XXXV #2
¿Y qué había hecho Charles desde que había vuelto de las vacaciones de verano, dispuesto a afrontar ese nuevo curso?
Tomar oportunidades, buscar soluciones.
Por eso, no podía dejar escapar la beca. Si quería sacar adelante a su madre y sobrevivir en el intento, necesitaba la garantía de un futuro estable. Necesitaba la seguridad de que cada mes iba a ingresar una cantidad ingente de dinero.
Pero hasta que ese momento llegara (y llegaría; no podía pensar de otra forma) quedaba un año. Un año durante el cual no podía permitirse no generar ingresos.
Y por eso, había cometido el craso error de ponerse en contacto con el hermano de Roman.
Carter.
Cuando Roman le había contado que Carter estaba buscando a un camello que vendiera droga por el campus, Charles había visto una vía para ganar dinero fácil.
«¿A qué tipo de persona busca?».
«No tengo ni idea, Charles. Supongo que alguien lo suficientemente desesperado como para querer vender droga en una universidad, con todos los riesgos que ello conlleva».
Ese soy yo, alguien suficientemente desesperado , había pensado.
Roman no sabía nada sobre el hilo del que pendía su vida.
Blythe y Vera tampoco.
Con Connor era distinto: conocía el espectáculo de terror que había sido su vida desde que su padre los había abandonado a su madre y a él.
Pero no era consciente del punto crítico en el que se encontraba.
Y la razón era sencilla: si se lo contaba, si le confesaba que se estaba quedando sin dinero, querría ocuparse, acudir a su rescate.
Y Charles no podría soportar que su relación con Connor se convirtiera en eso, una de dependencia.
Tal y como estaba, con él incapaz de hacer las paces con sus sentimientos y Connor con sus juegos, ya era lo suficientemente complicada.
Además, por mucho que quisiera a George y Sarah Hannaway, no quería convertirse en uno más de sus casos de voluntariado.
Por eso, cuando Roman se había levantado para ir al baño en la cafetería en la que habían parado a desayunar un sábado de febrero, dejando su móvil desbloqueado sobre la mesa tras contestar un par de mensajes, Charles no había dudado en agarrarlo.
En cuestión de segundos había memorizado el teléfono de Carter y lo había guardado como contacto en su propio teléfono.
Esa noche, se había encerrado en su habitación y había marcado el número.
El hermano de Roman había descolgado al tercer tono con un «quién es» seco, propio de alguien desconfiado, siempre en alerta.
«Sé que buscas a un camello para que venda droga en Cornell».
Quizás aquella no había sido la mejor forma de iniciar la conversación con un criminal.
«Quién coño eres tú y de qué mierdas estás hablando», había siseado Carter al otro lado de la línea.
Le habían empezado a sudar las manos. Podía sentir los latidos de su corazón como si alguien se lo hubiera arrancado y lo estuviera sujetando junto a su oreja.
¿Era mejor decirle la verdad y confesarle quién era o inventárselo?
—Seas quien seas, voy a darte tres segundos para contestar. Si no lo haces, colgaré y no pararé hasta averiguar quién eres.
Había optado por la verdad.
«Soy Charles Aster».
Carter había dejado escapar una risa grave demasiado parecida a la de Roman. A Charles se le había erizado la piel.
«Vaya, conque Charles Aster. Y cuéntame, ¿qué hace uno de los amiguitos de mi hermano llamándome un miércoles casi de madrugada? ¿No deberías estar estudiando?».
«Quiero ser tu camello», lo había espetado así, de golpe.
Un silencio tenso, y después:
«¿Conque mi camello, eh? Ese cabrón no vale ni para callarse…».
«Por favor», le había cortado Charles. «Roman no tiene la culpa».
«Eso lo decidiré yo».
Charles se había llevado la mano libre a la cabeza, tirando del pelo con fuerza. En su ansiedad por seguir adelante con el plan no había pensado en cómo sus acciones podían repercutir en Roman.
Tras unos segundos en los que había intentado calmarse, había tratado de razonar con Carter:
«Mira, sé moverme por el campus, me lo conozco como la palma de mi mano. Y no voy a traerte problemas. Soy discreto. No le voy a decir nada a nadie. Te lo juro».
«¿Sabes por dónde me meto tus juramentos, Charles Aster?», pero después: «No trabajo con mentirosos ni con maricones. Y a la primera que te salgas de la raya, estás fuera. ¿Me has entendido?».
Charles había asentido como un poseso en su habitación y, cuando se había dado cuenta de que estaba haciendo el idiota porque Carter no podía verlo, había dicho «sí, sí, por supuesto, entendido».
Otro silencio.
«¿Qué hace un niño rico como tú pasándose al lado oscuro?».
En realidad, pensó Charles, se había pasado al lado oscuro hacía meses, en Navidad.
Pero lo último que necesitaba era confesarle a Carter el secreto que él y sus amigos se habían asegurado de enterrar todo lo hondo que habían podido; por mucho que a veces, y más recientemente, hiciera lo posible por salir a la luz.
Así que lo único que se le había ocurrido balbucear había sido que se trataba de «asuntos personales».
«Ya. Asuntos personales», había repetido Carter en un tono despectivo.
«Os creéis los reyes del mundo, ¿no? Allí, en vuestra universidad, con vuestros privilegios.
Intocables. Pues déjame decirte una cosa, Charles Aster.
No lo sois. Ni tú ni el idiota de mi hermano.
Y como esto sea uno más de tus jueguecitos o hagas algo que no me guste, vas a enterarte. Tengo ojos por todas partes».
«Por favor, no le hagas nada a…».
«Te he dicho que eso lo decidiré yo. ¿Estás sordo?».
Entonces había comprendido que lo que le había contado Roman sobre su hermano y su familia, aquellas conversaciones ambiguas que más bien parecían cuentos de terror inventados, habían sido reales.
Aquello había sido un horrible error. Le habían entrado ganas de colgar la llamada y meterse debajo de las sábanas para no volver a salir nunca más. O mejor, ir a refugiarse a los brazos de Connor, que seguro estaba en el salón mirando una de esas pelis europeas que tanto le gustaban.
Pero antes de que pudiera mover un solo dedo, Carter había vuelto a hablar.
«Estamos en contacto».
«¡Espera!», una palabra desesperada. «¿Qué significa eso?».
«Significa que si quiero que trabajes conmigo te llamaré», un ruido seguido de una maldición y un par de gritos; y después: «Déjame adivinar: Roman no sabe que me has contactado».
Charles no había respondido y aquello, al parecer, había sido suficiente para darle a Carter la respuesta que había estado buscando, porque había empezado a reír como un histérico.
«No, no, si al final nos lo pasaremos bien. Que tengas una buena noche, Charles Aster».
Y había colgado.
Las semanas se habían sucedido sin noticias de Carter.
Y la histeria y la ansiedad de Charles habían ido aumentando poco a poco.
Cada vez que se había encontrado con Roman había estado convencido de que su amigo aparecería con media cara ensangrentada y amoratada, o bien se abalanzaría sobre él pidiéndole explicaciones sobre la llamada con su hermano.
Pero no había sucedido ni una cosa ni la otra.
Roman había seguido como siempre.