XL
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—¿Te vas? —La voz llegó desde una habitación al otro lado del pasillo.
Cómo la había oído, Vera no tenía ni idea. Al parecer, entre las habilidades de Roman se encontraba la capacidad de percibir hasta el ruido más mínimo.
Y eso que desde que convivía con Blythe se había acostumbrado a ser sigilosa y moverse con la ligereza de la brisa de principios de primavera.
Roman estaba sentado frente al escritorio de madera oscura de su estudio. Tenía el pelo alborotado, signo de que se había levantado no hacía mucho, y llevaba puestas unas gafas grandes y redondas con montura de madera.
Sobre la mesa, junto a un par de lápices y un carboncillo, descansaba una libreta, abierta por la mitad. En la página de la derecha, Vera vislumbró los bocetos de una mansión y, en la de la izquierda, una figura oscura encorvada, casi monstruosa.
Roman se quitó las gafas y las depositó sobre la mesa, junto a la libreta.
—Me ayudan a concentrarme cuando estoy cansado o no hay mucha luz —explicó, tratando de desviar la atención de Vera, que seguía fija en los dibujos—. Hoy, las dos cosas.
Eran las siete menos veinte de la mañana.
—¿Por qué no duermes más? —Sabía que era una pregunta absurda, porque conocía la respuesta, pero la lanzó igualmente.
—No puedo. —Los labios de Roman se convirtieron en una tensa línea recta, sus ojos se fruncieron de frustración.
—¿Y al menos quedarte en la cama con los ojos cerrados? —aventuró Vera.
Roman esbozó una sonrisa torcida y giró la silla de cuero estilo oficina para orientar su cuerpo en dirección al de Vera.
—Dijo la chica que va vestida con ropa de deporte antes de que salga el sol.
Vera se cruzó de brazos.
—Salir a correr es parte de mi rutina.
—Estamos de vacaciones.
—¿Y?
—Pues, que yo sepa, las vacaciones están para eso. Romper con las rutinas.
—Lo necesito. —Dos palabras, que salieron de sus labios antes de que pudiera detenerlas.
Cuando Roman asintió y, levantándose de la silla, murmuró un «te acompaño», Vera no se sorprendió.
Llevaba solo seis días viviendo en casa del chico, pero parecían más. Muchos más. Le asustaba un poco la forma tan clara en la que se entendían, la armonía en la que pasaban las horas, lo sencillo que era estar a su lado.
Para qué negarlo, no quería marcharse.
Era como si, de alguna forma, la casa de Roman se hubiera convertido en un espacio seguro, un paréntesis entre todo el caos y el desastre que se había desatado a raíz del Baile de Navidad. Cuanto más lo extendieran en el tiempo, más tardarían en volver a la realidad.
Conocía los motivos de que Roman anduviera despierto desde antes del amanecer. Eran los mismos por los cuales ella se había empeñado en salir a correr el viernes antes de Navidad.
Connor mintiéndoles.
Blythe manipulándolos.
Charles explotando contra ellos.
Vera ocultándoles la verdad.
Roman asimilándolo todo en silencio, otra carga más a su espalda.
El Caso Magno.
La Beca Steven Greenberg y Jacob Hughes.
Los Arrieta.
La Facultad de Derecho de Cornell.
Greenberg & Hughes.
Nathalie.
Desde la conversación que habían tenido la mañana siguiente al Baile de Navidad, los habían ignorado. Habían bailado a su alrededor como riéndose de ellos. «No podéis tocarnos», les habían gritado, «no podéis alcanzarnos».
Las llamadas de Blythe, aquellas que habían llegado después de la fiesta, seguían sin ser contestadas. El silencio de Connor, desechado como si se tratara de un papel sucio. El aislamiento de Charles, puesto en pausa. La beca, el Caso Magno, la presencia de Nathalie… olvidados.
Solo existían Roman y Vera.
Y los fantasmas. Siempre los fantasmas.
Al pasar a su lado, Roman depositó un suave beso sobre sus labios.
Ah, sí, y también estaba eso.
Si Tina le preguntara por su relación con Roman, Vera le contestaría que mejor no hablar sobre ello porque ni ella sabía lo que estaba pasando.
Después de acostarse la noche del Baile de Navidad, Vera había sido asaltada por la inseguridad. ¿Y si solo era cosa de una noche? ¿Y si Roman no quería nada con ella, sino con el espectro de alguien a quien había tenido y perdido? ¿Acaso ella quería algo más con él?
En el plazo de una mañana, entre el desayuno de tortitas y la excursión al polideportivo, había quedado claro que Roman no tenía ninguna intención de apartarla ni ella de marcharse.
Es más, en cuanto se habían subido al coche de nuevo, después de que Vera se dejara media alma en el ring , Roman había conducido directo a su casa y ella no se había opuesto ni quejado.
Desde entonces habían adoptado una dinámica que consistía en no hablar de lo que estaba pasando entre ellos, pero actuar como si fuera algo.
