XXXVIII
XXXVIII
Llevaba horas tirado en el suelo del salón, mirando al techo sobre la alfombra persa, escuchando la misma canción en bucle.
Hacía seis años que no probaba una gota de alcohol, pero si en ese momento alguien le hubiera ofrecido una botella de vodka garantizándole que si la bebía lo olvidaría todo, la habría aceptado sin dudarlo.
Aunque allí no había nadie para tentarlo, ni tampoco para decirle que quizá ya era hora de que se levantara e hiciera algo con su vida porque, desde que había vuelto del Baile de Navidad, no había hecho otra cosa que esperar.
Esperar a una persona.
Pero él no venía.
Y por eso en casa no había nadie.
Solo estaban él y la maldita alfombra persa que se había empeñado en comprar porque le daría un toque exótico a la casa, o eso era la justificación que le había dado a Charles cuando el repartidor había llamado al timbre y les había entregado el enorme bulto (más bien lo había dejado caer sobre el porche).
«Ya tenemos una alfombra», que era la verdad.
«Pero esta es persa».
Y cuando Charles había enarcado una ceja, claramente queriéndole decir que le importaba una mierda que fuera persa, Connor solo había sonreído y mascullado que le daría la razón en cuanto viera cómo quedaba en el salón.
«¿Ves?», había resollado, porque la tarea había supuesto más esfuerzo físico del que estaba acostumbrado. «Le da un toque de color al salón».
Cruzándose de brazos, Charles había inclinado la cabeza a un lado y al otro, como evaluando las palabras de su amigo.
«Si tú lo dices…».
«Y mira lo cómoda que es».
Connor se había tumbado boca arriba sobre la alfombra, en el hueco entre la mesa de centro y el sofá, que era bastante ancho.
«¿Char?», había dicho al ver que su amigo se quedaba de pie.
«No pienso estirarme sobre el suelo».
«Nadie te está pidiendo que te estires sobre el suelo».
«Pues sobre la alfombra».
«Pero es persa».
Charles había exhalado, cansado, pero, unos segundos después, se había colocado al lado de Connor, muy pegado, porque el hueco entre la mesa de centro y el sofá era ancho, pero no tan ancho como para dos personas.
Y allí, cuerpo contra cuerpo, habían mirado el techo. Y un silencio amable se había posado entre ellos. Un silencio tranquilo, sencillo, irremplazable. Triple. Infinito.
Hasta que Charles lo había roto preguntándole a Connor si había escogido tema para el artículo que tenían que redactar para la clase de Derecho y Políticas Medioambientales.
«No. Pero seguro que tú sí».
No había sido necesario que Connor mirara a Charles para saber que había estado sonriendo.
«Voy a plantear una reforma de la Ley Orgánica del Servicio de Parques Nacionales. Al fin y al cabo, se dictó en 1916 y desde entonces…».
Una hora después habían seguido tumbados sobre la alfombra persa, Charles hablando y hablando, Connor escuchando medio dormido, simplemente disfrutando de su compañía.
Lo que daría por retroceder en el tiempo, por tenerlo a su lado teorizando sobre las posibles reformas de la Ley Orgánica del Servicio de Parques Nacionales o cualquier otra que estudiaran en la asignatura de Derecho y Políticas Medioambientales, a la que solo se había apuntado por él.
Después de que Vera hubiera huido corriendo del jardín botánico y de que Roman la hubiera seguido como un poseso, Charles les había dado la espalda y, tras recoger su chaqueta del guardarropas, había abandonado el edificio.
Sin despedirse.
Connor y Blythe se habían quedado en silencio, cada uno sumido en sus pensamientos, o más bien pesadillas.
La gente de su alrededor había mirado y se había deleitado en su desgracia y había susurrado y empezado a esparcir rumores.
«Otro baile, otro escándalo. ¿Los has visto?
Siempre llamando la atención. ¿Los has visto?
No se aguantan ni entre ellos. ¿Los has visto? Degenerados».
Sí, otro año , había pensado Connor. Solo que esa vez, en lugar de destrozar a alguien y salvarse ellos, se habían mutilado entre todos.
En algún momento Blythe se había marchado y él se había quedado en medio de la multitud, consciente de que la fiesta seguía pero incapaz de escuchar ni sentir nada. Era como si alguien le hubiera quitado el alma para solo dejar su cuerpo. Era un espantapájaros, un muñeco, un recipiente. Hueco.
No sabía cuánto tiempo había permanecido así, quieto, inmutable, porque otra de las cosas que había perdido había sido la noción del tiempo.
Hasta que una melodía se había abierto paso entre la gente y lo había alcanzado. Era una canción.
