Hijos dorados XXXV
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XXXV

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Tomar sin permiso la bicicleta de Connor había sido un error. Claro que de eso se dio cuenta apenas llegó al parque estatal Buttermilk Falls y vio los más de veinte mensajes que le había mandado su amigo, jurando vengarse del delincuente responsable del hurto.

Consciente del drama que podía ser capaz de montar Connor en cuestión de minutos, Charles le envió una foto de la bicicleta acompañada de un: La tengo yo, no hace falta que denuncies a nadie .

Antes de que Connor pudiera contestar, seguramente achacándole su desfachatez por llevársela sin previo aviso, Charles puso el móvil en silencio y se lo guardó en el bolsillo interior de la gabardina.

Sus planes no habían incluido terminar ese lunes por la tarde en Buttermilk Falls. Pero cuando estaba inquieto o nervioso, o necesitaba pensar, siempre acababa en medio de la naturaleza.

Aquel era uno de esos días.

Lo bueno de Ithaca, pensó mientras le ponía el candado a la bicicleta y se aseguraba de dejarla bien escondida tras unos arbustos, era que tenía parques tan impresionantes y bonitos como Buttermilk Falls a escasos kilómetros del campus.

Ya de niño había sabido que su verdadera pasión era la naturaleza.

Lo del Derecho y la abogacía había llegado de forma impuesta cuando tenía trece años.

Lo recordaba a la perfección: había estado comiendo con sus padres en el enorme piso del Upper East Side en el que vivían y Charles había empezado a hablarle a su madre de un documental sobre la fauna de California que tenía pensado ver ese fin de semana.

«Espero que sepas que toda esta tontería sobre los animales y las plantas es solo un hobby», la voz de su padre había llegado imponente desde el otro lado de la mesa.

Al escucharla, Charles casi se había atragantado con el pedazo de espárrago que se había llevado a la boca.

No, no había sido tan estúpido como para soñar con dedicarse a algo relacionado con la naturaleza. Siempre había sido consciente de que John F. Aster tenía otros planes para él. Pero hasta ese momento, nadie había verbalizado aquella realidad.

Oírla había sido más duro de lo que se había imaginado.

«Tienes dos opciones, Charles. Medicina en Harvard o Derecho en Cornell».

Charles no podía soportar pensar en la muerte ni ver sangre, así que, en realidad, no había tenido dónde escoger.

Si por él fuera habría estudiado algo como Biología o Ecología y, acabada la universidad, habría buscado trabajo en un parque natural como en el que se encontraba ahora para dedicarse a la conservación de la naturaleza.

Pero las cosas no eran como él había querido, sino como su padre las había planeado.

Charles tomó el sendero que remontaba el río y se focalizó en escuchar el arrullo de los pájaros, las ramas de los árboles al mecerse por el viento, las hojas que crujían bajo sus pisadas.

Media hora después, llegó a un claro con una cascada y un pequeño lago que brillaba como si se hubiera empeñado en absorber toda la luz del sol.

Caminó hasta la orilla y se sentó en una roca grande.

Estuvo tentado de descalzarse y remojar los pies, pero se contuvo.

Pese al clima templado de mediados de mayo, el agua seguía helada.

Charles cerró los ojos, se dejó mecer por el sonido de la cascada y comenzó a darle vueltas y más vueltas al tema que llevaba atormentándolo desde hacía un par de meses.

Maldijo el día en el que Roman le había confesado lo que sucedió la tarde en la que conocieron a Vera. Sí, maldijo a su amigo y a su familia. Pero más se maldijo a sí mismo, por haber abierto una puerta que ahora sabía que nunca podría cerrar.

Pero ¿qué se suponía que tenía que hacer? Su padre lo había educado para tomar las oportunidades, para buscar soluciones.

«No quiero problemas, quiero soluciones», le había soltado cada vez que Charles le había pedido ayuda con los deberes, con una herida que se había hecho en la pista de atletismo, con las instrucciones de un juego que no conseguía entender.

Sí, esa era su filosofía.

Bueno, pues eso llevaba haciendo Charles desde que su padre, el muy hijo de puta, el mismo que tanto había pregonado sobre la importancia de los lazos familiares, los había abandonado.

¿Qué había hecho cuando su madre había caído en una depresión que le había impedido levantarse de la cama durante casi dos años enteros y la había dejado en los huesos? Tomar oportunidades. Buscar soluciones.

¿Y cuando él se había adueñado de las riendas de su casa y había cambiado la piel de niño por la de adulto, gestionando un hogar, una familia, un patrimonio? Tomar oportunidades. Buscar soluciones.

¿Y cuando su madre había pasado de la depresión al alcoholismo en cuestión de días, olvidándose de la mujer que había sido y convirtiéndose en un fantasma, solo que corpóreo? Tomar oportunidades. Buscar soluciones.

Y así había estado durante nueve años. Pagando facturas, entrando y saliendo de hospitales, buscando centros de rehabilitación, interpretando la figura de padre e hijo a la vez, contratando a abogados, excusándose ante familiares (no, su madre no había podido acudir porque estaba enferma; sí, tanto tiempo; no, no necesitaba ayuda, gracias).