En el caso de Vera, tenía demasiado miedo de que aquello se acabara. Por eso prefería no decir nada.
Sí, era una cobarde.
—¿Vamos?
La pregunta la devolvió al presente.
Allí estaba Roman, vestido con ropa de deporte y unos auriculares negros inalámbricos colocados en las orejas.
—No tienes por qué venir conmigo —dijo Vera mientras bajaban las escaleras.
—¿Qué pasa, Vera? ¿Tienes miedo de no poder seguirme el ritmo? —le lanzó Roman mientras abría la puerta de casa.
—Más bien de que acabes llorando en una esquina porque mi tiempo es mejor que el tuyo.
La carcajada de Roman se perdió en la oscuridad de primera hora de la mañana.
Vera cerró los ojos y se dejó envolver por la humedad de Ithaca.
Las pequeñas gotas de lluvia le rociaron la piel de la cara, el frío le cortó las manos, la niebla le abrazó el cuerpo.
Escuchó el gorjeo de los pájaros, anunciándole a la ciudad que ya se acercaba el momento de levantarse, de empezar un nuevo día.
Sabía que Roman estaba a su lado y que la estaba mirando.
Podía sentir el peso de sus ojos sobre su rostro.
Algo en ella le aconsejó que se regodeara en esa sensación, que se aferrara al chico con toda la fuerza que pudiera, que no diera por sentado el mañana.
Acalló la voz.
Ese no era momento de entrar en bucle con los millones de «y si…» que podían materializarse en un futuro. Era momento de evadirse, de entrar en trance, de intentar olvidar.
Y por eso, Vera emprendió la marcha. Primero caminando, después trotando y al final corriendo.
Izquierda, derecha, izquierda, derecha.
Roman la siguió, adaptándose a su cadencia cuando claramente tenía la capacidad física para ir a un ritmo mucho más alto.
Y así se adentraron en Ithaca.
Para Vera, solo existían ellos dos.
Pero los fantasmas acechaban.
Siempre los fantasmas.
Después de quince kilómetros de idas y venidas por el campus y sus alrededores, llegaron a Stewart Park.
Pese a que el sol ya había salido, una fina capa de niebla se negaba a abandonar el lago Cayuga.
Vera se detuvo en la orilla, en el mismo lugar en el que Charles y ella habían descansado tantas veces durante sus carreras matutinas.
Durante los primeros meses de Vera en Cornell, Charles se había convertido en su confidente.
Por mucho que Connor le hubiera abierto los brazos desde el principio, o que Blythe la hubiera acogido en su casa y en su corazón, Charles había sido la persona a la que Vera había recurrido siempre que necesitaba sincerarse.
Había algo en ese chico, la pureza de su mirada, la gentileza de sus palabras, que te hacía creer que, mientras permanecieras a su lado, nada malo podría sucederte.
Vera no pudo evitar encogerse al recordar el aspecto tan demacrado y desmejorado que había presentado en el Baile de Navidad.
Charles había estado allí siempre, pero ¿dónde habían estado ellos cuándo él los había necesitado?
—¿En qué piensas? —Al igual que ella, Roman observaba el agua oscura.
—En Charles —admitió.
Era la primera vez que pronunciaba su nombre desde la mañana posterior a la fiesta.
—Yo también —confesó el chico.
—¿Crees que se ha ido a casa? —preguntó Vera, volviendo a la conversación.
—Connor y él tenían planeado volver a Nueva York el día 23. Al menos eso fue lo que acordaron hace unos meses. Ahora…
No terminó la frase. No hacía falta.
Ahora todo podía haber cambiado.
Un par de personas, probablemente estudiantes de Cornell, pasaron corriendo por el camino que bordeaba la orilla del lago.
Vera alcanzó a ver la mirada de soslayo que les dirigieron.
Pensó en Kasey, en la felicidad que había irradiado al recibir a Vera en la casa de Madison Street y en cómo esa alegría se había convertido en frialdad, rencor y aversión en cuanto Vera había escogido seguir su camino junto a Connor, Charles, Blythe y Roman.
Pensó en Tahoe, Fuller y Root, en cómo Roman había arremetido contra ellos la noche del Baile de Navidad, en los insultos, los gritos y las burlas.
En cómo ella misma, en un arrebato de ira y rabia, había agarrado una piedra y la había estampado contra la cabeza de Mark Tahoe.
En cómo no había dudado de sus acciones e incluso, cegada por el odio, había llegado a desear la muerte del chico.
En cómo el cuerpo de Roman seguía magullado por los golpes que había recibido para defenderla de los insultos y obscenidades que habían proferido aquellos tres idiotas.
—No te preocupes, no me duele —le había asegurado Roman cuando ella se había preocupado por el estado de su rostro, sus manos, su abdomen—. Te aseguro que ellos han acabado peor que yo. Sobre todo Tahoe.
