XXXV #3
Y Charles había continuado sin tener noticias de Carter.
Hasta hacía un par de semanas. Había estado con sus amigos en la cafetería del Edificio Este, su cafetería, cuando su móvil había empezado a sonar.
Al mirar la pantalla y ver las letras «CC» (bajo las cuales había guardado el contacto de Carter Cagliari), se había excusado un momento y, una vez fuera del alcance de sus amigos, había descolgado.
«Charles Aster», lo había saludado Carter con esa voz que lo llevaba persiguiendo desde hacía meses. «¿Sigues interesado en mi oferta?».
En realidad, pensó Charles, había sido él quien se había ofrecido a ser el camello de Carter; y no al revés.
Pero mejor no sacar a relucir detalles como ese.
No tenía ninguna intención de acabar en una cuneta y, visto el tipo de persona que era el hermano de Roman, eso era lo que iba a pasar si lo sacaba de sus casillas o se hacía el listo con él.
«Ehh… yo…».
«Tienes dos semanas para darme una respuesta. Si no me llamas para entonces, entenderé que no estás interesado. Y te recuerdo que como se te ocurra irte de la lengua te vas a arrepentir el resto de tu vida. Si es que te quedan días por vivir».
Y tras un par de carcajadas que más bien sonaron como un niño ahogándose (porque aquella debía de ser una de las frases más ingeniosas que Carter había pronunciado en su miserable y ridícula existencia), colgó.
Y allí se encontraba. Dos semanas después. En Buttermilk Falls. Debatiéndose entre qué era lo correcto y qué era lo acertado.
La verdad, cuando Carter no lo había llamado en los meses que se habían sucedido después de que hablaran por primera vez, había sentido alivio.
Porque que Carter no quisiera contar con él significaba que no tenía que tomar una decisión; la habían tomado por él.
Automáticamente, su mente había descartado la posibilidad de ganar dinero mediante la venta de droga (algo que, pensándolo bien, había sido una locura, porque quién en su sano juicio se pondría a hacer de camello por Cornell) y había empezado a buscar otras soluciones.
No las había encontrado.
Y entonces, Carter había vuelto a llamar.
Y, una vez más, todo había cambiado.
De repente, la opción de ganar dinero rápido y fácil había vuelto a estar encima de la mesa.
Algo que podía llevar a cabo sin levantar sospechas, sin que sus amigos se enteraran, que le podía permitir seguir aparentando que todo iba bien, que nada había cambiado (pensándolo bien, quizá no fuera una locura).
Y allí estaba. Encima de una roca, con los pies a punto de rozar el agua, pero sin rozarla.
Rodeado de naturaleza porque era lo que necesitaba cuando estaba inquieto o nervioso, o necesitaba pensar.
Dándole vueltas y más vueltas a si llamar a Carter Cagliari para aceptar una oferta que en realidad no era suya.
¿Qué haría Connor en aquella situación? Pero descartó la pregunta al momento porque, por supuesto, Connor nunca llegaría a encontrarse en esa situación.
Por muy bizarra que fuera la relación entre sus padres, George y Sarah Hannaway se apoyaban y apoyaban a su hijo.
Nunca abandonarían a Connor de la forma en la que sus padres, cada uno a su manera, lo habían abandonado a él.
Así que no, no podía preguntarse aquello, al igual que tampoco podía imaginarse cómo reaccionaría Blythe, por los mismos motivos.
En cuanto a Vera… ella podía permitirse lo que él no: verbalizar su precaria situación económica, compartirla con sus amigos y hasta trabajar en la tienda del campus.
Para Charles, recurrir a sus amigos o a un empleo que pusiera en evidencia su desesperación era la última opción.
«Antes me pongo a vender droga», masculló en tono irónico.
Sus palabras quedaron ahogadas por el ruido de la cascada al impactar contra el lago.
¿Y Roman? ¿Qué haría Roman para proteger a los suyos?
Charles agarró un guijarro del suelo y lo tiró lejos, bien lejos. Impactó contra el agua y se hundió.
Recordó las palabras que le había confesado su amigo una noche, después de un par de cervezas de más.
«He hecho cosas de las que me arrepiento y que muchas noches me quitan el sueño, Charles.
Pero no dudaría en volver a hacerlas. Porque de lo contrario…
de lo contrario no estaría aquí. No habría sobrevivido».
Charles se llevó la mano al bolsillo interior de la gabardina y sacó su móvil.
Si la supervivencia podía justificar sus acciones…
Si aquella era la única forma de ayudar a su madre y salvarse él…
Marcó el contacto guardado bajo las dos letras y esperó.
—Charles Aster —su nombre, pronunciado con ese tono terrorífico que ahora sería capaz de identificar en cualquier lugar, a cualquier hora—. Intuyo que tienes una respuesta que darme.
—Sí. Acepto tu oferta.
Una risa grave y rota, que le recordaba demasiado a la de su amigo.
—No te preocupes, chico, no se lo contaré a Roman. Este será nuestro pequeño secreto.
Tomar oportunidades. Buscar soluciones.
Estarás contento, papá. Después de todo, sigo haciéndote caso.