Hijos dorados XLIII
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XLIII

XLIII

El muelle es nuestro lugar seguro; de ahora en adelante, cada vez que estemos tristes, enfadados o perdidos, iremos al muelle.

Connor no dejó de repetirse esa frase durante los veinte minutos que tardaron en llegar a Glenwood Pines.

Con la mirada clavada en la carretera, la mano derecha aferrada al asidero del asiento del copiloto y la izquierda atrapada bajo el peso de su pierna para frenar el temblor que todavía lo dominaba, paladeó cada palabra, tratando de encontrarle un sentido a todo lo que había sucedido en las últimas dos horas.

Roman les indicó que llegarían en unos cinco minutos, pero él no contestó porque no podía arrancarse la imagen de Charles esperando en el muelle. Solo. Desesperado. Aterrorizado. Su cuerpo recortado contra la oscuridad de la noche.

Trágico y a la vez poético, que hubiera escogido aquel lugar para reunirse con Roman a medianoche.

¿Qué has hecho, Charles? ¿Qué te ha pasado?

¿Por qué no has querido hablarme? ¿Por qué no has querido contar conmigo?

Las preguntas asaltaron a Connor, que tuvo que hacer un esfuerzo por contener todo lo que estaba sintiendo.

Se habían prometido que siempre que estuvieran tristes, enfadados o perdidos, acudirían al muelle.

Pero en lugar de ser fiel a su palabra, Charles lo había descartado como quien descarta unos pantalones usados, y había mancillado lo más puro que Connor había tenido en su vida.

—Tienes que desviarte en el siguiente cruce. A la derecha —consiguió articular.

Roman puso el intermitente y giró por un camino de tierra que se internaba en el bosque, ese que había recorrido en bicicleta tantísimas veces.

Allí ya no había luces que iluminaran el camino.

Solo oscuridad.

—Aparca por aquí —indicó Connor cuando atisbó el pequeño claro que se extendía a unos cinco minutos a pie del embarcadero.

Roman obedeció y apagó el motor del coche.

En cuanto abrió la puerta del vehículo, Connor sintió la humedad de la noche pegarse contra la piel de su rostro. A su lado, Blythe murmuró que acabarían todos congelados.

Vera ni se inmutó. Había cerrado los ojos y sus labios se movían rápido, como si estuviera articulando una plegaria o repitiéndose un mantra.

Pese a que se había colocado su chaqueta estilo Barbour, tenía las manos resguardadas en el bolsillo canguro de la sudadera de Roman.

Llevaba así desde que habían salido de casa.

Como si estuviera aferrándose a algo y no quisiera desprenderse de ello.

Pese a la tozudez y mil objeciones de Roman, al final habían acudido los cuatro.

Esa había sido su condición. Información a cambio de que dejara de comportarse como el superhéroe de una historia en la que, claramente, todos eran villanos.

—Si quieres que te lo diga, vas a dejar que vayamos contigo. —Esas habían sido sus palabras.

—Connor, no tenemos tiempo para…

—No me tientes, Roman.

—Connor, Charles está en peligro. No puedes…

—Oh, ya lo creo que puedo.

—¿Es que eres idiota?

—Puedes insultarme todo lo que quieras. No pienso decirte dónde está el puto muelle hasta que accedas a que te acompañemos.

—Pensaba que le querías.

Si las palabras fueran capaces de infligir dolor físico, Connor habría perdido una pierna o un brazo.

—Todos le queremos —había conseguido responder—. Por eso, esto es algo que tenemos que hacer los cuatro. Juntos.

Después de aquello, Roman se había quedado sin argumentos y fuerzas para seguir discutiendo.

Así que allí estaban.

Faltaban quince minutos para medianoche.

Quince minutos para que Charles apareciera en el muelle, esperando encontrarse con Roman, cincuenta mil dólares y una pistola.

En silencio, caminaron por el sendero que conectaba el bosque con el lago. Pese a la niebla que se había aposentado, Connor pudo ver la madera del muelle alzarse por encima del agua.

El muelle es nuestro lugar seguro; de ahora en adelante, cada vez que estemos tristes, enfadados o perdidos, iremos al muelle.

La frase volvió a sonar en su cabeza, ahora acompañada de recuerdos e imágenes: Charles sentado en el extremo más alejado del muelle, sus pies descalzos colgando; Charles sonriendo al ver un par de cormoranes planear sobre el lago; Charles tendiéndole la mano y diciendo con un tono divertido que «si te murieras aquí nunca me lo perdonaría».

«¿Me echarías de menos?», había respondido Connor mostrando su mejor expresión despreocupada, porque qué más daba fingir otra vez cuando llevaba años, casi toda la vida, haciéndolo.

Pero Charles se había puesto serio de repente y le había susurrado:

«Más de lo que te imaginas».

Connor se había tragado las palabras que le habían saltado a la boca. Y ahora, meses después, frente al muelle, ya era demasiado tarde para confesarle que él también lo echaría de menos, más que a nadie en el mundo.

Se quedaron en la linde del bosque, bajo las copas de los árboles, a unos metros del lago. Ninguno se atrevió a dar un paso más.

—Y ahora qué —susurró Blythe.

Roman dejó caer la bolsa de cuero que contenía el dinero a sus pies.

