XXXVII
XXXVII
—Ya deberían de haber llegado —murmuró Vera por enésima vez.
Estaba junto a una de las ventanas del salón, apoyada en la pared, con la vista clavada en la oscuridad que acechaba fuera. Una mano la tenía guardada en el bolsillo de la sudadera negra que Roman le había prestado la noche anterior. La otra agarraba la pistola.
Desde que se la había dado, no la había soltado.
Roman se acercó a Vera con cuidado de no asustarla porque la chica parecía estar lejos, muy lejos, sumida en otro mundo.
¿Dónde te has ido? , quiso preguntarle. Déjame entrar.
¿Después de todo lo que te he contado, me odias? , quiso gritar.
En su lugar, le acarició la mejilla, mojada por las lágrimas que seguía derramando en silencio.
El cuerpo de Vera se sacudió levemente, como si un escalofrío la hubiera recorrido de los pies a la cabeza. Y entonces lo miró.
Y en sus ojos dorados vio dolor, incertidumbre, ira. Pero sobre todo vio miedo. Mucho miedo.
—Puedes dejar la pistola, ¿sabes? —Posó su mano en la de Vera, pero en lugar de entregársela, sus dedos se contrajeron con más fuerza alrededor de la empuñadura del arma.
—¿Acaso tú te la has sacado de la espalda?
Esa chica era demasiado lista para su propio bien.
Negó.
—Entonces, ¿por qué tendría que hacerlo yo?
—Porque yo sé manejar una pistola, Vera. Tú no.
Ella volvió a clavar la mirada en el exterior.
Había empezado a llover.
—No puede ser tan difícil.
—Lo difícil viene cuando le disparas a alguien. Es un peso que nadie puede cargar por ti.
Vera se despegó de la pared y encaró a Roman.
—¿Crees que tendremos que matar a alguien?
—No lo sé, Vera.
Porque era la verdad. No sabía en qué mierdas estaba metido su amigo ni lo que se encontrarían cuando le entregaran lo que les había pedido.
Pero teniendo en cuenta cómo se había desarrollado la llamada, la desesperación que había palpado en su voz y la forma abrupta en la que había colgado, no era nada bueno. De allí la pistola («pistolas, porque le has dado una a Vera»). De allí que hubieran decidido llamar a Blythe.
Porque si algo tenía claro es que aquello tenían que solucionarlo juntos.
Él había tenido razón. Habían sido unos críos egoístas, demasiado centrados en su vida como para detenerse a mirar, realmente mirar , lo que estaba sucediendo a su alrededor. Demasiado focalizados en la beca. La jodida beca.
… hacer algo habría significado salir de vuestras vidas y dedicar tiempo a la mía…
Si aquellas palabras se le habían clavado en lo más profundo era porque sabía que eran ciertas.
—Odio que digas esto —susurró ella.
—¿Que diga el qué?
—Que no sabes.
Esa vulnerabilidad lo conmovió. Era increíble cómo Vera le hacía sentir la persona más fuerte y segura del mundo, cuando toda su vida lo habían tratado como lo contrario.
Se vio a sí mismo, de pequeño, debía de tener unos ocho o nueve años, en el jardín de la mansión de Tunkhannock.
Estaba sentado en el suelo y jugaba con unas canicas que su madre le había comprado a escondidas.
Cuidaba de ellas como si fueran su mayor tesoro.
Y por «cuidar» se refería a ocultarlas de su hermano y de Stefano.
Pero ese día, Carter lo descubrió. Cuando vio las canicas, se las arrebató.
Corrió hasta el estanque en la parte trasera de la mansión y las tiró.
Las canicas se hundieron como lo que eran, canicas.
Con los ojos anegados de lágrimas y el corazón roto (su tesoro, su mayor secreto, ya no existía), Roman le gritó a su hermano e incluso intentó propinarle un golpe en la espalda baja.
Tras un par de puñetazos en el estómago, Carter agarró a Roman por la cintura y lo arrojó al estanque.
Como a las canicas, porque también se hundió.
Lo siguiente que recordaba era a Stefano agarrándolo del cuello de la camiseta, sacudiéndolo como si se tratara de un trapo sucio y repitiéndole que era un débil.
Débil por llorar.
Débil por no saber defenderse.
Débil por no haber aprendido a nadar.
Pero desde que la había conocido, esa tarde de principios de febrero, Vera lo había mirado diferente. Como si en él no cupiera debilidad alguna. Como si fuera una luz brillante, una brújula, siempre señalando el norte.
Ella no se había dado cuenta. Para él lo había sido todo.
Y por eso la abrazó.
Y no la soltó.
Si por él fuera, se habría quedado así toda la noche. Habría congelado el tiempo y vivido en ese momento por el resto de su vida.
Pero alguien llamó al timbre.
Y tuvo que soltarla.