Hijos dorados XLIII #2
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XLIII #2

Al parecer fue suficiente porque alguien dijo «ayudadme a sentarlo contra el tronco» y, acto seguido, unas manos (varias) lo sostuvieron de debajo de las axilas y el pecho y lo alzaron del suelo.

Unos segundos después, en los que se vio arrastrado por la tierra (porque aparentemente había estado tumbado sobre la tierra), su espalda quedó apoyada contra algo duro y rugoso.

—Intenta abrir los ojos. —Una voz amable pero contundente.

Eso hizo. Primero un párpado, después el otro.

Fue como si mil cuchillos se clavaran en su cabeza.

—Le ha dado un buen golpe.

—¿Quién? —consiguió articular.

—Charles.

El nombre lo acabó de devolver al presente.

Estaba en el bosque, en el muelle, su muelle . Habían venido a encontrarse con Charles. Charles le había pegado. ¿Por qué todos le pegaban?

—¿Dónde está?

No hizo falta que especificara a quién estaba haciendo referencia. Era obvio.

—En el muelle.

—Vamos.

—Connor, puedes quedarte aquí si quieres. —Vera lo estaba estudiando con el ceño fruncido.

—No.

—No tienes muy buena cara —insistió su amiga.

Pero Connor empezó a negar y a decir que no, no, no, quería ir, quería ver a Charles, no iba a quedarse atrás, ¿por qué querían dejarlo atrás?

—Vale, vale, tranquilo —lo calmó Roman. Y añadió, dirigiéndose a Vera y a Blythe, como si Connor no lo estuviera escuchando—. Vamos, si lo dejamos aquí será peor.

Lo ayudaron a levantarse, porque todavía se sentía nublado, y juntos, avanzaron hasta el muelle.

Charles los estaba esperando.

Caminaba de un extremo al otro con una mano en la boca.

Se estaba mordiendo las uñas, un viejo hábito que solo sacaba a relucir cuando estaba realmente alterado.

Murmuraba para sí algo que bien podía ser una plegaria o una maldición, y cada pocos segundos alzaba la cabeza y miraba al bosque, como si esperara que alguien apareciera por la linde en cualquier momento.

Connor buscó la mirada de su amigo, esperando un «lo siento», un «no era mi intención», algo , pero este la rehuyó.

—Por favor. —La rabia y la ira habían abandonado sus ojos. Ahora solo quedaba miedo—. Necesito el dinero y la pistola.

Sin decir nada, Roman dejó caer la bolsa de cuero en la madera del muelle.

Su muelle.

—Aquí los tienes. —Charles dio un paso al frente, haciendo ademán de hacerse con la bolsa, pero Roman se puso delante, impidiéndoselo—. Pero antes, nos vas a contar en qué mierdas estás metido y por qué estás en contacto con alguien como Carter.

Al escuchar aquel nombre, las mejillas de Charles perdieron el poco color que les quedaba.

—Eso no es… —trató de defenderse.

—No nos mientas, Charles. —Blythe dio un paso adelante, su largo pelo negro, azuzado por el viento helado, revoloteaba alrededor de su rostro—. Ya no.

Fue como si el cuerpo de Charles perdiera la fuerza de un momento a otro. De repente, el chico parecía más pequeño, más débil.

—¿Cómo?

Sin pensárselo dos veces, Connor le lanzó la bolsita transparente. Charles no la agarró. En su lugar, observó cómo volaba sobre el muelle y caía frente a sus pies.

—La encontré en uno de los cajones de tu escritorio.

—¿Vendes o consumes? —soltó Roman.

—Las dos. —Charles seguía con la mirada clavada en el sobre de droga.

Connor se apretó la sien, provocándose una punzada aguda en la cabeza. El dolor, pensó, era mejor a cualquier palabra que saliera por la boca de Charles.

—¿Por qué? —Fue Blythe la que expresó lo que claramente todos se estaban preguntando.

Al principio, Charles no respondió. Pero después murmuró un «no es asunto vuestro» airado.

Y aquello fue la gota que colmó el vaso.

Quizá no fuera asunto de Vera, ni de Roman ni incluso de Blythe, pero sí era su asunto .

Llevaba siendo su asunto desde que su madre lo había presentado por primera vez en casa de los Aster y, al verlo, Charles le había preguntado si en lugar de jugar quería ver un documental de animales.

Llevaba siendo su asunto desde que Charles le había confesado que su sueño era vivir en un parque o en una reserva natural y Connor le había mentido diciéndole que él no tenía ninguna aspiración cuando, en realidad, su único deseo era estar a su lado.

Llevaba siendo su asunto desde que Charles lo había llamado llorando porque su padre había abandonado a su madre y, en el proceso, la había destruido.

Y por supuesto llevaba siendo su asunto desde que habían acudido a ese maldito muelle por primera vez, y se habían jurado que aquel era su lugar seguro.

Que no se atreviera a pronunciar aquellas palabras y quedarse tan tranquilo. Que no se atreviera a decirle que aquello no era su asunto sin mirarlo siquiera a los ojos.