Vera había deseado que así fuera, que Mark Tahoe hubiera acabado tirado en el sofá de su casa, incapaz de moverse por el dolor y la vergüenza de saber que había salido perdiendo.
Sí, había perdido.
Y ella había ganado.
Teniendo a Roman, a los Hijos Dorados, de su parte, no podía ser de otra forma.
¿De verdad los tienes? , le susurró una voz. ¿Dónde está Blythe? ¿Y Connor? ¿Charles? Cuidado, quizá Roman acaba marchándose también…
Vera intentó acallar sus inseguridades y miedos. Pero ya no fue capaz de evadirse, ni de entrar en trance, ni de intentar olvidar.
Volvieron más fuertes que nunca.
Connor mintiéndoles, Blythe manipulándolos, Charles explosionando contra ellos, Vera ocultándoles la verdad, escrita en su diario… Se repetían y repetían en su cabeza.
Un mantra.
Una pesadilla.
De pequeña, su madre siempre le decía que la vida era cuestión de instantes. Los instantes lo determinan todo , le había susurrado en más de una ocasión, como si le hubiera estado confiando un secreto, mientras la acostaba, la llevaba en coche a casa de una amiga o la recogía del colegio.
Solo ahora entendía claramente a lo que se había referido.
Si se encontraba allí, de pie frente al lago Cayuga, sudando pese al frío, era por un cúmulo de instantes que se habían ido concatenando sin que ella apenas se diera cuenta.
De pronto, fue como si el peso de esos instantes, de esos fantasmas (porque bien pensado, eran lo mismo), cayera desde el cielo.
Después de seis días revoloteando a su alrededor, acechando, esperando el momento perfecto para abalanzarse sobre ella, descendieron como un rayo e impactaron contra su cuerpo.
Vera se dejó caer. Sus rodillas chocaron contra la hierba húmeda.
Permitirse pensar en Charles, incluso pronunciar su nombre, había abierto una puerta que, se temía, ya no podría cerrar.
Intentó por todos los medios no llorar, pero las lágrimas se agolparon bajo sus párpados, suplicándole que las dejara libres.
Intentó con todas sus fuerzas no gritar, pero la rabia que sentía era tal que necesitaba darle rienda suelta.
Lloró, y su llanto se perdió en la tierra.
Gritó, y su grito se lo tragó el lago.
El agotamiento que sentía era tal que por un momento pensó que sería incapaz de levantarse.
Roman la sujetó.
Tal y como había hecho en el ring . Tal y como llevaba haciendo los últimos meses y, en realidad, desde que lo había conocido (aunque ella, al principio, no se hubiera dado cuenta).
Nunca dejes de sostenerme , le pidió en silencio.
¿Por qué sigues en pie? , le preguntó en su mente, ¿acaso no sientes el cansancio?
—Claro que lo siento —susurró porque, sin darse cuenta, Vera había pronunciado la pregunta en voz alta.
Después de lo que pareció una eternidad y a la vez no el suficiente tiempo, Vera se sintió con fuerzas para incorporarse.
Caminó un poco para retomar el control sobre su cuerpo y regular su respiración.
Inspiró y se recordó a sí misma el motivo por el cual había aplicado a Cornell.
Contuvo el aire y se convenció de que su futuro no estaba perdido, de que todavía existía una oportunidad para conseguir todo aquello que se había propuesto.
Exhaló y se prometió que lucharía por ella y por sus amigos.
Repitió el proceso un par de veces más.
Y entonces encaró a Roman.
—Tenemos que solucionar esto.
Él la entendió. Últimamente siempre lo hacía.
—No podemos seguir eludiendo la realidad.
Por mucho que queramos —añadió, porque una cosa era lo que deseaba y otra muy diferente lo que debía—.
Tenemos que solucionar la mierda en la que nos hemos metido y, una vez lo hayamos hecho, volver a centrarnos en el Caso Magno.
No todos podemos conseguir la beca, pero yo voy a ser una de las cuatro personas que se la lleven.
Su fuego, ese que la había llevado hasta Cornell y que la había abandonado la noche del Baile de Navidad, había vuelto con más fuerza que nunca.
Que vinieran los fantasmas.
Los mataría a todos.
—¿Y por dónde quieres empezar? Porque, la verdad, tenemos bastante mierda encima.
Connor mintiéndoles. Blythe manipulándolos. Charles explotando contra ellos. Vera ocultándoles la verdad, escrita en su diario. Roman asimilándolo todo en silencio, otra carga más a su espalda. El Caso Magno. La beca. Greenberg & Hughes. Los Arrieta. La Facultad de Derecho de Cornell. Nathalie.
Sí, Vera tenía muy clara su respuesta.
—Quiero que me cuentes qué pasó con Nathalie.
La expresión del chico se endureció, pero ella no flaqueó.
Era hora de actuar.
E iba a empezar pidiendo respuestas.