—Lo mejor es que Charles no sepa que habéis venido. Al menos al principio —añadió al ver la expresión iracunda que Connor le estaba dirigiendo—. No queremos arriesgarnos a que monte en cólera y se marche.

—Podemos quedarnos escondidos detrás de los árboles —propuso Vera.

—Sí —añadió Blythe—. Roman, tú intenta hablar con él y…

—Qué coño hacéis vosotros aquí.

La voz llegó desde las profundidades del bosque.

Los cuatro se giraron a la vez, idénticas expresiones de horror en sus rostros.

Porque sabían a quién pertenecía esa voz.

Connor la hubiera reconocido en cualquier lugar, a cualquier hora, bajo cualquier circunstancia.

Estaba todavía más delgado que la última vez que lo había visto. Si en el Baile de Navidad había parecido un espectro, ahora era una sombra.

—Charles… —Su nombre fue más bien una súplica.

Pero Charles no le concedió ni un instante de su atención. Estaba demasiado ocupado clavando sus ojos en los de Roman.

—¡Te he dicho que no hablaras con nadie!

—le gritó mientras avanzaba por entre la oscuridad.

Iba a tal velocidad que se chocó con el tronco de un árbol, un seco pum , aunque pareció no enterarse.

No se detuvo cuando tuvo a Roman a escasos centímetros, ni tampoco cuando impactó contra su pecho. Cuerpo contra cuerpo.

Roman, que no se esperaba el choque, trastabilló un par de pasos hacia atrás. Connor reaccionó al instante y lo sostuvo, evitando que perdiera el equilibrio.

—¡¿Esta es tu puta ayuda?! —Ni sus gafas podían ocultar las ojeras que apagaban su mirada—. Sabía que podías ser un cabrón, pero no un imbécil. ¿Qué es lo que no entiendes de «mantén la puta boca cerrada»?

Connor sintió a Vera removerse a su lado, claramente alterada por las palabras del chico que, hasta hacía unos meses, había sido el más comprensivo y lógico de los cinco.

Las manos de Charles se cerraron en puños. Sus nudillos se pusieron blancos por la fuerza con la que estaba apretando los dedos.

—¿Vas a pegarme, Charles? Eso es lo que quieres, ¿no?

—Roman recuperó los dos pasos que había retrocedido, volviendo a quedar cara a cara con su amigo—.

No sé qué mierdas te ha pasado estos meses, pero si lo que necesitas es descargar tu rabia contra alguien, puedes hacerlo contra mí.

Pégame. —Roman se llevó una mano al pecho y se lo señaló como queriendo decir «aquí, pégame justo aquí».

Los hombros de Charles se tensaron, pero no hizo ademán de obedecer—. ¡PÉGAME!

El grito los rodeó y voló hasta el lago, donde murió.

Ninguno se movió. Parecían dos depredadores, acechándose el uno al otro, midiéndose, esperando a que uno diera un paso en falso.

Connor no pudo soportarlo más.

—Roman no creo que… —Se acercó a ellos con las manos en alto, en son de paz, porque lo último que quería era que Charles se sintiera amenazado y huyera.

Cuatro pasos, eso es todo lo que pudo aproximarse antes de que Charles, con un aullido desesperado, le asestara un puñetazo en la sien izquierda. El segundo de aquella noche.

Connor sintió sus piernas flaquear y perder la capacidad de sostenerlo.

Sus rodillas golpearon contra la tierra, después su tronco, después su cara.

La arena, gruesa, se coló por entre sus dientes.

A lo lejos, pero muy lejos, creyó escuchar a Blythe y a Vera exclamar su nombre y a Roman soltarle a alguien que si pretendía matarlo. ¿Matar? ¿Quién quería matar a quién?

De pronto, Connor fue consciente y a la vez no de la perturbadora posibilidad de que algún bicho, una hormiga quizá, se metiera en su boca e incubara allí.

Una voz llegó hasta él. Melódica. Como el canto de una madre arrullando a su bebé (pero no su madre, Sarah nunca le cantó).

Out of the night that covers me,

Black as the pit from pole to pole,

I thank whatever gods may be

For my unconquerable soul.

La voz estaba recitando a Henley.

In the fell clutch of circumstance

I have not winced nor cried aloud.

Under the bludgeonings of chance

My head is bloody, but unbowed.

Una imagen, la de sus amigos sentados alrededor de una mesa y con las copas en alto, declamando aquel mismo poema.

Beyond this place of wrath and tears

Looms but the Horror of the shade,

And yet the menace of the years

Finds and shall find me unafraid.

It matters not how strait the gate,

How charged with punishments the scroll,

I am the master of my fate,

[…]

—I am the captain of my soul.

—¿Qué ha dicho?

—Henley.

—¿Es broma?

—Es Connor.

—Joder.

—¿Está bien?

—¿Ahora te importa si está bien? ¿Por qué mierdas no lo has pensado antes de derribarlo como si fuera un puto muñeco de trapo?

Una maldición, seguida de un «ve al muelle y relájate, ahora hablamos».

—No tengo tiempo.

—¿Quieres tu dinero y tu pistola? —Silencio—. Pues espera en el maldito muelle.

Dio unos pasos para alejarse y luego:

—¿Connor?

Ese era él. Connor.

—¿Connor? ¿Me escuchas? Di algo.

Le estaban pidiendo que hablara, pero lo único que pudo articular fue un hmm ronco.