Y todo ello mientras luchaba por no desmoronarse ni perderse en el camino.

«Mira el lado bueno», le había dicho Connor un día al salir del hospital en el que su madre había estado ingresada debido a un coma etílico.

Connor siempre estaba allí. «Al menos ahora puedes olvidarte del Derecho.

Mira…», añadió mientras sacaba unos panfletos del bolsillo y se los mostraba.

«En Berkeley tienen un muy buen programa de Biología.

Además, en California están Yosemite, Joshua Tree, Death Valley y muchos otros parques naturales».

«No puedo», Charles apartó los panfletos con una mano.

«¿Por qué?».

«Una de las condiciones para poder acceder a los ahorros del fondo fiduciario que me ha dejado mi padre es que estudie Derecho en Cornell.

El grado le da igual dónde lo haga, siempre que sea Ivy League, pero el posgrado…

El cabrón se ha asegurado de que me acabe dedicando a lo que él siempre ha querido».

«¿Qué más le da?».

Charles se había encogido de hombros.

«Sigo siendo su hijo, supongo. Además, una parte retorcida de su cerebro espera que algún día lo perdone y me incorpore al negocio familiar como abogado».

«Que espere sentado».

«Díselo a él».

« Nah , no me acercaría a John F. Aster ni que me pagaran».

«Ni yo, Connor».

Sí, Charles llevaba años buscando soluciones, tomando oportunidades, para evitar que su madre se consumiera por la tristeza y el alcohol, para salvar la poca familia que le quedaba.

Pero una cosa era tener la intención de ayudar a una persona, y otra muy distinta que esa persona se dejara ayudar.

Y su madre había sido de las que pensaban que no necesitaban nada ni a nadie.

«Déjame, no te necesito, quiero morir, vete a hacer tu vida, olvídate de mí».

Cada semana desde hacía nueve años eran las mismas frases, las mismas excusas, las mismas amenazas.

«Como me vuelvas a decir que deje de beber te echo de esta casa, Charles Aster», le había gritado una noche en la que Charles se la había encontrado vomitando en el suelo del salón, consumida y arrugada pese a sus cuarenta y pocos años.

«¿Ah, sí? ¿Y entonces quién cuidará de ti, mamá? ¿Quién se encargará de llenar la nevera de comida? ¿O de cambiarte las sábanas de la cama cada vez que te haces pis porque estás demasiado borracha como para ir al baño?».

«¡Calla, calla, calla! ¡Cállate! ¡No quiero escucharte! ¡No le puedes hablar así a tu madre!».

«Mírate. Hace tiempo que dejaste de ser mi madre».

«¡Caaallaaa! ¡No quiero escucharteeee!».

Charles había esquivado de milagro la botella de vodka que su madre le había lanzado.

Había impactado contra la pared y se había roto en mil cristales.

Al recogerla, se había cortado con uno de ellos, haciéndose una cicatriz en la mano que lo acompañaría por el resto de sus días.

«Desagradecido. Mocoso consentido». Llanto y más llanto y más llanto.

Y después el silencio. Y después: «¿John?

¿John, estás ahí? ¿Has vuelto? Ven, John».

«No, mamá. No soy John. Soy Charles».

Después de eso, Charles había decidido hacer lo que se había jurado que nunca haría. Internó a su madre por primera vez en Hope Harbor, un centro de rehabilitación especializado en adultos con problemas de adicción al alcohol y enfermedades como la depresión.

Charles tenía diecisiete años.

Dos años después, le habían dado el alta y su madre había salido.

Solo para volver a joderse la vida.

A los seis meses, Charles ingresó a su madre de nuevo. Cuando salió del centro por tercera vez, hacía dos años, le hizo jurar que nunca más la volvería a meter en esa cárcel.

«Antes me mato, Charles. Tú decides lo que prefieres, una madre muerta o una madre viva».

No había contestado porque ni él mismo quería conocer la respuesta.

Al principio habían conseguido sobrevivir gracias al dinero que su padre les había transferido cada mes. Aquella cantidad era suficiente para comer, pagar los gastos del día a día y hasta darse algún capricho.

El problema había llegado cuando su madre se había levantado de la cama. El problema había llegado con el alcohol.

No solo era que ella había empezado a gastárselo todo en botellas de vodka y noches en el bar y vete a saber qué más, sino que Hope Harbor había agotado todos los ahorros que habían tenido y parte del fondo fiduciario de Charles.

El dinero se había ido consumiendo a la misma velocidad que su madre.

Hasta el punto de que Charles había tenido que pedirle un préstamo al banco para pagarse el segundo año del JD. Recurrir a su padre no era una opción. Si una cosa tenía clara era que nunca le pediría un favor a John F. Aster. Hacerlo sería darle poder. Y Charles no estaba dispuesto a ello.

Así que todo eran problemas, problemas y más problemas.