—Ni te atrevas —lo dijo en voz alta, aunque las palabras salieron ahogadas—.

¡Ni te atrevas! —exclamó, ahora con más fuerza—.

¿Qué te crees? ¿Que puedes comportarte de la forma en la que llevas comportándote los últimos meses sin dar ni una explicación?

¿Que puedes desaparecer de la noche a la mañana sin pretender que nos preocupemos por ti?

¿Que puedes pedirnos cincuenta mil dólares y una pistola y te los vamos a entregar con los ojos cerrados?

—Yo a ti no te he pedido nada.

—¡Sí que lo has hecho! ¡Se lo has pedido a Roman, y eso significa pedírselo a Blythe y a Vera y a mí! ¿De verdad piensas que vamos a dejarte marchar con una pistola?

—No lo entiendes.

—¡Pues explícamelo! ¡Explícanoslo! —gritó Connor, al borde del desgañite.

Por primera vez desde que se habían encontrado en el bosque, Charles lo miró.

Y explotó.

—¡No tengo dinero! —Tenía los ojos inyectados en desesperación—.

¡Estoy endeudado hasta las cejas y casi no tengo ni un puto dólar para vivir en esta universidad!

—Sus manos se habían vuelto a convertir en puños.

Connor retrocedió un paso—. ¡Mi madre es una alcohólica deprimida que malgasta lo poco que nos envía mi padre y me amenaza con matarse si la vuelvo a meter en un puto centro de rehabilitación!

¡No tengo dinero, pero lo necesito! Así que sí, Connor, he estado vendiendo droga porque es la única forma que he encontrado de conseguir dinero fácil.

Y sí, de paso también me la he estado metiendo.

Perdóname por querer escapar de la puta mierda en la que se ha convertido mi vida.

Perdóname por querer hacerla menos insoportable.

La última palabra se quebró en su boca.

Después de aquello, lo único que se escuchó entre ellos fue el sonido de las olas al romper contra la orilla y la madera del muelle.

Charles resollaba, como si acabara de correr una maratón y no tuviera aliento para dar un solo paso más.

—Hay otras formas de ganar dinero —siseó Vera.

Charles dejó escapar una risa irónica.

—Quizá para ti. Yo soy un Aster.

—No lo entiendo. ¿Tu madre…? ¿Y el dinero que te dejó tu padre…? ¿Cómo…? —Blythe estaba intentando encajar las piezas de un puzle sin saber que nunca podría acabarlo porque no las tenía todas.

—Solo tenías que pedirlo. —Connor la interrumpió—. Te habría dado todo el dinero que hubieras necesitado. Sabes que lo habría hecho.

—No. —Una palabra. Una bala directa al corazón.

—¿Por qué? Charles, soy yo.

—Precisamente por eso —susurró su amigo.

—¡Mírame! —Porque había dejado de hacerlo—. ¡Mira dónde estamos!

Un flechazo de dolor, que los atravesó a los dos.

En el caso de Connor, la agonía se quedó en su pecho, oprimiéndole.

En el de Charles, se desvaneció tan pronto como había llegado.

Murmuró algo ininteligible y giró su cuerpo en un gesto que claramente significaba que lo dejara en paz, que no tenía nada más que decirle.

—Le debo dinero a Carter —dijo, dirigiéndose a Roman—. Por eso los cincuenta mil dólares. Por eso la pistola.

—No sabes dónde te has metido —respondió Roman, todavía una muralla entre Charles y la bolsa de cuero.

—Puede que no, pero voy a solucionarlo.

—Eso es lo que no entiendes. Te crees que saldando tu deuda con Carter todo va a acabar, ¿no? ¿Que después de entregarle el dinero vas a poder volver a tu casa y seguir con tu vida? —Roman se pasó una mano por el rostro—. Carter nunca deja un cabo suelto.

—Pero… —Charles señaló la bolsa, un niño convencido de que ha encontrado un tesoro.

—Charles, si le das el dinero, solo va a querer más. Lo he visto mil veces. Cuando alguien le debe algo, Carter se asegura de que esa deuda sea de por vida. Encontrará una forma de que sigas trabajando para él, de que le sigas debiendo.

—¿Y qué se supone que tengo que hacer?

Pero antes de que Roman pudiera responder, una voz partió la noche en dos:

—Pero bueno, cuánto drama.

Dos figuras se acercaban por la orilla. Una tenía las manos escondidas en los bolsillos de la chaqueta de cuero que vestía, la otra sostenía un cigarrillo.

Roman se colocó frente a sus amigos en un gesto protector. De forma instintiva, Connor alargó el brazo para aferrarse a Charles, pero este estaba fuera de su alcance.

—Romie, Romie —volvió a retumbar la voz—, nunca aprendes. Te dije que juntarte con niños ricos solo te traería problemas.

La tenue luz de la luna iluminó las dos figuras, cada vez más cerca.

Entonces, cuando llegaron al muelle, Carter esbozó una sonrisa lobuna y, sin detenerse, empezó a caminar hacia ellos.