XLII #2
—Lo encontré hace un par de días en la habitación de Charles. Lo tenía escondido en uno de los cajones de su escritorio.
—¿Qué significa esto? —Blythe.
—Probablemente que estamos jodidos —Connor.
—Hace unos meses, en febrero, Carter me citó en el Liberty. Fue la tarde en que conocimos a Vera —les explicó Roman.
—¿El bar de mala muerte que está a las afueras de Ithaca? —volvió a intervenir Connor.
—El mismo. Carter me contó que quería empezar a vender droga en el campus. Quería que yo fuera su camello.
—¿Y qué dijiste? —Blythe sintió cómo un escalofrío la recorría de arriba abajo. Aquella conversación estaba tomando un cariz que no le gustaba nada.
—Que no. Carter está loco y es un hijo de puta. Antes que trabajar para él me pego un tiro. —Connor dijo que él haría lo mismo; todos conocían a Carter y sabían de lo que era capaz—. La cosa es que me enseñó una de las bolsas herméticas en las que guardaba la droga. Era igual a esta.
—Deben de existir miles de bolsas transparentes y no todas tienen por qué ser de Carter —apuntó Connor, claramente buscando una escapatoria a la realidad que cada vez se estaba haciendo más tangible.
Pero Roman negó.
—Le conté a Charles lo que había pasado con Carter y lo que me había pedido. Él lo sabía. Sabía que Carter tenía la intención de vender en Cornell y que estaba buscando a un camello.
—Lo que significa… —empezó Blythe.
—Que tiene esa bolsita porque se la ha comprado al camello de Carter… O Charles es el camello —terminó Vera.
Connor empezó a negar con la cabeza, una vez, y otra, y otra.
—No, Charles nunca… Él solo fumaba algo de maría de vez en cuando y se la compraba yo.
—Ignoró la mirada que le dedicó Blythe, que se acababa de enterar de aquel dato—.
Le ayudaba a desestresarse cuando lo necesitaba.
Él nunca… Me lo habría contado. Y vender…
¿Para qué iba a querer Charles vender droga?
—Por dinero —soltó Vera, seca.
—Charles no necesita dinero, su padre está forrado y los mantiene a él y a su madre —pero lo dijo en un tono que denotaba que ni él mismo estaba seguro de sus palabras.
—Todos tenemos secretos, Connor —murmuró Roman—. Creo que el Baile de Navidad fue prueba suficiente de ello.
—¿Y los cincuenta mil dólares? ¿Y la pistola? —inquirió Blythe—. Nos podríamos estar equivocando. Quizá no tenga nada que ver con Carter ni con la droga.
—Dime algo que mueva tanto dinero y a la vez sea lo suficientemente peligroso como para querer tener una pistola por si las cosas se tuercen. —Vera, que no se había despegado del lado de Roman, la miró con ojos tristes. Porque sabía que tenía razón, y eso le dolía.
Un leve pitido, proveniente del reloj digital que llevaba puesto Vera, ese que utilizaba para contar los kilómetros que hacía cuando salía a correr, les indicó que eran las once de la noche.
Solo les quedaba una hora.
Tenían que actuar.
—¿De dónde se supone que vamos a sacar cincuenta mil dólares y una pistola? —Connor los miró uno por uno, el terror reflejado en sus ojos.
Roman se encendió otro cigarrillo.
—Eso no es problema.
—Explícate. —Blythe entrecerró los ojos, sospechando lo peor.
El chico se dirigió a la cocina y abrió el armario que estaba debajo del grifo. Sacó una bolsa marrón de cuero y la cargó hasta la mesa del comedor. La dejó caer sobre la madera y, cuando sus amigos se hubieron acercado lo suficiente, la abrió.
Dentro había fajos y fajos de billetes.
Muchos.
Cientos.
Miles.
Cincuenta mil dólares.
—No te voy a preguntar de dónde lo has sacado —murmuró Connor sin apartar la mirada de la bolsa.
—Mejor. No quieres saberlo.
—¿Por qué me da la sensación de que también tienes una pistola?
—Blythe recordó las veces que Roman se había ausentado de Cornell para acudir a las reuniones familiares de Tunkhannock, los morados y heridas con los que había vuelto, cómo les había advertido que era mejor si no preguntaban y sabían lo mínimo sobre los Cagliari.
