Hijos dorados EPÍLOGO #3
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EPÍLOGO #3

Las palabras se le atragantaron y el papel, en lugar de cubrirse de tinta, se cubrió de lágrimas.

Pasaron los minutos y las horas hasta que, finalmente, enjugándose los ojos, se levantó.

Charles se enfundó su chaqueta, se calzó sus botas y salió a dar un paseo por los alrededores de la cabaña. Quizás avistaba algún oso negro.

Y mientras caminaba, el viento y los árboles y los animales como única compañía, pensó que mañana volvería a intentarlo. Sí, lo intentaría las veces que fueran necesarias.

Y algún día lo conseguiría.

Pronto o tarde.

Pero algún día.

Vera se llevó las manos a la cabeza y se masajeó la sien por quinta vez en la última media hora. Por alguna razón que desconocía, era incapaz de concentrarse.

Mentira , le dijo esa voz que siempre la acompañaba y, en lo más profundo de la noche, le susurraba consejos y advertencias. Sabes perfectamente por qué estás así .

Aquella mañana los había visto. O al menos, eso había creído durante unos pocos segundos.

Como cada día, había entrado en el Starbucks más cercano a Shefield, Scott quedaron reducidos a cenizas.

Con cada paso, había estado más convencida de que todos esos años había estado matando el tiempo hasta volver a verlos, que su vida en Boston solo había sido un paréntesis hasta reencontrarlos.

No importaba que Blythe la hubiera desterrado a aquella ciudad, que Charles hubiera desaparecido sin dejar rastro o que Connor le hubiera negado una última conversación. Tampoco importaba que Roman la hubiera abandonado cuando habían estado a un paso de tenerlo todo.

Al llegar junto a la mesa, la ilusión se había roto.

No eran ellos.

Por supuesto que no lo eran.

Con la decepción dibujada en el rostro y un café caliente que ya no quería en la mano, Vera había salido del Starbucks y había caminado hasta Shefield, Scott los recordó a ellos. Y alzó la mirada al cielo y le pidió a alguien, si ese alguien existía, que nunca le arrebatara la memoria. Porque en la memoria era donde vivía, el único lugar en el que era realmente feliz.

Vera se enjugó las lágrimas que, sin darse cuenta, habían empezado a resbalarle por el rostro, y emprendió el camino de vuelta a su pequeño apartamento.

Allí, frente al rascacielos, apoyada en una farola, vio una figura recortada en la oscuridad del invierno.

Lo veía.

Sí, habían pasado tres años y todavía lo veía.