XXXVI
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Esa noche Vera tampoco había dormido en casa.
Lo sabía porque lo primero que había hecho después de despertarse (tras horas de dar vueltas en la cama sin conciliar el sueño) había sido deslizarse en zapatillas hasta la habitación de su amiga y llamar a la puerta.
Toc, toc, toc.
Cuando nadie había contestado, Blythe había abierto la puerta y había comprobado lo que ya sabía.
Vera no estaba.
En algún momento, seguramente el domingo por la mañana, cuando Blythe tenía la costumbre de acudir a las pistas de tenis del campus para entrenar, Vera debía de haber pasado a recoger algo de ropa (el armario entreabierto y la ausencia de la maleta que siempre descansaba debajo de la cama eran señal de ello).
Blythe volvió a su habitación y, una vez en el baño, encendió la ducha.
Era lunes e iba a ir a la cafetería del Edificio Este.
Llevaba haciéndolo desde que había entrado en Cornell y no iba a dejar de hacerlo ahora, y menos por un enfado absurdo.
Era consciente de que esa semana ya no tenían clases y de que el Baile de Navidad había sido un desastre.
No obstante, aun así… más les valía a sus amigos tragarse el orgullo y hacer como ella.
Más les valía estar en la mesa, esperándola con una bebida caliente entre las manos.
Roman y Charles debatiendo sobre política o Derecho o cualquier otro tema; Connor leyendo el periódico, levantando la cabeza solo para decir sinsentidos; Vera en silencio, observándolos con esa satisfacción de quien ha encontrado su lugar en el mundo.
Ya vestida con un jersey negro de cuello alto, una falda plisada, unas medias grises tupidas y unas botas altas de piel, salió de casa y puso rumbo al campus universitario.
Subió las escaleras del Edificio Este a las nueve menos diez. Nada más entrar en la cafetería, que estaba más vacía de lo habitual, el olor a café recién hecho y magdalenas de chocolate la envolvió.
Dirigió la vista a la mesa en la que siempre se sentaban: la de la esquina de la izquierda, justo al lado de los ventanales.
Nada.
Estaba vacía.
Ni rastro de sus amigos.
Intentó no perder la calma. Al fin y al cabo, todavía no eran las nueve en punto y ella solía ser la primera en llegar.
Así que pidió un café con leche de soja, un bagel de aguacate y un par de magdalenas de chocolate (por si Vera aparecía, o mejor dicho, para cuando Vera apareciera) y fue a sentarse a su mesa.
Y esperó.
Sacó el ordenador y abrió un par de artículos que su madre le había enviado la semana pasada. Uno era un recopilatorio de las principales novedades legislativas en materia mercantil y el otro algo que Jia había escrito sobre Derecho bancario. Optó por el primero. Eliminó el segundo.
Después de leer el mismo párrafo por tercera vez consecutiva se dio cuenta de que esa mañana su cabeza no estaba para lecturas densas.
Miró la hora en la pantalla de su móvil.
Faltaban cinco minutos para las nueve.
Todavía es pronto, se dijo. Deben de estar llegando, se convenció. Quizá Vera y Charles han salido a correr y han decidido alargar un poco más la ruta, se imaginó.
Le dio un sorbo a su café con cuidado de no quemarse la lengua (estaba hirviendo) y miró más allá de los ventanales.
El campus parecía una ciudad fantasma de esas que se describían en películas o libros de terror.
Una niebla densa cubría los caminos, jardines y edificios de Cornell, algo que le daba a la universidad un toque misterioso y a la vez un poco tétrico.
Además, casi no había estudiantes. La gran mayoría se había ido a sus respectivas casas a pasar las vacaciones de Navidad.
Pero no ellos.
Vera no podía permitirse un vuelo a California y menos uno a Lima (aunque pensándolo bien, ¿qué haría en Lima?
, la relación con sus padres era pésima).
Roman preferiría tirarse por un puente antes que pasar las fiestas con su familia (así lo había expresado cuando habían hablado del tema hacía unas semanas).
Y Connor y Charles, al igual que ella, tenían pensado volver a casa solo los días festivos.
Así que, para ellos, aquel lunes era como cualquier otro lunes del curso. O al menos debería de serlo. Deberían de estar allí.
Las nueve en punto.
En la cafetería no entró nadie.
Bajo la mesa, la pierna derecha de Blythe empezó a subir y bajar frenéticamente.
De pronto, la música que sonaba por los altavoces se le hizo insoportable (¿desde cuándo la ponían tan alta?) y estuvo a punto de gritarles a los tres estudiantes que charlaban de forma animada dos mesas más allá que se callaran.
Buscó refugio en su café, pero le supo amargo.
Le dio un mordisco al bagel , pero el aguacate, en su boca, se tornó pastoso.
Era una tonta. Una estúpida. Porque de todos, ella era la única que había tenido la esperanza de que la noche del Baile de Navidad hubiera sido una simple anécdota sin importancia, algo que podían arreglar hablando tranquilos.
De todos, ella era la única que había ido a la cafetería.
Era una ilusa. Porque había imaginado que se encontrarían esa mañana y Vera les pediría disculpas por haber salido corriendo del jardín botánico, causando una escena innecesaria, y ella admitiría que se había equivocado al mentirles y no explicarles que estaba valiéndose de su apellido para allanarse la entrada en Greenberg & Hughes.
Y entonces Connor añadiría que el que más lo sentía era él y que, por favor, lo ayudaran a hablar con sus padres para hacerles entender que no podían manipular a la facultad de aquella forma, que una cosa era mover hilos, y otra muy diferente y en ningún caso aceptable ofrecerle la beca a su hijo en una bandeja de plata.
Roman asentiría y con pocas palabras les haría entender que no se preocuparan, que todo estaba olvidado, y miraría a Charles de esa forma en la que solo él sabía, y conseguiría que el chico de pelo y ojos oscuros se disculpara por haberse comportado como un imbécil y les confesara de una vez por todas lo que llevaba atormentándole desde hacía meses.
Claro que aquello solo había sido eso, pura imaginación.
Porque la realidad era que ya pasaban diez minutos de las nueve y en la cafetería la única que estaba era ella.
Sola.
Tragándose su orgullo.
Blythe se levantó de la silla y guardó el ordenador en su bolso de diseño estilo tote bag . Se puso la chaqueta y agarró su café con la intención de pedirle a la dependienta que se lo vertiera en un vaso de cartón para poder llevárselo.
Pero entonces sus ojos se posaron en las magdalenas de chocolate y su mente le susurró que quizás era cuestión de minutos y Vera acabaría apareciendo por la puerta de la cafetería y, al ver la bollería, le reprocharía a Blythe el detalle. Y todo regresaría a la normalidad.
Así que Blythe volvió a depositar el café encima de la mesa de madera, se descolgó el bolso, sacó el ordenador y se quitó la chaqueta.
Esperaría cinco minutos más. Sí, haría eso.
Pero los cinco se convirtieron en diez, los diez en veinte y los veinte en treinta.
Y allí no apareció nadie.
Algo dentro de Blythe se rompió.
Le hacía gracia cómo sus amigos la tildaban de fría y egoísta cuando, en el fondo, ella era la única que había optado por dejar su ego atrás y acudir aquella mañana a la cafetería.
Pues sería la última vez.
De ahora en adelante, miraría por ella y solo por ella.
De ahora en adelante se convertiría en la dama de hielo que todos aseguraban que era.
Que os den , volvió a pensar (pero esta vez de verdad). Que os den, que os den, que os den. Porque si lo repetía varias veces, se lo acabaría creyendo.