XLII
XLII
Porque eso era lo que estaba haciendo, cargar con su amigo.
Desde que se lo había encontrado frente a la casa que compartía con Charles, sentado en el arcén, no había dejado de temblar y proferir sollozos.
—¿Puedes parar? —le repitió por enésima vez, mientras aguardaba a que Roman o Vera, o los dos, abrieran la puerta.
Él simplemente la miró con unos ojos brillantes y casi salidos de sus órbitas. Parecía un cerdo a punto de pasar por el matadero.
Blythe quiso agarrarlo del tronco y sacudirlo con fuerza, gritarle que saliera del estupor en el que llevaba sumido desde que se había subido al coche.
¿Qué se creía? ¿Que ella no estaba asustada? ¿Que en el momento en el que Vera la había llamado diciéndole que Charles estaba en peligro no había sentido su mundo romperse en mil pedazos?
Estaba aterrada.
Pero no iba a dejar que el miedo la frenase, que le impidiese actuar.
Connor era distinto.
Cuando se trataba de Charles, se convertía en un ser irracional, capaz de tomar las decisiones más descabelladas e imprevisibles.
Como la de subirse al coche. Blythe había perdido la cuenta de la cantidad de veces que, a lo largo de los años, había intentado convencerlo de que se subiera a su coche.
«Yo te llevo, serán solo cinco minutos», le había asegurado en una ocasión.
«No».
«Solo sube y siéntate en el asiento. No hace falta que enciendas el motor ni nada», había propuesto una tarde.
«Nooop».
«Podemos ir en…», otro día, en la biblioteca de Columbia, donde habían estado estudiando juntos.
«Nicht».
Y aquella noche lo había hecho.
Por Charles.
«Él te necesita», había sentenciado Blythe nada más apearse del vehículo. Pese a estar encogido sobre sí mismo, incapaz de articular una sola palabra, Connor la había tomado de la mano y, por primera vez en seis años, había subido al coche.
Durante el corto trayecto que había conducido desde la casa de Connor hasta la de Roman, Blythe había intentado ordenar sus pensamientos.
Llevaba sin ver ni hablar con sus amigos desde el Baile de Navidad.
Después de llamar a Vera sin éxito, deambular por Cornell como un fantasma con la esperanza de encontrarse con Charles e ir a la cafetería del Edificio Este y quedarse esperando más de media hora a que alguien apareciera, había intentado convencerse de que ya no iba a hacer ningún otro esfuerzo por intentar solucionar lo que se había roto la noche de la fiesta.
Si querían saber algo de ella, que la buscaran.
Pero aquella noche, cuando su móvil había empezado a sonar y había visto el nombre de su amiga estampado en la pantalla, no había dudado ni un segundo en responder.
De pronto, las palabras que se había repetido durante aquellos días, no hagas nada, ya vendrán ellos , habían perdido significado.
Al descolgar el teléfono, no había existido Baile de Navidad, ni mentiras, ni secretos; solo la certeza de que algo iba terriblemente mal y sus amigos la necesitaban.
Ahora, de pie frente a la puerta de casa de Roman, las dudas volvieron a asaltarla.
¿Cómo se suponía que debía actuar? No podía fingir que las cosas entre ellos estaban bien (Dios, solo hacía falta mirar a Connor para entender que nada estaba bien ), ni tampoco invalidar sus propios sentimientos.
Porque la realidad era que estaba avergonzada, dolida y llena de rabia y tenía ganas de decirles a todos que se fueran a la mierda.
Pero por otro lado…
Antes de que pudiera sacar algo en claro, Vera abrió la puerta.
Al verlos, sus ojos se convirtieron en dos lunas llenas, como si su llegada la hubiera tomado por sorpresa pese a que había sido ella misma la que los había citado allí.
Sin decir nada, se hizo a un lado para dejarlos pasar.
Al ver que Connor no se movía, Blythe lo empujó.
Cuando estuvieron refugiados en el salón, Vera cerró la puerta y se dirigió a la cocina, donde Roman fumaba de forma frenética junto a una de las ventanas que daban al exterior.
Su amiga se colocó al lado de Roman y le dio un pequeño apretón en el brazo.
Aquello, sumado a la mirada que le dirigió el chico, fue suficiente para confirmar lo que había pasado entre ellos.
Todos estos días, ha estado viviendo con él , comprendió de pronto. Sintió una mezcla de rencor y alivio que le hizo cambiar el peso de una pierna a otra, incómoda.
—Charles me ha llamado hace un rato. —Roman no los saludó. Tampoco les preguntó cómo se encontraban o si estaban bien. Fue directo al grano.
Al escuchar aquel nombre, Connor se dejó caer sobre el sofá con un plof medio ahogado por los cojines.
—¿Dónde está? —Blythe no sabía si quería conocer la respuesta.
—No lo sé.
La voz de Connor se alzó como el aullido de un perro malherido.
—¿Cómo que no lo sabes?
—No, no lo sé —repitió Roman.
El color abandonó el rostro de Connor.
—¡Te llama y ni se te ocurre preguntarle dónde coño se ha metido! ¿Es que eres idiota, Roman?
Roman se convirtió en un bloque de tensión. Señaló a Connor con un dedo, seguramente dispuesto a devolverle el golpe, pero Vera lo detuvo con un simple gesto.
—Roman se lo ha preguntado, pero él no nos lo ha querido decir. Así que antes de comportarte como un loco, calla y escucha. No tenemos mucho tiempo.