Su canción.
La que el que había sido su mejor amigo, confidente y compañero de vida, escuchaba a todas horas, incluso cuando estudiaba o salía a correr.
Last night I, smoked a cigarette. My dad would have been so upset.
Con cada verso había vuelto a ganar un poco más del alma que alguien (no sabía quién) le había robado. Y entonces se había acordado de Vera, que había huido, y de Roman, que la había seguido. Y de Blythe, que en algún momento se había marchado. Y de Charles, que lo había abandonado.
Charles.
Había sido su culpa. Esa era la conclusión a la que había arribado mientras se alejaba del jardín botánico y la verdad que llevaba repitiéndose desde que había llegado a su casa y la había encontrado vacía. Desierta.
Porque Charles no había estado. Seguía sin estar.
Y Connor se había negado a abandonar la casa. Seguía negándose.
—Por si vuelve —le susurró a la nada.
Pero su intuición, esa de la que tanto se jactaba frente a sus amigos y que solía utilizar de excusa para ocultar sus decisiones más infundadas, le decía que no volvería.
No volverá.
Connor tenía la certeza de que Charles había recogido cuatro cosas y se había largado de casa para no regresar en mucho, mucho tiempo.
—Pero te has dejado algo —la voz le salió ronca—. ¿Qué has hecho, Charles? ¿En qué mierda te has metido?
Levantó la bolsita transparente que había encontrado en uno de los cajones del escritorio de su amigo y la sostuvo por encima de su cabeza.
«¿Por qué?», quiso gritarle. Por qué hay droga escondida en tu habitación, por qué no me pediste ayuda, por qué has acabado así, por qué has tocado lo único que te pedí que no tocaras y que me juraste que nunca tocarías.
Por qué.
Por qué.
Por qué.
Demasiadas preguntas para una persona que no tenía las respuestas porque no iba a aparecer para responderlas.
Había sido su culpa. Sintió las palabras como un látigo contra la piel desnuda.
Él había optado por convencerse de que todo estaba bien.
De que la apatía y el aislamiento de su amigo habían sido fruto del estrés o de una mala racha.
Y de que su mutismo, su negativa a contarle nada, habían sido causados porque, en el fondo, se había cansado de él.
Cansado de su carácter gandul y despreocupado, de su ley del mínimo esfuerzo.
De todas las veces que había robado el periódico en la cafetería del Edificio Este pese a haber tenido el dinero suficiente como para comprarse un millón de ejemplares.
De que llevara la taza que le había regalado a todas partes porque prefería beber el café pensando en él.
De la forma en la que lo rodeaba con un brazo porque le reconfortaba tocarlo y sentir su calor.
Pero también de sus juegos; de que cada semana le restregara en la cara cómo se había acostado con un chico nuevo o utilizara cualquier otra excusa para llamar su atención y provocar algún tipo de reacción en él, la que fuera, algo que le demostrara que todavía le importaba.
De su alfombra persa.
Porque, en su cabeza, por supuesto que el problema siempre había sido él.
Connor Hannaway.
Charles era demasiado puro como para permitir que la oscuridad lo encontrara y arraigara en su interior.
Pero al parecer, pensó mientras giraba la pequeña bolsa transparente entre sus dedos, había acabado por encontrarlo. Y él le había dado la bienvenida.
¿Debería llamar a sus amigos? ¿Contarles lo que había descubierto? ¿Que Charles estaba atrapado en un pozo mucho más profundo y oscuro de lo que se habían imaginado?
¿Y si Charles volvía? ¿Y si solo se había marchado unos días, para despejarse, y estaba a punto de abrir la puerta de casa?
¿Y si lo saludaba con una sonrisa y le preguntaba qué quería para cenar y todo volvía a la normalidad?
¿Y si finalmente le confesaba que sí, que le quería y estaba enamorado de él, y que perdona por haber tardado tanto en decírtelo pero ya está, esta es la verdad, Connor?
¿Y si aquella bolsa transparente tenía una explicación y se estaba montando una película?
Al fin y al cabo, sí que era un poco dramático.
Demasiadas preguntas para una persona que ya no sabía responder porque la culpa lo había corroído hasta el punto de anularlo.
Había sido su culpa.
Connor cerró los ojos.
Se quedó tumbado en la alfombra persa.
Y deseó con todas sus fuerzas que, al abrirlos, se encontrara con un chico de pelo negro rizado hablándole sobre políticas medioambientales, tumbado a su lado, piel contra piel, porque el hueco entre la mesa de centro y el sofá era ancho, pero no tan ancho como para dos personas.