Hijos dorados XXXIX
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XXXIX

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Nunca en su vida se hubiera imaginado que acabaría en un motel a las afueras de Ithaca, con las persianas corridas, la puerta atrancada y un dolor en el pecho que le impedía respirar.

Llevaba cinco días en ese estado. Solo saliendo de la minúscula y roñosa habitación para comprar algo de comida en la tienda de la planta baja.

Pan de molde, patatas fritas, macarrones con queso precocinados y vuelta a la casilla de salida.

Los primeros dos días los había pasado en silencio, solo con sus demonios y la paranoia de que alguien lo estaba vigilando, controlando cada uno de sus movimientos, incluido el latido de su corazón.

El tercero, una señora mayor, debía de tener unos ochenta años, lo había parado en el corredor al que daba la puerta de su habitación para preguntarle si había visto a su nieto.

—No —había sido su respuesta.

Pero la anciana no había tenido suficiente, porque había empezado a describir a su supuesto nieto diciendo que era alto y con el pelo rubio y que seguro que sí, tenía que conocerlo, porque iba a la universidad que estaba a unos pocos kilómetros del motel.

—Es muy listo, ¿sabes? Creo que estudia Derecho. Será un gran abogado, ¿sabes?

—No. —De nuevo, había sido su respuesta.

Se había metido en la habitación y cerrado la puerta de un golpe, dejando a la mujer sola en medio del pasillo.

Diez minutos después, seguía hablando sola.

Charles hubiera dado lo que fuera porque se callara.

El cuarto día, la cajera de la tienda lo había mirado con pena y preguntado si necesitaba algo.

—No.

Aunque en realidad sí.

De necesitar, necesitaba muchas cosas.

Ese día, el quinto, había amanecido tronando.

Charles se encontraba en la cama, sentado con las piernas cruzadas, contando el dinero que le quedaba a pesar de que sabía que no era mucho. Aquel, el quinto, era el día en que lo llamarían. Ya había pasado demasiado tiempo desde la última vez.

La cuestión era esperar y, cuando pasara, actuar en consecuencia.

El móvil sonó a las doce menos veinte de la mañana.

Charles descolgó.

—Charles Aster —una voz grave, peligrosa—. Me alegro de que hayas contestado, no las tenía todas conmigo.

—¿Y por qué no iba a hacerlo? —aventuró con una seguridad que en realidad no poseía. Estaba aterrado.

—Si alguien saliera huyendo de la casa donde vive y fuera a esconderse a un motel medio derruido a las afueras de la ciudad… ¿tú que pensarías?

—¿Que esa persona necesita un cambio de aires?

Idiota. Lo último que debes hacer es ir de gracioso con este psicópata.

—Mira, niñato —siseó Carter—. Ya me he cansado de tus juegos y tonterías.

Te lo advertí cuando te ofrecí trabajar para mí.

A la mínima que intentaras pasarte de listo te enterarías.

Wess te dio un aviso hace un mes y tú has decidido reírte en nuestras caras.

¿Te pensabas que podrías engañarnos? ¿Que podrías salirte con la tuya?

Charles no contestó. Había aceptado su destino en cuanto Wess le había sacado la navaja en el callejón detrás del Liberty y él se había dado cuenta de que las amenazas de Carter iban en serio.

De que si le decían que a la próxima le rajarían el cuello era porque tenían la intención de hacerlo.

Fuera quien fuere, incluido el amigo de su hermano.

Pese a ello, Charles había decidido seguir adelante. Era como si, de alguna forma, saber que corría peligro, que estaba a punto de caer por un precipicio, lo incitara a actuar con más imprudencia. Había algo en él, una oscuridad que antes no había albergado, que quería jugar con su vida.

Además, vender droga por el campus había resultado ser una fuente de ingresos rápida y eficiente. De pronto, Charles volvía a tener billetes con los que pagarse la comida. De la noche a la mañana, podía llamar a su madre y contarle que le acababa de enviar un sobre con un buen fajo.

El peligro, junto con esa sensación, lo había cegado.

Y en su ceguera había convenido que en lugar de quedarse la parte que le correspondía de lo que vendía, empezaría a guardarse un poco más, solo un poco, en el bolsillo.

Además, ¿quién iba a darse cuenta de que de vez en cuando se esnifaba o fumaba parte de lo que tenía que vender?

No había mejor sensación que la de volver a sentirse alguien con dinero, con poder.

No había mejor conciencia que la que está tranquila por saber que estás ayudando a quien depende de ti, aunque esa persona esté convencida de que no necesita tu ayuda.

No hay mejor motor que el propulsado por el peligro, por la inminencia de la muerte.

Así que incluso cuando Wess lo había tirado al suelo y dejado sin respiración y sacado la navaja, había seguido. Pese a las amenazas y las pesadillas, había seguido.

Hasta el Baile de Navidad.

Hasta que Carter lo había llamado y siseado lo que pensaba hacerles a su madre y sus amigos. Entonces, la realidad de su situación lo había sacudido como quien sacude a una muñeca de trapo.

¿De verdad se había pensado que Carter y Wess no habrían estado contando cada dólar que faltaba desde el principio?

Seguro que llevaban vigilándolo desde el mismo momento en el que había aceptado ser su camello en Cornell.

