocasiones en las que podría haber dicho «basta», entraba en bucle.

Y ese bucle la aceleraba, y la respiración y el pulso y su cabeza se descontrolaban, y ya no podía parar de repetirse y repetirse que quizá debería haberse negado, debería haber escuchado a esa vocecita, esos consejos y advertencias. Debería…

Para. Respira.

Cuando consiguió ralentizar sus latidos, apuntó a Carter con la pistola. Como atraído por la posibilidad de su muerte, el hermano de Roman encaró a Vera y también la encañonó.

Arma contra arma.

Se miraron. En los ojos de Carter, Vera atisbó la duda de no saber si aquello era un farol o si realmente sería capaz de disparar.

Pero ella ya no podía volver atrás. Ya no podía fingir que era la misma persona que había llegado hacía un año a Cornell.

No lo era. Y sí, eso la asustaba. Pero lo que la aterrorizaba más era darse cuenta de que, muy en el fondo, sabía que volvería a hacerlo todo.

Sí, la oscuridad se había adueñado de su ser.

Pero ella había sido la que le había permitido entrar y ganar fuerza.

Ella la había alimentado.

Y por eso, porque ya no había nada en su interior que pudiera salvarse, apretó el gatillo.

Un disparo.

Un grito.

Un cuerpo.

Cinco cuervos volando.