Hijos dorados XXXIV #4
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XXXIV #4

La impotencia de darse cuenta de que la beca por la que llevaba tanto tiempo luchando no iba a ser suya, el miedo al presenciar cómo Roman estaba siendo herido, la ira al golpearle a Tahoe en la cabeza, el pánico al pensar que lo había matado, pero también y por encima de todo la culpa al pensar que ojalá no se hubiera vuelto a levantar del suelo.

Lo soltó todo.

Entonces entendió por qué Roman había decidido llevarla al polideportivo y enfundarle los guantes de boxeo.

Era la misma razón por la que el chico acudía al cuadrilátero cada día, sin falta.

Y es que cuando las emociones te sobrepasan y se convierten en un tormento, en una carga, necesitas una forma de deshacerte de ellas.

—Más fuerte. Válete de todo tu cuerpo. Bien, Vera, bien.

Así que Vera siguió golpeando, y con cada golpe se sintió más libre, más en control.

—Los últimos. Tú puedes, vamos. Uno, dos, tres, cuatro, uno, uno, dos, dos.

Mentiras, miedos, inseguridades, impotencia, ira. Descargó cada una de las emociones y sensaciones y, con el último golpe, soltó un grito de rabia que resonó en todo el pabellón.

Vera sintió cómo la fuerza la abandonaba y caía al suelo, exhausta. Pero unos brazos lo impidieron. Roman la sujetó y, cuando las lágrimas empezaron a resbalarle por las mejillas, y los sollozos sacudieron su cuerpo, la abrazó.

Se quedaron así durante lo que pareció una eternidad. Vera llorando, aferrada con fuerza a la camiseta de Roman. Roman en silencio, paciente, rodeándola (manoplas todavía enfundadas), susurrándole que todo estaba bien, que no tenía de lo que preocuparse, que él estaba allí.

En algún momento, la ayudó a bajar del ring y, con cuidado, le quitó los guantes.

—Ahora entiendo por qué te pasas tantas horas aquí —dijo Vera.

Roman sacó una sudadera negra de la bolsa de deporte y se la tendió. Vera la aceptó y se la puso, consciente de que negarse no serviría de nada.

—Boxear es mi terapia —le confesó mientras le subía las mangas de la prenda para que no le colgaran. La sudadera, se percató Vera, era de Roman—. Es lo que me ayuda a lidiar con mi familia, con la presión, conmigo mismo…

—Roman, espero que sepas que no eres como ellos.

Al escuchar sus palabras, Roman la miró. Y en sus ojos encontró al niño abandonado por su madre, maltratado por su padre, al chico aterrorizado por sus recuerdos y por el miedo a convertirse en un monstruo.

—Vera, he hecho cosas que…

—Me da igual lo que te hayan forzado a hacer. Yo conozco al verdadero Roman. Y puedo asegurarte de que no eres como ellos. Nunca lo serás.

Vera le tomó las manos.

—¿Por eso quieres la beca, no? —Ahora lo veía claramente—. Es tu vía de escape.

El chico asintió.

—Si me convierto en alguien importante, en alguien con poder, no podrán tocarme.

Ni Stefano se atrevería a ir contra un despacho como Greenberg & Hughes, tienen contactos por todas partes.

Es el despacho más importante de Estados Unidos.

Vera, con la información que tengo, podrían meterlo en la cárcel en cuestión de horas.

—Él no lo sabe. No tiene ni idea de que planeas hacerte con la beca.

—No. Se piensa que cuando acabe el JD volveré a casa y seré uno más de ellos. El abogado de los Cagliari. Su perro fiel.

Vera asimiló aquella información.

Roman estaba jugando un juego muy peligroso. Porque si lo que le había contado sobre su padre era verdad y daba un paso en falso… No quería ni imaginarse lo que podría pasarle.

—Entonces, tienes que conseguir la beca. No hay otra opción. —Con independencia de que Greenberg & Hughes estuviera involucrado en la trama de los Arrieta, tenía que entrar en el despacho.

—No quiero salir de una familia de criminales para meterme en otra, Vera.

La vulnerabilidad con la que habló… Ahora entendía por qué Roman le había confesado que no sabía cómo actuar ante todo lo que habían descubierto sobre Greenberg & Hughes. Al igual que para ella, entrar en el despacho era una cuestión de supervivencia.

En ese momento, Vera tomó una decisión.

—No tienes por qué hacerlo.

—¿A qué te refieres? —Un rayo de esperanza.

—Entrar en Greenberg & Hughes no implica quedarte allí de por vida.

Gana la beca, trabaja los años que sean necesarios para convertirte en alguien importante, alguien con poder —empleó las mismas palabras que él había pronunciado hacía apenas unos segundos—, y cuando estés seguro de que, vayas donde vayas, Stefano no podrá amenazarte ni controlarte, entonces márchate. Utilízalos, Roman. Utilicémoslos.

—Supongo que Themis nunca imaginó que tantas manos lucharían por descompensar su balanza.

—Mientras salgamos ganando…

—Sí, Vera, mientras salgamos ganando.

Qué ilusa había sido al creer en la noción de justicia.

La justicia no existía.

Solo existía el poder.

Y el poder o lo tenías o lo ganabas.

Y eso era lo que pensaba hacer ella.

Ganarlo.

Sí, la balanza de la justicia se había descompensado hacía tiempo.

Pero mientras ellos ganaran…

Y mientras Themis no se diera cuenta…

—Shakespeare tenía razón —susurró Vera.

—¿Y eso?

— The first thing we do, let’s kill all the lawyers **** —citó.

—Sí —confirmó Roman—. Shakespeare tenía razón.

**** «Lo primero que haremos será matar a todos los abogados». William Shakespeare, Enrique VI .