La reprimenda hizo que Connor sollozara y se encogiera en una esquina del sofá, un niño que acaba de ser regañado.
—No sé ni dónde está ni lo que le ha pasado —continuó Roman, la tensión todavía palpable en cada una de las palabras que pronunciaba—.
Lo único que sé es que está metido en algo gordo porque…
—Le dio una profunda calada a su cigarro y exhaló el humo—.
Me ha pedido cincuenta mil dólares y una pistola.
Blythe profirió un «qué» alarmado a la vez que Connor emitía otro sollozo.
—¿Puedes parar? —gritó Blythe, desesperada. Luego, depositando toda su atención en Roman—: ¿Cincuenta mil dólares?
—Sí.
—No entiendo…
—Quiere que se lo entregue esta medianoche. Pistola incluida.
—Joder.
—Sí, joder.
Se hizo el silencio.
Roman siguió fumando. Vera permaneció a su lado con la mirada perdida en la fría noche de diciembre.
Connor se encogió todavía más sobre sí mismo (si eso era posible) y ahogó sus lamentos con uno de los cojines del sofá.
Blythe observó a sus amigos, uno por uno, intentando asimilar aquella información sin romperse.
Porque estaban hablando de Charles, de su Charles.
Todo cobró sentido. El distanciamiento durante los últimos meses, la agonía con la que había hablado la noche del Baile de Navidad, lo delgado que había estado, las palabras, cargadas de rencor y rabia, que les había dedicado.
Sois. Todos. Unos. Putos. Hipócritas.
Charles no había pasado por una mala época, ni había estado estresado por el Caso Magno o la beca. ¿Cómo podían haber estado tan ciegos?
Cuando se vio con las fuerzas suficientes para retomar la conversación, rompió el mutismo en el que se habían sumergido.
—No hay duda, tenemos que ayudarle.
—Ya habíamos llegado a esa conclusión —murmuró Vera, todavía medio abstraída.
No lo dijo como un reproche ni una burla, sino como un hecho. El problema no era decidir si ayudar a Charles o no, sino cómo hacerlo.
—¿Para qué coño quiere cincuenta mil dólares y una pistola? —Blythe se apoyó contra la mesa del salón y se llevó las manos a la cabeza.
Roman negó, haciéndole ver que no tenía ni idea.
—Creo que yo lo sé. —La voz de Connor, apenas un susurro, llegó desde el sofá.
Roman tiró el cigarrillo por la ventana sin molestarse en apagarlo. Cruzó la estancia en dos pasos, apoyó las manos sobre el respaldo del sofá e, inclinándose de forma que su cuerpo se impusiera sobre el del otro chico, siseó:
—Habla.
Pero en lugar de hablar, Connor empezó a llorar de forma desconsolada. Las lágrimas resbalaron por sus mejillas y cayeron sobre el cojín, formando pequeñas gotas en la tela beige.
Roman maldijo por lo bajo y, tras elevar la mirada al techo brevemente, como si le estuviera pidiendo fuerza o paciencia a un dios en el que no creía, agarró a Connor del cuello del jersey granate que llevaba puesto.
Lo alzó como si se tratara de un muñeco y no de un chico de metro ochenta y cinco.
Connor le agarró las muñecas e intentó zafarse de él.
No pudo.
Claro que no.
La imagen era ridícula, como ver a un mero hombre enfrentándose a un gladiador.
Roman lo sacudió.
—¿Puedes parar de comportarte como un crío? ¿Te crees que nosotros no estamos asustados? ¡Mira a Blythe! ¡Mira a Vera! —le gritó—. ¡Mírame a mí! Estamos todos igual. La diferencia es que ellas y yo nos tragamos el miedo y tú lo único que haces es llorar y compadecerte. ¡Espabila!
—Déjame en paz, suéltame, cállate. Eres un…
El puño de Roman impactó contra su boca, impidiendo que continuara hablando.
Vera ahogó un grito.
Blythe no se movió ni un centímetro. No era la primera vez que presenciaba una escena como aquella.
Connor bramó de dolor y se llevó las manos a la cara, cubriéndosela mientras chillaba «hijo de puta, hijo de puta, hijo de putaaaaa».
Estuvo así un buen minuto, o tal vez dos, y de pronto calló de repente.
Cuando se descubrió la cara, tenía los labios hinchados y un reguero de sangre descendía por su barbilla.
Roman, que había aprovechado para ir a la cocina y volver, le tendió un trozo de papel de cocina para que se secara.
Connor lo aceptó.
—Gracias —masculló.
Blythe supo que no se refería al trozo de papel. Connor estaba agradeciendo que Roman le hubiera quitado la tontería de un solo golpe. Literalmente.
—No te he pegado tan fuerte —respondió Roman, que entendió a la perfección el significado tras la palabra.
—No, esta vez te has controlado.
Roman esbozó una media sonrisa y, después de darle un par de palmadas a Connor en la espalda, continuó con la conversación que habían estado teniendo antes de que le partiera el labio a su amigo.
—¿Qué es lo que crees que le ha pasado a Charles?
—Esto.
Connor rebuscó en el bolsillo interior de su gabardina y sacó una pequeña bolsa transparente.
—Carter —siseó.
—¿Tu hermano? —Vera se había acercado, como si necesitara estar junto a Roman en todo momento.
Roman asintió.