Roman se llevó la mano a la espalda y, con un movimiento ágil, les mostró la pistola que había llevado guardada durante todo ese tiempo.
Connor dejó escapar un «joder» a la vez que Blythe le preguntaba si esa era la única que tenía.
—Sí —respondió al instante—. Es la única.
Y tras dirigirle una mirada fugaz a Vera, que parecía una estatua de lo tensa que estaba, se la volvió a guardar.
Connor exhaló un largo suspiro.
—¿Cuál es el plan?
—Encontrarme con Charles y, cuando vea que tengo lo que quiere, convencerlo para que no cometa la estupidez que tiene pensado cometer, sea cual fuere.
—¿Encontrarme? ¿Convencerlo? ¿Por qué cuando pasa algo siempre hablas en singular? —Blythe se aferró al borde de la mesa con toda la fuerza de la que fue capaz. De lo contrario, corría el riesgo de abalanzarse sobre Roman. Quizá no le partiera el labio, pero un buen golpe se lo iba a llevar.
—Porque voy a ir yo solo.
Blythe soltó una carcajada irónica.
Connor empezó a gritar que por encima de su cadáver, que no pensaba quedarse allí esperando.
Vera simplemente calló y, cuando Blythe y Connor se calmaron, dijo:
—Entonces, ¿para qué nos has involucrado? ¿Si desde el principio pensabas hacer esto solo, por qué has decidido llamar a Blythe y a Connor? Por qué me has dado…
No terminó la frase y, si no fuera porque Roman habló al instante, Blythe le habría preguntado a qué estaba haciendo referencia; qué era eso que Roman le había dado.
—Por tres razones. —Al parecer, su amigo las había meditado bien—.
La primera, porque creo que es justo que lo sepáis.
La segunda, porque si Carter está involucrado significa que existe una alta probabilidad de que alguien acabe herido, y no quiero que os pase nada.
Y la tercera, porque quizás uno de vosotros dos —señaló a Blythe y a Connor— pueda decirme dónde está el muelle en el que Charles me ha pedido que me reúna con él.
—¿Muelle? ¿Qué muelle? —se extrañó Blythe.
—Eso mismo me he preguntado yo.
Pero Blythe repitió que no, no conocía ningún muelle y que, de hecho, en los dos años que llevaba viviendo en Ithaca, nunca había pisado uno.
Roman soltó una maldición.
—Estamos jodidos.
—¿Cuáles son los muelles más conocidos de Ithaca? —Blythe desbloqueó su móvil y, con las manos pegajosas del estrés, tecleó en su buscador «muelles de Ithaca».
—Podría ser el del Club Náutico, el que está en el Parque Myers, o incluso uno de los varios que hay en Cliffside. Hasta donde sabemos, podría ser cualquiera del lago Cayuga. —Por primera vez desde que habían llegado, Roman dejó entrever lo desesperado que estaba.
—No tenemos el tiempo suficiente como para recorrerlos todos. —Vera les enseñó la pantalla de su móvil, que señalaba que eran las once y cuarto.
— Tengo . No tengo el tiempo suficiente —incidió Roman.
A lo que Vera se cuadró de hombros y le soltó que no pensaba quedarse atrás, que estaban juntos en eso, que dejara de actuar como si pudiera decidir por ellos.
Y Blythe le dio la razón y, acercándose a su amiga, reafirmó que Charles los necesitaba a todos y que no podían separarse y que estaba harta de recordarle que si uno se iba a la mierda se iban todos.
Y Roman les recriminó que no tenían tiempo para estar discutiendo, que cada minuto que pasaba era un minuto menos que tenían para encontrar a Charles.
Y Vera acusó a Roman de haberla engañado y a Blythe se le llenaron los ojos de lágrimas, pero no las derramó, y Roman le suplicó a Vera que no dijera eso, que si algo le sucedía no podría soportarlo.
Y alguien gritó.
Y alguien perjuró
Y alguien insultó.
Y de pronto, una voz se alzó por encima de los gritos y los juramentos y los insultos.
Una voz cargada de miedo. Pero también de seguridad.
—Yo sé qué muelle es.