Persiguiendo sus pasos como dos cazadores que, en plena caza, siguen el rastro de su presa.

¿De verdad había pensado que podría salirse con la suya?

Sí, había sido un iluso, había estado cegado por el poder y el peligro, porque solo ahora se daba cuenta de que Carter y Wess habían estado esperando el momento oportuno para acorralarlo y acabar con él de la forma más dolorosa: atacando lo único que quería en este mundo.

Aquellas eran las consecuencias de su estupidez y su codicia.

No sabía cómo había dejado que las cosas llegaran hasta ese punto. Lo que sí sabía era que le debía mucho dinero al hermano de Roman.

Estaba jodido.

Realmente jodido.

—Te lo voy a repetir para que te entre bien en esa cabeza de empollón que tienes. O me entregas cincuenta mil dólares ahora mismo o ya te puedes ir despidiendo de tu familia y de tus amiguitos.

La sensación de mareo que lo invadió fue tal que Charles tuvo que sujetarse a las sábanas de la cama para evitar caerse al suelo. Una náusea ácida, con sabor a pan de molde, patatas fritas y macarrones con queso precocinados, remontó por su esófago.

¿De dónde se suponía que iba a sacar cincuenta mil dólares?

Era imposible que debiera tanto, ¿no? Hizo cuentas mentalmente. Había empezado a apropiarse de parte del dinero que le correspondía a Carter hacía poco más de un mes. De cada venta se había quedado un cinco por ciento más de lo que debería. Como mucho, le debía unos quince mil dólares.

Pero cincuenta…

—Carter, te devolveré lo que te debo. Te lo juro. —Se llevó la mano a la boca, controlando otra náusea—. Pero cincuenta mil dólares…

—Ya me juraste una vez, ¿te acuerdas? No te traeré problemas, soy discreto —se burló—. Tus juramentos valen lo que se dice una puta mierda.

—Pero cincuenta mil dólares…

—Llámalo «intereses». Eso y que te advertí que no trabajaba con mentirosos ni con maricones .

—Carter pronunció la última palabra con un asco evidente, incluso casi palpable.

Recordó lo que le había insinuado el hermano de Roman en más de una ocasión: que tenía ojos por todas partes.

Vio a Connor, sonriente, tumbado sobre la alfombra persa que se había empeñado en comprar.

Y a él estirado a su lado, sus cuerpos rozándose.

Sí, decir que estaba aterrado se quedaba corto.

Al otro lado de la línea, se oyó el chasquido de un mechero al encenderse una vez. Y otra. Y otra.

Se imaginó a Carter, tirado sobre una butaca de cuero desgastada, jugando con el mechero como si fuera el rey del mundo.

—Ahora no puedo. Dame unos días para juntar el dinero.

—Encima con exigencias.

—Por favor, dame cinco días y el dinero es tuyo.

—No.

—Cuatro días.

—No.

—Tres, por favor —suplicó. Pero no a Carter, sino al cielo, a quien fuera que estuviera allí arriba mirándolo.

—Tres días, Charles Aster. Te espero la medianoche de aquí a tres días en el callejón del Liberty.

Tráeme el dinero. Y ven solo. Como intentes salirte con la tuya, como hables con alguien de esto, no serás el único que sufra.

Sabemos dónde vive tu madre. Quiénes son tus amigos.

Si te piensas que no sería capaz de hacerle daño a mi propio hermano estás muy equivocado.

Hace tiempo que me muero de ganas de deshacerme de ese cabrón.

Charles no dijo lo que pensó, que, si tenían que escoger a una persona contra la que arremeter, que arremetieran contra su madre. Pero que no tocaran a Connor, ni a Roman, ni a Blythe, ni a Vera.

Por un momento vio el cuerpo de Connor, descansando en el fondo de un lago, con un balazo en el pecho.

Le entraron ganas de vomitar.

Si había algo que Charles nunca se perdonaría era que sus amigos visitaran el mismísimo infierno por su culpa.

—Tres días. A medianoche. En el callejón del Liberty.

—Sí, haces bien en repetirlo. No vaya a ser que se te olvide. —Una pausa, otro chasquido del mechero al encenderse y apagarse—. Esta es tu última oportunidad. No la desperdicies.

La línea se cortó.

Charles dejó caer el móvil encima de la cama y se tambaleó hasta el baño. Se arrodilló frente al váter y vomitó.

Vomitó el pan de molde, las patatas fritas y los macarrones con queso precocinados.

Cuando hubo acabado de verter todo el contenido de su estómago, se quedó sentado sobre las baldosas frías y pálidas del baño. Se abrazó las piernas y apoyó la frente sobre ambas rodillas.

No tenía fuerzas ni para lavarse los dientes.

Su cuerpo lo abandonó y su mente, en vez de actuar con racionalidad y ayudarlo a trazar un plan que lo salvara de aquella pesadilla, decidió gastar la poca energía que le quedaba en repetir la misma pregunta, una y otra vez, en bucle.

¿De dónde iba a sacar cincuenta mil dólares?

Qui amat periculum, in illo peribit.

Sí, había jugado con el peligro hasta el punto de amarlo y, por ello, perecería en él.